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| Se
soltó la lengua
Dada la aceptación que tuvieron las primeras entregas de La lengua suelta entre nuestros lectores, La Habana Elegante ha decidido concederle a Fermín Gabor un espacio propio donde pueda seguir soltando la lengua. A partir del presente número invitamos a nuestros lectores a visitar periódicamente La lengua suelta, puesto que su actualización no dependerá de la salida del próximo número de L.H.E, sino de los envíos de Fermín Gabor. La Redacción Aviso a
nuestros lectores: Hemos incluido, a continuación
de la entrega no.18 de La lengua suelta, el texto Anónimos, de Arturo Arango a
que Fermín Gabor hace referencia. De esta manera nuestros
amigos disfrutarán más el envío de Gabor.
Además, La Gaceta de Cuba
no podrá objetar nuestro sentido de la más elemental
justicia. En cuanto a nosotros, bueno, no les exigiremos peras al olmo.
La
Habana Elegante GCI:
La escena del crimen Poco antes de entrar de lleno en el Libro de los Muertos, Guillermo Cabrera Infante tuvo a bien ocuparse de las auras cubanas. Miraba a la isla desde su exilio londinense y veía tiñosas. O mejor dicho, las tiñosas nativas se le acercaban:
Roberto Fernández Retamar afirmaba en una entrevista que, no
más muriese GCI, editarían su obra en La Habana. El
director de Casa de las Américas aparecía en pantalla
como una de esas tiñosas posadas en un poste a la espera del
festín. (Cum grano salis: no hay que creer a GCI a pies
juntillas. Aunque tampoco Fernández Retamar parece incapaz de
aguardar en su poste.)Sabido es que muchas veces el cubano de Londres aludió a la prohibición que pesaba sobre su obra dentro de Cuba. GCI gustaba de afirmar cuán leído era en la isla, pese a todo. Y cifraba la cotización de sus libros en un número variable de latas de leche condensada. Tres, seis o diez latas ofrecían a cambio de libro suyo. En La Habana existía gente que prefería deleitarse con la descripción de La Estrella antes que darse un atracón de "fanguito". Acaecida la muerte de GCI, muchos de sus amigos trataron acerca de la censura. Y tanta insistencia en ese punto obligó a Daniel Fernández, director de la editorial "Letras Cubanas", a salirle al paso a los comentarios. En carta al director de El País, aseguró que las editoriales habaneras sí que intentaron publicar títulos del escritor exiliado, que llegaron a utilizar "la intermediación de algunos escritores que lo conocían y que viajaban a Londres por diversos motivos", y que fue GCI quien se mostró reacio a publicar en Cuba sus libros. De parecida diplomacia se había servido Roberto Fernández Retamar a la hora de conseguir los derechos de publicación de Jorge Luis Borges, y en su prólogo a la antología borgesiana (Casa de las Américas, La Habana, 1988) cuenta la visita que hiciera al cubil del reaccionario monstruo ciego. Fue en una tarde húmeda de septiembre en Buenos Aires y "la prensa había estado publicando con insistencia noticias sobre una supuesta enfermedad que aquejaba a Borges". ¿Qué mejor ocasión para una tiñosa? La Kodama le salió al teléfono y Fernández Retamar comenzó a madurarla con la
recitación de algunos versos de Borges. Gracias a su memoria, a
su labia y a esa voz engolada que Dios le dio, no tardó mucho en
procurarse la cita y, ya en escena, tendió a la japonesa y al
ciego el número que la revista dirigida por él dedicaba a
Córtazar.Ahí mismo empezó a darle coba al viejo diciéndole que lo veía en la eternidad, y fluyeron más piropos por el estilo. Retamar sacó crédito de haber leído a Borges cuando pocos lo leían, antes de la fama. Y sólo después de un introito bien trabajado confesó su deseo de publicarle antología en Cuba. Esa tarde Borges también fue invitado a visitar La Habana (Fernández Retamar lo cuenta muy deprisa y, aunque ese gato no está en Scholem, a través del tiempo lo adivino), a lo que el cieguito maravilloso contestó que no sentía especial predilección por el comunismo aunque éste fuese doblado al idioma de Quevedo. Hasta aquí Buenos Aires, vámonos a Londres. Me pregunto quiénes habrán sido los intermediarios de la isla ante GCI. Y aventuro dos nombres: Senel Paz y Antón Arrufat, a los que en adelante llamaré agente Niñoaquél y agente Pequeñacosa. Tengo por cierto que el primero y su esposa, la documentalista Rebeca Chávez, visitaron en Londres a GCI y a Miriam Gómez. Recién estrenado el filme Fresa y chocolate, eran tiempos en que la estrella del joven escritor parecía en ascenso y GCI, que acostumbraba a no abrirle la puerta a residentes en la isla caribeña, hizo por esa vez una excepción. (Como tantos espectadores, debió leer
en clave esperanzadora la
historia que contaba el filme de Tomás Gutiérrez Alea.)
La verdad es que, dejando fuera toda arisquez y engrifamiento, hasta
Miriam Gómez se bajó con un postre casero, y hubo
amistosería y larga conversada. ¿Fue entonces que el agente Niñoaquél ofreció a GCI publicar novela suya en La Habana? Con bastante probabilidad. E igual debió haber sucedido con el otro visitante. Todo lector de Mea Cuba sabe que el agente Pequeñacosa sale muy bien parado en esas páginas. Y con el mismo aplomo logra atravesar el Juicio Final en que consisten los últimos libros de Reinaldo Arenas. Al parecer, ninguno de los dos escritores exiliados pillaron a Pequeñacosa en su avatar de firmante de cartas contra colegas (su firma, una de las primeras en condenar a su amigo Manuel Díaz Martínez y a otros nueve escritores, ha aparecido luego en distintas cartas oficiales de repudio). Ni Arenas ni GCI percibieron al Pequeñacosa entregado a la cortesanía, integrante de séquitos, tracatán de ministros, dialogante con Chávez en Caracas. Tanto Niñoaquél como Pequeñacosa (y algún otro suplicante que se me escape) recogieron en Londres la
misma contestación que Octavio Paz brindara, a mediados de los
noventa, a una invitación a Casa de las Américas hecha
por Roberto Fernández Retamar. El cablegrama, llegado desde
México al despacho del director de Casa, contenía una
sola sílaba, suerte de poema concretista: "NO". Nunca habló públicamente GCI de sus encuentros con emisarios caribes (al menos hasta donde sé), y tampoco se refirió a las peticiones que éstos le trajeran. Siguió, en cambio, atascado en su historia del trueque de leche condensada por libros. Y no dejó de considerar a sus libros bajo censura política. Si su Habana estaba fija en los finales de los cincuenta e inicios de los sesenta, su antiñangarismo también permanecía datado. ¿Por qué no contó lo de su negativa a ser publicado? En los últimos años (preciso es reconocerlo) los manejos de la cultura han sufrido cambios dentro de la isla. La caída del Muro de Berlín ha brindado impulso indudable a la cría artificial del manjuarí, y ya las editoriales estatales (no hay otras en Cuba) pueden aventurarse a publicar a un autor como GCI para hacer de tales ediciones trofeos deportivos o de guerra. El nacionalismo revolucionario pretende hablar en nombre de Cuba con toda la boca, con la boca llena. "Nos sentimos responsables de la totalidad de la cultura cubana, se produzcan las obras donde se produzcan", ha dicho el ministro de cultura Abel Prieto. Y luego abre nueva cancha en "Coppelia" al declarar: "Tenemos una línea de publicación de emigrados". Síguelo con moscatel, crema de vie y almendra... En la misiva del director de "Letras Cubanas" al director de El País se buscará en vano referencia a la censura anterior. Puesto que GCI no parece prohibido en la actualidad, nunca antes lo estuvo, y quien afirme lo contrario habla desde el encono y el resentimiento. La censura, que hace un tiempo abarcaba nombres, ha aprendido a hacer distinciones dentro de las obras. ¿Para qué tachar en pleno la obra de GCI cuando dos de sus mayores libros se ocupan de la Cuba prerrevolu y resultan perfectamente publicables? Lo que anteriormente fungía como censura, es ahora labor de antologadores. Frente a lo impublicable se enarbolan escrúpulos netamente literarios, como puede comprobarse en la entrevista que Abel Prieto ofreciera al diario argentino "Página12": "yo quería publicar Tres tristes tigres y La Habana para un Infante difunto, que son a mi juicio las que valen la pena de su obra". (Quien se encarga de decidir qué se publica parece ser el propio ministro, y las prohibiciones se embarajan con coartadas estéticas: qué vale o no la pena.) Ese mismo Daniel Fernández que alardea de haber querido publicar a GCI dentro de Cuba intentó hace dos años publicar al exiliado Lorenzo García Vega. Toda su poesía le pidió, pues la publicarían de inmediato. Facilitarían los trámites para que el autor asistiera a la presentación habanera de su libro, lo pondrían en contacto con sus lectores verdaderos. Empero, pronto se hicieron feas las cosas para tal edición, ya que autor y editor mostraban desacuerdo. García Vega comentó a Fernández que prefería reaparecer en Cuba con otro libro suyo, Los años de Orígenes. Y al viejo exiliado le cayó arriba la negativa venida desde La Habana. ¡Niek, niek, niek! Con gusto le publicarían el tal volumen pero, ¿cómo iban a sentirse los ancianitos Fina García Marruz y Cintio Vitier, seres de la más granada intelectualidad revolu, al ver publicado dentro de la isla páginas que los pone a ambos de vuelta y media? El editor siguió insistiendo en tomo de poesía, hacía lo posible para que no brotara lo peor suyo. No quería dar lugar al censor que lleva adentro, y acompañaba su petición de poemario con los retorcijones de un hombre-lobo que ve llenarse la luna. Al final no quedó otro remedio: Lorenzo García Vega resultaba imposible de publicar en Cuba. Con él no había posibilidad de diálogo y alguna vez, gracias al director de Letras Cubanas, podremos enterarnos de que fue el propio García Vega quien prohibió en su país natal la publicación de sus libros. (No hay que ser un psiquiatra soviético para darse cuenta de que Lorenzo García Vega padece de autocensura.) Tantos años de pelea debieron hacer perseverar a GCI en afirmaciones que eran ya (dado la nueva
política cultural isleña) pura retórica. El cubano
de Londres se repitió, envejeció en su polémica,
abusó de la anécdota de la leche condensada. Y
perdió oportunidad de denunciar las triquiñuelas de
siempre bajo nuevo ropaje, el jueguito que le llevaron a Inglaterra los
agentes Niñoaquél
y Pequeñacosa. (GCI no
supo, a diferencia de éste último, adaptarse a los nuevos
tiempos: Pequeñacosa
cuenta ya con olla arrocera.) El autor de Mea Cuba prefirió abonar la idea de que un libro suyo en manos de muchos lectores podía crear alguna conmoción política. Se aferró a esa leyenda de heroísmo intelectual. Y, como tantas de las que escribiera, se trataba de una exageración. No exenta de alguna base, of course. De lo contrario, las tiñosas cubanas no se desvelarían como antologadoras. Hasta aquí el examen del cadáver. Siguen algunas preguntas a las auras. ![]() ¿Por qué, pese a no constar causa pendiente contra él, pese a no estar prohibida su obra, prensa y televisión y radio de la isla callaron el deceso de GCI? (Únicamente La Jiribilla, de cara al exterior, brindó espacio a un periodista de Rebelión que lo juzgó renegador de su país, y a Lisandro Otero, quien ha envidiado a GCI desde chiquito.) Y para concluir, una pregunta alejada del caso en cuestión. Si tampoco se encuentra bajo prohibición el trabajo de la escritora estadounidense Susan Sontag, ¿por qué fue silenciada en Cuba la noticia de su fallecimiento? ¿Es que tampoco ella quiso ser publicada por Daniel García? "¡No valen la pena!", parece ser la nueva excusa habanera mientras arden los libros.
De la balsa al barco negrero: apuntes para una historia cubana de la navegación forzada Fermin GaborYa que en Cuba los escritores negros no pueden tener revista propia (tampoco los homosexuales, los albinos o cualesquiera que intenten agruparse voluntariamente), a los editores de esa publicación de todos que es La Gaceta de Cuba se les ha ocurrido dedicar su último número al tema de la
raza, del racismo, de la negritud o como quieran ustedes rotularlo. Con este fin invitaron a un editor negro, lo dejaron creerse a cargo de la empresa y antes de que culminara su trabajo le impusieron capataz: una nota preliminar avisa que Arturo Arango, jefe de redacción de la revista, ojizarco y rubiancucho, “acompaña” a Roberto Zurbano en “la etapa final del trabajo”. Nación, raza y cultura, noticia la portada. Sólo el primero de esos términos es inicializado con mayúscula, al segundo el diseñador decidió invertirle una letra. “Nación, reza y cultura”, podría decir entonces la portada. Y, acusado de portar identificación dudosa, Raza o Reza viaja en el asiento trasero
de un carro fiana. Va apretado entre dos
policías, Nación y Cultura. Quien hojee el más reciente número de La Gaceta dará con obra de poetas negros (ningún poema de Nancy Morejón, lo cual agradecemos no ya a Arango y Zurbano, sino a Arango y Parreño), cuentos y fragmentos de novelas de narradores negros, y un homenaje al dramaturgo Eugenio Hernández Espinosa (hermosa su entrevista llena de nombres novelescos: Sixta Armenteros, Petronila Oxamendi). Pero me atrevo a suponer que son las reflexiones acerca de ser negro en Cuba hoy las que el lector procurará con mayor curiosidad. A juicio de varios contribuyentes, mucho cambiaron las condiciones de vida de la población negra cubana a partir de 1959. Refiriéndose a la Revolu, Eugenio Hernández Espinosa habla de “un proceso como el nuestro, cuya esencia es la vanguardia del pensamiento contemporáneo”. Lázara Menéndez
reconoce: “Resulta indiscutible que el ser negro por opción
política ha sido una alternativa para la población cubana
desde 1959...” Y en la página final Roberto Zurbano se refiere a
“los esfuerzos emancipatorios de nuestro proyecto social”. No sé qué entenderá Hernández Espinosa por vanguardia, pensamiento, contemporaneidad o esencia. Ni alcanzo a comprender qué significa alternativa en Menéndez y emancipación en Zurbano. Pero, ¿acaso me había creído yo que iban a dejar entrar negros en La Gaceta sin que éstos pagasen peaje? Claro que en algún momento estaban abocados a escribir acerca de la fiesta innombrable, de la sabrosura misma que es Cuba. Las comparsas del Alacrán y las Bolleras hacen sus evoluciones frente a la tribuna con tal de no ser acusadas de apalencamiento. Mejor fijarse entonces en cómo esos mismos autores dejan caer aquí y allá, como quien no quiere la cosa, sus alcayatas perfumadas. Ved cómo soplan sus polvos y con disimulo esparcen los granos de pimienta que armarán salación y fajatiña. Así, Lázara Menéndez afirma que de “algunos textos y de los criterios científicos y sociales que se emiten en diferentes ocasiones” es posible extraer los siguientes indicadores actuales para los negros
cubanos: “viven en las
peores condiciones habitacionales y su ubicación es en
áreas deprimidas y populares; reciben menos remesas; tienen
menos acceso a los sectores emergentes; son pocos los negros en las
universidades y pocos los estudiantes negros en el Instituto
Preuniversitario “Lenin”; son menos aceptados como vecinos y amigos;
sus ingresos dependen de sus esfuerzos personales más que de un
salario”. O se lee en texto de Alejandro de la Fuente: “En estas condiciones ya no es posible afirmar, como se hacía hace unos años, que el racismo es una herencia colonial inerte, un rezago del pasado en vías de desaparición. La experiencia de los últimos diez o doce años demuestra que se trata de un fenómeno vivo y floreciente entre nosotros. Ahora falta que podamos tener un debate nacional serio sobre el tema...” (Se le acabó el mambo fácil a la Nancy Morejón. Basta ya de escribir poemas de esclava, de testimoniar por su bisabuela, de hablar por la criadita. Si de verdad quiere dárselas de negra que salga de Roble de olor y se hip-hopice, que dedique un pensamiento a quienes la policía acosa con peticiones de documentación.) Este número de La Gaceta de Cuba descree del debate tal como ha sido llevado hasta ahora. “La reflexión se empantana en
pequeños salones semivacíos, entre raptos emocionales y
verdades a medio camino, que son escamoteadas –casi chantajeadas- por
la tensión que produce lanzar el tema al ruedo público”,
Roberto Zurbano dixit. Y es que a cada intento de reflexión termina por apoderarse del micrófono el compañero encargado de poner límites, agrimensor de las discusiones. Leáse en este rol al maestro Fernando Martínez Heredia: “Al cabo de media vida, saco al menos dos lecciones: una, la solución de todo gran problema social siempre es mucho más compleja de lo que uno cree; la otra, tenemos que trabajar y luchar siempre, aquí y sólo aquí, en esta tierra nuestra, la que hoy es lo que hemos sido capaces de lograr que sea, y sólo será lo que nosotros la obliguemos a llegar a ser”. Aspirante a la longevidad como él mismo se supone, ¡a qué grandes abismos pensamentales se abocará Martínez Heredia en otros sesenta y seis años de sostenida cogitación! Entretanto, pasemos al meollo: buenas como estaban las cosas para los niches cubanos after 1959, ¿cómo es que alcanzan hoy tan pésimo cariz? Triunfó la Revoltosa, el mulato Guillén escribió su poema-declaración donde las playas son de todos y cualquiera en Cuba puede disponer de pieza de hotel y, sin más, Revoltosa mediante, los negros tienen hoy prohibido acercarse a las habitaciones aireacondicionadas, impedido el paso a los vestíbulos de hotel. En cambio, las disposiciones oficiales sí que permiten a los blancos nativos entrar a esas habitaciones (siempre que sea en figura de camarero del room service o botones o mucama.) Y hace tan sólo unas semanas un salón de artes plásticas celebrado en La Habana expuso un video de José Toirac donde el poema de Guillén era recitado en
lenguaje para sordomudos. ¿Qué pasó? ¿Cuál han sido las razones para tales cambios? Al menos dos de los ensayistas convocados, Lázara Ménendez y Alejandro de la Fuente, coinciden en señalar el poco acceso de la población negra a las remesas de dólares del exilio. (De la Fuente cita una causa más: la discriminación racial en los empleadores de la industria turística.) Así pues, los burgueses vencidos hilan la desdicha de los negros en la isla, todavía consiguen dictar prohibiciones para la gente de color... Los salidos forzosamente en balsas tienen a menos ayudar a los tataranietos de aquéllos que llegaron al país también forzosamente... Con razonamiento semejante podría achacarse la decadencia del Imperio Español a los árabes y judíos echados de la península. O tal vez se trata de un rodeo mediante el cual unos autores imposibilitados de hablar claro denuncian la política económica del gobierno cubano. Cualquiera que sea el motivo de la causalidad apuntada, no hace más que seguir al pie de la letra la lección segunda enunciada por Fernando Martínez Heredia: “trabajar y luchar siempre, aquí y sólo aquí”. Pues la voluntad de tornillo (o de avioneta cayendo en barreno) apreciable en la frase anterior exige el vertimiento de culpas fuera del territorio nacional. Después de media vida dedicada al pensamiento incesante, el maestro Martínez Heredia recomienda la receta mejor para encarar nuestras dificultades: se toma el problema más lindo y más gordo, y se le deja a disposición de la corriente del Golfo. La suya es filosofía resumible en juego de niños: a la pregunta por una candelita, el índice ha de apuntar lo más lejos posible, mientras se afirma haber fumado por allá. De manera que todo problema a debatir pueda remitirse genealógicamente hasta el embargo norteamericano. O bloqueo, para hablar en ñángara. Si es preciso definir las causas del racismo imperante en Cuba, culpad de ello a la gusanera. Son morralla, son escoria, son subnegros, son apátridas. La culpa del totí la tiene el gusano. Creo imaginar el orgullo que sentirán los editores de La Gaceta de Cuba, cumplida ya su maniobra de escurrir el bulto del que debían ocuparse. Y calculo que no estará lejos número o dossier de esa revista dedicado a razonar la falta de altruismo que el exilio cubano muestra hacia los negros de la isla. Lo cual me hace temblar, pues bastante tarea pendiente tengo ya con el par de lecciones de Martínez Heredia para que venga otro maestro a endilgarme las suyas. Y hablo, of course, de ese infatigable Summer Welles entre la isla y el exilio que responde al nombre de Ambrosio Fornet. ¡Solavaya!, grito al búho de Minerva.
¡Vámonos
con Noam Chomsky! Era la semana de receso escolar, todas las fieras estaban libres de colegio y decidieron poner en asedio a la fortaleza de La Cabaña. Aquéllo (había que verlo) era la Cruzada de los Niños. Indudablemente
resultó bien calculada la coincidencia de la pausa
pedagógica con la celebración de la feria del libro en La
Habana, pues cualquier anfitrión sabe que cuando flaquea una
fiesta lo mejor es invitar a las hormigas. Y es que este año (edición decimocuarta de la feria) se echaba a ver la falta de dulces y de saladitos. Sobraba el ron peleón, si por ese alcohol entendemos la profusión de libros de una sola tendencia de pensamiento político, que deja en quien lo bebe resaca bien difícil de tratar. Febrero es el mes de los mejores cielos en La Habana, y es también el mes de los libros. Millones de ejemplares y centenares de títulos se ponen a volar en el cielo de febrero (abundan los papalotes empinados desde los fosos de la fortaleza), y es preciso entonces aprovechar la ocasión. Pasa con los libros lo mismo que con el pescado del tercer grupo o las almohadillas sanitarias para doncellas: cuando aparecen hay que correr a comprar. Porque luego sobrevendrá la sequía hasta el próximo febrero, y ni siquiera con dinero enviado desde Miami podrá hallarse en La Habana título que valga una lectura. Salvo febrero de feria, las librerías cubanas viven el año en tiempo muerto. Pero no vaya a creerse que el mes de gracia produce mucha azúcar. Literariamente hablando, en la feria puede hallarse su clásico (Machado de Assis, reeditado), su extranjero contemporáneo (Juan Madrid o Thiago de Mello, dos infumables), los isleños de
obligación, y algún que otro exiliado que vuelve por unos
días, para congraciarse con las autoridades en la mayoría
de los casos. The rest, ojalá que silencio, hace el mayor volumen de las publicaciones y corresponde a títulos que podrían tomarse por transcripciones de las mesas redondas de cada tarde en televisión. Noam Chomsky se asombró en una jornada de esta feria de que, acompañándole en su recorrido altas figuras del gobierno cubano, el grupo no se viera obligado a portar guardaespaldas. Según él, un jerarca taíno podía pasearse en confianza, sin miedos ni problemas, entre el público lector que abarrotaba el sitio. “Que te crees tú éso, viejito”, pensó la niña de ocho años que compraba un libro de colorear a unos pasos del intelectual estadounidense. Mirdalia Valdés Albarrán es, desde hace un par de años, la mejor agente infantil de la policía secreta cubana. Sin saberlo él, Noam Chomsky (Old Man and the Sea para los encargados de esa operación) se encontraba rodeado por muy jóvenes segurosos. Sindo Valcárcel Rabí, pionero de nueve años, hacía como que empinaba una chiringa. Laritza Jardines Román, once años de edad y ya teniente, sorbía una Najita mientras cuidaba a la mayimbería. Y el agente Javier Emeraldo Montes de Oca (Tigre Juan como nombre de guerra) pasaba por padre de Arisdalys Vega Arán, chivatica estudiante de tercer grado. Crítico de la política estadounidense y (tal vez) buen conocedor de ella, al tratar de problemas mundiales Noam Chomsky ha dado muestras de lo corto de su entendimiento. Recuérdese si no cómo, a fines de los setenta, él desmintió las primeras noticias dadas por The New York Times acerca de las masacres en Kampuchea. Puras invenciones de ese diario, afirmaba, groseras maquinaciones anticomunistas. Todo para que luego le cayeran arriba (en documental y en fotografías) pirámides de calaveras y restos humanos fabricados por el régimen de Pol Pot.
Sin guardaespaldas se paseaba la
española Belén Gopegui. Con melena a la Sontag (pero
sólo, ay, la melena), viajó a La Habana para la
presentación de la edición cubana de su novela El lado frío de la almohada, publicada con
prólogo (aquí al que no le dan guardaespaldas le imponen
prologuista) del actual presidente del Instituto Cubano del Libro, quien
ha dado en esas páginas su primera batalla como escritor. Otro que pudo estrenarse literariamente fue el cantautor Amaury Pérez Vidal, hijo de la finada Consuelito Vidal y durante buen tiempo director artístico de las tribunas abiertas antimperialistas. (Pérez Vidal ha escrito algunas de las líneas más enigmáticas de la música cubana. Como éstas: “Porque un amigo / es un amigo / hasta tanto no te muestre lo contrario”.) Volvió de su puesto de embajadora cubana ante la UNESCO Soledad Cruz. Con poemario, eh. (Para quien no la
conozca, Soledad Cruz fue, desde las páginas del diario Juventud Rebelde, la Pedro de la
Hoz de los ochenta, igual que éste empecinada en meter jocico lo
mismo en un concierto de la Sinfónica, en la telenovela de
turno, en el estreno fílmico o en un libro.) (Para quien la
tenga ya por conocida, vaya perla de su estancia parisina: deseosa de
demostrar su intimidad con Beethoven, en el intermedio de un concierto
la embajadora Cruz confesó a embajadores de otros países
que la música del sordo tenía en ella la facultad de
pararle los pelos... del pubis.) A esta edición de la feria, dedicada a Brasil, las editoriales brasileñas trajeron libros espléndidos. En generoso gesto, los donaron a instituciones cubanas. No vendieron ni un ejemplar y ahora esos volúmenes formarán parte del decorado por el que se pasea el director de la Biblioteca Nacional, doctor Eliades Acosta. U otro sesudo director, Roberto Fernández Retamar. (Su último título, Cuba defendida, se mosqueaba de lo lindo en los estantes de La Cabaña.) Editores de varias nacionalidades ofertaron muy poca obra de interés. Recorridas todas las celdas de la vetusta fortaleza, a uno le entraban ganas de variarle la palabra a Noam Chomsky para asombrarse de que, con dinero en los bosillos, pudiera dejarse atrás y sin compra alguna feria tan visitada, tan magnífica y tan grande. “Pues será el próximo febrero”, me consoló un amigo que salía, como yo, decepcionado. ![]() Pero, ¿es que no sabía él a quiénes dedicarían la del 2006? “Como país, a Venezuela”, le informé. “¿Y a cuál autor del patio?”, preguntó ya con voz temblorosa. “Ángel Augier. Nancy Morejón.” Cada uno de esos nombres sonó como un martillazo en el ataúd de la literatura. “Oye”, se interesó de pronto, “¿tú compraste el libro de cuentos de Amaury Pérez Vidal?” Le respondí que no. “Yo tampoco.” Con muestras de gran desasosiego, me pidió que volviéramos atrás. “¿Otra vez a la feria?” “Es que, ¿tú sabes?, pensándolo bien, habría que ver, a lo mejor no son tan malos los cuentos de ese tipo.” La
lengua suelta no. 20 Donde
Monseñor suspira por el Teatro Shanghai “Los que ya han visto la actual puesta en escena habanera de La loca de Chaillot, ¿acaso no repararon en las evidentes analogías entre muchas de las fotografías de las prisiones irakíes y las escenas de sexo pretendidamente ‘cómicas a lo postmoderno’ que vimos sobre la escena del Teatro Trianón?” La pregunta, valiente despropósito, se la hace Monseñor Carlos Manuel de Céspedes García-Menocal en un reciente número de la revista católica habanera Palabra Nueva a propósito de la
puesta de Carlos Díaz y la
compañía El
Público. Los escrúpulos que siente todo padre
católico frente a lo sexual permiten forzar esa
comparación entre gente torturada a punta de pistola y actores
que representan. (Ya se sabe que los curas oyen las emisiones del Mal
en banda ancha.)A juzgar por las enumeraciones de su reseña, Monseñor Céspedes ha sido un habitual del teatro cubano a lo largo de décadas. Es capaz de recordar la visita a La Habana de Louis Jouvet (“hasta podría aventurar el nombre de la compañera de la Universidad que me acompañaba esa noche en el teatro”), un Camus por Adolfo de Luis, la Mariana Pineda de Roberto Blanco, y diversas puestas de los hermanos Revuelta, Berta Martínez, Carucha Camejo, Victor Varela... Nuestro prelado declara además la amistad que lo une a Carlos Díaz, cuyo trabajo conoce desde las primeras obras. “Se nos reveló a todos como un director talentoso y sumamente prometedor”, recuerda. “Sin embargo, poco a poco lo hemos visto derivar hacia las descontextualizaciones traicioneras propias de la antiestética de la Postmodernidad.” Así, no fueron de su agrado las versiones que hiciera Díaz del Calígula de Camus y de La Celestina. Y, si entonces prefirió callar, ahora dedica catorce páginas a criticar su disgusto tercero. Porque “a la malignidad de la antiestética postmoderna”, tales puestas suman travestismo y pornografía. No vaya a pensarse que el ensotanado crítico niega de plano las virtudes dramáticas de un actor metido en traje femenino. Su reseña cita como salvedades al Cherubino mozartiano o al Octavian de El Caballero de la Rosa. Tampoco Monseñor ve con malos ojos alguna desnudez, siempre que ésta tenga utilidad dentro de la obra. Critica, en cambio, “la grosería gestual” y el “desnudo insolente” no integrados en la trama, gratuitos. Llega, al respecto, a especificaciones que un maestro de escena debería no perder de vista: frente a esos hombres y mujeres revolcados por el suelo “haciendo vida sexual, no al modo humano, sino al de los perritos y los gatitos en celo”, defiende la posición del misionero. A juicio de Monseñor la pornografía pertenece al ámbito de las proposiciones éticamente incontestables, junto a la mentira, la antropofagia y los sacrificios humanos. Por tanto, Carlos Díaz ha fabricado con la obra de Jean Giraudoux algo próximo al canibalismo y la crucifixión. Contrario al crítico de marras (aunque sin su bagaje como espectador de teatro), pienso que los desnudos sí que encontraban justificación en Calígula y en La Celestina. Porque la decadencia del emperador y la zurcidera de himen, ambos, ameritaban
apeñuncamientos de gaticos y perritos, de perritos con gaticos y
viceversa. Claro está, correspondía al director esfuminar esas acrobacias a favor del diálogo. Y es en este punto donde falla Carlos Díaz. Cuando, lleno de intuiciones para enfrentar lo coreográfico, parece descreer de la palabra. Entonces no se fía de lo que pueda alcanzarse en una conversación, y por ello fue un fracaso estrepitoso el Chéjov que intentara, ya que los aspavientos habaneros están en las antípodas del maestro ruso. Creo que las últimas puestas de El Público no hacen más que mostrar la degradación a que han llegado en la actualidad cubana los discursos, sea cual sea el tema que traten. Las palabras suenan como teque, muela, didactismo, retórica, y se vuelve imprescindible llenar la escena con acontecimiento
más
rotundo que el más rotundo diálogo. ¿Qué
mejor pretexto entonces que un cuerpo lo más crudito posible o
un enigma sexual de difícil desentrañamiento? De poco valen en caso así las excelencias del texto dramático: será tirado a mondongo. Toda la vigilancia del director se concentrará en lo coreográfico y olvidará lo que los actores dicen y el modo en que lo sueltan. Más allá de las objeciones monseñoriales, considero que la exhibición porque sí de un par de nalgas estropea por ser enfásis espurio, pero en su lugar podría aparecer un elefante y no dejaría de obtenerse igual efecto. Absorto el público ante el señuelo falso, los parlamentos se le fugan. Así pues, esa pornografía resulta criticable no por lo que enseña, sino por lo que disimula y oculta. Y casi siempre que el escenario es recorrido por un cuerpo desnudo en algún otro rincón cometen fechorías con el texto. Sodomizan al texto en postura de gatitos o perritos. Le vuelan el cartucho, le dan tafia. Monseñor Carlos Manuel de Céspedes García-Menocal termina su crítica con el recuerdo (no sabemos si personal) de los espectáculos pornográficos del desaparecido teatro Shanghai. “Pero aquello podía ser divertido”, sopesa, “y nadie se lo tomaba en serio, mientras que las obras de El Público sí se toman en serio y hasta reciben subvenciones de instituciones extranjeras”. Disgustado por lo que contemplara en una función, más que soltar su ira pide que suelten a los perros. (No en balde alude a las atrocidades del ejército de ocupación estadounidense y a subvenciones
extranjeras.) Concluye su extensa reseña con este
llamado a las autoridades políticas cubanas: “Me gustaría
mucho que los responsables culturales del País abran bien los
ojos y, sin complejos ni ánimo sombrío de censores
policiales, pero con conciencia de maestros y con sentido de su
responsabilidad, se informen y se persuadan, y persuadan al entorno
humano que depende de ellos, de todas las posibles direcciones que
deben y pueden tener las manifestaciones artísticas para que
sean lo que deben ser y no se reduzcan a simple basura pasajera, no
sólo inútil, sino contaminante de hediondeces.” (Uno lee la frase y, ¡pá su escopeta!, quiere estar lo más lejos posible de la amistad de ese cura. Solavaya, porque si trata así a su amigo Carlos Díaz, qué no deparará a desconocido o enemigo.) Falto de Inquisición que se haga cargo, Monseñor procura compinchería en iglesia más vigente, y llama al brazo seglar que persigue. De poco valen sus precauciones acerca del ánimo y la conciencia oficial que deberán reinar en esta nueva cruzada: a un dragón no se le piden gentilezas. Y, dada la candidez de quien supone en Cuba entorno humano que no dependa de las autoridades, cabría encargarle al sastre de El Público traje adecuado para Monseñor Céspedes: la sotana con babero. Podría suponerse que su poca experiencia como reseñista no le deja ver claro la misión de la crítica de arte. Que es influir en el artista en discusión y en el público interesado, no clamar por los políticos. (Metidos en el juego crítico y criticado, cualquier llamado a figura mayor que monitoree, ha de considerarse como chivatería.) Que quepan en las páginas de una revista católica melindrosidades frente al sexo resulta perfectamente comprensible. Sorprende, en cambio, que desde ellas se pida más intervención del estado en la cultura, con todo
lo que esa intervención supone y ha supuesto. ¿O acaso
Monseñor Céspedes procura que sus fieles, los asistentes
al “Trianón” y la compañía de actores sean
invitados a picnic en un campamento militar de apoyo a la
producción? (Cuidadito, que el tiro al travesti no tarda en
considerar dentro de sus blancos a cualquiera con sotana.)En verdad, en verdad os digo que los caminos del Señor son indescifrables. ¡Oh, pobres pecadores, imaginad entonces los de uno de sus ministros en la tierra! ¡Y más aún: imaginad que ese ministro mora en Cuba y atraviesa este valle de lágrimas hasta arribar al seno de Abraham! Soy incapaz de calibrar cuán bien escuchado pueda ser Monseñor Carlos Manuel de Céspedes García-Menocal en el reino de los cielos; menos aún alcanzo a suponer cuánto lo oyen en el Consejo Nacional de las Artes Escénicas o el Ministerio de Cultura. Pero lo cierto es que, poco después de la publicación de su reseña, por azar o castigo de Dios o del Estado, la vieja maquinaria de aire acondicionado del “Trianon” decidió rendir viaje, cantó el manisero. Reunidos por este motivo funcionarios sin complejos ni ánimo sombrío de censores policiales, pero con conciencia de maestros y con sentido de su responsabilidad, dictaron sentencia definitiva: abocados a sustitución obligatoria del equipo, uno nuevo saldría extremadamente caro, ya imposible. Se hacía inevitable el cierre de la sala. De lo contrario, el desnudo cundiría también en el lunetario del “Trianón”. Se acabó pues La loca de Chaillot y no hay que ser un Rubiera para pronosticar lo que sigue. De empeñarse suficientemente los burócratas, La Habana perderá un teatro más y quizás también una de sus mayores compañías teatrales. El infatigable Carlos Díaz perderá su ritmo de trabajo. De ocurrir todo esto, me gustaría dejar claro que entre los enterradores hubo un cura. La
lengua suelta no. 19 ¡GOOOOOL
de Leonardo Padura! Fermin Gabor Mario Conde, el investigador protagonista de las novelas de Leonardo Padura, lo tiene siempre fácil. A diferencia de otros detectives, él no opera a contracorriente, no opera solo. Multitud de chivatones de comités de defensa lo esperan para prestarle ayuda. Hasta los niños de la guardia pioneril le entregan pistas. Y el teniente Conde no tiene más que entrevistarse con las autoridades políticas
de la cuadra
donde fue cometido crimen o desfalco para que los misterios comiencen a
aclararse. Conde tiene también de parte suya a todo el cuerpo de polícias del país. Y, a la vista de esta correlación de fuerzas, lo que asombra en esas novelas no es que el problema llegue a ser resuelto, sino que haya existido alguna vez. Porque guardias pioneriles y cederistas, autoridades de las cuadras y pululantes uniformados deberían negarle espacio a la delincuencia. E igual que Tom Cruise en Minority Report, en lugar de investigar el crimen (cosa fácil) el teniente Conde debería evitar que éste se cometiera. Su existencia es, me temo, aburrida. Si no fuera por algunos achaques de salud (de no conservar las gabardinas de otros se hereda la úlcera estomacal y el mal sabor de los amaneceres), Mario Conde tendría bien poco de qué ocuparse. Suerte que, con el fin de prestar alguna tensión, de vez en cuando lo asalta una punzada estomacal o el recuerdo de algún viejo amor. Ulceroso y sentimental, el resto es pan comido. Pone en su trabajo el mismo esfuerzo de una secretaria al rellenar planilla, pues las novelas policiales de Leonardo Padura son mortalmente burocráticas. Nada de la chispa que prendiera el caballero Auguste Dupin parece brincar en las grises dependencias donde el teniente Conde ejecuta sus ritos. Guiada la investigación por un manual de pasos rigurosamente estipulados, auxiliada por legos que dan el chivatazo y la pista y hasta el grito de ataja, no existe improvisación, no hay jazz alguno. El discurso del método ha sido acuñado por los superiores y hasta los delincuentes se mueven como burócratas. No consiguen asaltar a Conde las sorpresas que asaltaban a un Marlowe o a un Spade (Dupin no salía de sus habitaciones): nadie le pegará con la culata de un revólver hasta hacerle perder la consciencia y meter blanco o hueco en la ilación de hechos que llevaba. Y es una lástima que tampoco se brinde algo de pugna entre departamentos, de competencia entre investigadores, de malas relaciones entre jefes y subordinados o, más cenagoso el caso, ciertas corrupciones de la policía. Nada de eso. Un cuerpo honesto de investigadores entre los que se cuenta el teniente Mario Conde realiza su trabajo limpiamente, sin chanchullos ni envidieta. Viven entre ellos en armonía preestablecida. Mientras tanto, el autor de esos libros sí que lidia con el azar y el destino: gracias a una entrevista ofrecida por él al Diario Vasco podemos asomarnos a su verdadera historia policial, la inescrita. Que es también la historia policial de todos los que escriben en la isla, traten o no sus libros de delitos y crímenes. Nunca antes (que sepamos) se había hecho público el contrato imperante entre escritores y autoridades políticas en Cuba, secreto mayor de los literatos isleños. Nunca antes escritor residente en la isla, y por tanto expuesto su trabajo a censura oficial, había declarado cuánto sacrificaba para ver publicados sus libros. Editado en una de las más importantes casas españolas, traducido a varios idiomas y publicado (con esos mismos títulos) dentro de su país, Leonardo Padura es un autor de éxito. Algunas autoridades de la isla no ven con buenos ojos sus libros, reconoce. Pero la censura oficial no ha cambiado ni una sola palabra en sus textos, y cuatro de sus seis novelas han sido elegidas como libros del año en La Habana. Lograr milagro así en un panorama donde según él mismo los escritores incómodos resultan marginados, presupone un muy delicado planeamiento. Es necesario adelantarse al censor y borrar, no las huellas del escenario del
crimen, sino el crimen mismo. (Tal vez por ello sus novelas resultan
soporíferas: el único crimen lo ha cometido el autor:
asesinato por autocensura.) Padura confiesa imponerse determinados límites a la hora de ejercer la crítica social y justifica sus maniobras con un ejemplo deportivo: en un partido lo importante es colar gol. Es preciso, pues, ajustarse a las reglas del juego, "tratar de burlar las defensas, ser habilidoso para poder buscar la mejor posición desde la cual tirar y anotar el gol que vale". (Me gustaría, sin alejarnos de lo deportivo, transformar el ejemplo en otra clase de juego. En este otro fútbol que propongo hay también que ajustarse a las reglas, sólo que éstas no han sido estipuladas por autoridades políticas, sino por autoridades literarias, incluido el propio creador.) Padura juega en relativa conformidad el fútbol de los comisarios. Para él no existe otro juego, ni resulta posible discutir las reglas de ése. "La vida en Cuba, a pesar de todas las dificultades, es mejor en muchos sentidos de lo que pudo haber sido en otras épocas", sostiene. Vive, pues, en la mejor de las Cubas posibles. Lástima que en su entrevista no nos aclare cuáles son esos "muchos sentidos". "Yo no me imagino viviendo fuera de Cuba", afirma. Tiene "una relación sanguínea, ni siquiera intelectual" con su casa, su barrio, su país de nacimiento. Y se muestra capaz, con tal de conservarla, de malversar su relación con el trabajo. Vistas así las cosas, podrá considerársele morador privilegiado, vecino intachable, hijo emérito de Mantilla, cubano cien por ciento. Todo menos escritor con vergüenza. Más aún cuando leemos esta otra razón para no marcharse al exilio: "mi literatura surge de esa relación que tengo con la realidad cubana. En Cuba, la literatura tiene todavía esa función social, esa capacidad de influir y actuar sobre los demás". Varias son las hipótesis que despierta la frase anterior. ¿Cuál es esa relación insustituible que tiene Leonardo Padura con la realidad cubana? ¿La de verlo todo o casi todo para callar mucho? ¿Sus trabajos de premeditación donde calcula cada detenimiento del comisario de turno y tacha para no complicarse la vida (o anotar un gol, tal como él considera)? Si no se larga a vivir al extranjero es debido al influjo que consigue sobre sus lectores, a su incidencia en la sociedad civil cubana, a la agitación social despertada por sus libros. ¡Alardes de inválido! Lo único que consiguen esas novelas suyas es extender entre la gente el miedo a la autoridad, contagiar a los lectores el temor de quien escribe (si mi escaso italiano no me falla, Paúra significa miedo). Menos policiales que de horror, la sombra del censor y sus tijeras atraviesa sus páginas. Y en lugar del manual de autoayuda, Padura parece haber dado con la fórmula del manual de autocastigo. Siente, según la entrevista aparecida en el Diario Vasco, el orgullo enorme de que sus obras puedan leerse ahora dentro de Cuba. Apostador de poca monta, sacrifica la duración de su obra por ese triunfalismo del presente. Prefiere jugar el fútbol de los mandamases a practicar la ética del escritor. No es el único, que conste. Pero ha sido el primero en declarar las leyes de un juego que comparte con tantísima gente. Y las cosas, luego de esta entrevista suya, no van a ser las mismas. Ahora cualquier reunión intelectual puede tomarse por peña de tahúres. Lo era ya desde antes, pero entonces el truco se mantenía encubierto. La
lengua suelta no. 18 Qué
raro que me llame Federico Fermin
Gabor Algo menos repugnantes que los virus informáticos, críticas literarias y de costumbres gremiales
llegan a las pantallas de
nuestras computadoras bajo nombres falsos. Creo, opuestamente a Arango,
que
rara vez sin nombre. Por lo que su artículo debió
llamarse Seudónimos.
(El seudónimo tiene linaje literario y el anónimo
tradición de chantaje.)Pero más allá de la inconveniencia del título, resulta muy loable su empeño de juntar señales e intentar extraer de ellas alguna moraleja. Lástima, empero, que a ese intento no lo acompañe una recta inteligencia. Lástima que la flecha se le pierda en el camino al blanco. Y no podía ocurrir de otro modo cuando parte de presupuesto tan falso como el suyo: las polémicas literarias anidan gustosamente en las revistas de la isla. Y no podía ser menos cuando empuja al lector hacia causalidades descabelladas: tales mensajes encapuchados promueven el chisme de pasillo y restan ímpetu a lo que pudiera convertirse en crítica publicada. (Si tal como asegura él los mensajitos constituyen una moda reciente, el chisme de pasillo es anterior a la fundición de los cimientos de la casona de 17 y H). Sin embargo, lo más falso de Anónimos es el aire de apoliticismo que el autor aparenta. (Que la política salte luego a la yugular de muchas de sus oraciones resultaba esperable, pues ya se sabe cuán incivil puede ser el comportamiento de lo reprimido siempre que retorna.) Arturo Arango conocía de antemano lo político del asunto. Según palabras suyas, en esas críticas de nombres encubiertos “se descalifican instituciones cubanas y a escritores y artistas que desempeñan responsabilidades en ellas o que declaran su compromiso o su simpatía con la revolución”. Para pensamiento como el suyo la política “es un campo dominado por reglas que difieren de las que sostienen el juego literario”. Y pretende luego citar con propiedad a Barthes y a Foucault, para que no nos quepa duda de que en su vida ha leído a esos monsiús. Pues una sola incursión por obras de esos franceses le habría enseñado que las reglas son las mismas para el juego político y el literario. (¿Por qué en sus palabras la política es campo y la literatura juego? ¿Por lo minado del primero?). Arturo Arango no quiere que se le vea como censor de lo que estudia. Incluso en varios puntos admite alguna simpatía por lo que los mensajes X traen, y es plausible entender su perorata como la del voyeur que abjura públicamente de la pornografía. (Lo imagino empedernido lector de chanchullos y asiduo comentarista de pasillo.) Pero que no venga a engañarnos su aire modosito: Anónimos resulta una cerrada defensa de las instituciones gubernamentales cubanas. Declara para ello la libertad de movimientos existente dentro de las publicaciones de la isla y arremete con disimulo contra quienes las evitan y emprenden alternancias. Arango se adelanta en unos meses a medidas estatales que ya han sido pronosticadas para fines de año: la batalla contra los trabajadores por cuenta propia. Anónimos carga contra el cuentapropismo de la crítica literaria. Procura meter toda forma de vida en el corral del Estado, para que cada niek suene definitivo, inapelable. Para volver a los poderes ommnímodos de los setenta. Su autor desaprueba la batalla plantada por un seudónimo ya que resulta una pérdida de tiempo para la polémica. ¿De qué modo responder a una ficción, a una fantasmagoría?, pregunta. Y cita en su artículo a dos de esas ficciones: Leopoldo Ávila y Fermín Gabor. Confiesa que lo elusivo de esta clase de criaturas puede verse bien en el caso del primero, que escapó sin que nadie contestara a sus ataques. Es en este punto donde las carcajadas de José Antonio Portuondo o quienquiera que haya sido Leopoldo Ávila desmienten el remedo de posibilidad histórica con que intenta embutirnos Arturo Arango. Pues incluso desprovisto de seudónimo Portuondo (o quienquiera que haya sido) hubiese resultado inexpugnable. Publicadas sus columnas en la revista Verde Olivo tenía a su favor la flotilla de tanques del Ejército Central. Por no hablar de un carné del partido. ¿Luis Pavón y Joaquín G. Santana son seudónimos? Tal vez Arturo Arango deba, aunque sin meterse en política, aclararnos por qué este par de veros nominales va a marcharse sin cocotazo suyo o de otros. Ha de explicarnos también la inmunidad en la que tanta vaca sagrada circula indostánicamente a la intemperie, sin seudónimos. (¿La condición de vaca sagrada no protege mejor que un nombrete?). Confieso mi disgusto al verme citado en compañía de Leopoldo Ávila. Y, sin pretender develar por ahora mi identidad (algún día lo haré del mismo modo en que Dustin Hoffman se despoja de su peluca en Tootsie), puedo asegurar a mis lectores que me asiste muchísimo menos poder que al finadito Portuondo. Ninguno de los que fustigo dejará de tener edición o empleo debido a mis palabras, ni se le abrirá causa policial. Compruebo que del mismo modo en que Arturo Arango quiere hacernos creer que ha leído a Barthes y a Foucault, simula no saber la diferencia entre Verde Olivo y La Habana Elegante, Laurenti Beria y un pobre bicitaxista. Me acusa, a mí y a otros, de intolerante. Pero, ¿por qué buena razón dejar de atacar a un mazo de escritores oficialistas que ya cuentan en revistas y periódicos y noticieros y editoriales y oficinas con suficiente aplauso y vitoreo? ¿Hay que sumarse al coro de quienes los celebran? ¿Hay que callarse la boca o sudar fiebre por los pasillos roñosos donde circula el chisme? ¿Ser tolerante con la intolerancia política y la mediocridad literaria de quienes protagonizan la escena cultural cubana? Ya por el tobogán de las preguntas, ¿quién es verdaderamente Arturo Arango? Compartiré con mis lectores la mejor de mis hipótesis: hace unos años era el muy joven director de Casa, revista continental. Roberto Fernández Retamar era su jefe. Un buen día, con ganas de divertirse, de burlar la mediocridad de un periodista llamado Luis Sexto, el joven director confabulóse con algunos de sus subordinados y escondieron los rasgos del mediocre periodista bajo disfraces de payaso. Sacaron un número de la revista con retratos burlados de Luis Sexto. Lo escolar de la broma no tiene para mí reproche alguno (¿acaso aquí no las cometo igual?), sí lo insignificante de su elección. ¿Por qué en lugar de un idiota con nombre de rey no ocuparse de muñecón más alto? ¿Por qué no el jefe Retamar, por ejemplo? ¡En lugar de pieza mayor, bajarse con un periodista que nadie recuerda ya! Ubi sunt Ludovicus Sextus. No tardó mucho el burlado en reconocer bajo los payasescos rasgos los rasgos propios de su jeta, y exigió reparaciones a la ofensa, visitó a las autoridades pertinentes, hizo de la venganza punto de honra. Levantado el escándalo, el joven director de la revista Casa se mostró incapaz de reconocer su participación. Se engurruñó, escondióse, aclaró al jefe Retamar su desconocimiento de una jugarreta armada por subordinados suyos a sus espaldas. Pero aumentaron un poco la presión atmósferica y el joven director acabó por reconocer su parte en el complot. Lloró en la oficina del jefe (en la antesala, ya que no lo recibían) peticiones de misericordia. Haría lo que fuera necesario para recuperar la confianza traicionada por él. Se iba a Solentiname de monaguillo de Ernesto Cardenal, bordaría trajes típicos para Rigoberta Menchú. Y ahora ese lacrimoso que obrara encubiertamente, que dejara en la estacada a los suyos y mintiera a su propio jefe, es
quien llama
cobarde y amoral a todo el que se acoja a seudónimo o anonimato.
Reencarnado
desde hace años como jefe de redacción de La Gaceta
de Cuba, asegura que
no cometerá el pecado de la descalificación fácil:
“evito escribir la palabra
‘cobardía’”. (Seguramente le traería recuerdos
personales, remordimientos.)No estoy seguro de quién es Arturo arango, quizás nunca llegue a saberlo con certeza y él quede como enigma igual que Leopoldo Ávila. Pero, sea quien sea, al final de su artículo deja escrita esta recomendación: "No creo que haya que perseguir estos anónimos". Y ojalá que esta no sea una invitación solapada a las fuerzas de ataque. Porque más peligroso que quien se esconde detrás de un seudónimo es quien pone seudónimos a cada una de sus palabras. Anónimos / Arturo Arango El fenómeno ha comenzado a expandirse y aunque limitado, al menos hasta hoy, a las computadoras de aquellos que podemos conectarnos a la red (a alguna zona, ya sea mínima, de la red), ha ocupado por momentos la atención del campo intelectual cubano: cada cierto tiempo, enviados desde cuentas de correos a todas luces apócrifas o tomados de revistas digitales elaboradas fuera de la Isla, llegan a decenas, quizás cientos de buzones electrónicos textos que pretenden la crítica (literaria, pero no sólo) amparados en el anonimato. Y es, justamente, esa expansión lo que provoca este Punto: La lengua suelta no. 17 Dos Gacetas y muchísima polémica (pero no dentro de ellas) Fermin Gabor
Tengo
en mi mesa los dos últimos números de La
Gaceta y, por lo que arrojan ambos acerca de la crítica
literaria, por lo
de preceptiva que tienen, han de ser lectura obligatoria para todo el
que
busque estrenar opinión en las revistas de la isla o publique ya
en ellas. Es
preciso leerlas como se lee un manual de costumbres, una guía de
etiqueta, un
tratado ético. Especialmente dos de sus artículos: uno
debido a la pluma de
Eliades Acosta Matos, otro a la de Arturo Arango.
En familia, en verano (obra en un acto) Fermin Gabor
-¡Chico, no digas esas cosas
delante de los
niños!
-Se le habrá olvidado que su
mujer fue batistiana.
-¡Salgo yo primero!
-Siguen sobre la tierra a la espera de
premios. La lengua suelta no. 15 Hacia un perfil definitivo del hombre Apuntes para un retrato robot de la Generación del Cincuenta Fermin Gabor
La cabeza enfundada en unas pamelas negras de ala corta que la asemejan
a San Juan Bosco, Carilda Oliver Labra atraviesa la isla porque le han
dedicado la Feria del Libro de este año. Se presta, a su
edad venerable, a recitar poemas de furor sexual. (Le quitan la
temática
del repellamiento @
Cada año La Habana dedica la Feria del Libro a un
país
invitado y a un escritor diz que de relieve @
Novedades varias hacen peregrinar a Antón Arrufat en la comitiva
ministerial que recorre el país de feria en feria: la
aparición
de una antología de Gertrudis Gómez de Avellaneda que
hiciera
y una obra de teatro de las suyas. |