| Se
soltó la lengua
Dada la aceptación que tuvieron las primeras entregas de La
lengua
suelta entre nuestros lectores, La Habana Elegante ha
decidido
concederle a Fermín Gabor un espacio propio donde pueda seguir
soltando
la lengua. A partir del presente número invitamos a
nuestros
lectores a visitar periódicamente La lengua suelta,
puesto que su actualización no dependerá de la salida del
próximo número de L.H.E, sino de los envíos de
Fermín
Gabor.
La
Redacción
La
lengua suelta no. 15
Hacia
un perfil definitivo del hombre
Apuntes
para un retrato robot de la Generación del Cincuenta
Fermin Gabor
La cabeza enfundada en unas pamelas negras de ala corta que la asemejan
a San Juan Bosco, Carilda Oliver Labra atraviesa la isla porque le han
dedicado la Feria del Libro de este año. Se presta, a su
edad venerable, a recitar poemas de furor sexual. (Le quitan la
temática
del repellamiento chupachúvico
y quedaría muy poco de su obra poética.)
Ella forma, junto con Rosita Fornés, el dúo de rubias
menos
eróticas con que contaran los años cincuenta en Cuba. Y
esa
falta de fluído eléctrico las obliga, octogenarias ya, a
vestirse de sirenas o a soltar kamasutradas.
Carilda, que es la que aquí nos interesa, se muerde el pelo en
sus
lecturas a la manera de una estampa erótica japonesa, hace de
geisha
jurásica. Las ferias del libro de todos los rincones del
país
la tienen como figura principal, y ella traslada ese honor a “los cinco
héroes prisioneros del Imperio”, de quienes celebra sus bellezas
viriles pues la vieja es capaz de untar de baba sexual cuánta
cosa
le pongan por delante.
Urbano Martínez, que antes compusiera una biografía de
José
Jacinto Milanés y otra de Domingo del Monte, ha dado a la luz
biografía
de la anciana poeta. (La otra rubia ya contaba con una, escrita por
Evelio
R. Mora: Rosita Fornés, Letras Cubanas, La Habana,
2001.)
Hasta los remates de la isla viajan la poeta, su joven marido, un
peluquero
que la atienda y la vida escrita de ella. Y no hay punto que toquen
donde
no sepan de su leyenda: es la Compaya Segunda de la poesía.
“Qué bien se ve Raquel Revuelta”, opina al verla una vecina de
Corralillo,
fanática lectora de Doña Bárbara.
Cortejada por la prensa, uno de los periodistas quiso oírle
acerca
de los años en que estuvo en la fuácata, sin
publicación
y sin que pudiera mencionarse su nombre, y Carilda se refugió en
gatuna cortesía. ¿Para qué ponerse a recordar
malos
momentos ahora que todo resultaba fiesta?
@
Cada año La Habana dedica la Feria del Libro a un
país
invitado y a un escritor diz que de relieve
(Carilda Oliver Labra en este caso), y lo que sigue a éstos en
jerarquía
es el Premio Nacional de Literatura, flamante como un
carro
del año.
Reynaldo González por esta vez, los festejos organizados en su
natal
provincia han rebasado todo lo ocurrido antes. Pues le ha tocado
develar,
en plena vida, una tarja que conmemora su venida al mundo. En Ciego de
Ávila, en la fachada de la casa de su infancia. (El hotel
“Pernik”
de Holguín tiene una habitación donde cabe la gloria de
Pablo
Armando Fernández, lo mismo que la de Hemingway en el habanero
“Ambos
Mundos”.)
En varias comparecencias televisivas Reynaldo González ha
pretendido
que esa tarja recién develada cubra el territorio nacional.
Llama
ensayos a los artículos que ha escrito y, dotado en lo
más
mínimo para los primores de la lengua, se ha metido (como Rosita
en traje de sirena o Carilda de geisha) en disfraz de clásico
del
Siglo de Oro con el fin de pujar una novela histórica.
Del mismo modo en que se saca de la casa la basura, saca un librito de
sonetos eróticos.
Durante buen tiempo crítico del actual ministro de cultura, no
más
le aflojaron el premiete, Reynaldo González sigue y persigue al
ministro por todas partes. Le ríe las gracias y los pujos
indistintamente
(Abel Prieto hace chistes con la misma frecuencia que un candidato
presidencial
norteamericano), le recoge el pelo, le alcanza las pastillitas.
González, lo mismo que Carilda, prefiere olvidar sus disgustos
anteriores
y se adentra en la fiesta. Pues andaba necesitado de tarja y de
cariño.
Fue gozador de buen destino juvenil para ser tronado luego, y ahora
intenta
retomar su juventud por cualquier medio, procura continuar carrera.
Igual
que el resto de sus compañeros de generación, reunidos en
el proyecto “Buena Vida Social Club” que patrocina el Ministerio de
Cultura.
@
Novedades varias hacen peregrinar a Antón Arrufat en la comitiva
ministerial que recorre el país de feria en feria: la
aparición
de una antología de Gertrudis Gómez de Avellaneda que
hiciera
y una obra de teatro de las suyas.
De las fijaciones de textos ajenos realizadas por Arrufat tiene ya el
lector
algunas muestras. (Su edición de La carne de René,
de Virgilio Piñera es conocida como El picadillo de
Antón.)
Verdadero especialista en reescribir maestros, quién sabe
cuántas
aportaciones suyas leemos como si fuesen poemas enteramente
piñerianos.
Y ahora sus desafueros filológicos lo han llevado a producir la
que puede considerarse como edición más peregrina de La
Peregrina.
Él consigna en nota inaugural que ha eliminado de los poemas
todos
aquellos versos que no le convencían,
y en su lugar ha colocado hiladas de puntos suspensivos tal como
acostumbraba
a hacerse en vida de la poeta. Siglo XIX para una decisión y XX
para otra, acto seguido reconoce la supresión de las
mayúsculas
que doña Gertrudis utilizaba al inicio de cada uno de sus
versos.
Y para rematar, elimina los signos de admiración tan abundosos
en
la poesía romántica. Por privilegiar la moderna lectura
en
voz baja, sostiene.
En resumen, el cuarto de Tula le cogió candela. Porque no
importa
cuánto cariño haya dedicado en su prólogo Arrufat
a la descuartizada de Puerto Príncipe, termina por tratarla como
a histérica a quien se hace preciso controlar en enfásis,
exclamaciones y momentos de desfallecimientos. Con mano de antologador
le tapa la boca, y se ufana de ello como si estuviera
coronándola
en el Tacón. O dicho mejor aún: la corona a
taconazos.
Promete salvarla de la polilla y la trata como a cucaracha. Arrufat
deja
para nosotros la mejor edición lobotomizada de Gertrudis
Mucho-Hombre
y nuestros académicos le estarán agrecidos por el churro.
(Con tal de no dar golpe miran con buenos ojos las chapucerías
del
primero que pase.)
Abel González Melo, quien ha fungido como presentador de Las
tres partes del criollo, relaciona esta nueva pieza arrufatiana con
otras plúmbeas contribuciones del mismo autor a la dramaturgia
nacional.
(Uno piensa enseguida en lo hermoso que sería que
González
Melo pudiese entregarnos biografía de Arrufat del mismo modo que
contamos ya con Rosita’s y Carilda’s. Poeta y dramaturgo, Abel
González
Melo ha escrito unas notables glosas de las que no puedo más que
citar un fragmento: “Si quieren que a la otra vida / Me lleve todo un
tesoro,/
Me esculpiré. Frágil coro / Cala en la escara encendida./
Punge en mi vientre la herida / Lúgubre del mal que espero./
Busca
un pulgar asidero / Sobre el mural trascendente / Del tubo espeso y
caliente
/ Donde renazco o me muero.”/ /“Terco temblor tormentoso / Me expulsa
otra
vez al campo / De los pinceles. Estampo / Recias figuras de gozo./
¡Ya
no soy mujer, soy mozo!/ Mas, sumido en lo que añoro,/ Descubro
entre pelo y poro / Fiera escafandra perdida:/ ¡Llevo la trenza
escondida
/ Que guardo en mi caja de oro!”. Los dos primeros y dos últimos
versos pertenecen a José Martí, los otros al horror. El
poema
puede encontrarse entero en la antologia generacional Cuerpo sobre
cuerpo
sobre cuerpo, selección, prólogo y notas de Aymara
Aymerich
y Edel Morales, Letras Cubanas, La Habana, 2000)
Las tres partes del criollo (título que, junto al
destazamiento
de la Avellaneda, revela tendencias de serial killer en su
autor)
correrá seguramente la misma suerte del teatro publicado
anteriormente
por Antón Arrufat. Y no resulta arduo adivinar cuál
será
la excusa enarbolada por éste para el tan poco caso:
acusará
a directores y actores y atrezzistas y taquilleras de castigarlo en
censura,
de alargar el castigo que en los años setenta le impusieran. (En
entrevista donde detalla su caída en desgracia, culpa de ella a
Raquel y Vicente Revuelta, hermanos en Stalin y en la sangre. Pero ni
un
nombre de funcionario implica al sistema, como si los Revuelta hubiesen
copado por entonces todos los puestos. Las acusaciones arrufatianas
tienen,
prudentemente, la dimensión de un camerino.)
Rine Leal ha aportado, hasta donde sé, las razones más
plausibles
del poco suceso teatral del autor de Las tres partes del criollo.
Según él, falta a esas obras las tres especias que
conforman
lo mejor del teatro: sexo, sangre y dinero. O expresado a nivel de
película
del sábado: nudismo, violencia y lenguaje de adultos.
Hasta hace poco Arrufat contaba con un aire de mártir que le
prestaba
algún interés. (Lo mismo
que otros compañeros suyos de “Buenavida Social Club”,
pasó
un tiempo limpiando zapatos y sin poder cantar.) Sabía que en
ello
consistía su fuerte y coqueteaba con la rememoración de
sus
desgracias, amenazaba con soltar en público la verdad. (De
él
y de los otros, no hay más que leer sus respectivos discursos de
aceptación del Premio Nacional de Literatura.) Ya que no
había arrimamiento posible a Lezama y a Piñera
través
de la escritura, se les pegaba vía calvario. Pero ahora que lo
tratan
oficialmente como a senador, ha tenido que torcer las cosas para
cultivar
su victimismo sempiterno, su papel de perseguido hasta el catre de
mármol.
Fuñido antes por castigo estatal, ahora que goza de favor
estatal
se finge castigado por otros poderes. Le arrebatan premios en la arena
internacional y cuando lo publica editorial española de las
grandes
es sólo para hacerlo aparecer en el traspatio mexicano. No le
permiten
triunfar en Barcelona y en Madrid, desde afuera lo castigan por no
haberse
marchado al exilio.
Como buen miembro de “Buena Vida Social Club”, Antón Arrufat
sostiene
con lo político las mismas relaciones que las putas con un chulo
violento.
@
Como en esas telenovelas venezolanas donde los personajes se quedan
ciegos
de buenas a primeras, la conversión en masa de un puñado
de viejos escritores en innegables escritores oficialistas parece obra
de un guionista desesperado. (A esos viejos, ¿qué les
echaron
en el café con leche? ¿Qué jalapa los ha puesto a
cagar de tal modo?)
Padecedor de súbita ceguera, el maestro César
López
también se ha largado de ferias con una maleta de viajante. (No
agobiaré al lector con el inventario de tal valija. Sólo
en una generación como la del Cincuenta puede figurar con
protagonismo
un poeta tan pésimo como ese César López.) Lo mismo
que Reynaldo González, atravesó por una etapa de rechazo
a dirigentes culturales. Juró no hollar nunca más los
jardines
de 17 y H, promesa cumplida por algún tiempo. Aunque, igualito a
González, ha vuelto decidido a robarse el show.
Contempóraneo del nacimiento de la televisión, mitad
Tongolele
y mitad Gina Cabrera, César López parece dotado lo mismo
para el cabaret que para el drama. Heberto Padilla lo apodó “La
Mamboleta Trágica”, y el nombrete es extendible a la
generación
en pleno.
César López ha sacado de su vuelta al redil favores no
sólo
para él, sino para la familia. Pues La Gaceta de Cuba,
publicación avara en todo lo que pueda entenderse como
protagonismo,
ha concedido columna fija a Adriana López Labourdette, hija suya
residente en el extranjero. (Obedeciendo a cuáles méritos
tal vez ni lo tengan claro en la redacción de la revista. Sin
obra
conocida por estos horizontes y emplazada en belvedere de tan pocas
novedades
como una ciudad suiza, las columnas de la damita López no
ofrecen
mérito alguno.)
Pero a lo que sí hay que reconocer brillantez es a la tesis
lanzada
por su padre acerca de cuál ha sido la misión
histórica
de la Generación del Cincuenta. Sostiene López
que
las generaciones que le siguen tendrían que agradecer a la suya
el haber servido de escudo, de cortina rompevientos, de dique. Pues
llovieron
los golpes, se nubló el cielo, menudearon los rayos (a algunos
los
malpartió), ellos resistieron, pasó la tormenta, y han
conseguido
saludar a este sol que brilla para todos, nuevo sol del mundo moral.
Sostiene López que los escritores de la Generación
del
Cincuenta arrostraron sufrimientos en nombre del género
humano,
y si ahora fiestean también lo hacen en beneficio del
prójimo.
Se han hecho oficialistas para librar a los más jóvenes
de
la terrible carga de sonreír y dar la mano. Aquellos
que gozan de tiempo para leer y escribir, los que habitan este hermoso
presente preñado de promesas, viven encaramados sobre los
hombros
de ellos, escritores mayores. Como chivo expiatorio, la Generación
del Cincuenta detenta el disparo de whisky y la bofetada
del
jamón.
Una tesis así resulta ser variación sobre el viejo poema
de Roberto Fernández Retamar que preguntaba, recién
triunfada
la revolu, a quiénes debían los sobrevivientes la
sobrevida.
Acomplejados por no haber entrado en la acción, pandilla de no
asaltantes
del cuartel Moncada, otros habían peleado en lugar de ellos,
para
ellos. Y ahora, en reversión del poemilla retamariano,
resultaban
ser ellos los asaltantes, los del comando guerrillero, y otros les
adeudaban
la sobrevida.
Lo que no queda claro es cómo, si atravesaron tantas vicisitudes
para que éstas no se repitieran, pueden figurar ahora como
cúmbilas
de los que castigan, como cómplices del rayo que no cesa.
Al parecer aquí reside el punto más flaco del posible
mesianismo
de la Generación del Cincuenta y lamentamos tener que
contradecir
el único rasgo de inteligencia que nos ha llegado desde
César
López. (Ofrecemos disculpas a él, a su generación
y a su hija, a los vecinos del CDR número 97 “Hermenegildo
Morejón”,
así como saludamos al colectivo de trabajadores de la
fábrica
“Nubladores del Mañana” que ha cumplido y sobrecumplido sus
metas
productivas.) Pero si la Generación del Cincuenta
ha tenido alguna misión, ésta sólo ha consistido
en
apagar el mayor número de luces y encender la menor cantidad
posible.
Con la única salvedad del poeta Rafael Alcides, los escritores
de
la Generación del Cincuenta constituyen la Patrulla
Click
de la literatura cubana.
La
lengua suelta no. 14
Almas
llaneras
Fermin Gabor
Cintio Vitier, que hubiese quedado tan bien ocupándose de la
leyenda
del que "sin sacudirse el polvo del camino" corrió hasta la
estatua,
se encontraba inservible, francamente enfermo. Algunos otros
artículos de exportación certificados por el CAME
tenían
que permanecer en La Habana apostados en los festejos del Premio Casa
de
las Américas: Retamar, Pablo Armando, Barnet, Nancy
Morejón
(Dios mío, ¿cómo pueden perpetrarse estos versos
suyos
que acaba de publicar La Gaceta de Cuba en
número
dedicado a la escritura femenina: “Las florecitas violeta del breve
patio
simulador / empujaban sus cuerpecitos violáceos / hacia la
puerta
abierta de par en par. / Las florecitas no volvieron a hablarse nunca
más.
/ Las ramas estaban desoladas / pero las florecitas aparentaban tener
una
quietud / la quietud de las madrugadas inofensivas de otra
época”?)
Sin embargo, quedaban suficientes oficialistas de segunda fila de los
cuales
sacar una linda delegación.
“Me da lo mismo Venecia que Venezuela”, respondió Lourdes
González
desde Holguín.
Con tal de ganarse un dinerito y salir un rato de la escritura de
guiones
para las tribunas abiertas
de cada sábado, le daba igual arrimarse al Dux de Venecia que a
un militar latinoamericano. Iría.
Mirta Yáñez había elevado sus quejas por no ser
invitada,
hacía un par de años, a la delegación oficial a la
Feria de Guadalajara, y esta vez sí que cogería
cajita.
“Voy ahí”, sentenció.
Para Norberto Codina, director de La Gaceta de Cuba y
venezolano
de nacimiento, era una vuelta a la patria. Luis Suardíaz, grado
33 de la Logia Hermandad de la Poesía Latinoamericana,
saludaría
a sus conocidos entre los peores poetas venezolanos. “Y Lisi”,
pidió
el ministro Abel Prieto a la cabeza de la delegación,
“echénme
a Lisi en el paquete”. Con este nombre de poesía bucólica
se refería a Lisandro Otero.
Ambrosio Fornet emprendería viaje sentimental. Tantos
años
después volvería a regodearse en el encanto de la
revolución,
sustancia que intentara estudiar en presencia y ausencia y que, como
todos
sus temas, siempre se le escapaba.
“¡Y mis Premios Nacionales!”, reclamó el ministro como
reclama
un niño sus soldaditos de plomo.
Así que echaron mano a Reinaldo González. Le
vendría
bien un poco de entretenimiento ahora que se sentía decepcionado
después de recibir el Premio Nacional de Literatura.
(Imaginó
que al obtener el galardón llegaría a creerse escritor y
aún seguía en el descrédito.)
Zézar López (zetas de zuz eztudioz en Zalamanca) y
Antón
Arrufat, ambos naturales de Santiago de Cuba y cada uno envidioso del
aburrimiento
que lograba el otro en sus lectores, representarían
perfectamente
lo polémico de la cultura cubana. Una cultura signada por la
controversia,
que ha dado nombres señeros como Justo Vega y Adolfo Alfonso,
Virulilla
y Saldiguera, Arango y Parreño, Clara y Mario, Cecilín y
Coti (por citar sólo unos pocos). Enfundaron, pues, a los dos
viejos.
Otro par, pollos de los setenta, Eduardo Heras León y Guillermo
Rodríguez Rivera dieron el paso al
frente, se personaron en la comisión de reclutamiento. Buenas
piezas
los dos. El primero con un pasado militar y cuentos de marcialidad
sentimentaloide,
se entendería bien con un ejército extranjero. El
segundo,
amén de sus valores intelectuales, contaba con una joroba y en
verdad
que da suerte disponer de un jorobado. No habría pava (para
expresarlo
venezolanamente).
Más vianda para el ajiaco: Desiderio Navarro, tan buen tratante
del papel de los intelectuales en la sociedad y tan desentendido de
materializarlo:
Desiderio en su blablablá babélico. Sumad a un joven
poeta
Premio
Casa de las Américas, un tal Pérez Boitel,
quizás
el peor premio de esa institución en una larga carrera de peores
premios. Jóvenes dirigentes de la cultura y algunas nulidades
maduras.
Cabeza del ajiaco, el ministro de cultura propiamente. Y la presencia
de
Carlos Martí se prestaría para que cuando hablaran de
Martí
y de Bolívar, los oyentes pensaran en Carlos y en Hugo, no en
José
y Simón.
Dispuestos y pimpantes, empacaron. Volaron hasta el corazón del
país amigo y la cosa terminó en el Palacio de Miraflores,
salón Ayacucho. Fue un encuentro de la fraternidad
latinoamericana,
que indudablemente incidirá en el desarrollo de ambas
literaturas
nacionales y que a la larga cumplirá el sueño martiano y
bolivariano de una sola América. (Advertencia: el hombre nuevo
de
ese sueño existe ya: Norberto Codina, intelectual en donde no
puede
deslindarse qué hay de Venezuela, qué hay de Cuba y
qué
hay de intelectual.)
Sin importarle la presencia de Mirta Yáñez y de Lourdes
González,
el mandatario venezolano llamó a los escritores de la
delegación
“cuartos bates”. Les contó algunos trozos autobiográficos
y les presentó a hijas y a nietos. En gesto conmovedor, el
compañero
Eduardo Heras León hizo entrega al
mandatario de un ejemplar de
Los desafíos de la ficción,
autografiado con sentida dedicatoria.
“Vivimos en un mundo donde reina el seudopensamiento”, pronunció
el jefe de la delegación cubana. (Su homólogo
respondía
al nombre de Aristóbulo Isturiz.) Y por tanto anunciaron que a
fines
de año celebraría en Caracas un congreso de intelectuales
y artistas equiparable al congreso antifascista de Valencia en los
treinta.
Ambas delegaciones de escritores firmaron un llamamiento y el primero
en
la lista de firmantes, venezolano, lleva nombre muy a propósito:
Farruco Sesto. (¿O es errata del Granma y se trata de
Francisco
Sesto, viceministro venezolano presente en las conversaciones?)
Fuera del Palacio de Miraflores y desatendidos por los olímpicos
cubanos, un grupo de intelectuales venezolanos tildó de
policías
a los miembros de la delegación cubana. Y deslizaron
advertencias
de que en Venezuela no persiguirían a ningún Reinaldo
Arenas,
acusarían a ningún Heberto Padilla, ni
encarcelarían
a ningún Raúl Rivero.
Fue una estancia breve, pero provechosa. En las madrugadas
caraqueñas
debió ser hermoso para un César López, un
Antón
Arrufat, un Reinaldo González o un Eduardo Heras León
ponerse
a imaginar lo que sería sufrir castigo en un proceso como el de
la revolución bolivariana. “Ah, los hermosos años de
castigo”,
debieron suspirar con nostalgia inocultable. Y a sus mentes
volverían
las patadas por el culo, las escupidas, las tachaduras de nombres y
expulsiones,
la hermosa cerrazón de sus juventudes. Todo el encanto de la
revolución,
apuntaría el maestro Ambrosio.
Lamentablemente, la delegación cubana tuvo que apresurar la
vuelta
al país para meterse de lleno en la Feria del Libro de La
Habana,
a abrirse en breve.
Tal vez no esté lejano el día en que Lourdes
González
abandone la escritura de uno de sus guiones para atender una inaudible
llamada telefónica. (Cuando llueve sobre los surcos de
piñas
en Ciego de Ávila la comunicación entre Oriente y
Occidente
se repleta de ruidos.) Y al colgar se mostrará insegura de lo
escuchado.
¿Chile fue? ¿Pinochet lo que dijeron? Cuando cese la
lluvia
en Ciego volverán a llamarla.
La
lengua suelta no. 13
Botella
lanzada a La Jungla
Dirección:
17 y H, Vedado, La Habana
Fermin Gabor
Hace unos cinco años, dos o tres miembros de la sección
de
escritores de la UNEAC tantearon el camino
hacia lo que el diario Granma ha llamado recientemente de un
modo
hermoso "red de redes", hicieron notar a la asamblea de dicha
sección
el hecho de que los escritores aborígenes no contaban con acceso
a Internet, y fueron cruelmente despachados.
No se trataba (mejor aclararlo para que no se forjen falsas
épicas
sindicales) de una reclamación. ¿Cómo iba a
atreverse
un escritor indígena a reclamarle al Ministro de Cultura (pues
no
era otro quien presidía la asamblea) derecho alguno?
Tampoco se trataba de una petición. Simplemente, aquellos
compañeros
expresaban una inquietud. Llevaban ya buen rato escuchando
letanías
de problemas resueltos, no veían llegar el momento de la
merienda,
y a uno y luego a otro y a otro más, les dio la inquietud, el
perendengue,
la comezón, la rasquiña, el prurito de que los escritores
cubangos no pudieran hacer uso de Internet.
"¿Y éso que coño es?", se escuchó preguntar
a los más viejos.
(Hubo un tiempo en que para hacerse miembro de la sección de
escritores
bastaba con publicar un folleto. Títulos como Escambray 63:
peine
contra bandidos, Nido de infiltrados, Misión
Chalatenango
o Con la hamaca a cuestas consiguieron introducir a sus autores
en la sociedad de escritores. Satisfechos con su membresía,
nunca
más intentaban una letra y se sobresaltaban ante cualquier
novedad.
Era principalmente a ellos a quienes se debía tan bajo
índice
promedio de lecturas dentro de la sección de escritores: 0.6
libros
al año.)
Afortunadamente, los que presidían la asamblea sí que
conocían
la red de redes. Podían utilizarla, aunque no gozaban de mucho
tiempo
para ello. Iban de una reunión a otra, de una inquietud a otra.
Y ahora unos escritores a quienes el tiempo les sobraba por puro
egoísmo
(no tenían que preocuparse de problemas ajenos, ellos eran esos
problemas), tenían la jeta de preguntar por qué no les
llegaba
a sus mesas de trabajo la conexión a Internet.
Los aquejados de inquietud, los majaderos de la tecnología eran
dos o tres. Y jóvenes.
"Mandarlos a una Feria del Libro en Ciego de Ávila", recomendaba
un viceministro.
"Que les den un premio literario", proponía un segundo
viceministro.
"Una beca de creación."
Las sanciones iban llegando a la Distinción por la Cultura
Nacional
cuando una mano de largos pelos en sus dedos capturó el
micrófono,
y el ministro Abel Prieto, especialista en la obra de José
Lezama
Lima, cuestionó la abundante información que esperaba a
quien
se adentrara en la red de redes.
"Piensen en esa masa abrumadora de información", dijo como si se
tratara de una falla del sistema.
Después se extendería en lo caro que resultaba asegurar a
todos los miembros un acceso tal (varios de los presentes se mostraron
dispuestos a desembolsar lo que costara, pero no era cuestión
de crear diferencias en la masa). Su primera reacción fue, sin
embargo,
aterrar a la asamblea con la perspectiva de una infinitud de
conocimientos.
Describió un alud enorme que se desplomaría sobre cabezas
no preparadas para ello.
De editar una enciclopedia (su fulgurante carrera lo había
llevado
de editor a ministro), Prieto quedaría satisfecho con
sólo
publicar los volúmenes de las primeras letras. Ensayista como
decía
ser, conjeturaba que el conocimiento era motivo de ahogo para los
demás.
Y en verdad los autores de folletos sufrían de vértigo
ante
esa perspectiva. Dos que habían hecho en coautoría el
único
folleto de sus vidas vomitaron al unísono. Faltaba aire en la
sala.
¿Nadie había enseñado a esos muchachos lo
descortés
que resultaba referir asuntos de tanta libertad en una asamblea como
ésa?
Y, por otra parte, ¡qué oportunidad perdida! ¡En
lugar
de pedir un teléfono o una semana de vacaciones en la playa,
cositas
concretas, ponerse a llorar por algo tan fantasmagórico!
¿Cómo
podían ser tan abstractos?
Para quienes no la conocían, la red de redes cobraba la
apariencia
del bosque oscuro de los cuentos infantiles. ¿Y cómo
mandar
a una niñita tan tierna a la oscuridad del bosque?, preguntaban
con voz de abuelita los de la mesa presidencial. (Aunque los dedos que
sostenían el micrófono eran más bien de lobo.)
Nadie iba a atreverse a cuestionar en público lo que la mesa
sentenciara.
"¡Imposible!", dictaminó el ministro.
Y en ese mismo instante hicieron su aparición los tarugos de la
viverología.
¡La merienda estaba allí! Concretísima: vaso de
guachipupa
color rubí con attachment de pan con timba
cárnica.
¿Qué inquietud podría compararse con la de no
coger
cajita?
¡Qué red de redes ni la cabeza de un guanajo!
¡Pan de panes!
Se formó la cola. La cotización del vaso de guachipupa
perteneciente
a diabético llegó a cuarto de pan con chirimbolo.
Levantada
la sospecha de que no alcanzaría para todos, los cuerpos se
apretaron
en ariete contra el tarugo devenido repartidor. Y al tema que dos o
tres
trajeran, agua de dominó. ¿Quién iba a sospechar
entonces
que las más altas autoridades pasarían sus insomnios en
cavilación
sobre ese asunto?
La noticia la trae el diario que a diario Granma en su
edición
del martes 18 de noviembre: abren en el edificio de la UNEAC una sala
de
navegación con veinte computadoras.
La sala, según el cronista, es flamante. Las computadoras, de la
más moderna tecnología. "Valiosas butacas de caoba
esperan
por el usuario", anuncia el artículo. Así que ni
comején
ni virus cibernéticos. Cualquier miembro podrá pagar
(módicamente)
por una tarjeta de horas para soñar que se está lejos de
17 y H.
El diario no aclara si se tratará de navegación suelta o
restringida, de oceáno o riachuelo previamente encauzado.
¿Pelo-suelto-y-carretera
o carnaval-con-baranda?
"Significa que nos han dado también un arma para seguir luchando
en la Batalla de Ideas", asegura el presidente de la UNEAC Carlos
Martí.
Y menciona un sitio web oficial donde los escritores cubanos condenan
al
facismo norteamericano.
"Para que todos los miembros puedan conocerlo y utilizarlo", afirma de
tal sitio.
Según el órgano oficial del Partido Comunista de Cuba la
sala se abre para:
1) erigirse en instrumento de defensa de la Revolución en aras
de
proclamar la verdad sobre Cuba
2) tener acceso a conocimientos más universales
3) promover la cultura
El equipamiento ha sido donado por la alta dirección del
país
y llegará también a provincias. ¡Trece hurras
guajiros,
uno por cada provincia! Y un hurrita por el municipio especial Isla de
la Juventud.
La sala de las veinte computadoras (y las veinte piezas de caoba) ha
sido
bautizada oficialmente como La Jungla. Aún no ha sido
inaugurada,
pero imaginemos su funcionamiento: determinado miembro compra su
tarjeta
y se adentra en la manigua cibernética. Le toca, en lugar de una
silla adaptable a cada largo de piernas, impráctica butaca de
hermosa
madera, buena para recordar al cuerpo que no debe parquearse
allí
por mucho rato.
Nuestro usuario silba desde el amanecer unas melodías
contentísimas,
se siente como si lo esperara una gran cita, como si le hubiesen
otorgado
visado. Y por fin sale puerto afuera.
Acceso
denegado, contesta la máquina (veloz) a su primer
intento.
Acceso
denegado, responde a una petición segunda.
Y así, ídem de ídem.
Sin embargo, el sitio de escritores cubanos antifacistas se abre como
una
seda. La Jiribilla es un tobogán. Los periódicos
de
la isla patinaje artístico sobre hielo.
Luego de aruñar en esos sitios permitidos la poca noticia de
valor
que haya, nuestro amigo se levanta un tanto defraudado (si no dolido)
de
la silla de caoba y piensa que ha hecho el viaje del balsero que,
borracho
por celebrar su libertad, toca tierra, se abraza ciego de alcohol al
primer
humano, para descubrir luego que abrazaba a guardafrontera
ñángara.
En vez de La Jungla aquello es El Platanal de Bartolo.
Pero no seamos pesimistas. Admitamos cierta liberalidad en las
autoridades
culturales de la isla. No juzguemos la mano por los pelos que crecen en
ella. Y en tal hipótesis, pensemos que estas líneas van a
ser leídas en la nueva sala de máquinas de 17 y H,
Vedado,
La Habana.
Lanzo entonces esta botella hacia la jungla. En caso de que llegue
íntegra,
una vez descorchada, el papel que viaja en su interior reza:
"¡Internautas
de todos los países del mundo, uníos!".
La
lengua suelta no. 12
Detenidos
Luis Báez y Pablo Armando Fernández por sacrificio ilegal
de reses
Fermin Gabor
Este verano ha sido (al menos para mí) extremadamente parco en
canciones
pegajosas y también en lecturas de piscina. Quitando las
memorias
mexicanas de Rufo Caballero una sola alegría reconozco
haber tenido, un solo libro ha conseguido absorberme. De Luis
Báez:
Junto
a las voces del designio. Revelaciones del poeta Pablo Armando
Fernández.
Y es que muy difícilmente podrán existir otras 126
páginas
de confesiones tan libres de frases memorables, de comentarios sagaces
o chismes inéditos como las páginas de este librito. A lo
largo de toda una vida Pablo Armando Fernández ha logrado tratar
personalmente a Carson McCullers, Graham Greene, Montgomery Clift,
Julio
Cortázar, Virgilio Piñera y José Lezama Lima, ha
logrado
ser amigo de algunos de ellos, y ahora consigue que no se le note para
nada.
Y Luis Báez, avezadísimo periodista, lo secunda en esta
hazaña
de rememorar tan opacamente. Báez y Fernández
(¡vaya nombre de casa comercial!) son matarifes de la vaca del
recuerdo.
La mata uno mientras el otro le aguanta la pata.
Pero mejor que abundar en la descripción de este librito
será
copiar algunas de sus perlas. Pablo y Luis (buen nombre
para
dúo) escribirán por esta vez la columna. (Así me
regalan
tiempo de piscina en este calor.)
!!!
Pablo Armando Fernández: “Te voy a confesar algo muy
íntimo.
Yo escribo versos porque es mi modo más simple de expresar mis
sentimientos,
mis ideas, si tengo alguna, mis emociones.”
!!!
Luis Báez: “¿Han influido en su obra otros poetas?”
Pablo Armando Fernández: “Sin dudas. Aquellos en quienes la
repercusión
de sus voces hallan en mí la atención que exigen para
darles
continuidad.”
!!!
Luis Báez: “¿Cuál es su definición de
moralidad?”
Pablo Armando Fernández: “El respeto en la convivencia familiar,
amistosa, social. Hay cánones seculares que establecen reglas
ennoblecedoras.
Deben acogerse como principios hegemónicos.”
!!!
Pablo Armando Fernández: “Ninguno de mis libros ha sido ignorado
por algunas de las eminencias de la literatura contempóranea.”
!!!
Luis Báez: “¿Cómo enjuicia la función del
crítico?”
Pablo Armando Fernández: “El crítico debe, pienso yo,
ayudar
al lector a una mejor comprensión del texto que lo ocupa, pues
una
vez más he de repetir que se debe leer para aprender, que es
vivir.
!!!
Pablo Armando Fernández: “Durante catorce años desde 1968
hasta 1982 no publiqué un libro en Cuba. Después de trece
años, en 1980, pude recuperar mi pasaporte y viajar a Estados
Unidos
luego de veinte años de ausencia. Seis años sin que se me
permitiera publicar un poema en la UNEAC. Hasta 1979 no me volvieron a
invitar a las actividades del Premio Casa de las Américas.”
Luis Báez: “Esa no fue la Bu, sino funcionarios dentro del
aparato
estatal.”
Pablo Armando Fernández: “De eso siempre estuve claro.”
[Los funcionarios de los que se habla pertenecían a la
administración
colonial inglesa en la India. Y, como es usual en estos casos, ninguno
de sus nombres aparece en la entrevista.]
!!!
Luis Báez: “Después de todos esos sinsabores que me acaba
de revelar, ¿en qué momento y lugar se encuentra con
Bubu?”
Pablo Armando Fernández: “Yo me encontraba en casa de
Núñez
Jiménez. Ya era de noche. De repente tocan a la puerta. Voy a
abrir.
Es Bubu. Me quedé paralizado.”
Luis Báez: “¿Y qué ocurrió?”
Pablo Armando Fernández: “Me dio la mano a la vez que me dijo:
‘buenas
noches’. Me preguntó: ‘¿cómo estás?’.
‘Bien,
Comandante’, le respondí. Entonces me puso el brazo sobre los
hombros
y así fuimos caminando hacia la sala.”
Luis Báez: “¿Qué sintió en esos momentos?”
Pablo Armando Fernández: “Ese detalle de afecto borró de
mi mente y sobre todo de mi corazón
las angustias, sufrimientos y tristezas que habitaron conmigo durante
muchos
años. Me percaté que hasta ese momento estaba
sobreviviendo
y que había comenzado a vivir.”
Luis Báez: “¿Recuerda de qué se habló esa
noche?”
Pablo Armando Fernández: “Se hablaron muchos temas. Verlo y
escucharlo
en una conversación que no he olvidado y, que al referirme a
Bubu,
digo que por primera vez tenía frente a mí a un cristiano
libre de toda secta, alguien que respondía cabalmente al
‘amarás
a tu prójimo como a ti mismo’ [Evidentemente, la
oración
anterior cancanea gramaticalmente] Esa noche conocí a un
verdadero
comunista al servicio de los que en el mundo lo necesitaban y
habló
de Africa, de Asia, de Latinoamérica, y por qué no
decirlo,
de todos los desposeídos de la tierra, no importa dónde
estén.”
!!!
Luis
Báez: “Tengo entendido que le celebró a Bubu su
cumpleaños
70.”
Pablo Armando Fernández: “Realmente hay dos momentos de gran
esplendor
en nuestra amistad que los debo a Miguel Barnet. Él fue quien le
dijo a Bubu en una recepción del Premio Casa que en unas semanas
yo cumpliría sesenta años. Bubu se brindó para
festejarlo
en Casa de las Américas. Esa noche, a una pregunta suya,
respondí:
‘Decir que soy en este momento el hombre más feliz sobre la
tierra
es un acto de egoísmo, ya que quien verdaderamente se merece
este
instante es usted, pero nunca lo tendrá porque no tiene un Bubu
Bububu que le haga este homenaje’. “El otro fue cuando, próximo
a la fecha en la que Bubu cumpliría setenta años, Miguel
me dijo: ‘Bubu no tiene un Bubu Bububu, pero tiene un poeta que puede
homenajearlo’.
Y así se hizo.”
!!!
Luis Báez ha recibido el Premio Nacional de Periodismo
“José
Martí” y el Premio Internacional de Periodismo
“José Martí”. Entre sus libros se cuentan: Guerra
secreta
de la CIA, Los que se fueron, Los que se quedaron, Conversaciones
con Juan Marinello, Secreto de generales y Miami,
donde el tiempo se detuvo.
En el prólogo de este último libro suyo, Luis Báez
ha dicho de Pablo Armando Fernández: “En el transcurso de la
conversación
tuve la sensación que tenía frente a mí la
versión
masculina de Teresa de Calcuta o a San Francisco de Asís”.
Junto
a la voces del designio. Revelaciones del poeta Pablo Armando
Fernández
contiene una galería de fotografías y un aparato de notas
tan acuciosos que en la página 90, luego de que el entrevistado
menciona a “Kenneth Tynan, otro escritor inglés”, una nota a pie
de página nos confirma de Tynan: “Escritor inglés”.
En la página 11 el entrevistado asegura haberse beneficiado en
New
York del trato con Federico García Lorca para que una nota a pie
de página nos entere de que Lorca es un poeta español,
uno
de los más grandes líricos de la lengua española,
y que encontró su muerte en 1936. (No sabemos entonces
cómo
pudo Pablo Armando Fernández alcanzar a tratarlo en 1945. Tal
vez
este pequeño enigma venga a decirnos que el mito de la persona y
la obra de Pablo Armando sobrevive incluso a la pericia de investigador
de un Luis Báez.)
La editorial Ciencias Sociales, que publicara el año pasado la
biografía
de Goethe por Herman Grimm, acaba de sacar a la luz esta otra
biografía
de escritor. Yo acabo de salir del agua.
La
lengua suelta no. 11
Para
un nuevo Centón epistolario cubano (cartas, telegramas, mensajes)
Fermin Gabor
Eduardo
Galeano, autor de Las venas abiertas de América Latina,
uruguayo,
compañero de viaje del gobierno de Cuba durante décadas,
decidió, en vista de los recientes acontecimientos cubanos,
poner
su firma en una carta de condena a tales ocurrencias. Lo hizo, no sin
antes
escribir mensaje electrónico a su sobrina residente en La Habana
donde la aquietaba con la promesa de que pronto, como
compensación,
firmaría otro documento que denunciaba la posible
invasión
norteamericana a Cuba, terminada ya la guerra en Irak.
La
sobrina de Galeano (¡qué título para novela
después
de El sobrino de Rameau y El sobrino de Wittgenstein!)
leyó el mensaje sin conseguir aquietamiento alguno. Pues no
estaba
segura de que las autoridades cubanas perdonarían a su uruguayo
tío, por adhesión que suscribiera, el oponerse a la pena
de muerte y al encarcelamiento de disidentes.
@
Autor de relevantes títulos del realismo socialista cubano como
Acero
y A fuego limpio, sobrino
político de Eduardo Galeano, Eduardo Heras León alias el
Chino se personó temprano en la Oficina de Intereses
Norteamericanos
para que le zumbaran por la cabeza un NO. Perdía
así
cincuenta
mil dólares que le ofrecía una universidad de
Kentucky.
Director en La Habana de un taller de narrativa para jóvenes, el
compañero Heras se proponía enseñar a
escribir socialrealísticamente
a un grupo de estudiantes norteamericanos.
Salió de la Oficina de Intereses y, de haber estado aún
el
águila norteamericana en lo alto del monumento al Maine,
él
se habría dirigido al Malecón para increpar al pajarraco.
La tomó, en cambio, con James Cason, secretario de la Oficina de
Intereses y empezó a redactarle misiva donde cuestionaba el
derecho
de un gobierno a negar entrada en su territorio a misioneros de la
cultura.
Chinoheras
pasó unas tres semanas en el intento de dar fin a la carta hasta
que la sobrina del de las venas abiertas, su mujer, terminó por
escribírsela.
@
Lamentablemente, Míster Cason no alcanzó a leerla.
Por esos días se encontraba sumamente ocupado en la
redacción
de un mensaje al pueblo de
Cuba, mensaje que (en acuerdo feliz) fue leído en todos los
canales
de la televisión estatal cubana.
En
su mensaje Míster Cason advertía que todo taíno
que
intentara cruzar el estrecho de la Florida sería devuelto al
gobierno
cubiche. Salvo quienes alcanzaran a hollar tierra de los micosuquis
indians.
(incluimos
una foto, cortesía de Prensa Latina, en la que puede apreciarse
a un grupo de taínos esperando a que no hayas moros en la costa
para fugarse de la Isla más fermosa)
@
Antón Arrufat recibió la buena nueva de que su novelanga
La
fiesta del aguanoches estaba entre las finalistas del Premio
Rómulo
Gallegos y, no más supo la noticia, llamó a la oficina
del
Ministro de Cultura
para chivatearse a sí mismo como premiado.
Con ojo puesto en el discurso de aceptación del premio se
disparó
cuatro novelas de Rómulo Gallegos. Y al terminar con la obra del
venezolano repasó la fundación de Roma (por
Rómulo)
y la inmigración española a Cuba (por Gallegos).
Una semana después pasaban cuchilla en el concurso y su novela
continuaba
en pie.
Quienes seguían el acontecimiento se dividían en dos
bandos:
los que creían que Arrufat aparecía de primero en la
lista
por las calidades de su obra en cuestión, y los que lo achacaban
a simple orden alfabético. Con una u otra razón, lo
cierto
es que el cubano tenía el cheque en la punta de los dedos, la
cita
de Gallegos en la punta de la lengua, los nervios de punta.
Y le arrebataron el galardón (más el llorado
chequendengue)
para dárselo al colombiano Fernando Vallejo. Por lo cual Arrufat
malició que el jurado lo castigaba por vivir dentro de Cuba y
por
haber firmado carta oficial en la que intelectuales de la isla
pedían
a intelectuales extranjeros la misma complicidad mantenida hasta
entonces.
El compañero Arrufat llamó a la oficina del ministro para
chivatear la antinoticia, echó un llantén acerca del
monto
perdido por su puro patriotismo y desde el papel de víctima
creyó
asegurarse a perpetuidad su estipendio mensual de Premio Nacional de
Literatura
y avanzar algo en las gestiones para hacerse de una casita en el Vedado.
Poco después de embolsillarse los cien mil guayacanes americanos
(y una medalla de oro), Fernando Vallejo confesó en rueda de
prensa
en Caracas: “Hace más de veinte años que no leo
literatura.
Si lo mío es lo bueno pues esto se jodió, cómo
estarán
los otros”. Y donó toda la plata a una sociedad protectora de
perros
callejeros en Colombia.
@
“¿Qué tiene en especial este día que he despertado
con deseos de escribir?”, se preguntaba
Ambrosio Fornet sentado a su mesa de trabajo.
Se abrían frente a él dos caminos esa mañana: o
hallaba
una respuesta para pregunta así o se ponía a emborronar
cuartilla.
“¿Qué tiene este día que me he despertado con dos
caminos por delante?”, preguntaba sin encontrar respuesta y, a punto de
convertir esa pregunta en otra sucesiva, entró una secretaria
para
sugerirle que deshiciera las maletas. Pues desde Washington
había
arribado una respuesta que no sabían determinar si estaba
escrita
en español o en inglés.
“¿Qué respuesta es esa?”, preguntó el
compañero
Fornet de inmediato. Y dijo la secretaria: “Es con ene, es con o”.
¡Ahora sí que el trabajo de la mañana se
había
ido a bolina! ¡Adiós al campus norteamericano que se
aprestaba
a recogerlo (y a pagarle)!
“Y todo por este oficio de escribir del que padezco”, maldijo, “esta
manía
de firmar cartas oficiales”.
@
“Dear Prince Klaus”, inició su misiva Desiderio Navarro.
Salpicaba
la pantalla de palabras en cada uno
de los idiomas que alcanzaba a entender. Podía saludar a las
estrellas
en numerosas lenguas, algunas tan infrecuentes que las estrellas le
gritaban
en respuesta: “¿Qué es lo que tú hablas,
niño?”.
Cada idioma ganado le acarreaba enemigos. Su apartamento otorgado
gubernalmente
le acarreaba enemigos. La revista que dirigía le acarreaba
enemigos.
Y ahora sus enemigos habían llegado hasta la fundación
holandesa
que financiaba su revista y a él no le quedaba más
remedio
que escribir a su mecenas, el príncipe que dirigía la
fundación.
Que ese príncipe estuviera muerto desde hacía un par de
meses
era lo de menos. El fascismo había desaparecido medio siglo
antes
y el compañero Navarro acababa de suscribir y de impulsar desde
La Habana un manifiesto antifascista.
Así que terminaría la carta principesca y
emprendería
la composición de un documento que reclamara el fin de las
guerras
púnicas.
@
En obligación de su mandato como presidente de la
Asociación
de Escritores de la Unión de
Escritores y Artistas de Cuba, Francisco López Sacha (y su
chófer)
tocaron a la puerta de César López (nada familiar parece
unir a ambos López) para inducir al viejo escritor a firmar el
“Mensaje
desde La Habana para amigos que están lejos”.
Un rato más tarde el compañero López Sacha
regresaba
a su oficina sin la firma de López César, unas veces
compañero
y otras no. “Yo tengo memoria”, se dice que afirmó este
último,
refiriéndose a los años de castigo gubernamental que
sufriera
unas décadas antes.
@
En su libro Dorado mundo (Premio Alejo Carpentier 2002, Letras
Cubanas,
2002), el compañero López Sacha, haciéndose el
postmodernillo,
publicó como si fuera un cuento este “Telegrama enviado desde La
Habana para detener el alzamiento del 10 de octubre de 1868 en el
ingenio
La Demajagua”:
A
Don Tomás Uriarte, Teniente Gobernador de Bayamo.
Cuba
es de España y pertenece a España, gobernare quien
gobernare.
Arreste usted a Carlos Manuel de Céspedes, José
Martí,
Fidel Castro, Cintio Vitier, Dulce María Loynaz, Ñico
Saquito,
Kid Chocolate, Nicolás Guillén, Bola de Nieve, Senel Paz,
Benny Moré, Fernando Ortiz, Antonio Maceo, Alicia Alonso, Mario
Galí alias Tachuela, Ambrosio Fornet, José Lezama Lima,
Alejo
Carpentier y el resto de los conspiradores.
Firmado, Lersundi, Capitán General, 8 de octubre de 1868.”
@
Cintio Vitier, Senel Paz y Alicia Alonso fueron de los
primerísimos
firmantes del “Mensaje desde  La
Habana para amigos que están lejos”. El primero de los tres es
católico
y pasó por encima de las penas de muerte. Años antes,
durante
las persecuciones de católicos, supo no renegar de sus
creencias.
La Alonso es ciega y levanta la pata por encima de cualquier
obstáculo.
En los años cincuenta defendió su autonomía de
trabajo
frente a las autoridades batistianas. Al menos en algún momento
de sus vidas este par de vejetes supo rebelarse.
Pero el compañerito Senel Paz, quien acaba de recibir
ciudadanía
española por sus aportes al cine hispanoamericano (guión
de “Fresa y chocolate” y primores de zurcidora en guiones
españoles),
nunca le ha dado ni un merengazo a un chino. ¿Qué hace
pues
en la tropa de Céspedes?
@
Hugo Chinea maneja un taxi por las calles de La Habana. Es taxista de
su
antiguo auto de dirigente.
El “Diccionario de la Literatura Cubana” noticia que fue subdirector de
la escuela “Marx-Engels-Lenin”, director de la revista “Cuba
internacional”
y director del departamento de cultura del Comité Central.
“Escambray 60” tituló su primer libro de cuentos. “Contra
bandidos”
el segundo. El diccionario no consigna otros títulos.
El compañero Chinea enrumba Neptuno hasta el Vedado, cobra a
diez
baritos la carrera y no puede ocultar su tristeza por el hecho de que
su
opinión, que a tantos escritores condenara unas décadas
antes,
no haya sido consultada en relación con el “Mensaje desde La
Habana
para amigos que están lejos”.
“¿Para qué utilizar a viejos estalinistas cuando tenemos
la cantera llena?”, planean quienes ahora deciden donde él antes
decidía. Y hablan de relevo generacional, de estalinistas
nuevos.
(Tal
vez Desinarro Daverio tenga razón: el fascismo está vivo
y el estalinismo también.)
@
Según estadísticas no comprobadas, el 40 % de los
escritores
de la Unión de Idem y Artistas de
Cuba no prestó su firma para la jugarreta ñángara
de las carticas. A pesar de insistentes mensajes electrónicos,
llamadas
telefónicas, visitas y otros empujoncitos cariñosos.
Entre los que firmaron muchos se sumaron al documento creyendo que se
trataba
de una solicitud destinada al Instituto Nacional de la Vivienda. A
estos
compañeros se les recomienda persistencia en tal error. Pues tal
vez luego de otras firmadas el gobierno les suelte covachita donde
juntar
sus trastos.
La
lengua suelta no. 10
Donde
Rosita Fornés explica la punzada del guajiro
Fermin
Gabor
Hace unos años, enterado de que Emilio Ichikawa había
decidido
quedarse en el exilio (ya habían salido de Cuba Osvaldo
Sánchez,
Iván de la Nuez, Rafael Rojas, Malanga y su puesto de viandas),
el doctor en Ciencias sobre el Arte Rufo Caballero,
anunció
que en la isla solamente quedaba un pensador de la cultura y ese era
él.
Conductor de un programa de televisión, habitualísimo de
las revistas nacionales y encargado de la sección de
misceláneas
de "Revolución y Cultura", en adelante se vería obligado
a cubrir todos los frentes, a tratar cualquiera de las formas en que el
Espíritu quisiera manifestarse. Y desde entonces RC baja su
metatranca
en todos los apeaderos de la Cultura. Pero lo que lo ha hecho de veras
único en nuestro pensamiento cultural son esos toques
autobiográficos
que él coloca en sus análisis, no importa de cuál
tema traten éstos.
Se estaría tentado a creer que él emprende la
crítica
de una película con el secreto objetivo de inscribir sus
ocurrencias:
"Como a todo el mundo, muchas veces me han preguntado qué me
hubiera
gustado ser en la vida. Voy a responder aquí. Me hubiera gustado
ser... bailarín. Bailarín clásico. De adolescente
me imaginaba en los saltos vertiginosos y el gesto más hermoso,
sosteniendo con donaire a la bailarina. Pasó el tiempo y
la
vida, o este cuerpo que habito, me sugirieron que no, que mejor
me
dedicaba a mi segundo gran amor, ya hoy el primero. Y aquí
estoy,
de escritor, sin que me vaya demasiado mal". ("La Gaceta de Cuba",
número 1, enero-febrero 2001)
Le piden por estos días que presente un número de esa
revista
y todo su discurso termina en una coqueta disquisición
acerca
de su propia fecha de nacimiento. Y ahora nos cae en las manos su libro
El
canto del quetzal (Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2002), en
el
que narra su estancia en México para recibir un premio
("corolario
a muchos años de laboreo", reconoce) y, quien guste de lo
picúo, lo cursiñán, la cheancia, que no deje
escapar
este volumen, la más grosera fábula de
autolegitimación
que pueda imaginarse.
Su autor gana un premio literario, cuenta la ceremonia de
premiación,
nos larga el discurso leído en ella, pega a esto unas cuantas
reseñas
de películas, algunos paseítos, unos cuantos piropos a su
mujer (que está de bala, a juzgar por las fotos), cartas
inéditas
de algunos intelectuales desaparecidos, y ya está armado
el
libro. Se dice fácil, claro. Sin embargo, ningún otro
cubano
ha tenido talante para darse bombo así. Ni Yoyó ni
Mimí, ni Miguelillo Barniz ni Pablo Armanducho
Fernández.
Ningún otro escritor del patio tiene en sus zapatos los soportes
ortopédicos que permiten tal empuje. Y hay que reconocer
que
la literatura cubana está en un punto en que se debe
agradecer
hasta el descaro.
El primero de este libro aparece un poco velado: RC compara su
matrimonio
al de Luis Cardoza y Aragón con Lya Kostakovsky. Descaro segundo
es arrimarse a Gabriel García Márquez como una perra
ruina
a la pata de un pantalón blanco.
Días antes de que el premio le sea otorgado, RC comprueba lo
poco
que interesa él a los periodistas, más deseosos de dar
con
el Nobel colombiano. La llegada de éste a la ceremonia,
acompañado
de su esposa, dispone a nuestro autor a otro de sus ejercicios
translaticios
de pareja. Y muy pronto el colombiano siente un irreprimible
interés
por el cubano, el viejo escritor por el joven. "Él me observaba
fijo, como tratando de conocer el posible enigma del 'nuevo intelectual
americano'". (Lo dejó claro Almeida, comandante y bolerista:
"Esa
mujer lo que quiere es que la miren".) Al ver cómo la prensa
acosa
a García Márquez, RC se apena por el famoso. Aunque, a la
larga, es pena por sí mismo: "En realidad García
Márquez
era la magnificación de mi propia pena, de mi misma
experiencia
de fragilidad. Un lustro atrás escribí y conduje en la
televisión
cubana un programa para la apreciación estética del cine
y mi rostro (...) empezó a ser conocido, compartido,
vapuleado,
infamado, bendecido. La gente me rodeaba en los restaurantes, en la
calle,
en los taxis".
Perseguido hasta el catre, cercado por linchadores y admiradores
vampíricos,
RC decide alejarse de la televisión: "En mi mejor momento de
incidencia
popular, lo dejé todo y volví a mi gabinete, a la
lúbrica
complicidad con mi ordenador..." García Márquez, en
cambio,
está fuñido de fama. RC lee su
discurso y el colombiano no le quita ojo: "García Márquez
escruta el menor sonido que de mí emana".
Terminados los discursos, la Marquesa de Macondo (como Reinaldo Arenas
le espetara) anuncia a la prensa que, de saber todas las cosas hermosas
que el premiado diría, no lo hubiera dejado hablar. RC lo toma
como
cumplido y aprovecha que algún periodista le dedica
atención
para meter cuerpo: "le conté que, cuidado, con todo y los
elogios
mutuos, García Márquez y yo teníamos una
relación
medio que de amor-odio, pues mientras me encontraba contratado en su
país
como crítico de cine, escribí alguna que otra
crítica
que pudo crisparle".
Y el último de los descaros aproximativos empuja a RC, gracias a
obesidades parecidas, a iguales obstinaciones en residir en Cuba y al
gusto
por la poesía, a arrimarse al mismísimo José
Lezama
Lima.
Pero "El canto del quetzal", además de un sostenido asedio al
espejo,
es la crónica detallada de un viaje. Su autor intuye, antes de
llegar
a México, que "allí seremos rabiosamente felices y que
la
vida, que es buena y es hermosa, siempre vale la pena vivirse". Ya el
aeropuerto
consigue de él esta perla de tratado cultural: "Hay una
eterna
fila en estructura zigzagueante porque a México entran
diariamente
miles de personas de todo el mundo, primera y elemental
condición
para un dosificado cosmopolitismo que nada propio desdibuja". Y
el
viaje entero podría resumirse así: "México es
un
país, y sobre todo una cultura, tan pero tan grande, que sabe
vivir
hasta de su decadencia, está definitivamente por encima de
su bien y de su mal".
Las ciudades visitadas le despiertan un envidiable estilo de folleto
turístico:
"Sueño de poetas, ambición de filósofos,
retiro
de hombres hastiados del vago y vano mundanal (sic), Querétaro
es
la vívida estampa de la gracia arquitectónica y la
hospitalidad del transeúnte". Y para qué hablar de sus
reacciones
ante la pintura. Frida Kahlo es "esa mujer emblema que alcanza a
abrazar
toda una cultura y una condición: la neurosis del artista
contemporáneo,
su inestabilidad emocional que regala más de una
invalidez".
Kahlo se le aparece "titilante en su soledad" y Tamayo de este modo:
"Me
muero de la pena, estoy, o soy, muy generoso, pero Tamayo
también
me parece un genio".
Después de Van Gogh no hay más pueblo: "Enfrentar un Van
Gogh constituye uno de esos momentos de iniciación únicos
en la vida: la vida no es la misma después que se conoce el
amor,
que se tiene un hijo, que la madre se muere, y que uno tiene delante un
Van Gogh. (...) Van Gogh era Dios, y yo lloraba".
Muchos más campos son abarcados por nuestro único doctor
en Riquezas del Mundo Interior. La cultura rusa, digamos: "sabemos que
la cultura rusa ha sido de siempre muy sufrida. Yo, que la adoro, a la
cultura rusa digo, pienso sin embargo que la vida es buena y es bella y
que saber vivirla con alegría es importante". O las relaciones
entre
música y cromatismo: "La música pop, por ejemplo, me
parece
casi siempre rosada, y el rosado es un color muy difícil".
Uno lee las frases anteriores y llega a añorar aquellos pasajes
donde el autor vierte su metatranca. Vaya una frase: "Hay un azar
concurrente que, entretanto, ata hilos en la bruma de una
inconexión
que se anuncia como descifrable cuando todo lo contrario ocurre". A
cogerlo,
que no tiene espinas: diez fulitas a quien logre su
desciframiento.
Se deja la lectura de "El canto del quetzal" por prestarle
atención
a textos más sesudos del propio RC y enseguida esos mamotreticos
hacen echar de menos lo que el quetzal cantaba. Porque mientras
más
se trata al rufián más se extraña al caballero. Y
viceversa.
No es arduo aventurar entonces que RC se vale de jerga postdisneyana
para
no soltar las elementalidades de una tía abuela. Habla en
parábola con tal de no hacer pública la verdadera receta
del flan de calabaza.
Bastante de parábola (y de confesión) tiene el más
narrativo de los episodios de este nuevo libro suyo. Está el
autor
con su mujer en una librería del DF y algo le llama la
atención.
"Oh, oh, allá atrás pasa algo. Detrás de aquel
estante
algo se mueve con dureza y percibo unos bramidos; alguien se ha situado
justo allí para que no lo registren los espejos, y como la
librería
es tan grande, allá al final llega muy poca gente (...)
Temerario
como soy me acerco con cuidado hasta darme cuenta de que un chico se
masturba,
se masturba con una violencia que me hace envidiar mis quince
años".
Alto a la cita para dejar establecido que resulta impensable que
alguien,
ni siquiera él mismo, vaya a ponerse a envidiar el carapacho
quinceañero
de Rufito C.
"El chico me mira, detiene un instante el movimiento, y como ve que no
me muevo, que no lo delato,
dirá que es un tío mirón (...) lo cierto es que
sigue
en lo suyo. Con la coartada del voyeurismo, me acerco y veo que
el
chico tiene delante 'El nombre de la rosa', de Eco, y lo tiene
abierto.
Cierra los ojos. Eyacula finalmente sobre alguna página del
libro,
se guarda lo suyo, y quiere irse".
Pero RC no va a dejarlo escapar así como así.
Francamente,
él no se interesa por "lo suyo" del mexicanito, sino por
practicar
el voyeurismo. Mirar no le interesa tanto como ser clasificado de
mirón.
Más
que las anatomías, el doctor ama las taxonomías.
"Lo acompaño a la puerta y ya afuera casi le obligo a que me
cuente
por qué hace eso, si no lo delato (...) Vengo todas las semanas,
me dice. Soy Adso, y me parece irresistible la atmósfera del
monasterio,
el escondite del sexo, el encuentro de la flor. Soy Adso y vengo al
ritual,
nada más me preguntes".
RC busca a su mujer, le cuenta todo, pide permiso para gastar de la
bolsa
común y sale a regalarle al muchacho un ejemplar de la noveluca
de Eco (¿busca acaso que el performancer repita su numerito?).
Il
ragazzo, sin embargo, declina tal regalo y acusa al doctor en Ciencias
Metatránquicas de no haber entendido: lo de él es hacerlo
en esa librería, con música de "Maná" de fondo.
Así
que nuestro desahuciado amigo se trae el libro a casa y al escribir de
aquel encuentro vuelve a divisarlo: "Miro a mi estante y ahí
está
'El nombre de la rosa'. Mayra me sorprende, sonríe y cambia la
conversación.
No sé por qué, pero tengo una erección."
Rufi a los quince años, Rufo agarrando premio, en esta otra
conformándose
con no ser bailarín, con lágrimas frente al primer Van
Gogh,
aquí con erección por un recuerdo azteca: "El canto
del
quetzal" no hace más que lanzar a la cara del lector un
albúm
de familia. Mayra es la esposa en ese álbum y gracias a un
vestido
suyo descubrimos el objetivo final de RC, el hacia dónde
encamina
éste su carrera. Pues antes de emprender viaje el escritor
regala
a su mujer "un vestido negro (...) que enardecía su
belleza
al punto de parecer oportuno sólo para acompañarme a
recoger
el Nobel".
Oye tú, ¿cómo se dice quetzal en sueco? RC ha
tenido
el coraje de publicar lo que tantos otros se permiten creer en el
insomnio
o en la borrachera, o a solas en la ducha. Ha confesado sus mayores
deseos
y mayores arrobos sin importarle burla de quien vaya a leerlo. Y lo
único
que falta en
su libro es una estancia en la casa natal de Mario Moreno, porque su
buen
museo de Cantinflas habrá por México.
Ricardo Riverón Rojas ha dicho que este libro "devela esencias"
y encuentra en él "agudas reflexiones sobre el oficio, las
venturas y desventuras del escritor". Alberto Abreu afirma en "La
Gaceta
de Cuba": "Pocos libros como éste, en su apariencia tan
encantadora,
son el resultado de un
proceso
escritural tan intrincado y complejo; de una tensión semejante
entre
textualidad y saber, lenguaje y pensamiento, que contaminan el
espacio
mismo de la representación literaria". Y
refiriéndose
al episodio del masturbadorcillo mexicano recomienda leerlo con
atención
"aunque para
ello
necesitemos el alma y el aliento de los grandes alpinistas".
La
lengua suelta no. 9
En
fila india, pelados que dan grima
Fermin
Gabor
Sábado y suplementos culturales son, como se sabe, una sola
cosa.
Y el sábado comienza (al menos
para mí) con la lectura en pantalla de La Jiribilla.
Porque
algo me hace sospechar que la suerte del día, y hasta de
días
sucesivos, depende de lo que traiga ese cajón de sastre que
lleva
ya dos años de publicación gracias al apoyo de varias
instituciones
gubernamentales (y cuál no lo es en la isla) cubanas.
No puede entonces menos que alegrarme el que ahora se alce a vivir en
lo
táctil, que La Jiribilla aparezca en papel. En La
Habana,
en un salón de la UNEAC, acaba de presentarse el número
cero
y la revista en la red ha puesto a disposición de sus lectores
lejanos
los discursos y un albúm de imágenes. Albúm de
época
como todos, éste lo es más aún porque parece de
fecha
muy anterior a este atribulado 2003 que vivimos.
Para darse cuenta de ello no hay más que recorrer los rostros
que
en tal presentación ocupaban
primera fila. Roberto Fernández Retamar, Abel Prieto, Graziela
Pogolotti,
Ricardo Alarcón, Antón Arrufat y Carlos Martí
sentaditos
silla
con silla. (En segunda fila Reynaldo González, detrás
del ministro, hasta que le den el dichoso Premio Nacional de
Literatura,
y Marilyn Bobes, quien en una de las fotos luce como su propia abuela.
En tercera o cuarta, Ambrosio Fornet, Basilia Papastamatiu y otras
hierbas
del vergel. Muy pocos escritores y ninguno de menos de cincuenta
años.)
De esa primera fila extraigamos, como en tantos desalojos
fotográficos,
a Ricardo Alarcón. (Los políticos suelen interesarnos
poco.)
Retamar, Prieto, Pogolotti, Arrufat y Martí, ¿qué
nos dicen tan ilustres cabezas?
Mejor no intentar aquí el estudio de sus desvaríos
(Prieto,
por ejemplo, ha vuelto a soltar en entrevista que las leyes del mercado
son, para la cultura, peor que los censores de Stalin), sino el de sus
apariencias. Y, al respecto, el albúm de imágenes
publicadas
por La Jiribilla lo está diciendo a gritos:
¡qué
mal peladas están esas cabezas!
Retamar porta cagua, pero se le salen por detrás unas mechas que
dan rasquiña. Pogolotti parece una
yakuza de película japonesa de serie B (se salva porque es
ciega).
Con una barba de malvado de aventuras, Martí embaraja lo de su
cabeza
como embaraja con su cargo lo mal poeta que es. Y a Prieto y Arrufat,
sin
cagua ni barba ni ceguera, el rayo los parte en descampado.
Mirándolos
en esa facha uno llega a preguntarse si no los habrá cortado a
los
cinco la misma tijera. Y entran deseos de ser por un momento
(sólo
por un momento) Reynaldo González o Marilyn Bobes, espectadores
tan privilegiados que alcanzan a mirarlos por detrás.
Para averiguar a qué obedece ese aire común, tal como si
los cinco formaran una banda (dicho en
cualquiera de sus posibles sentidos), hemos tenido que recurrir a un
barbero
especialista en cortes históricos. (Últimamente hemos
dado
turno de palabra a discutidores de béisbol y ahora a un
fígaro:
abogamos desde aquí por la masividad de la cultura.) Felo (que
así
lo llamaré) ha sido en varias ocasiones el encargado de poner
las
cosas en su sitio. Fue él quien determinó que lo que
Nisia
Agüero se hace en su cabeza no es más que un Pompadour
aplatanado, y lo que hasta hace poco paseaba Rosa Elena Simeón
en
propio o en peluca, un Arlequín. Y, respecto a los
cinco,
Felo no tuvo más que echar una ojeada a la foto de La
Jiribilla
para dictaminar: “Lo que tienen es mulé”.
“Ahora lo que tengo es mamey”, rezaba un estribillo de la misma
época
de esos pelados. Coimbre tuvo una china, según Arsenio
Rodríguez.
Mendó tenía el ritmo upa-upa. Pero,
¿qué
es eso de mulé que se aloja en las cabezas hasta
dejarlas
así? Viene del inglés “mullet” y mi consultado Felo lo
explica
así: arriba corto, pegado en las sienes y largo por la espalda.
O sea, atajé, lo que se dice un McCartney. Felo dixit:
un McCartney, un David Bowie glam como Ziggy Stardust, un
Lionel
Richie, un Abel Prieto. Los ochenta, la ridiculez misma, lo cheo en
sí
y para sí. Hasta el punto que, según el Oxford
English
Dictionary, “mullet head” viene a significar “stupid person”.
Y ahí estaban, con sus distintas longuras, that five mullet
heads
en la presentación del number cero
de The Jiribilla. Y Felo me propuso seriamente que, ahora que
vuelven
los rumores de que Prieto cesa como ministro, podrían hacerlo
presidente
de la Asociación Nacional del Mulé tal como
Charlton
Helston preside la del Rifle. “Hacer de cada pelado un arma de
combate”,
sería la consigna.
Y
a quien considere exagerada la consigna anterior lo remitimos
(aquí
Felo metió mano a la recortería de sus archivos) al
origen
indoamericano del mullet. Pues, según un especialista en
culturas autoctónas norteamericanas de la Universidad de
Harvard,
los indios creían que el espíritu de cada uno reside en
su
cabellera (siempre hubo poco indio calvo) y el mullet les
servía
a la vez de alarde y precaución. Corto arriba, el ojo enemigo no
podría echarle mal. Largo atrás, escondido tras la nuca,
apuntaba al poder de la tierra (Joyce Chang, Mullet mania, en Men’s
Fashions of The Times, The New York Times Magazine, spring
2002,
pp. 64-66).
Y si es citado viejo ejemplar de periodiquete yuma, ¿por
qué
privarnos de hacerlo con nuestro Granma? Según su
edición
del 7 de junio de este año, el famoso payaso Oleg Pópov
se
queja de la jubilación que ahora recibe en Rusia. Tuvo en el
régimen
anterior cuatro órdenes nacionales de mérito, tuvo la
orden
Lenin y la distinción de artista emérito de la
Unión
Soviética, viajó por todo el mundo, fue excelente payaso,
y ahora lo que le dan es calderilla, humo de samovar.
Del Granma puede saltarse entonces otra vez a La Jiribilla:
uno vuelve al album de fotos y llega a comprender qué hacen
peinados
del mismo modo, en son de batalla, esos cinco indios de la primera
fila.
“Un buen payaso necesita cuarenta años hasta que encuentra su
cara”,
dice Granma que Oleg Pópov afirmó entre sus
lamentos.
La
lengua suelta no. 8
Hablando
de pelota en la Esquina Caliente
Fermin
Gabor
Una de las escasas instituciones habaneras dictadas por la
espontaneidad
se reúne a diario en el Parque Central (antes tuvo otros
emplazamientos)
para discutir de béisbol, de pelota. Es el único
parlamento
cubano valedero, aunque sea tan inefectivo como el Nacional. La
bibliografía
pasiva del béisbol nacional se escribe allí. Y
allí
puede encontrarse la curiosa cohabitación de la opinión
voceada
a gritos y la condescendencia. Democracia a grito pelado,
guapería
en el ágora, al alcance de la oreja de mármol del
Apóstol
Martí, a quien (tal vez por ello) le han restado recientemente
altura
de su pedestal. Para que oiga.
Y ha sido a esa institución, a la Esquina Caliente del
Parque
Central, adonde han llegado ecos de un extraño partido de pelota
celebrado entre escritores y gente del mundo editorial para celebrar la
Jornada Nacional del Libro.
En tantos años de reunión de críticos beisboleros
no se había visto mayor estupefacción. “¿A
dónde
vamos a llegar, caballeros?”, preguntó sin falta un
apocalíptico.
“¿Y qué hace tanto ganso en la pelota?”, otro lo
interrumpió.
“Alguna mecánica estarán escondiendo”.
Arturo Arango (jefe de redacción de La Gaceta de Cuba),
Norberto
Codina (director de la misma revista), Fidel Díaz Castro
(director
de El Caimán Barbudo), Alexis Díaz Pimienta
(repentista
en cuanta timba oficial se implemente), Eduardo Heras León
(director
de taller literario), Angel Santiesteban (narrador sin cargo), Iroel
Sánchez
(presidente del Instituto Cubano del Libro), Enrique Ubieta
(director
de la Cinemateca de Cuba), Omar Valiño (director de Tablas)
y Yoss (narrador sin cargo) fueron algunos de los divididos en equipo
Verde y equipo Amarillo. “Ninguno debe valer nada en su
trabajo”,
fue el dictamen general de la Esquina.
Mucha desconfianza en la literatura (por no hablar de irresueltos
conflictos
adolescentes) habrá llevado
a ese grupo de intelectuales y de administradores de lo intelectual a
un
stadium
para celebrar la salida del primer volumen de una Historia de la
Literatura
Cubana (que con papa se la coman) y el relanzamiento (ya que no hay
libro suyo nuevo) de un título de ese escritor en el banco de
espera
que es Ambrosio Fornet.
Tal vez no sea coincidencia que, mientras suceden asuntos bien graves
dentro
del país, un grupo de escritores haya elegido la ligereza de
piernas
de quien pasa por todas las bases, y tapiñe lo bochornoso
nacional
con gritería de las gradas. Muchachones no importa sus edades y
sus jetas, consideran al béisbol entre sus preocupaciones y van
más allá de los partidos televisivos: juegan. Demasiado
tiernos,
sin embargo, para la política, evaden el juego de siquiera
pensar
la cochambre nacional, y se abrazan (con el pretexto de un hit)
con algunas de las más vociferantes autoridades culturales.
De modo parecido, Nancy Morejón agarra su réplica del
machete
del Generalísimo Máximo Gómez y da la carga (junto
a Martha Valdés) en una carta que pide a viejos amigos que
recapaciten
su condena al gobierno cubano. (José Saramago, acabado de caer
de
la mata, ha cerrado su solidaridad con líneas resumibles en: “Yo
no camino más, yo me siento”.) Firman dicha misiva Miguel Barnet
y Pablo Armando Fernández y Roberto Fernández Retamar y
Abelardo
Estorino y Senel Paz y
Alicia Alonso y Graziella Pogolotti, ciegas estas dos últimas. Y
la pareja católica García Marruz-Vitier pasa por encima
de
la pena de muerte y también firma.
Por otra parte, Desiderio Navarro hace que un número de su
revista
Criterios
dedicado a la globalización sea presentado por mayimbes no menos
globalizadores (a escala nacional) que el gobierno norteamericano o la
más ubicua de las hamburgueseras. Navarro, junto a otros, se
entretiene
en manifestaciones contra un facismo exterior del cual, al parecer, no
tenemos ni pizca entre nos. Corean el “No Pasarán” porque
aquí
ya está pasando.
Agarrando machetes honoríficos, palmeteándose con
directores
en campo donde todos sean iguales y no valga la inteligencia,
escribiendo
jimiquerías a antiguos cúmbilas de la izquierda mundial y
orientando el cacumen a horizonte lo más exótico posible,
buena parte de la intelectualidad cubana de la isla hace un hermoso
grupo
batistiano.
Que un juego de pelota sirva como protesta pública, signo de
rebeldía,
se había visto ya hace décadas entre pintores del patio.
Ahora puede valer como sello de alianza entre escritores y censores
políticos.
Sea. Quien coleccione postalitas de peloteros no debe perderse las de Verdes
y Amarillos en el número 100 de La Jiribilla.
Rafael Hernández, director de Temas, ha dispuesto que en
la peña de pensamiento que su revista organiza cada mes el tema
sea: “Con las bases llenas. El béisbol y la cultura de debate”.
La invitación reza así: “se trata de un intercambio de
impresiones
entre el público asistente y los miembros del panel (dirigentes
deportivos, sociólogos, periodistas y escritores) acerca de las
características y proyecciones del debate popular sobre la
pelota,
y en qué sentido puede servir de modelo para el desarrollo de la
cultura del debate en Cuba”.
Lamentablemente, ninguno de los asiduos a la Esquina Caliente a
quienes he extendido la invitación piensa asomarse por
allí.
Porque les huele a encerrona. Y uno de ellos lo ha explicado de este
modo:
“Intelectuales que piensan mal y prefieren ponerse a jugar pelota.
Luego
juegan tan mal que empiezan a justificarse con su blablablá”.
Y en la Esquina Caliente no están para ese engome.
La
lengua suelta no.7
Feria
del Libro en La Habana o “arrolla, cubano, que esto es tuyo |