La Azotea de Reina | El barco ebrio | Ecos y murmullos | Café París | La expresión americana
Hojas al viento | La lengua suelta | En la loma del ángel | Panóptico habanero | La Ronda | La más verbosa
Álbum | Búsquedas | Índice | Portada de este número | Página principal
La fiesta vigilada*

Antonio José Ponte

1

Antonio José PonteMe gustaría contar cómo reaparecieron en La Habana el dinero y la fiesta... Sería indispensable entonces que hablara de los apagones, para que dinero y fiesta brotaran de la oscuridad y fuesen notados enseguida. Ya que es en lo oscuro donde mejor pueden verse ciertas cosas.
     Habría, pues, una ciudad oscura, con cortes de electricidad. Una ciudad muerta o a la espera defoto de Robert Polidori más bombardeos. Desolada, sin automóviles que circularan por ella, sin transportes públicos. Y allá y acá, por respeto a los turistas extranjeros que arribaran, las manchas de luz de los hoteles, las peceras brillantes en la noche.
     Sería en esos hoteles donde, en un principio, iba a concentrarse el dinero y la fiesta. Y la gente mulatasdecidida a no pasársela sin ambos iría hasta allí. Se daría a conocer por una clase de vestuario, un uniforme: ropa ajustada, ombligo y piernas al aire en las mujeres, y brazos afuera en los hombres. Porque el ombligo consigue anunciar de un modo no muy recóndito lo hueco, y las piernas prometen atenazamiento a quien entre en ello. Y los brazos masculinos aluden, lo mismo que las piernas de muchachas, al abrazo y, ya en segundo grado, al pene.
     Ropa de color negro preferentemente, camuflaje en la oscuridad entre un hotel y otro. Sobria, sacerdotal, y cara en los mejores casos. Zapatones que levanten del piso y propicien la estatuaria.modelo cubano Tacones altos en lo femenino y botas hebilladas, con chapillas que brillen, para los hombres. La vampiresa y el cowboy urbano, aproximadamente. Jineteros los llamarían, o ellos mismos se darían nombre.
     Cuando cayera la noche y no existiera luz eléctrica en sus casas, se encaminarían a ejercer cierta prostitución alrededor de los hoteles de guerra, iluminados a pesar del peligro en el que la ciudad estaba inmersa. Tendrían suficiente con pasar las horas frente a una copa o sentados en un vestíbulo iluminado, no demasiado preocupados (al menos vistos desde afuera) por la marcha del negocio.
     Permanecer dentro de los hoteles constituía ya algo tan milagroso como el fluido eléctrico. Significaba haberse librado de la vigilancia policial y entrar a un mundo ocupado en mover tantos camareros para complacer a los huéspedes como para cumplir sus contrabandos y negocios ocultos. mojitoUna cerveza, la comodidad de un sofá, el tránsito de la gente, alcanzarían a justificar la salida de casa. Y, de encontrar hombre o mujer extranjeros, nada de agitación, carrera hacia los cuartos. En lugar de ello, sinuosidad, una prostitución de meandro. Algo de hetairismo, de putería ilustrada. (El presidente del país, que había desterrado la prostitución décadas antes, tendría que reconocer que ésta había vuelto. Y se enorgullecería ante las cámaras de televisión de que el país contara con la más culta prostitución del mundo.)
     En efecto, había vuelto el viejo oficio. Pero algo de él, de sus mecanismos, parecía haberse perdido por el camino. Porque aplicado el concepto de eficacia a la suma de acicalarse, burlar la vigilancia policial y consumir un trago para sacar tal vez nada o poca cosa de la noche, esa prostitución resultaba tan inefectiva como las empresas económicas del país.
     Proxenetas no demasiado estrictos hubieran descalificado el trabajo de tales pupilos. ¿Qué hacían perdiendo el tiempo en preámbulos y vestíbulos, demorando el minuto de tomar uno de los ascensores? En país devastado por la guerra y a la espera de más guerra todavía, confundían inevitablemente necesidades y caprichos. Una cerveza, ese amargo frío: podrían prostituirse a su manera lenta por tan sólo una cerveza. Habrían descubierto alguna nueva sentimentalidad, un cariño exacerbado por artículos solamente encontrables en hoteles, pagados con moneda extranjera.
     Y del mismo modo en que aparentaban placer para darlo, requisito de todas las prostituciones, resultaban capaces de simular afecto y un interés bastante secundario por la plata. Iban a sorprender a sus clientes extranjeros con otro modo de entender las tarifas. Se quedarían aun después de recoger lo convenido, cuando ya no corriera el taxímetro. (En casa había apagón todavía.) Si cualquier necesidad elemental era elevada, por lo imposible de satisfacer, al rango de capricho suntuario, también se haría difícil deslindar noviazgo de prostitución.
     ¿Y ahora qué quieren?, preguntaría la clientela sin poder quitárselos de encima. Putas y putos un tanto metafisicos, la mayor parte de los jineteros daría poca importancia a las contundencias corporales. Decanos de la prostitución a pesar de lo jóvenes que fueran, se encontraban por encimaHotel Meliá Cohiba del sexo. Ofrecerían, sobre todo, tiempo a sus clientes. Y querían que se les contestara, no con la contundencia del dinero, sino con una invitación al viaje. Cambiaban historia por geografía.
     ¿Qué significa una transacción efectuada con dinero comparada con aquella en la que unos dan tiempo para obtener espacio a cambio? Poco seguramente. Ellos pelearían por encontrar una salida hacia otros sitios donde una vida de hotel no fuera excepción tan alta. Querían meter el cuerpo en otro espacio. Merodeaban hoteles porque no podrían hacer lo mismo con embajadas y consulados.
     Entraban a las peceras iluminadas, burlaban la vigilancia, el apartheid que prohibía la entrada de nacionales a los vestíbulos. Sobornaban a porteros y policías, ascensoristas y carpeteros. Cumplían sin saberlo, casi animalmente, con apetencias que los demás, en la oscuridad de sus casas, se veían forzados a tratar en teoría o en potencia.
     Habrían apostado por la belleza, otro nombre de la fiesta. Entenderían un hotel como rudimento de la vida posible. Una cerveza, una canción, un perfume, cualquier cosa hermosa deslizándose que prestara algún valor al tiempo, sería para ellos símbolo tan poderoso como el dinero. Y mientras los discursos oficiales afirmaran que el país mantenía incólume sus cotas de dignidad, la nueva prostitución iba a encargarse de que las cotas de belleza no fueran desatendidas. Centraban su dignidad en ello. La defensa de una dosis imprescindible de alegría y de belleza constituía su orgullo de clan. Jineteras y jineteros serían los únicos estetas del Período Especial.**

2

En uno de los apuntes para el libro sobre la vida parisiense que nunca escribió, Walter Benjamín hizo notar el hecho de que, durante la Comuna, los relojes de fachada fueran el blanco favorito de los disparos revolucionarios.
     Prácticamente todos los relojes públicos de París terminaron detenidos por las balas. Con disparos se procuraba fijar una hora para siempre, el asombro frente a la poca importancia que el tiempo prestaba al triunfo revolucionario. Porque, como si se tratara de cualquier fenómeno, había dedicado sólo un minuto a éste, apurado en pasar a otra cosa.
     De castigar tal insolencia, de combatir al tiempo, se encargaría la revolución en el poder. Llamaría continuamente la atención sobre ese instante precioso, haría de él historia, es decir, densidad sobre un minuto. Propiciaría conmemoraciones, el calendario de la revolución, la nueva astronomía, el reino de la autotortura y de la culpa: ¿cómo titularse revolucionario cuando todos, simpatizantes del cambiazo abrupto o no, inocentes, cómplices o verdugos, se encontraban ya, siempre, revolución afuera?
     Quien no hubiera alcanzado la hora de los tiros no podría decir luego que estuvo en la revolución, no llegaría a contarlo verazmente a sus nietos. Incluso el que desde las barricadas empuñara una pistola y hubiera conseguido trabar la maquinaria de algún reloj de la ciudad, cometería presunción al testimoniarlo. Pues ya desde que hizo sonar el primer tiro aquello era elegíaco. E iban a coincidir en el mismo minuto un par de epitafios: el del antiguo régimen y el de la revolución.
     Enormes esfuerzos se ocuparían de revisitar ese instante primero, y resultaría siempre una fallida revisitación. Astronómicamente hablando, las revoluciones institucionalizadas describen un modelo descabellado: el de una órbita espacial compuesta por un solo punto. La peor de las alquimias puede ser una revolución cuando se pone a batallar contra el tiempo. Vacía a éste hasta conseguir una apariencia aplastante de eternidad, de temporada muerta, de canícula. Y al tomarla con uno de sus emblemas, el dinero, sólo le deja dos opciones: ser maldito o inane.
     Logra hacer evidente, del mismo modo que la lucidez y alucinaciones de la miseria, el carácter simbólico del dinero. Devela con insistencia una de las certezas que cualquier otra sociedad necesita olvidar para seguir en funcionamiento: la de que el dinero, representación de todo, puede también representar nada, ser nada.
     Ofrecido el espectáculo de una moneda devaluada hasta cero, organizadas filas donde vejar, ante tres pesos (anverso)una ventanilla de banco, a los hasta ayer soberbios, la revolución triunfante cambia el dinero como el calendario. Dispone hogueras, autos de fe para el papel moneda del antiguo régimen. Nuevos billetes pasan a conmemorar otras fechas y cada transacción es una vuelta en el molinillo tibetano de las oraciones revolucionarias, nueva recordación de la epopeya. Sólo así, exorcizado por su capacidad celebratoria, el dinero consigue admitirse.
     Cerradas las fronteras del país, delimitado el campo de experimentos, se procede entonces a desequilibrar todo comportamiento frente a él. Entregándolo en ocasiones a cambio de ningún esfuerzo, escamoteándolo en otras en que haya sido justamente ganado, ofreciéndolo generosamente a la par que se retira toda mercancía donde utilizarlo, haciéndolo escasear cuando tiendas y almacenes se muestren más propicios, las técnicas a utilizar resultan aproximadamente las mismas de un manual de tortura: cambios vertiginosos, dislocación del sentido temporal, rompimiento de la ilación y de cualquier puente que intente relacionar un efecto con alguna causa.
     La nueva sociedad consigue así dinamitar la base de todas las sociedades anteriores, no dejar posible relación entre trabajo y adelantos vitales. Pronto, con la marcha de la economía revolucionaria, se descubre que algo en la operación alquímica de la que tanto se esperaba dejó de funcionar, y de las cenizas del viejo dinero no logró alzar el vuelo ningún fénix. Los billetes de la revolución son apenas volantes para festejar la desaparición de la moneda, confeti repartido para cuando llegue el carnaval del comunismo. Cada sucedáneo inventado («estímulos morales» acostumbran a llamarlos) es de una oportunidad más ridícula que el anterior. Y el fantasma de la vieja plata repudiada empieza a levantarse.
     Planear una economía férreamente centralizada es, en mucho, imperar sobre lo meteorológico. El dinero escapa de las manos, fluye, tiene la forma de las nubes (lo habrá pensado alguna vez un carterista), resulta demasiado ingobernable. Quinto elemento, lo llamó Joseph Brodsky. Cercano a los líquidos, lo diferencia de éstos la propiedad de que cualquier recipiente que lo contenga adoptará la forma que él le preste.
     En querer eliminarlo, lo mismo que en intentar paralizar el tiempo, hay algo de Jerjes azotando al mar. Trágico o ridículo, según se vea. Igual que la prostitución, después de desterrado tuvo que volver. Y dejó de verse como delito poseer moneda extranjera, dejaron de meter a la gente en la cárcel por andar con cuatro dólares en el bolsillo.
     Tuvo, para ser creíble de nuevo, que llegar de otras tierras. La moneda extranjera resultaba ser la única mágicamente cargada. El dinero nacional, sin embargo, sacaría lo suyo de esa intromisión. Equivaler de algún modo al dólar, sea cual sea tal equivalencia, era ya un signo de existir. Y el peso cubano perdería un poco de su calidad de ficha de central azucarero, inservible más allá de los límites del central.

3

Hace un par de años pude visitar las ruinas del Sloppy Joe’s. Las cortinas metálicas del mítico bar habanero, cerradas desde hacía décadas, fueron corridas para el equipo que filmaría un documental.el Sloppy Joe's en los años cincuenta
     Recibimos permiso de visita a lo que se había vuelto una cueva. Adentro las ratas corrían, las filtraciones formaban sus estalactitas, y de los espejos no quedaba casi nada. Pero estaba en pie todavía, magnífica, la barra. Alguien del equipo de filmación, habituado a los aspavientos cinematográficos, vertió agua a presión sobre el piso de la entrada y consiguió despejar la mugre. Salió entonces, como la luna, el letrero inscripto en el suelo. El Sloppy estaba otra vez, por un instante, abierto. La fiesta regresaba, los músicos desenfundaban otra vez sus instrumentos.
     (Poco después, alguien me aseguró que tenía en su casa, sirviéndole de bar, un pedazo de la barra del Sloppy Joe’s. De ser cierto, habían vendido como reliquia aquella barra. Igual a la Santa Cruz vendida en astillas o a los ladrillos del Muro de Berlín.)
     Alec Guinness, perseguido adondequiera que fuera por un conjuntico de músicos que atacaba siempre la misma canción (el filme es Our Man in Havana, rodado en 1959 o 1960), entraba al hotel Sevilla Biltmore, caminaba por Prado, se metía en los bares de la zona vieja de la ciudad y llegaban a filmarlo en un bastante vacío Sloppy Joe’s. (Unos años más y de aquella vida no quedaría nada.) Dondequiera que entrara el falso espía que interpretaba Guinness, iba a ser perseguido por los mismos músicos. Lo acorralaban con una guaracha que, por su persistencia, parecía ser un mensaje, alguna clave incomprendida de espionaje.
     Actualmente los cines habaneros se cuidan de exhibir ese filme. (Sería chocante ver en pantalla la ciudad de los cincuenta y salir después al espectáculo de su destrucción.) El Sloppy Joe’s continúa a la espera de ser restaurado, reabierto. Los músicos callejeros, de regreso tan reciente como los jineteros, acorralan a los turistas extranjeros con otras guarachas, claves que, descifradas, llevan inconfundiblemente a lo sexual, o llantos por la entrañable transparencia de la querida presencia del comandante Guevara. Y, curiosamente, las letras de música bailable han sido hace poco objeto de censura y atención literaria.
     Se ha empezado a revisar el repertorio de orquestas que amenizan la vida de los hoteles durante parte del año y dedican la otra parte a cumplir sus compromisos en el extranjero. La censura oficial descubre en el trabajo de los mejores músicos populares vulgaridad, lenguaje soez y misoginia. Llaman a ejemplos de lo más idílico, y hacen caso omiso de la mayor vertiente, abiertamente sexual, de la música cubana.
     La censura oficial no parece dispuesta a reconocer que la vulgaridad reina en las calles a las que esos músicos intentan cantar. Olvida que la chusmería ha sido un arma política revolucionaria.
     Inmersos en la vida de barrio o en las atmósferas de hotel, tratando de hacer época con sus canciones, los letristas de salsa afrontan por fuerza lo prostibulario. (Tal vez el público que mejores dividendos rinda a las orquestas sea el compuesto por jineteras y jineteros.) Dinero y sexo entremezclan sus fueros en números que se han vuelto populares de inmediato. Y mucha misoginia brota de lo que acarrea a un hombre el trabajo en ambientes de prostíbulos.
     Pero antes de dedicarse a leer atentamente cancioneros, la política había intentado hallar un costado común, aprovechable, en la obra de esos músicos. La vigilancia sobre las cuotas de música nacional radiable se veía obligada a contar con ellos. Música bailable de moda era, ante todo, nacionalidad, discurso nacionalista frente a las músicas foráneas. Letras de salsa y discursos políticos podían sentirse emparentados en diatriba y despecho, alarde y autocomplacencia, masculinidad exacerbada.
     Diatribas en unos casos contra la mujer perjura, y en otros contra el mundo empecinado en no admitir como salvación única al régimen político cubano, podrían entonarse juntas. Y no fue casual que, por un tiempo, los actos conmemorativos se valieran de actuaciones de esas mismas orquestas. Los salseros se comportaban como teloneros de los oradores, o viceversa.
     A la larga se trataba de un malentendido. Lo que descontentaba a la censura oficial, más allá de la letra, empezó a hacerse claro. La relativa independencia económica conseguida por quienes interpretan música, sus giras fuera del país, sus discos publicados por empresas extranjeras, y la vida ostentosa (a los ojos del ascetismo revolucionario, de la miseria dictada), no encontrarían perdón ni siquiera después de la participación de esas orquestas en concentraciones políticas. Así que los encargados de producir artísticamente las conmemoraciones oficiales tuvieron que acudir otra vez a los más bien tristones cantautores de la llamada nueva trova, poetas de la miseria.
     Aunque resultaba inevitable el regreso, se hubiera deseado que el dinero volviera para garantizar riqueza a nadie. Moneda desmonetarizada a la manera del café descafeinado, alimento para viejos organismos delicados. No bastaría con la resurrección de un sistema de impuestos que contemplara a artistas y a dueños de pequeños negocios, con los artistas aún quedaba la coacción ideológica, la censura.
     Esa ostentación que nunca perdonarían a los nuevos prostitutos (jineteras y jineteros la pagan con reiteradas detenciones policiales) iba a ser castigada en los músicos populares. Castigarían en ellos (y en todos los trabajadores por cuenta propia) la hibridez económica a la que se había visto abocado el poder político con tal de que el calendario revolucionario continuara celebrándose.
     Se había planeado, a lo sumo, un país compuesto por graduados universitarios que sirvieran de camareros, los más cultos del mundo, capaces de calcular en un santiamén el momento de torsión al servir un helado. (La masividad en las graduaciones universitarias presupone que los profesionales nunca alcanzarán a vivir dentro de la revolución como tales.) Un país de camareros a los cuales controlar estrictamente las propinas.
     Si el espectáculo de la joven prostitución sublevaba era, principalmente, por la oportunidad perdida de proxenetismo a cargo de la economía estatal. La fiesta, alegría que tuviera suficiente con celebrarse a sí misma, iba a ser aceptada a regañadientes. Fiesta, qué remedio, pero muy vigilada.

4

Pequeños negociantes trabajan en restaurantes de cuatro mesas, rentan habitaciones de sus propias casas a extranjeros, empujan bicicletas taxi, transportan pasajeros en carros norteamericanos de los bicitaxicuarenta y cincuenta (o en al parecer más viejos automóviles soviéticos), llenan de alimentos las plazas de mercado, dan valor otra vez a unos cuantos gestos, prestan confianza al hecho de trabajar.
     Resultan tan imprescindibles como los jineteros. Del mismo modo que en lo más oscuro del Período Especial belleza y alegría fueron defendidas por éstos, la pequeña empresa privada rescata fórmulas perdidas durante muchos años. Fórmulas sencillas y efectivas que relacionan esfuerzo con ganancia, y nos devuelven al dinero y al tiempo.
     Muchas cosas, aun cuando la lentitud que las mueve consiga impacientarnos, avanzan hacia su conformación futura. Lo desterrado necesario no ha hecho más que empezar su regreso, y algún día la revolución habrá acabado. El país perderá su misión de faro de todo el continente, de último centinela en las atalayas socialistas, de hueso imposible de roer para el Imperio norteamericano. Y, agotados todos esos papeles, ojalá no pasemos a convertirnos con idéntico fervor en el sitio de fiestas de buena parte del mundo.
     Supongo que para entonces resultaría muy peligroso considerar tangencialmente, por el roce de un único punto, su final, a los años de revolución en el poder. Negar en pleno lo ocurrido resultaría tan descabellado como lo ha sido intentar recorrer una órbita compuesta por un solo punto. Joseph de Maistre, a quien resultaría muy difícil acusar de simpatías revolucionarias, hizo ver a sus compañeros de emigración borbónica que actuar como si la revolución de 1789 no hubiera ocurrido equivaldría a vaciar el lago de Ginebra embotellando sus aguas para después guardarlas en una bodega. El lago en la bodega y la espalda del mar azotada resultan dos hermosos imposibles hidraúlicos.
     ¿Qué parecerá aprovechable de la revolución cuando ésta haya acabado? Es temprano todavía para descubrir cuáles necesidades se echarán de menos.
     Cada tarde, entre seis y siete, quien camine en La Habana por la avenida del Puerto puede encontrar sobre el muro junto al mar a un grupo numeroso de pescadores de vara. Una mancha de peces se estaciona cada tarde en esos metros de bahía. Los pescadores pescan a toda velocidad, atentos a la lenta traslación de los peces. Un desplazamiento de la mancha y empiezan sus carreras sobre el muro.
     Se apuran como paparazzi o corredores de bolsa de los viejos tiempos. Resulta hermoso ver el montón de peces pegado a la orilla y hermosa la agitación de quienes intentan hacerse con ellos. Abundan las exclamaciones, los reclamos de unos a otros, las peleas y gritos de bolsistas.
     Una tarde, después de muchas carreras, al tirar su anzuelo en el nuevo sitio de la mancha, oí¡Cojones, qué lujuria! gritar a uno de esos pescadores algo que entonces pareció explicarme muchas cosas. No sé ahora qué pueda decirme su desahogo verbal y, a ciencia cierta, desconozco por qué recuerdo a ese grupo de gente entretenida en la bahía. Quizá a causa del avance lentísimo, casi estacionario, hipnótico, de la mancha de peces, y de la impaciencia, el apuro en que se recomían los pescadores.

«¡Cojones, qué lujuria!», eso gritó aquel tipo.

* Tomado de Cuba y el día después.  Editor: Iván de la Nuez.  Barcelona: Mondadori, 2001.  Los interesados en adquirir este libro pueden dirigirse a la librería Universal (ver el enlace en nuestra página de entrada).

** Período Especial en Tiempo de Paz fue el nombre que recibió la era post-Berlín de la economía cubana: se eliminaron los subsidios soviéticos y Cuba se reinsertó en la economía global. (N. del E.)

 

La Azotea de Reina | El barco ebrio | Ecos y murmullos | Café París | La expresión americana
Hojas al viento | La lengua suelta | En la loma del ángel | Panóptico habanero | La Ronda | La más verbosa
Álbum | Búsquedas | Índice | Portada de este número | Página principal
Arriba