La Azotea de Reina | El barco ebrio | Ecos y murmullos
Hojas al viento | La lengua suelta | En la loma del ángel | Panóptico habanero | La Ronda | La más verbosa
Álbum | Búsquedas | Índice | Portada de este número | Página principal

Se soltó la lengua

     Dada la aceptación que tuvieron las primeras entregas de La lengua suelta entre nuestros lectores, La Habana Elegante ha decidido concederle a Fermín Gabor un espacio propio donde pueda seguir soltando la lengua.  A partir del presente número invitamos a nuestros lectores a visitar periódicamente La lengua suelta, puesto que su actualización no dependerá de la salida del próximo número de L.H.E, sino de los envíos de Fermín Gabor.

La Redacción

Aviso a nuestros lectores:

Hemos incluido, a continuación de la entrega no.18 de La lengua suelta, el texto Anónimos, de Arturo Arango a que Fermín Gabor hace referencia.  De esta manera nuestros amigos disfrutarán más el envío de Gabor.  Además, La Gaceta de Cuba no podrá objetar nuestro sentido de la más elemental justicia. En cuanto a nosotros, bueno, no les exigiremos peras al olmo.

La Habana Elegante



La lengua suelta no. 24

¡Pero qué precioso poeta quinceañero! Contemplando un áIbum de fotos de Alberto Edel Morales

Fermin Gabor

     Me han estado llegando últimamente mensajitos de Dulce María Loynaz y de Alberto Edel Morales. O más exactamente: del Centro Cultural “Dulce María Loynaz” y de su director, Alberto Edel Morales.
     ¿De dónde salió éste? Si, como aseguran sus críticos amigos, pertenece a lo más granado de la generación poética de los noventa, ¿por qué no lo encuentro en las tantas antologías que desde entonces se han  venido publicando?
     Confieso que lo único suyo que he leído es un poema dedicado a la bandera que él endilgó a una larga lista de correos junto a la explicación de cómo pudo perpetrarlo. Fue (he de reconocerlo) como recibir un correo electrónico de Edgard Allan Poe donde se juntaran El cuervo y La filosofía de la composición.
     ¿Y qué cuenta la filosofía de Alberto Edel Morales? La cosa es más o menos como sigue: cogitando luego de extensa jornada laboral, Morales cayó en la cuenta de que ningún poeta de su generación había escrito un poema a la bandera. (Podrá creerse que un pensamiento así es digno de un resentido, de quien siempre se ha visto postergado y busca madrugar a los que le tienen cogida la delantera.) Reparó Alberto Edel Morales en la falta de poema al banderín cubiche y, al bajarse del camello que lo llevaba a Bahía, percibió el hueco, el bache, la oportunidad de cuele, el filo, el jamón de muslo y blúmer que la jeva Patria le mostraba. Y se dijo a sí mismo: “¡métele mulato, que ahora te toca a tí bailar!”.
     Fue en Bahía, al bajarse de un camello, mirando el cielo del atardecer, que un poeta de la talla de Alberto Edel Morales encontró su camino de Damasco. Ya no más ser considerado un burócrata, ahora sí que enseñaría credenciales de poeta. ¡Iban a ver los descreídos! Y, ¿en qué sitio publicar ese poema suyo sino en La Jiribilla, donde acogen a los peores cuentos y a las canciones insufribles de los jóvenes trovadores? Publicado allí el poema y, todavía insatisfecho con lo que él consideraba escasa publicidad, Alberto Edel Morales la emprendió entonces con una lista que sumaba lo mismo amigos íntimos que conocidos de vista, desconocidos totales y gente incapaz de leer una línea en español.
     Del poema, ¿qué decir? ¿Recuerdan aquellos pitazos de cafetera que daba Cintio Vitier al principio de la Revolu cuando, como pastorcito de Fátima o de Lourdes, aseguraba haber visto el verdadero rostro de la Patria? (Por esos mismos años, Lezama Lima juraba que, en el piso del patio, gracias a una tirada de yaquis, unos niños vieron el rostro de su padre muerto. ¡Cómo estaba el caleidoscopio de los poetas de Orígenes!) Bueno, pues lo que era ya retórico e inverosímil en Vitier, resulta peorsísimo en Alberto Edel Morales. El bisoñé de Fantomas luce menos postizo que el poema de marras.
     Desde Encuentro en la Red, Pablo de Cuba Soria (y luego hay gente que no acepta los seudónimos...) se ocupó del poema como un rottweiler se ocupa del brazo de un niño. (Para tratos delicados con ese bracito, para lamiditas, pueden verse los textos de Basilia Papastamatiu, Virgilio López Lemus y Roberto Manzano aparecidos en el sitio Cubaliteraria.)
     Pero volvamos al flamante director del Centro Cultural “Dulce María Loynaz”. Hastiado de no aparecer en las antologías, de dar lecturas públicas para cuatro gatos (cuatro gatos en comparación con los cuatro gatos que reúne toda lectura de poemas), harto del ninguneo al que fuera sometido, el poeta Morales se nos revela como gerente de su propia obra, como relaciones públicas de su talento.
     Prepara una lectura de poemas y, 1er paso, manda a todo el mundo invitación. No una, sino varias. Bombardea con esa misma invitación varios días seguidos: 2do, 3er y 4to paso. Así procura despertar remordimientos en quienes no pensaban asistir, ablandar convicciones, poner en remojo almas. ¡Que no parezca una simple lectura lo que se va a celebrar, sino toda una jornada donde su voz se extienda! Al fin y al cabo, quien canta a la bandera termina por querer comerse la isla.
     5to paso: celebrada la lectura, Alberto Edel Morales procede al envío de imágenes. Fotos del bardo y de su público. Dulces recordatorios para quienes compartieron con él tan sublime momento y, para el resto, pinchantes testimonios de cuánto se perdieron. Allá van las demasiadas fotos que ambiciona una quinceañera: con tiara, con mitones, pegándose a un espejo, encima de un coche, al borde de una fuente, en un jardín florido... Uno mira esas imágenes y juraría que Luis Alberto Casanova podría soltar de un momento a otro: “Alberto Edel Morales, ahora que has arribado a tus quince primaveras, las ilusiones se abren para ti y la vida te sonríe...”
     Pero es acto seguido que viene lo bueno, pues la gente empieza a responder a los envíos, y toca responder (6to paso) a las respuestas. Arriban mensajes tan heterogéneos como la lista de direcciones. Algunos, con tal de no arriesgar opinión sobre los textos escuchados, comentan lo bien que el poeta quedó en las fotos (el rostro de Alberto Edel Morales mereció ya un affiche en una edición de la Feria Internacional del Libro que él vicedirigía con todo su cuerpo). Otros declaran lo bien ganado de su posición dentro de la historia de la poesía cubana: after Bonifacio Byrne, him.
Vienen entre esos mensajes las décimas que amigos entrañables como Waldo Leyva (tronco de poeta) y Alexis Díaz Pimienta (otro tronco de poeta) mandan disculpándose por no haber asistido. Y al leer esos poemas de ocasión, al degustarlos, Alberto Edel Morales comprende que los ecos de su lectura no pueden terminar así, y que es su deber como escritor y como funcionario implementar un 7mo paso: zumbarle las décimas a quienes ya recibieron fotos e invitaciones.
     ¿Qué importa lo agotado que estén sus corresponsales ni el número de computadoras atoradas por sus voluminosos envíos? Ahí les va más, ¡para que aprendan a ponerlo en las antologías!
     Después, una notica en Granma o Juventud Rebelde saluda el feliz hecho de su lectura pública,  y la notica da pie para un 8vo paso, nuevo envío.
     Papastamatiu, López Lemus y Manzano le prestan atención de críticos, y él forma con esas reseñas un lindo ramillete que le mete por los ojos (9no paso) a su público.
     La cosa (para resumir) puede seguir infinitamente. Ya a estas alturas Alberto Edel Morales es el Google de la poesía cubana, un buscador que sólo encuentra su nombre. Narcisista electrónico, lo lindo del caso es que cada una de las etapas de esta estrategia de autopublicidad es cometida en horario laboral, bajo sueldo de funcionario, atascando el servidor de un ministerio, desde una computadora con chapilla de medio básico, encendido el aire acondicionado de su despacho de director, utilizando para ello el trabajo de una secretaria...
     ¿Están al tanto de lo anterior sus superiores? ¿Campaña tan terrorista como mediática cuenta con el visto bueno de los jefes? ¿O es que arriba han concertado la aparición de nueva especie de escritor oficialista, un cambio de portaestardante en la comparsa de “El Alacrán”?
     Aprovechando el caso Elián, Alexis Díaz Pimienta, escritor de la misma generación a la cual pertenece Alberto Edel Morales, llegó a la televisión desde el anonimato. Lo cuenta él mismo en entrevista publicada en La Jiribilla: “A mí no me consideraban como escritor, ni siquiera como intelectual. Yo no existía a pesar de los premios que obtuve. El poeta menos antologado de mi generación soy yo”. Y luego: “¿Qué ha pasado? Que de momento del anonimato y el silencio, he salido no a la voz sino, a ¡la Voz! Con mayúscula, a las tribunas abiertas, a un espacio tan estigmatizante como la televisión”.
     Teresa Melo, poeta de esa misma generación, entendió que su camino pasaba por recorrer la isla de punta a cabo metida en una caravana oficial de poetas a la que llamaron “Estrella de Cuba” y relacionaron con José María Heredia. (Consiguió mucho menos televisión que Díaz Pimienta, hay que decirlo. Pero a su regreso varias publicaciones le han rendido honores de clásico vivo.)
     Y Alberto Edel Morales, que participó en los actos públicos de la campaña elianesca y viajó en la misma caravana poética que Teresa Melo, comprendió que la solución no estaba ya en berrear por un niño o patear la isla en pleno. Así que la emprendió con la bandera. Se envolvió en ella, y no resulta trabajoso aventurar a dónde apuntan sus maquinaciones: no parará hasta que Dulce María Loynaz dirija el Centro Cultural “Alberto Edel Morales”.


La lengua suelta no. 23

GCI: La escena del crimen
En el fallecimiento de Guillermo Cabrera Infante

Fermin Gabor

     Poco antes de entrar de lleno en el Libro de los Muertos, Guillermo Cabrera Infante tuvo a bien ocuparse de las auras cubanas. Miraba a la isla desde su exilio londinense y veía tiñosas. O mejor dicho, las tiñosas nativas se le acercaban: Roberto Fernández Retamar afirmaba en una entrevista que, no más muriese GCI, editarían su obra en La Habana. El director de Casa de las Américas aparecía en pantalla como una de esas tiñosas posadas en un poste a la espera del festín. (Cum grano salis: no hay que creer a GCI a pies juntillas. Aunque tampoco Fernández Retamar parece incapaz de aguardar en su poste.)
     Sabido es que muchas veces el cubano de Londres aludió a la prohibición que pesaba sobre su obra dentro de Cuba. GCI gustaba de afirmar cuán leído era en la isla, pese a todo. Y cifraba la cotización de sus libros en un número variable de latas de leche condensada. Tres, seis o diez latas ofrecían a cambio de libro suyo. En La Habana existía gente que prefería deleitarse con la descripción de La Estrella antes que darse un atracón de "fanguito".
     Acaecida la muerte de GCI, muchos de sus amigos trataron acerca de la censura. Y tanta insistencia en ese punto obligó a Daniel Fernández, director de la editorial "Letras Cubanas", a salirle al paso a los comentarios. En carta al director de El País, aseguró que las editoriales habaneras sí que intentaron publicar títulos del escritor exiliado, que llegaron a utilizar "la intermediación de algunos escritores que lo conocían y que viajaban a Londres por diversos motivos", y que fue GCI quien se mostró reacio a publicar en Cuba sus libros.
     De parecida diplomacia se había servido Roberto Fernández Retamar a la hora de conseguir los derechos de publicación de Jorge Luis Borges, y en su prólogo a la antología borgesiana (Casa de las Américas, La Habana, 1988) cuenta la visita que hiciera al cubil del reaccionario monstruo ciego.
     Fue en una tarde húmeda de septiembre en Buenos Aires y "la prensa había estado publicando con insistencia noticias sobre una supuesta enfermedad que aquejaba a Borges". ¿Qué mejor ocasión para una tiñosa? La Kodama le salió al teléfono y Fernández Retamar comenzó a madurarla con la recitación de algunos versos de Borges. Gracias a su memoria, a su labia y a esa voz engolada que Dios le dio, no tardó mucho en procurarse la cita y, ya en escena, tendió a la japonesa y al ciego el número que la revista dirigida por él dedicaba a Córtazar.
     Ahí mismo empezó a darle coba al viejo diciéndole que lo veía en la eternidad, y fluyeron más piropos por el estilo. Retamar sacó crédito de haber leído a Borges cuando pocos lo leían, antes de la fama. Y sólo después de un introito bien trabajado confesó su deseo de publicarle antología en Cuba.
     Esa tarde Borges también fue invitado a visitar La Habana (Fernández Retamar lo cuenta muy deprisa y, aunque ese gato no está en Scholem, a través del tiempo lo adivino), a lo que el cieguito maravilloso contestó que no sentía especial predilección por el comunismo aunque éste fuese doblado al idioma de Quevedo.
     Hasta aquí Buenos Aires, vámonos a Londres. Me pregunto quiénes habrán sido los intermediarios de la isla ante GCI. Y aventuro dos nombres: Senel Paz y Antón Arrufat, a los que en adelante llamaré agente Niñoaquél y agente Pequeñacosa.
     Tengo por cierto que el primero y su esposa, la documentalista Rebeca Chávez, visitaron en Londres a GCI y a Miriam Gómez. Recién estrenado el filme Fresa y chocolate, eran tiempos en que la estrella del joven escritor parecía en ascenso y GCI, que acostumbraba a no abrirle la puerta a residentes en la isla caribeña, hizo por esa vez una excepción. (Como tantos espectadores, debió leer en clave esperanzadora la historia que contaba el filme de Tomás Gutiérrez Alea.) La verdad es que, dejando fuera toda arisquez y engrifamiento, hasta Miriam Gómez se bajó con un postre casero, y hubo amistosería y larga conversada.
     ¿Fue entonces que el agente Niñoaquél ofreció a GCI publicar novela suya en La Habana? Con bastante probabilidad. E igual debió haber sucedido con el otro visitante.
     Todo lector de Mea Cuba sabe que el agente Pequeñacosa sale muy bien parado en esas páginas. Y con el mismo aplomo logra atravesar el Juicio Final en que consisten los últimos libros de Reinaldo Arenas. Al parecer, ninguno de los dos escritores exiliados pillaron a Pequeñacosa en su avatar de firmante de cartas contra colegas (su firma, una de las primeras en condenar a su amigo Manuel Díaz Martínez y a otros nueve escritores, ha aparecido luego en distintas cartas oficiales de repudio). Ni Arenas ni GCI percibieron al Pequeñacosa entregado a la cortesanía, integrante de séquitos, tracatán de ministros, dialogante con Chávez en Caracas.
     Tanto Niñoaquél como Pequeñacosa (y algún otro suplicante que se me escape) recogieron en Londres la misma contestación que Octavio Paz brindara, a mediados de los noventa, a una invitación a Casa de las Américas hecha por Roberto Fernández Retamar. El cablegrama, llegado desde México al despacho del director de Casa, contenía una sola sílaba, suerte de poema concretista: "NO".
     Nunca habló públicamente GCI de sus encuentros con emisarios caribes (al menos hasta donde sé), y tampoco se refirió a las peticiones que éstos le trajeran. Siguió, en cambio, atascado en su historia del trueque de leche condensada por libros. Y no dejó de considerar a sus libros bajo censura política. Si su Habana estaba fija en los finales de los cincuenta e inicios de los sesenta, su antiñangarismo también permanecía datado.
     ¿Por qué no contó lo de su negativa a ser publicado? En los últimos años (preciso es reconocerlo) los manejos de la cultura han sufrido cambios dentro de la isla. La caída del Muro de Berlín ha brindado impulso indudable a la cría artificial del manjuarí, y ya las editoriales estatales (no hay otras en Cuba) pueden aventurarse a publicar a un autor como GCI para hacer de tales ediciones trofeos deportivos o de guerra.
     El nacionalismo revolucionario pretende hablar en nombre de Cuba con toda la boca, con la boca llena. "Nos sentimos responsables de la totalidad de la cultura cubana, se produzcan las obras donde se produzcan", ha dicho el ministro de cultura Abel Prieto. Y luego abre nueva cancha en "Coppelia" al declarar: "Tenemos una línea de publicación de emigrados".
     Síguelo con moscatel, crema de vie y almendra...
     En la misiva del director de "Letras Cubanas" al director de El País se buscará en vano referencia a la censura anterior. Puesto que GCI no parece prohibido en la actualidad, nunca antes lo estuvo, y quien afirme lo contrario habla desde el encono y el resentimiento.
     La censura, que hace un tiempo abarcaba nombres, ha aprendido a hacer distinciones dentro de las obras. ¿Para qué tachar en pleno la obra de GCI cuando dos de sus mayores libros se ocupan de la Cuba prerrevolu y resultan perfectamente publicables? Lo que anteriormente fungía como censura, es ahora labor de antologadores. Frente a lo impublicable se enarbolan escrúpulos netamente literarios, como puede comprobarse en la entrevista que Abel Prieto ofreciera al diario argentino "Página12": "yo quería publicar Tres tristes tigres y La Habana para un Infante difunto, que son a mi juicio las que valen la pena de su obra". (Quien se encarga de decidir qué se publica parece ser el propio ministro, y las prohibiciones se embarajan con coartadas estéticas: qué vale o no la pena.)
     Ese mismo Daniel Fernández que alardea de haber querido publicar a GCI dentro de Cuba intentó hace dos años publicar al exiliado Lorenzo García Vega. Toda su poesía le pidió, pues la publicarían de inmediato. Facilitarían los trámites para que el autor asistiera a la presentación habanera de su libro, lo pondrían en contacto con sus lectores verdaderos. Empero, pronto se hicieron feas las cosas para tal edición, ya que autor y editor mostraban desacuerdo. García Vega comentó a Fernández que prefería reaparecer en Cuba con otro libro suyo, Los años de Orígenes. Y al viejo exiliado le cayó arriba la negativa venida desde La Habana. ¡Niek, niek, niek! Con gusto le publicarían el tal volumen pero, ¿cómo iban a sentirse los ancianitos Fina García Marruz y Cintio Vitier, seres de la más granada intelectualidad revolu, al ver publicado dentro de la isla páginas que los pone a ambos de vuelta y media?
     El editor siguió insistiendo en tomo de poesía, hacía lo posible para que no brotara lo peor suyo. No quería dar lugar al censor que lleva adentro, y acompañaba su petición de poemario con los retorcijones de un hombre-lobo que ve llenarse la luna.
     Al final no quedó otro remedio: Lorenzo García Vega resultaba imposible de publicar en Cuba. Con él no había posibilidad de diálogo y alguna vez, gracias al director de Letras Cubanas, podremos enterarnos de que fue el propio García Vega quien prohibió en su país natal la publicación de sus libros. (No hay que ser un psiquiatra soviético para darse cuenta de que Lorenzo García Vega padece de autocensura.)
     Tantos años de pelea debieron hacer perseverar a GCI en afirmaciones que eran ya (dado la nueva política cultural isleña) pura retórica. El cubano de Londres se repitió, envejeció en su polémica, abusó de la anécdota de la leche condensada. Y perdió oportunidad de denunciar las triquiñuelas de siempre bajo nuevo ropaje, el jueguito que le llevaron a Inglaterra los agentes Niñoaquél y Pequeñacosa. (GCI no supo, a diferencia de éste último, adaptarse a los nuevos tiempos: Pequeñacosa cuenta ya con olla arrocera.)
     El autor de Mea Cuba prefirió abonar la idea de que un libro suyo en manos de muchos lectores podía crear alguna conmoción política. Se aferró a esa leyenda de heroísmo intelectual. Y, como tantas de las que escribiera, se trataba de una exageración.
     No exenta de alguna base, of course. De lo contrario, las tiñosas cubanas no se desvelarían como antologadoras.

     Hasta aquí el examen del cadáver. Siguen algunas preguntas a las auras.

     ¿Por qué, pese a no constar causa pendiente contra él, pese a no estar prohibida su obra, prensa y televisión y radio de la isla callaron el deceso de GCI? (Únicamente La Jiribilla, de cara al exterior, brindó espacio a un periodista de Rebelión que lo juzgó renegador de su país, y a Lisandro Otero, quien ha envidiado a GCI desde chiquito.)
     Y para concluir, una pregunta alejada del caso en cuestión. Si tampoco se encuentra bajo prohibición el trabajo de la escritora estadounidense Susan Sontag, ¿por qué fue silenciada en Cuba la noticia de su fallecimiento? ¿Es que tampoco ella quiso ser publicada por Daniel García?

     "¡No valen la pena!", parece ser la nueva excusa habanera mientras arden los libros.


La lengua suelta no. 22

De la balsa al barco negrero: apuntes para una historia cubana de la navegación forzada

Fermin Gabor

      Ya que en Cuba los escritores negros no pueden tener revista propia (tampoco los  homosexuales, los albinos o cualesquiera que intenten agruparse voluntariamente), a los editores de esa publicación de todos que es La Gaceta de Cuba se les ha ocurrido dedicar su último número al tema de la raza, del racismo, de la negritud o como quieran ustedes rotularlo.
     Con este fin invitaron a un editor negro, lo dejaron creerse a cargo de la empresa y antes de que culminara su trabajo le impusieron capataz: una nota preliminar avisa que Arturo Arango, jefe de redacción de la revista, ojizarco y rubiancucho, “acompaña” a Roberto Zurbano en “la etapa final del trabajo”.
     Nación, raza y cultura, noticia la portada. Sólo el primero de esos términos es inicializado con mayúscula, al segundo el diseñador decidió invertirle una letra. “Nación, reza y cultura”, podría decir entonces la portada. Y, acusado de portar identificación dudosa, Raza o Reza viaja en el asiento trasero de un carro fiana. Va apretado entre dos policías, Nación y Cultura.
Quien hojee el más reciente número de La Gaceta dará con obra de poetas negros (ningún poema de Nancy Morejón, lo cual agradecemos no ya a Arango y Zurbano, sino a Arango y Parreño), cuentos y fragmentos de novelas de narradores negros, y un homenaje al dramaturgo Eugenio Hernández Espinosa (hermosa su entrevista llena de nombres novelescos: Sixta Armenteros, Petronila Oxamendi). Pero me atrevo a suponer que son las reflexiones acerca de ser negro en Cuba hoy las que el lector procurará con mayor curiosidad.
     A juicio de varios contribuyentes, mucho cambiaron las condiciones de vida de la población negra cubana a partir de 1959. Refiriéndose a la Revolu, Eugenio Hernández Espinosa habla de “un proceso como el nuestro, cuya esencia es la vanguardia del pensamiento contemporáneo”. Lázara Menéndez reconoce: “Resulta indiscutible que el ser negro por opción política ha sido una alternativa para la población cubana desde 1959...” Y en la página final Roberto Zurbano se refiere a “los esfuerzos emancipatorios de nuestro proyecto social”.
     No sé qué entenderá Hernández Espinosa por vanguardia, pensamiento, contemporaneidad o esencia. Ni alcanzo a comprender qué significa alternativa en Menéndez y emancipación en Zurbano. Pero, ¿acaso me había creído yo que iban a dejar entrar negros en La Gaceta sin que éstos pagasen peaje? Claro que en algún momento estaban abocados a escribir acerca de la fiesta innombrable, de la sabrosura misma que es Cuba. Las comparsas del Alacrán y las Bolleras hacen sus evoluciones frente a la tribuna con tal de no ser acusadas de apalencamiento.
     Mejor fijarse entonces en cómo esos mismos autores dejan caer aquí y allá, como quien no quiere la cosa, sus alcayatas perfumadas. Ved cómo soplan sus polvos y con disimulo esparcen los granos de pimienta que armarán salación y fajatiña.  
     Así, Lázara Menéndez afirma que de “algunos textos y de los criterios científicos y sociales que se emiten en diferentes ocasiones” es posible extraer los siguientes indicadores  actuales para los negros cubanos: “viven en las peores condiciones habitacionales y su ubicación es en áreas deprimidas y populares; reciben menos remesas; tienen menos acceso a los sectores emergentes; son pocos los negros en las universidades y pocos los estudiantes negros en el Instituto Preuniversitario “Lenin”; son menos aceptados como vecinos y amigos; sus ingresos dependen de sus esfuerzos personales más que de un salario”.
     O se lee en texto de Alejandro de la Fuente: “En estas condiciones ya no es posible afirmar, como se hacía hace unos años, que el racismo es una herencia colonial inerte, un rezago del pasado en vías de desaparición. La experiencia de los últimos diez o doce años demuestra que se trata de un fenómeno vivo y floreciente entre nosotros. Ahora falta que podamos tener un debate nacional serio sobre el tema...”
     (Se le acabó el mambo fácil a la Nancy Morejón. Basta ya de escribir poemas de esclava, de testimoniar por su bisabuela, de hablar por la criadita. Si de verdad quiere dárselas de negra que salga de Roble de olor y se hip-hopice, que dedique un pensamiento a quienes la policía acosa con  peticiones de documentación.)
     Este número de La Gaceta de Cuba descree del debate tal como ha sido llevado hasta ahora. “La reflexión se empantana en pequeños salones semivacíos, entre raptos emocionales y verdades a medio camino, que son escamoteadas –casi chantajeadas- por la tensión que produce lanzar el tema al ruedo público”, Roberto Zurbano dixit.
     Y es que a cada intento de reflexión termina por apoderarse del micrófono el compañero encargado de poner límites, agrimensor de las discusiones. Leáse en este rol al maestro Fernando Martínez Heredia: “Al cabo de media vida, saco al menos dos lecciones: una, la solución de todo gran problema social siempre es mucho más compleja de lo que uno cree; la otra, tenemos que trabajar y luchar siempre, aquí y sólo aquí, en esta tierra nuestra, la que hoy es lo que hemos sido capaces de lograr que sea, y sólo será lo que nosotros la obliguemos a llegar a ser”.
     Aspirante a la longevidad como él mismo se supone, ¡a qué grandes abismos pensamentales se abocará Martínez Heredia en otros sesenta y seis años de sostenida cogitación!
     Entretanto, pasemos al meollo: buenas como estaban las cosas para los niches cubanos after 1959, ¿cómo es que alcanzan hoy tan pésimo cariz? Triunfó la Revoltosa, el mulato Guillén escribió su poema-declaración donde las playas son de todos y cualquiera en Cuba puede disponer de pieza de hotel y, sin más, Revoltosa mediante, los negros tienen hoy prohibido acercarse a las habitaciones aireacondicionadas, impedido el paso a los vestíbulos de hotel. En cambio, las disposiciones oficiales sí que permiten a los blancos nativos entrar a esas habitaciones (siempre que sea en figura de camarero del room service o botones o mucama.) Y hace tan sólo unas semanas un salón de artes plásticas celebrado en La Habana expuso un video de José Toirac donde el poema de Guillén era recitado en lenguaje para sordomudos.  
     ¿Qué pasó? ¿Cuál han sido las razones para tales cambios? Al menos dos de los ensayistas convocados, Lázara Ménendez y Alejandro de la Fuente, coinciden en señalar el poco acceso de la población negra a las remesas de dólares del exilio. (De la Fuente cita una causa más: la discriminación racial en los empleadores de la industria turística.) Así pues, los burgueses vencidos hilan la desdicha de los negros en la isla, todavía consiguen dictar prohibiciones para la gente de color... Los salidos forzosamente en balsas tienen a menos ayudar a los tataranietos de aquéllos que llegaron al país también forzosamente...
     Con razonamiento semejante podría achacarse la decadencia del Imperio Español a los árabes y judíos echados de la península. O tal vez se trata de un rodeo mediante el cual unos autores imposibilitados de hablar claro denuncian la política económica del gobierno cubano.
     Cualquiera que sea el motivo de la causalidad apuntada, no hace más que seguir al pie de la letra la lección segunda enunciada por Fernando Martínez Heredia: “trabajar y luchar siempre, aquí y sólo aquí”. Pues la voluntad de tornillo (o de avioneta cayendo en barreno) apreciable en la frase anterior exige el vertimiento de culpas fuera del territorio nacional.
     Después de media vida dedicada al pensamiento incesante, el maestro Martínez Heredia recomienda la receta mejor para encarar nuestras dificultades: se toma el problema más lindo y más gordo, y se le deja a disposición de la corriente del Golfo. La suya es filosofía resumible en juego de niños: a la pregunta por una candelita, el índice ha de apuntar lo más lejos posible, mientras se afirma haber fumado por allá. De manera que todo problema a debatir pueda remitirse genealógicamente hasta el embargo norteamericano. O bloqueo, para hablar en ñángara.
     Si es preciso definir las causas del racismo imperante en Cuba, culpad de ello a la gusanera. Son morralla, son escoria, son subnegros, son apátridas. La culpa del totí la tiene el gusano.
     Creo imaginar el orgullo que sentirán los editores de La Gaceta de Cuba, cumplida ya su maniobra de escurrir el bulto del que debían ocuparse. Y calculo que no estará lejos número o dossier de esa revista dedicado a razonar la falta de altruismo que el exilio cubano muestra hacia los negros de la isla. Lo cual me hace temblar, pues bastante tarea pendiente tengo ya con el par de lecciones de Martínez Heredia para que venga otro maestro a endilgarme las suyas. Y hablo, of course, de ese infatigable Summer Welles entre la isla y el exilio que responde al nombre de Ambrosio Fornet.
¡Solavaya!, grito al búho de Minerva.



La lengua suelta no. 21

¡Vámonos con Noam Chomsky!
Otro año de Feria del Libro en La Habana

Fermin Gabor

      Era la semana de receso escolar, todas las fieras estaban libres de colegio y decidieron poner en asedio a la fortaleza de La Cabaña. Aquéllo (había que verlo) era la Cruzada de los Niños.   Indudablemente resultó bien calculada la coincidencia de la pausa pedagógica con la celebración de la feria del libro en La Habana, pues cualquier anfitrión sabe que cuando flaquea una fiesta lo mejor es invitar a las hormigas.
     Y es que este año (edición decimocuarta de la feria) se echaba a ver la falta de dulces y de saladitos. Sobraba el ron peleón, si por ese alcohol entendemos la profusión de libros de una sola tendencia de pensamiento político, que deja en quien lo bebe resaca bien difícil de tratar.
     Febrero es el mes de los mejores cielos en La Habana, y es también el mes de los libros. Millones de ejemplares y centenares de títulos se ponen a volar en el cielo de febrero (abundan los papalotes empinados desde los fosos de la fortaleza), y es preciso entonces aprovechar la ocasión. Pasa con los libros lo mismo que con el pescado del tercer grupo o las almohadillas sanitarias para doncellas: cuando aparecen hay que correr a comprar.
     Porque luego sobrevendrá la sequía hasta el próximo febrero, y ni siquiera con dinero enviado desde Miami podrá hallarse en La Habana título que valga una lectura.
     Salvo febrero de feria, las librerías cubanas viven el año en tiempo muerto. Pero no vaya a creerse que el mes de gracia produce mucha azúcar. Literariamente hablando, en la feria  puede hallarse su clásico (Machado de Assis, reeditado), su extranjero contemporáneo (Juan Madrid o Thiago de Mello, dos infumables), los isleños de obligación, y algún que otro exiliado que vuelve por unos días, para congraciarse con las autoridades en la mayoría de los casos.
     The rest, ojalá que silencio, hace el mayor volumen de las publicaciones y corresponde a títulos que podrían tomarse por transcripciones de las mesas redondas de cada tarde en televisión.
     Noam Chomsky se asombró en una jornada de esta feria de que, acompañándole en su recorrido altas figuras del gobierno cubano, el grupo no se viera obligado a portar guardaespaldas. Según él, un jerarca taíno podía pasearse en confianza, sin miedos ni problemas, entre el público lector que abarrotaba el sitio.
     “Que te crees tú éso, viejito”, pensó la niña de ocho años que compraba un libro de colorear a unos pasos del intelectual estadounidense.
     Mirdalia Valdés Albarrán es, desde hace un par de años, la mejor agente infantil de la policía secreta cubana. Sin saberlo él, Noam Chomsky (Old Man and the Sea para los encargados de esa operación) se encontraba rodeado por muy jóvenes segurosos. Sindo Valcárcel Rabí, pionero de nueve años, hacía como que empinaba una chiringa. Laritza Jardines Román, once años de edad y ya teniente, sorbía una Najita mientras cuidaba a la mayimbería. Y el agente Javier Emeraldo Montes de Oca (Tigre Juan como nombre de guerra) pasaba por padre de Arisdalys Vega Arán, chivatica estudiante de tercer grado.
     Crítico de la política estadounidense y (tal vez) buen conocedor de ella, al tratar de problemas mundiales Noam Chomsky ha dado muestras de lo corto de su entendimiento. Recuérdese si no cómo, a fines de los setenta, él desmintió las primeras noticias dadas por The New York Times acerca de las masacres en Kampuchea. Puras invenciones de ese diario, afirmaba, groseras maquinaciones anticomunistas. Todo para que luego le cayeran arriba (en documental y en fotografías) pirámides de calaveras y restos humanos fabricados por el régimen de Pol Pot.
     Sin guardaespaldas se paseaba la española Belén Gopegui. Con melena a la Sontag (pero sólo, ay, la melena), viajó a La Habana para la presentación de la edición cubana de su novela El lado frío de la almohada, publicada con prólogo (aquí al que no le dan guardaespaldas le imponen prologuista) del actual presidente del Instituto Cubano del Libro, quien ha dado en esas páginas su primera batalla como escritor.
     Otro que pudo estrenarse literariamente fue el cantautor Amaury Pérez Vidal, hijo de la finada Consuelito Vidal y durante buen tiempo director artístico de las tribunas abiertas antimperialistas. (Pérez Vidal ha escrito algunas de las líneas más enigmáticas de la música cubana. Como éstas: “Porque un amigo / es un amigo / hasta tanto no te muestre lo contrario”.)
     Volvió de su puesto de embajadora cubana ante la UNESCO Soledad Cruz. Con poemario, eh. (Para quien no la conozca, Soledad Cruz fue, desde las páginas del diario Juventud Rebelde, la Pedro de la Hoz de los ochenta, igual que éste empecinada en meter jocico lo mismo en un concierto de la Sinfónica, en la telenovela de turno, en el estreno fílmico o en un libro.) (Para quien la tenga ya por conocida, vaya perla de su estancia parisina: deseosa de demostrar su intimidad con Beethoven, en el intermedio de un concierto la embajadora Cruz confesó a embajadores de otros países que la música del sordo tenía en ella la facultad de pararle los pelos... del pubis.)
     A esta edición de la feria, dedicada a Brasil, las editoriales brasileñas trajeron libros espléndidos. En generoso gesto, los donaron a instituciones cubanas. No vendieron ni un ejemplar y ahora esos volúmenes formarán parte del decorado por el que se pasea el director de la Biblioteca Nacional, doctor Eliades Acosta. U otro sesudo director, Roberto Fernández Retamar. (Su último título, Cuba defendida, se mosqueaba de lo lindo en los estantes de La Cabaña.)
     Editores de varias nacionalidades ofertaron muy poca obra de interés. Recorridas todas las celdas de la vetusta fortaleza, a uno le entraban ganas de variarle la palabra a Noam Chomsky para asombrarse de que, con dinero en los bosillos, pudiera dejarse atrás y sin compra alguna feria tan visitada, tan magnífica y tan grande.

“Pues será el próximo febrero”, me consoló un amigo que salía, como yo, decepcionado.
Pero, ¿es que no sabía él a quiénes dedicarían la del 2006?
“Como país, a Venezuela”, le informé.
“¿Y a cuál autor del patio?”, preguntó ya con voz temblorosa.
“Ángel Augier. Nancy Morejón.”
Cada uno de esos nombres sonó como un martillazo en el ataúd de la literatura.
“Oye”, se interesó de pronto, “¿tú compraste el libro de cuentos de Amaury Pérez Vidal?”
Le respondí que no.
“Yo tampoco.”
 Con muestras de gran desasosiego, me pidió que volviéramos atrás.
“¿Otra vez a la feria?”
“Es que, ¿tú sabes?, pensándolo bien, habría que ver, a lo mejor no son tan malos los cuentos de ese tipo.”
 

La lengua suelta no. 20

Donde Monseñor suspira por el Teatro Shanghai

Fermin Gabor

     “Los que ya han visto la actual puesta en escena habanera de La loca de Chaillot, ¿acaso no repararon en las evidentes analogías entre muchas de las fotografías de las prisiones irakíes y las escenas de sexo pretendidamente ‘cómicas a lo postmoderno’ que vimos sobre la escena del Teatro Trianón?”
     La pregunta, valiente despropósito, se la hace Monseñor Carlos Manuel de Céspedes García-Menocal en un reciente número de la revista católica habanera Palabra Nueva a propósito de la puesta de Carlos Díaz y la compañía El Público. Los escrúpulos que siente todo padre católico frente a lo sexual permiten forzar esa comparación entre gente torturada a punta de pistola y actores que representan. (Ya se sabe que los curas oyen las emisiones del Mal en banda ancha.)
     A juzgar por las enumeraciones de su reseña, Monseñor Céspedes ha sido un habitual del teatro cubano a lo largo de décadas. Es capaz de recordar la visita a La Habana de Louis Jouvet (“hasta podría aventurar el nombre de la compañera de la Universidad que me acompañaba esa noche en el teatro”), un Camus por Adolfo de Luis, la Mariana Pineda de Roberto Blanco, y diversas puestas de los hermanos Revuelta, Berta Martínez, Carucha Camejo, Victor Varela...  
     Nuestro prelado declara además la amistad que lo une a Carlos Díaz, cuyo trabajo conoce desde las primeras obras. “Se nos reveló a todos como un director talentoso y sumamente prometedor”, recuerda. “Sin embargo, poco a poco lo hemos visto derivar hacia las descontextualizaciones traicioneras propias de la antiestética de la Postmodernidad.” Así, no fueron de su agrado las versiones que hiciera Díaz del Calígula de Camus y de La Celestina. Y, si entonces prefirió callar, ahora dedica catorce páginas a criticar su disgusto tercero. Porque “a la malignidad de la antiestética postmoderna”, tales puestas suman travestismo y pornografía.
     No vaya a pensarse que el ensotanado crítico niega de plano las virtudes dramáticas de un actor metido en traje femenino. Su reseña cita como salvedades al Cherubino mozartiano o al Octavian de El Caballero de la Rosa.
     Tampoco Monseñor ve con malos ojos alguna desnudez, siempre que ésta tenga utilidad dentro de la obra. Critica, en cambio, “la grosería gestual” y el “desnudo insolente” no integrados en la trama, gratuitos. Llega, al respecto, a especificaciones que un maestro de escena debería no perder de vista: frente a esos hombres y mujeres revolcados por el suelo “haciendo vida sexual, no al modo humano, sino al de los perritos y los gatitos en celo”, defiende la posición del misionero.
     A juicio de Monseñor la pornografía pertenece al ámbito de las proposiciones éticamente incontestables, junto a la mentira, la antropofagia y los sacrificios humanos. Por tanto, Carlos Díaz ha fabricado con la obra de Jean Giraudoux algo próximo al canibalismo y la crucifixión.
     Contrario al crítico de marras (aunque sin su bagaje como espectador de teatro), pienso que los desnudos sí que encontraban justificación en Calígula y en La Celestina. Porque la decadencia del emperador y la zurcidera de himen, ambos, ameritaban apeñuncamientos de gaticos y perritos, de perritos con gaticos y viceversa.
     Claro está, correspondía al director esfuminar esas acrobacias a favor del diálogo. Y es en este punto donde falla Carlos Díaz. Cuando, lleno de intuiciones para enfrentar lo coreográfico, parece descreer de la palabra. Entonces no se fía de lo que pueda alcanzarse en una conversación, y por ello fue un fracaso estrepitoso el Chéjov que intentara, ya que los aspavientos habaneros están en las antípodas del maestro ruso.
     Creo que las últimas puestas de El Público no hacen más que mostrar la degradación a que han llegado en la actualidad cubana los discursos, sea cual sea el tema que traten. Las palabras suenan como teque, muela, didactismo, retórica, y se vuelve imprescindible llenar la escena con acontecimiento más rotundo que el más rotundo diálogo. ¿Qué mejor pretexto entonces que un cuerpo lo más crudito posible o un enigma sexual de difícil desentrañamiento?
     De poco valen en caso así las excelencias del texto dramático: será tirado a mondongo. Toda la vigilancia del director se concentrará en lo coreográfico y olvidará lo que los actores dicen y el modo en que lo sueltan.
     Más allá de las objeciones monseñoriales, considero que la exhibición porque sí de un par de nalgas estropea por ser enfásis espurio, pero en su lugar podría aparecer un elefante y no dejaría de obtenerse igual efecto.
     Absorto el público ante el señuelo falso, los parlamentos se le fugan. Así pues, esa pornografía resulta criticable no por lo que enseña, sino por lo que disimula y oculta. Y casi siempre que el escenario es recorrido por un cuerpo desnudo en algún otro rincón cometen fechorías con el texto.
Sodomizan al texto en postura de gatitos o perritos. Le vuelan el cartucho, le dan tafia.
Monseñor Carlos Manuel de Céspedes García-Menocal termina su crítica con el recuerdo (no sabemos si personal) de los espectáculos pornográficos del desaparecido teatro Shanghai. “Pero aquello podía ser divertido”, sopesa, “y nadie se lo tomaba en serio, mientras que las obras de El Público sí se toman en serio y hasta reciben subvenciones de instituciones extranjeras”.
Disgustado por lo que contemplara en una función, más que soltar su ira pide que suelten a los perros. (No en balde alude a las atrocidades del ejército de ocupación estadounidense y a subvenciones extranjeras.) Concluye su extensa reseña con este llamado a las autoridades políticas cubanas: “Me gustaría mucho que los responsables culturales del País abran bien los ojos y, sin complejos ni ánimo sombrío de censores policiales, pero con conciencia de maestros y con sentido de su responsabilidad, se informen y se persuadan, y persuadan al entorno humano que depende de ellos, de todas las posibles direcciones que deben y pueden tener las manifestaciones artísticas para que sean lo que deben ser y no se reduzcan a simple basura pasajera, no sólo inútil, sino contaminante de hediondeces.”
     (Uno lee la frase y, ¡pá su escopeta!, quiere estar lo más lejos posible de la amistad de ese cura. Solavaya, porque si trata así a su amigo Carlos Díaz, qué no deparará a desconocido o enemigo.)
Falto de Inquisición que se haga cargo, Monseñor procura compinchería en iglesia más vigente, y llama al brazo seglar que persigue. De poco valen sus precauciones acerca del ánimo y la conciencia oficial que deberán reinar en esta nueva cruzada: a un dragón no se le piden gentilezas. Y, dada la candidez de quien supone en Cuba entorno humano que no dependa de las autoridades, cabría encargarle al sastre de El Público traje adecuado para Monseñor Céspedes: la sotana con babero.
     Podría suponerse que su poca experiencia como reseñista no le deja ver claro la misión de la crítica de arte. Que es influir en el artista en discusión y en el público interesado, no clamar por los políticos. (Metidos en el juego crítico y criticado, cualquier llamado a figura mayor que monitoree, ha de considerarse como chivatería.)
     Que quepan en las páginas de una revista católica melindrosidades frente al sexo resulta perfectamente comprensible. Sorprende, en cambio, que desde ellas se pida más intervención del estado en la cultura, con todo lo que esa intervención supone y ha supuesto. ¿O acaso Monseñor Céspedes procura que sus fieles, los asistentes al “Trianón” y la compañía de actores sean invitados a picnic en un campamento militar de apoyo a la producción? (Cuidadito, que el tiro al travesti no tarda en considerar dentro de sus blancos a cualquiera con sotana.)
     En verdad, en verdad os digo que los caminos del Señor son indescifrables. ¡Oh, pobres pecadores, imaginad entonces los de uno de sus ministros en la tierra! ¡Y más aún: imaginad que ese ministro mora en Cuba y atraviesa este valle de lágrimas hasta arribar al seno de Abraham!
Soy incapaz de calibrar cuán bien escuchado pueda ser Monseñor Carlos Manuel de Céspedes García-Menocal en el reino de los cielos; menos aún alcanzo a suponer cuánto lo oyen en el Consejo Nacional de las Artes Escénicas o el Ministerio de Cultura. Pero lo cierto es que, poco después de la publicación de su reseña, por azar o castigo de Dios o del Estado, la vieja maquinaria de aire acondicionado del “Trianon” decidió rendir viaje, cantó el manisero.
     Reunidos por este motivo funcionarios sin complejos ni ánimo sombrío de censores policiales, pero con conciencia de maestros y con sentido de su responsabilidad, dictaron sentencia definitiva: abocados a sustitución obligatoria del equipo, uno nuevo saldría extremadamente caro, ya imposible. Se hacía inevitable el cierre de la sala. De lo contrario, el desnudo cundiría también en el lunetario del “Trianón”.
     Se acabó pues La loca de Chaillot y no hay que ser un Rubiera para pronosticar lo que sigue. De empeñarse suficientemente los burócratas, La Habana perderá un teatro más y quizás también una de sus mayores compañías teatrales. El infatigable Carlos Díaz perderá su ritmo de trabajo.  
De ocurrir todo esto, me gustaría dejar claro que entre los enterradores hubo un cura.


La lengua suelta no. 19

¡GOOOOOL de Leonardo Padura!

El escritor revela las leyes de su fútbol

Fermin Gabor

     Mario Conde, el investigador protagonista de las novelas de Leonardo Padura, lo tiene siempre fácil. A diferencia de otros detectives, él no opera a contracorriente, no opera solo. Multitud de chivatones de comités de defensa lo esperan para prestarle ayuda. Hasta los niños de la guardia pioneril le entregan pistas. Y el teniente Conde no tiene más que entrevistarse con las autoridades políticas de la cuadra donde fue cometido crimen o desfalco para que los misterios comiencen a aclararse.
     Conde tiene también de parte suya a todo el cuerpo de polícias del país. Y, a la vista de esta correlación de fuerzas, lo que asombra en esas novelas no es que el problema llegue a ser resuelto, sino que haya existido alguna vez. Porque guardias pioneriles y cederistas, autoridades de las cuadras y pululantes uniformados deberían negarle espacio a la delincuencia. E igual que Tom Cruise en Minority Report, en lugar de investigar el crimen (cosa fácil) el teniente Conde debería evitar que éste se cometiera.
     Su existencia es, me temo, aburrida. Si no fuera por algunos achaques de salud (de no conservar las gabardinas de otros se hereda la úlcera estomacal y el mal sabor de los amaneceres), Mario Conde tendría bien poco de qué ocuparse. Suerte que, con el fin de prestar alguna tensión, de vez en cuando lo asalta una punzada estomacal o el recuerdo de algún viejo amor.
     Ulceroso y sentimental, el resto es pan comido. Pone en su trabajo el mismo esfuerzo de una secretaria al rellenar planilla, pues las novelas policiales de Leonardo Padura son mortalmente burocráticas.
     Nada de la chispa que prendiera el caballero Auguste Dupin parece brincar en las grises dependencias donde el teniente Conde ejecuta sus ritos. Guiada la investigación por un manual de pasos rigurosamente estipulados, auxiliada por legos que dan el chivatazo y la pista y hasta el grito de ataja, no existe improvisación, no hay jazz alguno. El discurso del método ha sido acuñado por los superiores y hasta los delincuentes se mueven como burócratas.
     No consiguen asaltar a Conde las sorpresas que asaltaban a un Marlowe o a un Spade (Dupin no salía de sus habitaciones): nadie le pegará con la culata de un revólver hasta hacerle perder la consciencia y meter blanco o hueco en la ilación de hechos que llevaba. Y es una lástima que tampoco se brinde algo de pugna entre departamentos, de competencia entre investigadores, de malas relaciones entre jefes y subordinados o, más cenagoso el caso, ciertas corrupciones de la policía.
     Nada de eso. Un cuerpo honesto de investigadores entre los que se cuenta el teniente Mario Conde realiza su trabajo limpiamente, sin chanchullos ni envidieta. Viven entre ellos en armonía preestablecida. Mientras tanto, el autor de esos libros sí que lidia con el azar y el destino: gracias a una entrevista ofrecida por él al Diario Vasco podemos asomarnos a su verdadera historia policial, la inescrita. Que es también la historia policial de todos los que escriben en la isla, traten o no sus libros de delitos y crímenes.
     Nunca antes (que sepamos) se había hecho público el contrato imperante entre escritores y autoridades políticas en Cuba, secreto mayor de los literatos isleños. Nunca antes escritor residente en la isla, y por tanto expuesto su trabajo a censura oficial, había declarado cuánto sacrificaba para ver publicados sus libros.
     Editado en una de las más importantes casas españolas, traducido a varios idiomas y publicado (con esos mismos títulos) dentro de su país, Leonardo Padura es un autor de éxito. Algunas autoridades de la isla no ven con buenos ojos sus libros, reconoce. Pero la censura oficial no ha cambiado ni una sola palabra en sus textos, y cuatro de sus seis novelas han sido elegidas como libros del año en La Habana.
     Lograr milagro así en un panorama donde según él mismo los escritores incómodos resultan marginados, presupone un muy delicado planeamiento. Es necesario adelantarse al censor y borrar, no las huellas del escenario del crimen, sino el crimen mismo. (Tal vez por ello sus novelas resultan soporíferas: el único crimen lo ha cometido el autor: asesinato por autocensura.)
     Padura confiesa imponerse determinados límites a la hora de ejercer la crítica social y justifica sus maniobras con un ejemplo deportivo: en un partido lo importante es colar gol. Es preciso, pues, ajustarse a las reglas del juego, "tratar de burlar las defensas, ser habilidoso para poder buscar la mejor posición desde la cual tirar y anotar el gol que vale". (Me gustaría, sin alejarnos de lo deportivo, transformar el ejemplo en otra clase de juego. En este otro fútbol que propongo hay también que ajustarse a las reglas, sólo que éstas no han sido estipuladas por autoridades políticas, sino por autoridades literarias, incluido el propio creador.)
     Padura juega en relativa conformidad el fútbol de los comisarios. Para él no existe otro juego, ni resulta posible discutir las reglas de ése. "La vida en Cuba, a pesar de todas las dificultades, es mejor en muchos sentidos de lo que pudo haber sido en otras épocas", sostiene. Vive, pues, en la mejor de las Cubas posibles. Lástima que en su entrevista no nos aclare cuáles son esos "muchos sentidos".
     "Yo no me imagino viviendo fuera de Cuba", afirma. Tiene "una relación sanguínea, ni siquiera intelectual" con su casa, su barrio, su país de nacimiento. Y se muestra capaz, con tal de conservarla, de malversar su relación con el trabajo. Vistas así las cosas, podrá considerársele morador privilegiado, vecino intachable, hijo emérito de Mantilla, cubano cien por ciento. Todo menos escritor con vergüenza.
     Más aún cuando leemos esta otra razón para no marcharse al exilio: "mi literatura surge de esa relación que tengo con la realidad cubana. En Cuba, la literatura tiene todavía esa función social, esa capacidad de influir y actuar sobre los demás".
     Varias son las hipótesis que despierta la frase anterior. ¿Cuál es esa relación insustituible que tiene Leonardo Padura con la realidad cubana? ¿La de verlo todo o casi todo para callar mucho? ¿Sus trabajos de premeditación donde calcula cada detenimiento del comisario de turno y tacha para no complicarse la vida (o anotar un gol, tal como él considera)? Si no se larga a vivir al extranjero es debido al influjo que consigue sobre sus lectores, a su incidencia en la sociedad civil cubana, a la agitación social despertada por sus libros.
     ¡Alardes de inválido! Lo único que consiguen esas novelas suyas es extender entre la gente el miedo a la autoridad, contagiar a los lectores el temor de quien escribe (si mi escaso italiano no me falla, Paúra significa miedo). Menos policiales que de horror, la sombra del censor y sus tijeras atraviesa sus páginas. Y en lugar del manual de autoayuda, Padura parece haber dado con la fórmula del manual de autocastigo.
     Siente, según la entrevista aparecida en el Diario Vasco, el orgullo enorme de que sus obras puedan leerse ahora dentro de Cuba. Apostador de poca monta, sacrifica la duración de su obra por ese triunfalismo del presente. Prefiere jugar el fútbol de los mandamases a practicar la ética del escritor.
     No es el único, que conste. Pero ha sido el primero en declarar las leyes de un juego que comparte con tantísima gente. Y las cosas, luego de esta entrevista suya, no van a ser las mismas. Ahora cualquier reunión intelectual puede tomarse por peña de tahúres. Lo era ya desde antes, pero entonces el truco se mantenía encubierto.


La lengua suelta no. 18

Qué raro que me llame Federico

 Fermin Gabor

Dónde estábamos? Ah, ya. En el momento en que, con el título Anónimos, Arturo Arango publicaba en La Gaceta de Cuba (julio-agosto 2004) artículo donde intentaba meterle coco al fenómeno de las columnas de autoría encubierta que, según noticias suyas, empiezan a pulular.
     Algo menos repugnantes que los virus informáticos, críticas literarias y de costumbres gremiales llegan a las pantallas de nuestras computadoras bajo nombres falsos. Creo, opuestamente a Arango, que rara vez sin nombre. Por lo que su artículo debió llamarse Seudónimos. (El seudónimo tiene linaje literario y el anónimo tradición de chantaje.)
     Pero más allá de la inconveniencia del título, resulta muy loable su empeño de juntar señales e intentar extraer de ellas alguna moraleja. Lástima, empero, que a ese intento no lo acompañe una recta inteligencia. Lástima que la flecha se le pierda en el camino al blanco.
     Y no podía ocurrir de otro modo cuando parte de presupuesto tan falso como el suyo: las polémicas literarias anidan gustosamente en las revistas de la isla. Y no podía ser menos cuando empuja al lector hacia causalidades descabelladas: tales mensajes encapuchados promueven el chisme de pasillo y restan ímpetu a lo que pudiera convertirse en crítica publicada. (Si tal como asegura él los mensajitos constituyen una moda reciente, el chisme de pasillo es anterior a la fundición de los cimientos de la casona de 17 y H).
     Sin embargo, lo más falso de Anónimos es el aire de apoliticismo que el autor aparenta. (Que la política salte luego a la yugular de muchas de sus oraciones resultaba esperable, pues ya se sabe cuán incivil puede ser el comportamiento de lo reprimido siempre que retorna.)
     Arturo Arango conocía de antemano lo político del asunto. Según palabras suyas, en esas críticas de nombres encubiertos “se descalifican instituciones cubanas y a escritores y artistas que desempeñan responsabilidades en ellas o que declaran su compromiso o su simpatía con la revolución”.
     Para pensamiento como el suyo la política “es un campo dominado por reglas que difieren de las que sostienen el juego literario”. Y pretende luego citar con propiedad a Barthes y a Foucault, para que no nos quepa duda de que en su vida ha leído a esos monsiús. Pues una sola incursión por obras de esos franceses le habría enseñado que las reglas son las mismas para el juego político y el literario. (¿Por qué en sus palabras la política es campo y la literatura juego? ¿Por lo minado del primero?).
     Arturo Arango no quiere que se le vea como censor de lo que estudia. Incluso en varios puntos admite alguna simpatía por lo que los mensajes X traen, y es plausible entender su perorata como la del voyeur que abjura públicamente de la pornografía. (Lo imagino empedernido lector de chanchullos y asiduo comentarista de pasillo.) Pero que no venga a engañarnos su aire modosito: Anónimos resulta una cerrada defensa de las instituciones gubernamentales cubanas.
     Declara para ello la libertad de movimientos existente dentro de las publicaciones de la isla y arremete con disimulo contra quienes las evitan y emprenden alternancias. Arango se adelanta en unos meses a medidas estatales que ya han sido pronosticadas para fines de año: la batalla contra los trabajadores por cuenta propia.

     Anónimos carga contra el cuentapropismo de la crítica literaria. Procura meter toda forma de vida en el corral del Estado, para que cada niek suene definitivo, inapelable. Para volver a los poderes ommnímodos de los setenta.
     Su autor desaprueba la batalla plantada por un seudónimo ya que resulta una pérdida de tiempo para la polémica. ¿De qué modo responder a una ficción, a una fantasmagoría?, pregunta. Y cita en su artículo a dos de esas ficciones: Leopoldo Ávila y Fermín Gabor. Confiesa que lo elusivo de esta clase de criaturas puede verse bien en el caso del primero, que escapó sin que nadie contestara a sus ataques.
     Es en este punto donde las carcajadas de José Antonio Portuondo o quienquiera que haya sido Leopoldo Ávila desmienten el remedo de posibilidad histórica con que intenta embutirnos Arturo Arango. Pues incluso desprovisto de seudónimo Portuondo (o quienquiera que haya sido) hubiese resultado inexpugnable. Publicadas sus columnas en la revista Verde Olivo tenía a su favor la flotilla de tanques del Ejército Central. Por no hablar de un carné del partido.
     ¿Luis Pavón y Joaquín G. Santana son seudónimos? Tal vez Arturo Arango deba, aunque sin meterse en política, aclararnos por qué este par de veros nominales va a marcharse sin cocotazo suyo o de otros. Ha de explicarnos también la inmunidad en la que tanta vaca sagrada circula indostánicamente a la intemperie, sin seudónimos. (¿La condición de vaca sagrada no protege mejor que un nombrete?).
     Confieso mi disgusto al verme citado en compañía de Leopoldo Ávila. Y, sin pretender develar por ahora mi identidad (algún día lo haré del mismo modo en que Dustin Hoffman se despoja de su peluca en Tootsie), puedo asegurar a mis lectores que me asiste muchísimo menos poder que al finadito Portuondo. Ninguno de los que fustigo dejará de tener edición o empleo debido a mis palabras, ni se le abrirá causa policial.
     Compruebo que del mismo modo en que Arturo Arango quiere hacernos creer que ha leído a Barthes y a Foucault, simula no saber la diferencia entre Verde Olivo y La Habana Elegante, Laurenti Beria y un pobre bicitaxista.
     Me acusa, a mí y a otros, de intolerante. Pero, ¿por qué buena razón dejar de atacar a un mazo de escritores oficialistas que ya cuentan en revistas y periódicos y noticieros y editoriales y oficinas con suficiente aplauso y vitoreo? ¿Hay que sumarse al coro de quienes los celebran? ¿Hay que callarse la boca o sudar fiebre por los pasillos roñosos donde circula el chisme? ¿Ser tolerante con la intolerancia política y la mediocridad literaria de quienes protagonizan la escena cultural cubana?
     Ya por el tobogán de las preguntas, ¿quién es verdaderamente Arturo Arango?
     Compartiré con mis lectores la mejor de mis hipótesis: hace unos años era el muy joven director de Casa, revista continental. Roberto Fernández Retamar era su jefe. Un buen día, con ganas de divertirse, de burlar la mediocridad de un periodista llamado Luis Sexto, el joven director confabulóse con algunos de sus subordinados y escondieron los rasgos del mediocre periodista bajo disfraces de payaso. Sacaron un número de la revista con retratos burlados de Luis Sexto.
     Lo escolar de la broma no tiene para mí reproche alguno (¿acaso aquí no las cometo igual?), sí lo insignificante de su elección. ¿Por qué en lugar de un idiota con nombre de rey no ocuparse de muñecón más alto? ¿Por qué no el jefe Retamar, por ejemplo? ¡En lugar de pieza mayor, bajarse con un periodista que nadie recuerda ya! Ubi sunt Ludovicus Sextus.
     No tardó mucho el burlado en reconocer bajo los payasescos rasgos los rasgos propios de su jeta, y exigió reparaciones a la ofensa, visitó a las autoridades pertinentes, hizo de la venganza punto de honra.
     Levantado el escándalo, el joven director de la revista Casa se mostró incapaz de reconocer su participación. Se engurruñó, escondióse, aclaró al jefe Retamar su desconocimiento de una jugarreta armada por subordinados suyos a sus espaldas.
     Pero aumentaron un poco la presión atmósferica y el joven director acabó por reconocer su parte en el complot. Lloró en la oficina del jefe (en la antesala, ya que no lo recibían) peticiones de misericordia. Haría lo que fuera necesario para recuperar la confianza traicionada por él. Se iba a Solentiname de monaguillo de Ernesto Cardenal, bordaría trajes típicos para Rigoberta Menchú.
     Y ahora ese lacrimoso que obrara encubiertamente, que dejara en la estacada a los suyos y mintiera a su propio jefe, es quien llama cobarde y amoral a todo el que se acoja a seudónimo o anonimato. Reencarnado desde hace años como jefe de redacción de La Gaceta de Cuba, asegura que no cometerá el pecado de la descalificación fácil: “evito escribir la palabra ‘cobardía’”. (Seguramente le traería recuerdos personales, remordimientos.)
     No estoy seguro de quién es Arturo arango, quizás nunca llegue a saberlo con certeza y él quede como enigma igual que Leopoldo Ávila. Pero, sea quien sea, al final de su artículo deja escrita esta recomendación: "No creo que haya que perseguir estos anónimos". Y ojalá que esta no sea una invitación solapada a las fuerzas de ataque. Porque más peligroso que quien se esconde detrás de un seudónimo es quien pone seudónimos a cada una de sus palabras.


Anónimos / Arturo Arango
      
El fenómeno ha comenzado a expandirse y aunque limitado, al menos hasta hoy, a las computadoras de aquellos que podemos conectarnos a la red (a alguna zona, ya sea mínima, de la red), ha ocupado por momentos la atención del campo intelectual cubano: cada cierto tiempo, enviados desde cuentas de correos a todas luces apócrifas o tomados de revistas digitales elaboradas fuera de la Isla, llegan a decenas, quizás cientos de buzones electrónicos textos que pretenden la crítica (literaria, pero no sólo) amparados en el anonimato. Y es, justamente, esa expansión lo que provoca este Punto:
cuando un episodio se conviene en regularidad hay que leerlo también o, sobre todo, como un síntoma.
     En su mayoría son textos que buscan una operatividad política: en muchos de ellos se descalifican instituciones cubanas y a escritores y artistas que desempeñan responsabilidades en ellas o que declaran su compromiso o su simpatía con la revolución. Intentaré, sin embargo, apartar de estas líneas la política (mientras sea posible), ya que es un campo dominado por reglas que difieren de las que sostienen el juego literario.
     Algunos de esos autores que han optado por el enmascaramiento aducen que los motiva la falta de transparencia de la prensa cultural cubana y dan por sentado que no hay espacios donde la crítica pueda ser expresada con la mayor crudeza. En principio, esa misma excusa llama la atención: es cuanto menos extraño que alguien que opta por esconder su rostro real requiera de justificaciones para hacerlo y quizás ello revele la necesidad de legitimarse ante sus posibles lectores y, simultáneamente, el temor a ser rechazado, a estar sobrepasando límites que un tipo de receptor, tal vez mayoritario, no esté dispuesto a admitir.
     Sin embargo, eso que los anónimos están dando por sentado, ¿es real? ¿Ha faltado espacio para la polémica en el campo cultural cubano y, en especial, en sus revistas? No es éste el lugar para enumeraciones, pero cualquier lector que revise los índices de Unión, La Gaceta de Cuba e, incluso, de publicaciones de otro perfil, como Revolución y Cultura y Cubaliteraria, reconocerá que han acogido numerosas disputas, al menos durante la última década, disputas donde, muchas veces, la pasión, los enconos, las descalificaciones, han prevalecido por encima de la razón, de la decencia y de la búsqueda del conocimiento (aunque en otras los autores han dado ejemplo de decoro, de civilidad).
     Insisto en que estoy mirando sólo aquella zona, digamos, literaria de esos textos que llegan bajo firmas falsas. Para ser justo, debo reconocer que a muchos de ellos no les falta agudeza y que a veces expresan criterios con los que coincido (ya sabemos, “El diablo no tiene la razón pero tiene razones que vale la pena atender”), aunque en otros casos son chapuceros, tontos y su escritura pésima. Pero más allá de cuestiones de calidad, hay en la propia manera en que existen, en que toman cuerpo, argumentos que me molestan, que me preocupan, sustancialmente. Algo que huele mal.
     Lo primero es su intolerancia política. Como dije antes, se descalifican, sobre todo, escritores cuyo compromiso con la revolución cubana es explícito. Si décadas atrás nos quejábamos de que la izquierda dogmática desestimara figuras valiosas sólo por sus ideas de derechas, o aun por su indiferencia, invenir la ecuación no es menos nocivo y demuestra idéntico sectarismo: ni uno ni otro pueden hacer bien a la cultura, aunque uno y otro lleguen amparados por situaciones de poder o por el espíritu de la época.
     Me molesta también la falta de rigor, la comodidad que se impone con el anonimato (y evito escribir la palabra “cobardía” para no cometer el pecado de la comodidad, de la descalificación fácil, adjetiva). Ya sabemos, desde Barthes y Foucault, que un autor es algo diferente que el nombre de quien escribe. El anónimo se esconde también como autor. No sólo pone su persona, su rostro o su cuerpo mismo a salvo de réplicas, represalias o agresiones sino que está enajenando esa otra parte que le pertenece como autor. Al polemizar con un seudónimo de este tipo, sea el de Leopoldo Ávila o el de Fermín Gabor, lo hacemos contra una ficción, contra una fantasmagoría que terminará escapando (ya lo hemos comprobado en el primero de los casos), contra un cuerpo de ideas sin respaldo, sin historia. Es, por tanto, una polémica estéril, que difícílmente pueda satisfacer esa “sed de conocimientos y de experimentación” que reclama para la cultura el lúcido editorial que acaba de publicar la revista Unión (n. 51,2003) a propósito de las polémicas. Hay, por ello, una amoralidad en ese gesto de hacer que un texto aparezca en la orfandad de lo anónimo. Se puede no simpatizar con el impulso negador que rigió la obra de Virgilio Piñera, pero lo que no se puede poner en tela de juicio es que ese espíritu es parte sustancial del autor Virgilio Piñera: la lectura de Aire frío o de La isla en peso es inseparable de ese afán negador, y sus textos críticos, con frecuencia devastadores, no pueden comprenderse sin sus piezas teatrales, sus cuentos y poemas. Por eso su negación puede ser fecunda, iluminadora: ofrece una lección de ética y el ejemplo de una valentía personal, de una verticalidad para la defensa de sus criterios estéticos que, ya lo sabemos, también constituyen al autor Virgilio Píñera.
     Por eso me molesta, además, que, bajo el pretexto de abrir espacios para la discusión, estos mensajes estén, en realidad, cerrándolos. Los cierran porque favorecen el rumor, el cotorreo o el comentario de pasillos, siempre infecundos y tan arraigados, tan poderosos en el medio cultural cubano. Lo que se conversa o se trama en pasillos pocas veces alcanza espacios de debate público de mayor alcance o jerarquía: se desvanece en superficies. Los cierran, también, porque en ellos la frivolidad, la descalificación adjetiva, prevalece sobre la argumentación y el conocimiento. Los libros o autores azotados por estos mensajes ya están, por el momento, apartados de otro tipo de debates. En lugar de ponerlos bajo la luz de una meditación seria, estos anónimos los han agotado. Ya nadie volverá sobre ellos y, quien vuelva, no incorporará a los suyos, ni para afirmarlos ni para rebatirlos, argumentos que, como dije antes, no pertenecen a autor alguno.
     Pero también quien usa un nombre falso se siente en libertad de hacer lo que no podría desde su identidad real. Y si lo que se intenta es la crítica literaria, esa presunta libertad conduce al insulto o a la calumnia, casi inevitablemente. Si esos textos, como algunos de ellos afirman, pretenden establecer un modelo distinto para la crítica literaria, sus autores debían saber que un nuevo modelo requiere también de una nueva ética y que el abuso de la libertad es inmoral (no ya amoral), como es inmoral el abuso de cualquier tipo de poder, incluso el que otorga una máscara.
Estos anónimos llegan a nuestros buzones, nos dejan indiferentes o nos hacen reír, nos preocupan o nos irritan, pero existen y ya son inevitables, tal vez crecientes (las características del trabajo en la red pueden favorecer que otras personas se sumen a la modalidad). Es obvio, además, que están entrando en un ambiente favorable: de nuevo, el Diablo no tiene la razón... Tan verdaderas como las polémicas ocurridas y los espacios que las favorecen son las zonas de silencio, los debates pospuestos, las heridas mal sanadas. Tan real como esa pretendida o solicitada unidad de los intelectuales cubanos, o como lo ha sido su sabiduría para enfrentar y conjurar actos de incomprensión o intolerancia, lo son las bajas pasiones, los resentimientos, las envidias (inherentes, ya sabemos, a la condición humana).
     No creo que haya que perseguir estos anónimos, ni bloquearlos en nuestras cuentas de correo, ni hacer como si no existieran. Han llegado y en no pocos casos ocupado la atención, la curiosidad, el tiempo de muchos de nosotros. Quizás, por eso, lo más útil sea pensar, en lo que significa ese acto, en el caldo de cultivo del que se alimenta, y tratarlos en los espacios y con la ética que ellos quieren desconocer, de manera que al odio, al fanatismo, a la irresponsabilidad, se le opongan la razón, la inteligencia, el sentido común.


La lengua suelta no. 17

Dos Gacetas y muchísima polémica (pero no dentro de ellas)

Fermin Gabor

     Tengo en mi mesa los dos últimos números de La Gaceta y, por lo que arrojan ambos acerca de la crítica literaria, por lo de preceptiva que tienen, han de ser lectura obligatoria para todo el que busque estrenar opinión en las revistas de la isla o publique ya en ellas. Es preciso leerlas como se lee un manual de costumbres, una guía de etiqueta, un tratado ético. Especialmente dos de sus artículos: uno debido a la pluma de Eliades Acosta Matos, otro a la de Arturo Arango.
     Vicedirector de la Unión de Historiadores de Cuba y actual director de la Biblioteca Nacional, me cohibiría en grado sumo tratar al primero de estos autores con título que no sea el de doctor. Yo conocía ya algunas de sus opiniones gracias a una antología preparada por Enrique Ubieta (Vivir y pensar en Cuba. 16 ensayistas cubanos nacidos con la Revolución reflexionan sobre el destino de su país, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2002), donde el doctor Acosta Matos atacaba unos intentos de revaluación del autonomismo cubano a la par que acometía la defensa del realismo socialista.
     En esa misma antología un pensador de la agudeza de Fernando Rojas (siempre que le adjudiquemos por error alguna obra de su hermano Rafael) añoraba la gama de productos lácteos que su infancia consumía en paseos por el habanero Parque Lenin. Fernando Rojas destilaba nostalgia de cuño semejante a la de esas viejas tías abuelas recontadoras de meriendas de Ten Cents. “El vaso valía veinticinco centavos, y en los primeros setenta allí vendían la leche sólo por vasos”, rememoraba. (La boca se nos hace agua de pensar en los primeros setenta, recién fracasada la Zafra de los Diez Millones y celebrado el Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura.)
     También a Victor Fowler, presente en dicha antología, lo desvelaban preocupaciones líquidas. No se trataba en su caso del vaso de leche servido en el Parque Lenin, sino de la “Pepsi Light” para la cual, en un día futuro de capitalismo habanero, no le alcanzaría la plata. (¡Qué tortuosa nostalgia la suya capaz de proyectar imposibilidad actual hacia el futuro!)
     La historia nacional cabía entre el vaso de leche de Fernando Rojas y la “Pepsi Light” de Victor Fowler. A juzgar por los 16 ensayistas nacidos con la Revolu el destino del país consistía mayormente en la añoranza. “¡Ay, qué mal va la cosa”, recuerdo haber dicho, “cuando los ñángaras empiezan a sufrir de nostalgia!”.
     Pero no hagamos esperar más al doctor Acosta Matos, para quien el realismo socialista es un quesito crema del Parque Lenin. En la antología ubietánea el actual director de la Biblioteca Nacional se dolía del saqueo sufrido por los antiguos países comunistas europeos luego de la caída del Muro de Berlín. Según él, el video-clip (“las tambaleantes industrias del video clip”) y la decoración de interiores venían a apropiarse de los códigos visuales del realismo socialista, hurtaban longevidad a la estética favorita del camarada Stalin.
     (Su planteamiento abre diversas interrogantes: ¿por qué entender la apropiación estética como saqueo?, ¿o cómo no admitir entonces que es saqueo a Occidente toda la arquitectura moscovita de la época de Stalin, de un neoclasicismo facilón?, ¿por qué, en lugar de emprender la defensa del constructivismo soviético, cuidarle el culo al realismo socialista?, ¿cómo éste, tan vigoroso, llegó a ser absorbido por lo tambaleante?, ¿y por qué la suma de los artistas eméritos de las repúblicas soviéticas no alcanzó a imaginar ni una emisión de Colorama?)
     Graduado universitario en una alejada república soviética, el doctor Acosta Matos defendía el pundonor bolinski. Autonomista como fue frente a Moscú (ni independencia ni anexionismo), no aguantaba a los que quisieran recordar el autonomismo frente a España.
     Y ahora el penúltimo número de La Gaceta de Cuba publica un texto suyo donde arremete contra todo el que procure algunos rasgos positivos para la República. Responde a una reseña publicada por el investigador Jorge Domingo Cuadriello en número anterior de esa misma revista y, para entender su alcance, es preciso hacer un poco de historia. Dejénme que les cuente, limeños.
     Julio Rodríguez publica a los sesentinueve años de edad un primer libro, una cronología: Noticias de la República. Matrimoniado con la bibliógrafa Araceli García Carranza, Rodríguez recibe ayuda de su esposa para el libro. Y el doctor Acosta Matos, quien se brinda a prologarlo, asegura que el volumen es obra de indudable valor y se deshace en alabanzas del trabajo investigativo efectuado por su autor.
     Luego Jorge Domingo Cuadriello reseña ese primer tomo de Noticias de la República (hay otros por venir) y descubre que en él abundan las imprecisiones, los errores y las meteduras de pata. Y que el tan alabado viaje de su autor a las fuentes bibliográficas resulta muchas veces dudoso.
     Quien recorra las páginas de esa cronología podrá asistir al nacimiento apócrifo de Julio Antonio Mella, verá regresar de la muerte a Aurelio Mitjans, y va a ser testigo de la doble muerte del general Carrillo o del nunca ocurrido asalto y destrucción del periódico Heraldo de Cuba.
     Muchas otras pifias señala el reseñista y descubre además la poca imparcialidad de un acopio en el cual no aparece mención del mayor período de bonanza económica republicana. Es en este punto donde el reseñista Domingo Cuadriello topa con el malhumor del doctor Acosta Matos. ¡Mira que exigir noticia favorable de una edad histórica donde la gente nacía en días equivocados, volvía de la tumba o moría dos veces!
     Incapaz de objetar la mayor parte de las acusaciones del reseñista, el doctor Acosta Matos acude en su defensa a lo melodramático. Varias son las objeciones sentimentales que hace a Jorge Domingo Cuadriello. Que si éste ha atacado en público a una mujer como Araceli García Carranza (¿en privado le hubiese estado permitido?), que si abusa de un hombre que a los sesentinueve años publica su primer libro. Con la conciencia de un asiento de guagua para embarazadas, el doctor Acosta Matos se desvela por mujeres y ancianos. (Vista la edad de su prologado, uno llega a preguntarse por qué éste no esperó a ser aún más defendible, qué lo ha impulsado a tanta precocidad. Pues, publicado a los noventinueve años, su primer libro habría sido más erróneo y disculpable.)
     Por supuesto, donde hay novelón indígena no falta la figura del Apóstol, y el doctor Acosta Matos nos recuerda el martiano apotegma “Criticar es amar” y el sofisma martiano de que cuando se va a morir bien cabe licencia para rimar del peor modo. Vistas así las cosas, un chapucero de 69 años casado con concienzuda bibliógrafa emprende el primero de sus trabajos, mete la pata sin compasión, y es preciso amarlo martianamente.
     Por último, el doctor Acosta Matos no alcanza a comprender a esos críticos que “pudiendo ventilar entre compañeros sus señalamientos escogen la páginas de una revista”. Y de aquí puede sacarse tal vez el más importante precepto entre los suyos: la crítica no tiene por qué llegar a las revistas, no hay por qué publicarla. Cualquier diferencia estética ha de ser ventilada en reunión a puertas cerradas. (De la crítica literaria como asamblea sindical manicheada por la administración.)
     Pacienzudo para examinar las virtudes de una cronología, el investigador Jorge Domingo Cuadriello ha tenido también la cachaza de responder a cada una de las reclamaciones del doctor Acosta Matos. Y en respuesta a las peticiones de crítica amorosa hechas por éste se ha encargado de exhumar la nada cariñosa reseña con que, en 1988 y desde una revista santiaguera, Eliades Acosta Matos (entonces no doctor) saludara la aparición de un libro póstumo de Virgilio Piñera.
     (De esa vieja reseña vaya un cacho: “
¿En nombre de qué supuesta libertad de expresión o de creación puede un intelectual aislarse de un mundo en ebullición que diariamente golpea a su puerta clamando también por su aporte en su eterna lucha por la perfección? ¿Puede aceptarse como lógica la autocondena de Piñera al ostracismo, al autoexilio al mundo de la fabulación, suponiendo incluso que no hayan podido ser aceptadas sus propuestas estéticas, en una coyuntura política muy concreta y por todos conocidas?” Fuera cuestión amorosa, el joven Acosta Matos tiene el descaro de tratar de autocensura lo que fue castigo oficial dictado contra Piñera. Y considera búsqueda de perfección a los golpes en la puerta del viejo escritor prohibido. Al parecer, los estetas de Villa Marista venían a pulir alejandrinos al apartamento de Piñera.)
     La Gaceta de Cuba, que publicó la reseña escrita por Jorge Domingo Cuadriello y luego la reseña de reseña a cargo del doctor Acosta Matos, ha decidido interrumpir la polémica cuando estaba poniéndose mejor. Bajo el pretexto de que no agrega nada nuevo, deja sin publicar la respuesta de Domingo Cuadriello.
     Sin revista que la acoja, la entrega última de esta polémica viaja de uno a otro correo electrónico, corre el destino de una nave espacial ida de órbita. Jorge Domingo Cuadriello asegura en ese mensaje electrónico que ya no volverá sobre el tema. Aunque ha pedido al presidente de la Unión de Historiadores de Cuba que se nombre una comisión de historiadores, suerte de cascos azules de la ONU, que sirva de árbitro en la pelea.
     El número de La Gaceta de Cuba en el cual debió salir la contesta de Domingo Cuadriello al doctor Acosta Matos se cierra con un artículo de Arturo Arango, jefe de redacción de la revista, que desaprueba la proliferación actual de crítica literaria bajo seudónimo y recomienda canalizar la discusión a través de las revistas literarias ya existentes. Arango anima a leer los índices de Unión, de La Gaceta de Cuba, de Revolución y Cultura para encontrar allí vivas polémicas. (Perfecto conservador, ni por asomo se le ocurre aludir a la posibilidad de nuevas revistas.)
     El actual director de la Biblioteca Nacional dictamina que la crítica de libros ha de ser transacción de despacho que no arribe a las revistas porque la ropa sucia debe lavarse dentro de casa y cada reseña desfavorable puede ser un arma que tendamos al enemigo imperialista. Arturo Arango, en cambio, cree que es obligación de la crítica aparecer en el espacio público que las revistas trazan. Un detalle salva la diferencia entre las posiciones de este par de funcionarios: los directores de revistas conservan el fácil recurso de afirmar niek nananina a todo cuanto les parezca incómodo.
     Arango, no menos que el doctor Acosta Matos, es un fiel exponente de la hipocresía de las instituciones culturales cubanas. Niega en privado espacio a la polémica mientras en público alardea de brindarlo. Pero ya nos ocuparemos de él en la próxima entrega...


La lengua suelta no. 16

En familia, en verano

(obra en un acto)

Fermin Gabor


-¡Te digo que apagues ese televisor de una vez!

-Está bien. Apagado.

-¿Los viste?

-¿A quiénes?

-A Retamar, a Pablo Armando, a esa gente.

-¡Coño, mira que tardan en morirse!


-¡Chico, no digas esas cosas delante de los niños!

-Los niños que se vayan a jugar, que esto es una conversación entre mayores.

-Vamos, niños, ya lo oyeron.

-Alguno podría ir muriéndose,... ¿no te parece?

-Vira el ventilador, que no me llega el fresco.

-Será que van a llevárselos en lote.

-Ahí mismo.

-Básico, no básico y dirigido.

-Ay, ¿te acuerdas?

-¿Que si me acuerdo? Todavía sueño que me toca elegir juguete.

-Entonces no es un sueño, es una pesadilla.

-Hubo un año en que alcancé muñeca y creí que al otro conseguiría una casita donde ponerla a vivir.

-Una casa de muñecas.

-¿Cuál de los dos es el más viejo, Vitier o Augier?

-Tienen nombres de dramaturgos del Segundo Imperio.

-Pero de los malos. De los teatros de bulevares.

-Bien picúos, sí. Melodramáticos.



-Y tuve suerte de alcanzar la casa. Pero siete años después, cuando de la muñeca no quedaba ni un ojo.

-Vitier es ése que iba a todas partes con Guillén, ¿no?

-¡Con Guillén el que iba era Augier!

-Eh, a ver si tomamos alguna pastillita para la memoria.

-Puse por aquí el nombre para que no se me olvidara. Míralo: gingko biloba.



-No lo había oído nunca.

-Dicen que es milagroso.

-Todavía ese Augier va con Guillén para arriba y para abajo.

-Medicina tibetana. Antiquísima.

-Hum.



-Seguro en Cuba que Ángel Augier toma ginkgo biloba.

-Se le habrá olvidado que su mujer fue batistiana.

-¿Mary Cruz sigue viva?

-¿Tú tienes pruebas de que haya estado viva alguna vez?

-Ay, no empieces.

-Y con tal de no morirse, se hizo santo.

-¿De quién hablan ahora?

-Del director de Casa.

-¿Retamar se hizo santo?

-¿No fuiste tú quien me lo dijo?

-Eso tiene que ser un invento.

-¿Invento mío? Dime si no lo viste con bastón, que casi no podía andar. Y ahora aparece en todas partes.

-Una aparición.

-Lo habrán chapisteado en el Cira García.

-Ese ventilador tiene su problemita al girar.

-Lo que me gustaría saber es cómo, si toda esa gente está muerta, tarda tanto en morirse.

-¡Chico, mira los niños!

-Pero, ¿qué hacen aquí otra vez? ¡Vayánse por ahí!

-Mientras sigas en esa matadera van a pegar oído.

-Son unos monstruos. ¿Qué? ¿No se van a ir? ¡Pues traéme el cartón del Monopolio! Vamos a organizar un juego.

-¡No se te ocurra enseñarle esas cosas a los niños!

-Aquí está el cartón.

-¡Que los pones a comprar casas y hoteles y los frustras para siempre!

-Y aquí un atlas del mundo. Así que buscamos en el atlas un lugar bien remoto...

-¡Sakishima!

-No.

-¡Babuyan!

-Tampoco.

-¡Irimote!

-Irimote, perfecto. Y el juego consiste en traer desde Irimote el cadáver de Pablo Armando Fernández, que es esta ficha que ustedes ven aquí.

-Mamá, ¿ese no era el viejito que estaba en la televisión?

-No, mi amor, él que él dice es otro Pablo Armando.

-Irimote-La Habana.

-En su caso sería rarísimo que la muerte fuera a encontrarlo aquí.

-¿Tú ves? Un juego de mesa que no despierta demasiadas expectativas en los chamas: Monopolio sin hoteles ni millones. Solamente el cadáver del poeta y la necesidad de que lo cubra tierra patria.

-Eh, ¿y no hay castigo?

-¡Castigo, castigo, castigo!

-¡Ah claro, el castigo!

-¿Qué libro estás dándole a los niños?

-Atiendan bien: todo jugador que caiga en este punto tiene que soplarse uno de estos poemas.

-Déjame ver cuál es.

-La poesía de Pablo Armando Fernández.

-¡Ay, Dios mío, vas a analfabetizarlos para siempre!

-Pues podía ser peor.

-Imagínate con Barnet muerto.

-¡Madre mía!

-¡Aquí tienen los dados! Y este juego se llama Los niños se despiden.


-¡Salgo yo primero!

-¡La primera soy yo!

-Un tiro y sale el mayor.

-Cinco.

-Dos.

-¡Ja!

-¡Seis, salgo!

-La propia Carilda...

-¿Qué pasa con Carilda?

-Cuidadito, que ella lee a Carilda.

-Pues que tenga cuidado. ¿Vieron como la vieja salió viva y entera del ajetreo de la feria?

-Todavía está por morirse el primero de esos figurones de feria.


-Siguen sobre la tierra a la espera de premios.

-¡Pero si ya los tienen todos!

-Premio internacional, quiero decir.

-Ah.

-A Augier le dieron el Rulfo.

-¡El Rulfo fue a Vitier!

-El que haya sido, ¿se cree que ahora van a darle el Cervantes?

-¡Que le den la Orden Lenin!

-Esa la tiene ya.

-Es como si nin