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Se soltó la lengua

     Dada la aceptación que tuvieron las primeras entregas de La lengua suelta entre nuestros lectores, La Habana Elegante ha decidido concederle a Fermín Gabor un espacio propio donde pueda seguir soltando la lengua.  A partir del presente número invitamos a nuestros lectores a visitar periódicamente La lengua suelta, puesto que su actualización no dependerá de la salida del próximo número de L.H.E, sino de los envíos de Fermín Gabor.

La Redacción
 

La lengua suelta no. 15

Hacia un perfil definitivo del hombre

Apuntes para un retrato robot de la Generación del Cincuenta

Fermin Gabor

     La cabeza enfundada en unas pamelas negras de ala corta que la asemejan a San Juan Bosco, Carilda Oliver Labra atraviesa la isla porque le han dedicado la Feria del Libro de este año. Se presta, a su edad venerable, a recitar poemas de furor sexual. (Le quitan la temática del repellamiento Carilda Geisha, Tony (that patriotic object of Desire)chupachúvico y quedaría muy poco de su obra poética.)
     Ella forma, junto con Rosita Fornés, el dúo de rubias menos eróticas con que contaran los años cincuenta en Cuba. Y esa falta de fluído eléctrico las obliga, octogenarias ya, a vestirse de sirenas o a soltar kamasutradas. 
     Carilda, que es la que aquí nos interesa, se muerde el pelo en sus lecturas a la manera de una estampa erótica japonesa, hace de geisha jurásica. Las ferias del libro de todos los rincones del país la tienen como figura principal, y ella traslada ese honor a “los cinco héroes prisioneros del Imperio”, de quienes celebra sus bellezas viriles pues la vieja es capaz de untar de baba sexual cuánta cosa le pongan por delante.
     Urbano Martínez, que antes compusiera una biografía de José Jacinto Milanés y otra de Domingo del Monte, ha dado a la luz biografía de la anciana poeta. (La otra rubia ya contaba con una, escrita por Evelio R. Mora: Rosita Fornés, Letras Cubanas, La Habana, 2001.) 
     Hasta los remates de la isla viajan la poeta, su joven marido, un peluquero que la atienda y la vida escrita de ella. Y no hay punto que toquen donde no sepan de su leyenda: es la Compaya Segunda de la poesía.
     “Qué bien se ve Raquel Revuelta”, opina al verla una vecina de Corralillo, fanática lectora de Doña Bárbara.
     Cortejada por la prensa, uno de los periodistas quiso oírle acerca de los años en que estuvo en la fuácata, sin publicación y sin que pudiera mencionarse su nombre, y Carilda se refugió en gatuna cortesía. ¿Para qué ponerse a recordar malos momentos ahora que todo resultaba fiesta? 

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     Cada año La Habana dedica la Feria del Libro a un país invitado y a un escritor diz que de relieveReynaldo González pintado por Diego Velázaquez (Carilda Oliver Labra en este caso), y lo que sigue a éstos en jerarquía es el Premio Nacional de Literatura, flamante como un carro del año. 
     Reynaldo González por esta vez, los festejos organizados en su natal provincia han rebasado todo lo ocurrido antes. Pues le ha tocado develar, en plena vida, una tarja que conmemora su venida al mundo. En Ciego de Ávila, en la fachada de la casa de su infancia. (El hotel “Pernik” de Holguín tiene una habitación donde cabe la gloria de Pablo Armando Fernández, lo mismo que la de Hemingway en el habanero “Ambos Mundos”.) 
     En varias comparecencias televisivas Reynaldo González ha pretendido que esa tarja recién develada cubra el territorio nacional. Llama ensayos a los artículos que ha escrito y, dotado en lo más mínimo para los primores de la lengua, se ha metido (como Rosita en traje de sirena o Carilda de geisha) en disfraz de clásico del Siglo de Oro con el fin de pujar una novela histórica. 
     Del mismo modo en que se saca de la casa la basura, saca un librito de sonetos eróticos. 
     Durante buen tiempo crítico del actual ministro de cultura, no más le aflojaron el premiete, Reynaldo González sigue y persigue al ministro por todas partes. Le ríe las gracias y los pujos indistintamente (Abel Prieto hace chistes con la misma frecuencia que un candidato presidencial norteamericano), le recoge el pelo, le alcanza las pastillitas. 
     González, lo mismo que Carilda, prefiere olvidar sus disgustos anteriores y se adentra en la fiesta. Pues andaba necesitado de tarja y de cariño. Fue gozador de buen destino juvenil para ser tronado luego, y ahora intenta retomar su juventud por cualquier medio, procura continuar carrera. Igual que el resto de sus compañeros de generación, reunidos en el proyecto “Buena Vida Social Club” que patrocina el Ministerio de Cultura.

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     Novedades varias hacen peregrinar a Antón Arrufat en la comitiva ministerial que recorre el país de feria en feria: la aparición de una antología de Gertrudis Gómez de Avellaneda que hiciera y una obra de teatro de las suyas.
     De las fijaciones de textos ajenos realizadas por Arrufat tiene ya el lector algunas muestras. (Su edición de La carne de René, de Virgilio Piñera es conocida como El picadillo de Antón.) Verdadero especialista en reescribir maestros, quién sabe cuántas aportaciones suyas leemos como si fuesen poemas enteramente piñerianos. Y ahora sus desafueros filológicos lo han llevado a producir la que puede considerarse como edición más peregrina de La Peregrina. 
     Él consigna en nota inaugural que ha eliminado de los poemas todos aquellos versos que no le el espejito de Tulaconvencían, y en su lugar ha colocado hiladas de puntos suspensivos tal como acostumbraba a hacerse en vida de la poeta. Siglo XIX para una decisión y XX para otra, acto seguido reconoce la supresión de las mayúsculas que doña Gertrudis utilizaba al inicio de cada uno de sus versos. Y para rematar, elimina los signos de admiración tan abundosos en la poesía romántica. Por privilegiar la moderna lectura en voz baja, sostiene.
     En resumen, el cuarto de Tula le cogió candela. Porque no importa cuánto cariño haya dedicado en su prólogo Arrufat a la descuartizada de Puerto Príncipe, termina por tratarla como a histérica a quien se hace preciso controlar en enfásis, exclamaciones y momentos de desfallecimientos. Con mano de antologador le tapa la boca, y se ufana de ello como si estuviera coronándola en el Tacón. O dicho mejor aún: la corona a taconazos. 
     Promete salvarla de la polilla y la trata como a cucaracha. Arrufat deja para nosotros la mejor edición lobotomizada de Gertrudis Mucho-Hombre y nuestros académicos le estarán agrecidos por el churro. (Con tal de no dar golpe miran con buenos ojos las chapucerías del primero que pase.) 
     Abel González Melo, quien ha fungido como presentador de Las tres partes del criollo, relaciona esta nueva pieza arrufatiana con otras plúmbeas contribuciones del mismo autor a la dramaturgia nacional. (Uno piensa enseguida en lo hermoso que sería que González Melo pudiese entregarnos biografía de Arrufat del mismo modo que contamos ya con Rosita’s y Carilda’s. Poeta y dramaturgo, Abel González Melo ha escrito unas notables glosas de las que no puedo más que citar un fragmento: “Si quieren que a la otra vida / Me lleve todo un tesoro,/ Me esculpiré. Frágil coro / Cala en la escara encendida./ Punge en mi vientre la herida / Lúgubre del mal que espero./ Busca un pulgar asidero / Sobre el mural trascendente / Del tubo espeso y caliente / Donde renazco o me muero.”/ /“Terco temblor tormentoso / Me expulsa otra vez al campo / De los pinceles. Estampo / Recias figuras de gozo./ ¡Ya no soy mujer, soy mozo!/ Mas, sumido en lo que añoro,/ Descubro entre pelo y poro / Fiera escafandra perdida:/ ¡Llevo la trenza escondida / Que guardo en mi caja de oro!”. Los dos primeros y dos últimos versos pertenecen a José Martí, los otros al horror. El poema puede encontrarse entero en la antologia generacional Cuerpo sobre cuerpo sobre cuerpo, selección, prólogo y notas de Aymara Aymerich y Edel Morales, Letras Cubanas, La Habana, 2000)
    Las tres partes del criollo (título que, junto al destazamiento de la Avellaneda, revela tendencias de serial killer en su autor) correrá seguramente la misma suerte del teatro publicado anteriormente por Antón Arrufat. Y no resulta arduo adivinar cuál será la excusa enarbolada por éste para el tan poco caso: acusará a directores y actores y atrezzistas y taquilleras de castigarlo en censura, de alargar el castigo que en los años setenta le impusieran. (En entrevista donde detalla su caída en desgracia, culpa de ella a Raquel y Vicente Revuelta, hermanos en Stalin y en la sangre. Pero ni un nombre de funcionario implica al sistema, como si los Revuelta hubiesen copado por entonces todos los puestos. Las acusaciones arrufatianas tienen, prudentemente, la dimensión de un camerino.)
     Rine Leal ha aportado, hasta donde sé, las razones más plausibles del poco suceso teatral del autor de Las tres partes del criollo. Según él, falta a esas obras las tres especias que conforman lo mejor del teatro: sexo, sangre y dinero. O expresado a nivel de película del sábado: nudismo, violencia y lenguaje de adultos. 
     Hasta hace poco Arrufat contaba con un aire de mártir que le prestaba algún interés. (Lo mismoAntón Pirulero como mártir (en el rostro, los estigmas del crucificado) que otros compañeros suyos de “Buenavida Social Club”, pasó un tiempo limpiando zapatos y sin poder cantar.) Sabía que en ello consistía su fuerte y coqueteaba con la rememoración de sus desgracias, amenazaba con soltar en público la verdad. (De él y de los otros, no hay más que leer sus respectivos discursos de aceptación del Premio Nacional de Literatura.) Ya que no había arrimamiento posible a Lezama y a Piñera través de la escritura, se les pegaba vía calvario. Pero ahora que lo tratan oficialmente como a senador, ha tenido que torcer las cosas para cultivar su victimismo sempiterno, su papel de perseguido hasta el catre de mármol. Fuñido antes por castigo estatal, ahora que goza de favor estatal se finge castigado por otros poderes. Le arrebatan premios en la arena internacional y cuando lo publica editorial española de las grandes es sólo para hacerlo aparecer en el traspatio mexicano. No le permiten triunfar en Barcelona y en Madrid, desde afuera lo castigan por no haberse marchado al exilio. 
     Como buen miembro de “Buena Vida Social Club”, Antón Arrufat sostiene con lo político las mismas relaciones que las putas con un chulo violento. 

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     Como en esas telenovelas venezolanas donde los personajes se quedan ciegos de buenas a primeras, la conversión en masa de un puñado de viejos escritores en innegables escritores oficialistas parece obra de un guionista desesperado. (A esos viejos, ¿qué les echaron en el café con leche? ¿Qué jalapa los ha puesto a cagar de tal modo?) 
     Padecedor de súbita ceguera, el maestro César López también se ha largado de ferias con una maleta de viajante. (No agobiaré al lector con el inventario de tal valija. Sólo en una generación como la del Cincuenta puede figurar con protagonismo un poeta tan pésimo como ese César López.) Lo César López, La Mamboleta Trágicamismo que Reynaldo González, atravesó por una etapa de rechazo a dirigentes culturales. Juró no hollar nunca más los jardines de 17 y H, promesa cumplida por algún tiempo. Aunque, igualito a González, ha vuelto decidido a robarse el show.
     Contempóraneo del nacimiento de la televisión, mitad Tongolele y mitad Gina Cabrera, César López parece dotado lo mismo para el cabaret que para el drama. Heberto Padilla lo apodó “La Mamboleta Trágica”, y el nombrete es extendible a la generación en pleno. 
     César López ha sacado de su vuelta al redil favores no sólo para él, sino para la familia. Pues La Gaceta de Cuba, publicación avara en todo lo que pueda entenderse como protagonismo, ha concedido columna fija a Adriana López Labourdette, hija suya residente en el extranjero. (Obedeciendo a cuáles méritos tal vez ni lo tengan claro en la redacción de la revista. Sin obra conocida por estos horizontes y emplazada en belvedere de tan pocas novedades como una ciudad suiza, las columnas de la damita López no ofrecen mérito alguno.) 
     Pero a lo que sí hay que reconocer brillantez es a la tesis lanzada por su padre acerca de cuál ha sido la misión histórica de la Generación del Cincuenta. Sostiene López que las generaciones que le siguen tendrían que agradecer a la suya el haber servido de escudo, de cortina rompevientos, de dique. Pues llovieron los golpes, se nubló el cielo, menudearon los rayos (a algunos los malpartió), ellos resistieron, pasó la tormenta, y han conseguido saludar a este sol que brilla para todos, nuevo sol del mundo moral
     Sostiene López que los escritores de la Generación del Cincuenta arrostraron sufrimientos en nombre del género humano, y si ahora fiestean también lo hacen en beneficio del prójimo. Se han hecho oficialistas para librar a los más jóvenes de la terrible carga de sonreír y dar la mano. AquellosHosanna en las alturas a la Generación del 50 que gozan de tiempo para leer y escribir, los que habitan este hermoso presente preñado de promesas, viven encaramados sobre los hombros de ellos, escritores mayores. Como chivo expiatorio, la Generación del Cincuenta detenta el disparo de whisky y la bofetada del jamón. 
     Una tesis así resulta ser variación sobre el viejo poema de Roberto Fernández Retamar que preguntaba, recién triunfada la revolu, a quiénes debían los sobrevivientes la sobrevida. Acomplejados por no haber entrado en la acción, pandilla de no asaltantes del cuartel Moncada, otros habían peleado en lugar de ellos, para ellos. Y ahora, en reversión del poemilla retamariano, resultaban ser ellos los asaltantes, los del comando guerrillero, y otros les adeudaban la sobrevida. 
     Lo que no queda claro es cómo, si atravesaron tantas vicisitudes para que éstas no se repitieran, pueden figurar ahora como cúmbilas de los que castigan, como cómplices del rayo que no cesa
     Al parecer aquí reside el punto más flaco del posible mesianismo de la Generación del Cincuenta y lamentamos tener que contradecir el único rasgo de inteligencia que nos ha llegado desde César López. (Ofrecemos disculpas a él, a su generación y a su hija, a los vecinos del CDR número 97 “Hermenegildo Morejón”, así como saludamos al colectivo de trabajadores de la fábrica “Nubladores del Mañana” que ha cumplido y sobrecumplido sus metas productivas.) Pero si la Generación del Cincuenta ha tenido alguna misión, ésta sólo ha consistido en apagar el mayor número de luces y encender la menor cantidad posible. 
     Con la única salvedad del poeta Rafael Alcides, los escritores de la Generación del Cincuenta constituyen la Patrulla Click de la literatura cubana.
 

La lengua suelta no. 14

Almas llaneras

Fermin Gabor

     Cintio Vitier, que hubiese quedado tan bien ocupándose de la leyenda del que "sin sacudirse el polvo del camino" corrió hasta la estatua, se encontraba inservible, francamente enfermo. Algunos Nancy Morejónotros artículos de exportación certificados por el CAME tenían que permanecer en La Habana apostados en los festejos del Premio Casa de las Américas: Retamar, Pablo Armando, Barnet, Nancy Morejón (Dios mío, ¿cómo pueden perpetrarse estos versos suyos que acaba de publicar La Gaceta de Cuba en número dedicado a la escritura femenina: “Las florecitas violeta del breve patio simulador / empujaban sus cuerpecitos violáceos / hacia la puerta abierta de par en par. / Las florecitas no volvieron a hablarse nunca más. / Las ramas estaban desoladas / pero las florecitas aparentaban tener una quietud / la quietud de las madrugadas inofensivas de otra época”?)
     Sin embargo, quedaban suficientes oficialistas de segunda fila de los cuales sacar una linda delegación.
     “Me da lo mismo Venecia que Venezuela”, respondió Lourdes González desde Holguín. 
     Con tal de ganarse un dinerito y salir un rato de la escritura de guiones para las tribunas abiertasLuis Suardíaz escoltado por sus amigos poetas venezolanos de cada sábado, le daba igual arrimarse al Dux de Venecia que a un militar latinoamericano. Iría.
     Mirta Yáñez había elevado sus quejas por no ser invitada, hacía un par de años, a la delegación oficial a la Feria de Guadalajara, y esta vez sí que cogería cajita.  “Voy ahí”, sentenció.
    Para Norberto Codina, director de La Gaceta de Cuba y venezolano de nacimiento, era una vuelta a la patria. Luis Suardíaz, grado 33 de la Logia Hermandad de la Poesía Latinoamericana, saludaría a sus conocidos entre los peores poetas venezolanos. “Y Lisi”, pidió el ministro Abel Prieto a la cabeza de la delegación, “echénme a Lisi en el paquete”. Con este nombre de poesía bucólica se refería a Lisandro Otero. 
     Ambrosio Fornet emprendería viaje sentimental. Tantos años después volvería a regodearse en el encanto de la revolución, sustancia que intentara estudiar en presencia y ausencia y que, como todos sus temas, siempre se le escapaba.
    “¡Y mis Premios Nacionales!”, reclamó el ministro como reclama un niño sus soldaditos de plomo.
    Así que echaron mano a Reinaldo González. Le vendría bien un poco de entretenimiento ahora que se sentía decepcionado después de recibir el Premio Nacional de Literatura. (Imaginó que al obtener el galardón llegaría a creerse escritor y aún seguía en el descrédito.)
    Zézar López (zetas de zuz eztudioz en Zalamanca) y Antón Arrufat, ambos naturales de Santiago de Cuba y cada uno envidioso del aburrimiento que lograba el otro en sus lectores, representarían perfectamente lo polémico de la cultura cubana. Una cultura signada por la controversia, que ha dado nombres señeros como Justo Vega y Adolfo Alfonso, Virulilla y Saldiguera, Arango y Parreño, Clara y Mario, Cecilín y Coti (por citar sólo unos pocos). Enfundaron, pues, a los dos viejos.
     Otro par, pollos de los setenta, Eduardo Heras León y Guillermo Rodríguez Rivera dieron el paso ¡¡¡¡¡ A Caracas !!!!!al frente, se personaron en la comisión de reclutamiento. Buenas piezas los dos. El primero con un pasado militar y cuentos de marcialidad sentimentaloide, se entendería bien con un ejército extranjero. El segundo, amén de sus valores intelectuales, contaba con una joroba y en verdad que da suerte disponer de un jorobado. No habría pava (para expresarlo venezolanamente). 
     Más vianda para el ajiaco: Desiderio Navarro, tan buen tratante del papel de los intelectuales en la sociedad y tan desentendido de materializarlo: Desiderio en su blablablá babélico. Sumad a un joven poeta Premio Casa de las Américas, un tal Pérez Boitel, quizás el peor premio de esa institución en una larga carrera de peores premios. Jóvenes dirigentes de la cultura y algunas nulidades maduras. 
     Cabeza del ajiaco, el ministro de cultura propiamente. Y la presencia de Carlos Martí se prestaría para que cuando hablaran de Martí y de Bolívar, los oyentes pensaran en Carlos y en Hugo, no en José y Simón. 
     Dispuestos y pimpantes, empacaron. Volaron hasta el corazón del país amigo y la cosa terminó en el Palacio de Miraflores, salón Ayacucho. Fue un encuentro de la fraternidad latinoamericana, que indudablemente incidirá en el desarrollo de ambas literaturas nacionales y que a la larga cumplirá el sueño martiano y bolivariano de una sola América. (Advertencia: el hombre nuevo de ese sueño existe ya: Norberto Codina, intelectual en donde no puede deslindarse qué hay de Venezuela, qué hay de Cuba y qué hay de intelectual.)
     Sin importarle la presencia de Mirta Yáñez y de Lourdes González, el mandatario venezolano llamó a los escritores de la delegación “cuartos bates”. Les contó algunos trozos autobiográficos y les presentó a hijas y a nietos. En gesto conmovedor, el compañero Eduardo Heras León hizo entrega alEduardo Heras León recibe el agradecimiento del mandatario venezolano mandatario de un ejemplar de Los desafíos de la ficción, autografiado con sentida dedicatoria.
     “Vivimos en un mundo donde reina el seudopensamiento”, pronunció el jefe de la delegación cubana. (Su homólogo respondía al nombre de Aristóbulo Isturiz.) Y por tanto anunciaron que a fines de año celebraría en Caracas un congreso de intelectuales y artistas equiparable al congreso antifascista de Valencia en los treinta. 
     Ambas delegaciones de escritores firmaron un llamamiento y el primero en la lista de firmantes, venezolano, lleva nombre muy a propósito: Farruco Sesto. (¿O es errata del Granma y se trata de Francisco Sesto, viceministro venezolano presente en las conversaciones?) 
     Fuera del Palacio de Miraflores y desatendidos por los olímpicos cubanos, un grupo de intelectuales venezolanos tildó de policías a los miembros de la delegación cubana. Y deslizaron advertencias de que en Venezuela no persiguirían a ningún Reinaldo Arenas, acusarían a ningún Heberto Padilla, ni encarcelarían a ningún Raúl Rivero. 
  Fue una estancia breve, pero provechosa. En las madrugadas caraqueñas debió ser hermoso para un César López, un Antón Arrufat, un Reinaldo González o un Eduardo Heras León ponerse a imaginar lo que sería sufrir castigo en un proceso como el de la revolución bolivariana. “Ah, los hermosos años de castigo”, debieron suspirar con nostalgia inocultable. Y a sus mentes volverían las patadas por el culo, las escupidas, las tachaduras de nombres y expulsiones, la hermosa cerrazón de sus juventudes. Todo el encanto de la revolución, apuntaría el maestro Ambrosio. 
     Lamentablemente, la delegación cubana tuvo que apresurar la vuelta al país para meterse de lleno en la Feria del Libro de La Habana, a abrirse en breve. 
     Tal vez no esté lejano el día en que Lourdes González abandone la escritura de uno de sus guiones para atender una inaudible llamada telefónica. (Cuando llueve sobre los surcos de piñas en Ciego de Ávila la comunicación entre Oriente y Occidente se repleta de ruidos.) Y al colgar se mostrará insegura de lo escuchado. ¿Chile fue? ¿Pinochet lo que dijeron? Cuando cese la lluvia en Ciego volverán a llamarla.
 

La lengua suelta no. 13

Botella lanzada a La Jungla
Dirección: 17 y H, Vedado, La Habana

Fermin Gabor

     Hace unos cinco años, dos o tres miembros de la sección de escritores de la UNEAC tantearon el visita dirigida a La junglacamino hacia lo que el diario Granma ha llamado recientemente de un modo hermoso "red de redes", hicieron notar a la asamblea de dicha sección el hecho de que los escritores aborígenes no contaban con acceso a Internet, y fueron cruelmente despachados. 
     No se trataba (mejor aclararlo para que no se forjen falsas épicas sindicales) de una reclamación. ¿Cómo iba a atreverse un escritor indígena a reclamarle al Ministro de Cultura (pues no era otro quien presidía la asamblea) derecho alguno? 
     Tampoco se trataba de una petición. Simplemente, aquellos compañeros expresaban una inquietud. Llevaban ya buen rato escuchando letanías de problemas resueltos, no veían llegar el momento de la merienda, y a uno y luego a otro y a otro más, les dio la inquietud, el perendengue, la comezón, la rasquiña, el prurito de que los escritores cubangos no pudieran hacer uso de Internet.

     "¿Y éso que coño es?", se escuchó preguntar a los más viejos. 

     (Hubo un tiempo en que para hacerse miembro de la sección de escritores bastaba con publicar un folleto. Títulos como Escambray 63: peine contra bandidos, Nido de infiltrados, Misión Chalatenango o Con la hamaca a cuestas consiguieron introducir a sus autores en la sociedad de escritores. Satisfechos con su membresía, nunca más intentaban una letra y se sobresaltaban ante cualquier novedad. Era principalmente a ellos a quienes se debía tan bajo índice promedio de lecturas dentro de la sección de escritores: 0.6 libros al año.)
     Afortunadamente, los que presidían la asamblea sí que conocían la red de redes. Podían utilizarla, aunque no gozaban de mucho tiempo para ello. Iban de una reunión a otra, de una inquietud a otra. Y ahora unos escritores a quienes el tiempo les sobraba por puro egoísmo (no tenían que preocuparse de problemas ajenos, ellos eran esos problemas), tenían la jeta de preguntar por qué no les llegaba a sus mesas de trabajo la conexión a Internet. 

     Los aquejados de inquietud, los majaderos de la tecnología eran dos o tres. Y jóvenes. 

     "Mandarlos a una Feria del Libro en Ciego de Ávila", recomendaba un viceministro.

     "Que les den un premio literario", proponía un segundo viceministro.

     "Una beca de creación."

     Las sanciones iban llegando a la Distinción por la Cultura Nacional cuando una mano de largos pelos en sus dedos capturó el micrófono, y el ministro Abel Prieto, especialista en la obra de José Lezama Lima, cuestionó la abundante información que esperaba a quien se adentrara en la red de redes.

     "Piensen en esa masa abrumadora de información", dijo como si se tratara de una falla del sistema.

     Después se extendería en lo caro que resultaba asegurar a todos los miembros un acceso tal (varios de los presentes se mostraron dispuestos a desembolsar lo que costara, pero no era cuestióndocumento de identidad del compañero Abel Prieto de crear diferencias en la masa). Su primera reacción fue, sin embargo, aterrar a la asamblea con la perspectiva de una infinitud de conocimientos. Describió un alud enorme que se desplomaría sobre cabezas no preparadas para ello. 
     De editar una enciclopedia (su fulgurante carrera lo había llevado de editor a ministro), Prieto quedaría satisfecho con sólo publicar los volúmenes de las primeras letras. Ensayista como decía ser, conjeturaba que el conocimiento era motivo de ahogo para los demás. 
la UNEAC bajo amenaza cibernética     Y en verdad los autores de folletos sufrían de vértigo ante esa perspectiva. Dos que habían hecho en coautoría el único folleto de sus vidas vomitaron al unísono. Faltaba aire en la sala. ¿Nadie había enseñado a esos muchachos lo descortés que resultaba referir asuntos de tanta libertad en una asamblea como ésa? Y, por otra parte, ¡qué oportunidad perdida! ¡En lugar de pedir un teléfono o una semana de vacaciones en la playa, cositas concretas, ponerse a llorar por algo tan fantasmagórico! ¿Cómo podían ser tan abstractos? 
     Para quienes no la conocían, la red de redes cobraba la apariencia del bosque oscuro de los cuentos infantiles. ¿Y cómo mandar a una niñita tan tierna a la oscuridad del bosque?, preguntaban con voz de abuelita los de la mesa presidencial. (Aunque los dedos que sostenían el micrófono eran más bien de lobo.)

     Nadie iba a atreverse a cuestionar en público lo que la mesa sentenciara. 

     "¡Imposible!", dictaminó el ministro.

     Y en ese mismo instante hicieron su aparición los tarugos de la viverología. 

     ¡La merienda estaba allí! Concretísima: vaso de guachipupa color rubí con attachment de pan con timba cárnica. 

     ¿Qué inquietud podría compararse con la de no coger cajita? 

     ¡Qué red de redes ni la cabeza de un guanajo! 

     ¡Pan de panes! 

     Se formó la cola. La cotización del vaso de guachipupa perteneciente a diabético llegó a cuarto de pan con chirimbolo. Levantada la sospecha de que no alcanzaría para todos, los cuerpos se apretaron en ariete contra el tarugo devenido repartidor. Y al tema que dos o tres trajeran, agua de dominó. ¿Quién iba a sospechar entonces que las más altas autoridades pasarían sus insomnios en cavilación sobre ese asunto? 

     La noticia la trae el diario que a diario Granma en su edición del martes 18 de noviembre: abren en el edificio de la UNEAC una sala de navegación con veinte computadoras. 
     La sala, según el cronista, es flamante. Las computadoras, de la más moderna tecnología. "Valiosas butacas de caoba esperan por el usuario", anuncia el artículo. Así que ni comején ni virus cibernéticos. Cualquier miembro podrá pagar (módicamente) por una tarjeta de horas para soñar que se está lejos de 17 y H. 
     El diario no aclara si se tratará de navegación suelta o restringida, de oceáno o riachuelo previamente encauzado. ¿Pelo-suelto-y-carretera o carnaval-con-baranda? 

     "Significa que nos han dado también un arma para seguir luchando en la Batalla de Ideas", asegura el presidente de la UNEAC Carlos Martí. 

     Y menciona un sitio web oficial donde los escritores cubanos condenan al facismo norteamericano. 

     "Para que todos los miembros puedan conocerlo y utilizarlo", afirma de tal sitio.

     Según el órgano oficial del Partido Comunista de Cuba la sala se abre para: 

     1) erigirse en instrumento de defensa de la Revolución en aras de proclamar la verdad sobre Cuba

     2) tener acceso a conocimientos más universales

     3) promover la cultura

     El equipamiento ha sido donado por la alta dirección del país y llegará también a provincias. ¡Trece hurras guajiros, uno por cada provincia! Y un hurrita por el municipio especial Isla de la Juventud.

     La sala de las veinte computadoras (y las veinte piezas de caoba) ha sido bautizada oficialmente como La Jungla. Aún no ha sido inaugurada, pero imaginemos su funcionamiento: determinado miembro compra su tarjeta y se adentra en la manigua cibernética. Le toca, en lugar de una silla adaptable a cada largo de piernas, impráctica butaca de hermosa madera, buena para recordar al cuerpo que no debe parquearse allí por mucho rato. 
     Nuestro usuario silba desde el amanecer unas melodías contentísimas, se siente como si lo esperara una gran cita, como si le hubiesen otorgado visado. Y por fin sale puerto afuera.La Jungla: Yo sigo siendo el Rey...

  Acceso denegado, contesta la máquina (veloz) a su primer intento. 

  Acceso denegado, responde a una petición segunda.

     Y así, ídem de ídem

     Sin embargo, el sitio de escritores cubanos antifacistas se abre como una seda. La Jiribilla es un tobogán. Los periódicos de la isla patinaje artístico sobre hielo.

     Luego de aruñar en esos sitios permitidos la poca noticia de valor que haya, nuestro amigo se levanta un tanto defraudado (si no dolido) de la silla de caoba y piensa que ha hecho el viaje del balsero que, borracho por celebrar su libertad, toca tierra, se abraza ciego de alcohol al primer humano, para descubrir luego que abrazaba a guardafrontera ñángara. 

     En vez de La Jungla aquello es El Platanal de Bartolo.

     Pero no seamos pesimistas. Admitamos cierta liberalidad en las autoridades culturales de la isla. No juzguemos la mano por los pelos que crecen en ella. Y en tal hipótesis, pensemos que estas líneas van a ser leídas en la nueva sala de máquinas de 17 y H, Vedado, La Habana. 

     Lanzo entonces esta botella hacia la jungla. En caso de que llegue íntegra, una vez descorchada, el papel que viaja en su interior reza: "¡Internautas de todos los países del mundo, uníos!".
 

La lengua suelta no. 12

Detenidos Luis Báez y Pablo Armando Fernández por sacrificio ilegal de reses

Fermin Gabor

     Este verano ha sido (al menos para mí) extremadamente parco en canciones pegajosas y también en lecturas de piscina. Quitando las memorias mexicanas de Rufo Caballero una sola alegría El dúo del momento: Pablo (vocal) y Luis (la matraca)reconozco haber tenido, un solo libro ha conseguido absorberme. De Luis Báez: Junto a las voces del designio. Revelaciones del poeta Pablo Armando Fernández.
     Y es que muy difícilmente podrán existir otras 126 páginas de confesiones tan libres de frases memorables, de comentarios sagaces o chismes inéditos como las páginas de este librito. A lo largo de toda una vida Pablo Armando Fernández ha logrado tratar personalmente a Carson McCullers, Graham Greene, Montgomery Clift, Julio Cortázar, Virgilio Piñera y José Lezama Lima, ha logrado ser amigo de algunos de ellos, y ahora consigue que no se le note para nada. 
     Y Luis Báez, avezadísimo periodista, lo secunda en esta hazaña de rememorar tan opacamente. Báez y Fernández (¡vaya nombre de casa comercial!) son matarifes de la vaca del recuerdo. La mata uno mientras el otro le aguanta la pata. 
     Pero mejor que abundar en la descripción de este librito será copiar algunas de sus perlas. Pablo y Luis (buen nombre para dúo) escribirán por esta vez la columna. (Así me regalan tiempo de piscina en este calor.) 

!!!

     Pablo Armando Fernández: “Te voy a confesar algo muy íntimo. Yo escribo versos porque es mi modo más simple de expresar mis sentimientos, mis ideas, si tengo alguna, mis emociones.”

!!!

     Luis Báez: “¿Han influido en su obra otros poetas?”
     Pablo Armando Fernández: “Sin dudas. Aquellos en quienes la repercusión de sus voces hallan en mí la atención que exigen para darles continuidad.”

!!!

     Luis Báez: “¿Cuál es su definición de moralidad?”
     Pablo Armando Fernández: “El respeto en la convivencia familiar, amistosa, social. Hay cánones seculares que establecen reglas ennoblecedoras. Deben acogerse como principios hegemónicos.”

!!!

     Pablo Armando Fernández: “Ninguno de mis libros ha sido ignorado por algunas de las eminencias de la literatura contempóranea.”

!!!

     Luis Báez: “¿Cómo enjuicia la función del crítico?”
     Pablo Armando Fernández: “El crítico debe, pienso yo, ayudar al lector a una mejor comprensión del texto que lo ocupa, pues una vez más he de repetir que se debe leer para aprender, que es vivir.

!!!

     Pablo Armando Fernández: “Durante catorce años desde 1968 hasta 1982 no publiqué un libro en Cuba. Después de trece años, en 1980, pude recuperar mi pasaporte y viajar a Estados Unidos luego de veinte años de ausencia. Seis años sin que se me permitiera publicar un poema en la UNEAC. Hasta 1979 no me volvieron a invitar a las actividades del Premio Casa de las Américas.”
     Luis Báez: “Esa no fue la Bu, sino funcionarios dentro del aparato estatal.”
     Pablo Armando Fernández: “De eso siempre estuve claro.”

     [Los funcionarios de los que se habla pertenecían a la administración colonial inglesa en la India. Y, como es usual en estos casos, ninguno de sus nombres aparece en la entrevista.]

!!!

     Luis Báez: “Después de todos esos sinsabores que me acaba de revelar, ¿en qué momento y lugar se encuentra con Bubu?”
     Pablo Armando Fernández: “Yo me encontraba en casa de Núñez Jiménez. Ya era de noche. De repente tocan a la puerta. Voy a abrir. Es Bubu. Me quedé paralizado.”
     Luis Báez: “¿Y qué ocurrió?”
     Pablo Armando Fernández: “Me dio la mano a la vez que me dijo: ‘buenas noches’. Me preguntó: ‘¿cómo estás?’. ‘Bien, Comandante’, le respondí. Entonces me puso el brazo sobre los hombros y así fuimos caminando hacia la sala.”
     Luis Báez: “¿Qué sintió en esos momentos?”
     Pablo Armando Fernández: “Ese detalle de afecto borró de mi mente y sobre todo de mi corazónEl Santo en Jefe las angustias, sufrimientos y tristezas que habitaron conmigo durante muchos años. Me percaté que hasta ese momento estaba sobreviviendo y que había comenzado a vivir.”
     Luis Báez: “¿Recuerda de qué se habló esa noche?”
     Pablo Armando Fernández: “Se hablaron muchos temas. Verlo y escucharlo en una conversación que no he olvidado y, que al referirme a Bubu, digo que por primera vez tenía frente a mí a un cristiano libre de toda secta, alguien que respondía cabalmente al ‘amarás a tu prójimo como a ti mismo’ [Evidentemente, la oración anterior cancanea gramaticalmente] Esa noche conocí a un verdadero comunista al servicio de los que en el mundo lo necesitaban y habló de Africa, de Asia, de Latinoamérica, y por qué no decirlo, de todos los desposeídos de la tierra, no importa dónde estén.”

!!!

pablo armandoLuis Báez: “Tengo entendido que le celebró a Bubu su cumpleaños 70.”
     Pablo Armando Fernández: “Realmente hay dos momentos de gran esplendor en nuestra amistad que los debo a Miguel Barnet. Él fue quien le dijo a Bubu en una recepción del Premio Casa que en unas semanas yo cumpliría sesenta años. Bubu se brindó para festejarlo en Casa de las Américas. Esa noche, a una pregunta suya, respondí: ‘Decir que soy en este momento el hombre más feliz sobre la tierra es un acto de egoísmo, ya que quien verdaderamente se merece este instante es usted, pero nunca lo tendrá porque no tiene un Bubu Bububu que le haga este homenaje’. “El otro fue cuando, próximo a la fecha en la que Bubu cumpliría setenta años, Miguel me dijo: ‘Bubu no tiene un Bubu Bububu, pero tiene un poeta que puede homenajearlo’. Y así se hizo.”

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     Luis Báez ha recibido el Premio Nacional de Periodismo “José Martí” y el Premio Internacional de Pablo Armando de AsíPeriodismo “José Martí”. Entre sus libros se cuentan: Guerra secreta de la CIA, Los que se fueron, Los que se quedaron, Conversaciones con Juan Marinello, Secreto de generales yLa madre Teresa, autora de Los niños dicen good byeMiami, donde el tiempo se detuvo
     En el prólogo de este último libro suyo, Luis Báez ha dicho de Pablo Armando Fernández: “En el transcurso de la conversación tuve la sensación que tenía frente a mí la versión masculina de Teresa de Calcuta o a San Francisco de Asís”.
  Junto a la voces del designio. Revelaciones del poeta Pablo Armando Fernández contiene una galería de fotografías y un aparato de notas tan acuciosos que en la página 90, luego de que el entrevistado menciona a “Kenneth Tynan, otro escritor inglés”, una nota a pie de página nos confirma de Tynan: “Escritor inglés”.  En la página 11 el entrevistado asegura haberse beneficiado en New York del trato con Federico García Lorca para que una nota a pie de página nos entere de que Lorca es un poeta español, uno de los más grandes líricos de la lengua española, y que encontró su muerte en 1936. (No sabemos entonces cómo pudo Pablo Armando Fernández alcanzar a tratarlo en 1945. Tal vez este pequeño enigma venga a decirnos que el mito de la persona y la obra de Pablo Armando sobrevive incluso a la pericia de investigador de un Luis Báez.) 
     La editorial Ciencias Sociales, que publicara el año pasado la biografía de Goethe por Herman Grimm, acaba de sacar a la luz esta otra biografía de escritor. Yo acabo de salir del agua.
 

La lengua suelta no. 11

Para un nuevo Centón epistolario cubano (cartas, telegramas, mensajes)

Fermin Gabor

Eduardo Galeano se corta las venas!!!Eduardo Galeano, autor de Las venas abiertas de América Latina, uruguayo, compañero de viaje del gobierno de Cuba durante décadas, decidió, en vista de los recientes acontecimientos cubanos, poner su firma en una carta de condena a tales ocurrencias. Lo hizo, no sin antes escribir mensaje electrónico a su sobrina residente en La Habana donde la aquietaba con la promesa de que pronto, como compensación, firmaría otro documento que denunciaba la posible invasión norteamericana a Cuba, terminada ya la guerra en Irak.
  La sobrina de Galeano (¡qué título para novela después de El sobrino de Rameau y El sobrino de Wittgenstein!) leyó el mensaje sin conseguir aquietamiento alguno. Pues no estaba segura de que las autoridades cubanas perdonarían a su uruguayo tío, por adhesión que suscribiera, el oponerse a la pena de muerte y al encarcelamiento de disidentes. 

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     Autor de relevantes títulos del realismo socialista cubano como Acero y A fuego limpio,  sobrinoEduardo ¿Heras León? político de Eduardo Galeano, Eduardo Heras León alias el Chino se personó temprano en la Oficina de Intereses Norteamericanos para que le zumbaran por la cabeza un NO. Perdía así cincuenta mil dólares que le ofrecía una universidad de Kentucky. Director en La Habana de un taller de narrativa para jóvenes, el compañero Heras se proponía enseñar a escribir money... money.... money....socialrealísticamente a un grupo de estudiantes norteamericanos. 
     Salió de la Oficina de Intereses y, de haber estado aún el águila norteamericana en lo alto del monumento al Maine, él se habría dirigido al Malecón para increpar al pajarraco. La tomó, en cambio, con James Cason, secretario de la Oficina de Intereses y empezó a redactarle misiva donde cuestionaba el derecho de un gobierno a negar entrada en su territorio a misioneros de la cultura. 
Chinoheras pasó unas tres semanas en el intento de dar fin a la carta hasta que la sobrina del de las venas abiertas, su mujer, terminó por escribírsela.

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     Lamentablemente, Míster Cason no alcanzó a leerla. 
     Por esos días se encontraba sumamente ocupado en la redacción de un mensaje al pueblo detaínos haciendo guardia Cuba, mensaje que (en acuerdo feliz) fue leído en todos los canales de la televisión estatal cubana. 
En su mensaje Míster Cason advertía que todo taíno que intentara cruzar el estrecho de la Florida sería devuelto al gobierno cubiche. Salvo quienes alcanzaran a hollar tierra de los micosuquis indians.

(incluimos una foto, cortesía de Prensa Latina, en la que puede apreciarse a un grupo de taínos esperando a que no hayas moros en la costa para fugarse de la Isla más fermosa)

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     Antón Arrufat recibió la buena nueva de que su novelanga La fiesta del aguanoches estaba entre las finalistas del Premio Rómulo Gallegos y, no más supo la noticia, llamó a la oficina del Ministro de La Loba Romulensis GalleguesCultura para chivatearse a sí mismo como premiado. 
     Con ojo puesto en el discurso de aceptación del premio se disparó cuatro novelas de Rómulo Gallegos. Y al terminar con la obra del venezolano repasó la fundación de Roma (por Rómulo) y la inmigración española a Cuba (por Gallegos). 
     Una semana después pasaban cuchilla en el concurso y su novela continuaba en pie. 
     Quienes seguían el acontecimiento se dividían en dos bandos: los que creían que Arrufat aparecía de primero en la lista por las calidades de su obra en cuestión, y los que lo achacaban a simple orden alfabético. Con una u otra razón, lo cierto es que el cubano tenía el cheque en la punta de los dedos, la cita de Gallegos en la punta de la lengua, los nervios de punta.
     Y le arrebataron el galardón (más el llorado chequendengue) para dárselo al colombiano Fernando Vallejo. Por lo cual Arrufat malició que el jurado lo castigaba por vivir dentro de Cuba y por haber firmado carta oficial en la que intelectuales de la isla pedían a intelectuales extranjeros la misma complicidad mantenida hasta entonces. 
     El compañero Arrufat llamó a la oficina del ministro para chivatear la antinoticia, echó un llantén acerca del monto perdido por su puro patriotismo y desde el papel de víctima creyó asegurarse a perpetuidad su estipendio mensual de Premio Nacional de Literatura y avanzar algo en las gestiones para hacerse de una casita en el Vedado.
     Poco después de embolsillarse los cien mil guayacanes americanos (y una medalla de oro), Fernando Vallejo confesó en rueda de prensa en Caracas: “Hace más de veinte años que no leo literatura. Si lo mío es lo bueno pues esto se jodió, cómo estarán los otros”. Y donó toda la plata a una sociedad protectora de perros callejeros en Colombia.

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     “¿Qué tiene en especial este día que he despertado con deseos de escribir?”, se preguntabael dilema de Ambrosio Fornet Ambrosio Fornet sentado a su mesa de trabajo. 
     Se abrían frente a él dos caminos esa mañana: o hallaba una respuesta para pregunta así o se ponía a emborronar cuartilla. 
     “¿Qué tiene este día que me he despertado con dos caminos por delante?”, preguntaba sin encontrar respuesta y, a punto de convertir esa pregunta en otra sucesiva, entró una secretaria para sugerirle que deshiciera las maletas. Pues desde Washington había arribado una respuesta que no sabían determinar si estaba escrita en español o en inglés.
     “¿Qué respuesta es esa?”, preguntó el compañero Fornet de inmediato. Y dijo la secretaria: “Es con ene, es con o”.
     ¡Ahora sí que el trabajo de la mañana se había ido a bolina! ¡Adiós al campus norteamericano que se aprestaba a recogerlo (y a pagarle)!
     “Y todo por este oficio de escribir del que padezco”, maldijo, “esta manía de firmar cartas oficiales”.

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     “Dear Prince Klaus”, inició su misiva Desiderio Navarro. Salpicaba la pantalla de palabras en cada Dear Prince Klausuno de los idiomas que alcanzaba a entender. Podía saludar a las estrellas en numerosas lenguas, algunas tan infrecuentes que las estrellas le gritaban en respuesta: “¿Qué es lo que tú hablas, niño?”. 
     Cada idioma ganado le acarreaba enemigos. Su apartamento otorgado gubernalmente le acarreaba enemigos. La revista que dirigía le acarreaba enemigos. Y ahora sus enemigos habían llegado hasta la fundación holandesa que financiaba su revista y a él no le quedaba más remedio que escribir a su mecenas, el príncipe que dirigía la fundación. 
     Que ese príncipe estuviera muerto desde hacía un par de meses era lo de menos. El fascismo había desaparecido medio siglo antes y el compañero Navarro acababa de suscribir y de impulsar desde La Habana un manifiesto antifascista. 
     Así que terminaría la carta principesca y emprendería la composición de un documento que reclamara el fin de las guerras púnicas. 

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    En obligación de su mandato como presidente de la Asociación de Escritores de la Unión deLópez Sacha, el desmemoriado Escritores y Artistas de Cuba, Francisco López Sacha (y su chófer) tocaron a la puerta de César López (nada familiar parece unir a ambos López) para inducir al viejo escritor a firmar el “Mensaje desde La Habana para amigos que están lejos”. 

     Un rato más tarde el compañero López Sacha regresaba a su oficina sin la firma de López César, unas veces compañero y otras no. “Yo tengo memoria”, se dice que afirmó este último, refiriéndose a los años de castigo gubernamental que sufriera unas décadas antes.
 
 

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     En su libro Dorado mundo (Premio Alejo Carpentier 2002, Letras Cubanas, 2002), el compañero López Sacha, haciéndose el postmodernillo, publicó como si fuera un cuento este “Telegrama enviado desde La Habana para detener el alzamiento del 10 de octubre de 1868 en el ingenio La Demajagua”:
 

A Don Tomás Uriarte, Teniente Gobernador de Bayamo.
Cuba es de España y pertenece a España, gobernare quien gobernare. Arreste usted a Carlos Manuel de Céspedes, José Martí, Fidel Castro, Cintio Vitier, Dulce María Loynaz, Ñico Saquito, Kid Chocolate, Nicolás Guillén, Bola de Nieve, Senel Paz, Benny Moré, Fernando Ortiz, Antonio Maceo, Alicia Alonso, Mario Galí alias Tachuela, Ambrosio Fornet, José Lezama Lima, Alejo Carpentier y el resto de los conspiradores. 


          Firmado, Lersundi, Capitán General, 8 de octubre de 1868.”

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     Cintio Vitier, Senel Paz y Alicia Alonso fueron de los primerísimos firmantes del “Mensaje desde la cieguita OichiCintio VitierLa Habana para amigos que están lejos”. El primero de los tres es católico y pasó por encima de las penas de muerte. Años antes, durante las persecuciones de católicos, supo no renegar de sus creencias. La Alonso es ciega y levanta la pata por encima de cualquier obstáculo. En los años cincuenta defendió su autonomía de trabajo frente a las autoridades batistianas. Al menos en algún momento de sus vidas este par de vejetes supo rebelarse. 
     Pero el compañerito Senel Paz, quien acaba de recibir ciudadanía española por sus aportes al cine hispanoamericano (guión de “Fresa y chocolate” y primores de zurcidora en guiones españoles), nunca le ha dado ni un merengazo a un chino. ¿Qué hace pues en la tropa de Céspedes? 

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     Hugo Chinea maneja un taxi por las calles de La Habana. Es taxista de su antiguo auto de Hugo Chinea... antes del taxidirigente. El “Diccionario de la Literatura Cubana” noticia que fue subdirector de la escuela “Marx-Engels-Lenin”, director de la revista “Cuba internacional” y director del departamento de cultura del Comité Central. 
     “Escambray 60” tituló su primer libro de cuentos. “Contra bandidos” el segundo. El diccionario no consigna otros títulos. 
     El compañero Chinea enrumba Neptuno hasta el Vedado, cobra a diez baritos la carrera y no puede ocultar su tristeza por el hecho de que su opinión, que a tantos escritores condenara unas décadas antes, no haya sido consultada en relación con el “Mensaje desde La Habana para amigos que están lejos”. 
     “¿Para qué utilizar a viejos estalinistas cuando tenemos la cantera llena?”, planean quienes ahora deciden donde él antes decidía. Y hablan de relevo generacional, de estalinistas nuevos. 
(Tal vez Desinarro Daverio tenga razón: el fascismo está vivo y el estalinismo también.)

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     Según estadísticas no comprobadas, el 40 % de los escritores de la Unión de Idem y Artistas deLa UNEAC... ¿Uniá?, ¿Unía?, ¿Unía los unos a los otros? Cuba no prestó su firma para la jugarreta ñángara de las carticas. A pesar de insistentes mensajes electrónicos, llamadas telefónicas, visitas y otros empujoncitos cariñosos. 
     Entre los que firmaron muchos se sumaron al documento creyendo que se trataba de una solicitud destinada al Instituto Nacional de la Vivienda. A estos compañeros se les recomienda persistencia en tal error. Pues tal vez luego de otras firmadas el gobierno les suelte covachita donde juntar sus trastos.
 

La lengua suelta no. 10

Donde Rosita Fornés explica la punzada del guajiro

Fermin Gabor

     Hace unos años, enterado de que Emilio Ichikawa había decidido quedarse en el exilio (ya habían salido de Cuba Osvaldo Sánchez, Iván de la Nuez, Rafael Rojas, Malanga y su puesto de viandas), el  doctor en Ciencias sobre el Arte Rufo Caballero, anunció que en la isla solamente quedaba un pensador de la cultura y ese era él. Conductor de un programa de televisión, habitualísimo de las revistas nacionales y encargado de la sección de misceláneas de "Revolución y Cultura", en adelante se vería obligado a cubrir todos los frentes, a tratar cualquiera de las formas en que el Espíritu quisiera manifestarse. Y desde entonces RC baja su metatranca en todos los apeaderos de la Cultura. Pero lo que lo ha hecho de veras único en nuestro pensamiento cultural son esos toques autobiográficos que él coloca en sus análisis, no importa de cuál tema traten éstos. 
     Se estaría tentado a creer que él emprende la crítica de una película con el secreto objetivo de  inscribir sus ocurrencias: "Como a todo el mundo, muchas veces me han preguntado qué me hubierabailarín  gustado ser en la vida. Voy a responder aquí. Me hubiera gustado ser... bailarín. Bailarín clásico. De adolescente me imaginaba en los saltos vertiginosos y el gesto más hermoso, sosteniendo con  donaire a la bailarina. Pasó el tiempo y la vida, o este cuerpo que habito, me sugirieron que no, que  mejor me dedicaba a mi segundo gran amor, ya hoy el primero. Y aquí estoy, de escritor, sin que me vaya demasiado mal". ("La Gaceta de Cuba", número 1, enero-febrero 2001) 
     Le piden por estos días que presente un número de esa revista y todo su discurso termina en una  coqueta disquisición acerca de su propia fecha de nacimiento. Y ahora nos cae en las manos su libro
El canto del quetzal (Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2002), en el que narra su estancia en  México para recibir un premio ("corolario a muchos años de laboreo", reconoce) y, quien guste de lo  picúo, lo cursiñán, la cheancia, que no deje escapar este volumen, la más grosera fábula de  autolegitimación que pueda imaginarse.
     Su autor gana un premio literario, cuenta la ceremonia de premiación, nos larga el discurso leído en ella, pega a esto unas cuantas reseñas de películas, algunos paseítos, unos cuantos piropos a su mujer (que está de bala, a juzgar por las fotos), cartas inéditas de algunos intelectuales  desaparecidos, y ya está armado el libro. Se dice fácil, claro. Sin embargo, ningún otro cubano ha  tenido talante para darse bombo así. Ni Yoyó ni Mimí, ni Miguelillo Barniz ni Pablo Armanducho  Fernández. Ningún otro escritor del patio tiene en sus zapatos los soportes ortopédicos que permiten  tal empuje. Y hay que reconocer que la literatura cubana está en un punto en que se debe agradecer  hasta el descaro.
perrita auxiliar     El primero de este libro aparece un poco velado: RC compara su matrimonio al de Luis Cardoza y Aragón con Lya Kostakovsky. Descaro segundo es arrimarse a Gabriel García Márquez como una perra ruina a la pata de un pantalón blanco.
     Días antes de que el premio le sea otorgado, RC comprueba lo poco que interesa él a los periodistas, más deseosos de dar con el Nobel colombiano. La llegada de éste a la ceremonia, acompañado de su esposa, dispone a nuestro autor a otro de sus ejercicios translaticios de pareja. Y muy pronto el colombiano siente un irreprimible interés por el cubano, el viejo escritor por el joven. "Él me observaba fijo, como tratando de conocer el posible enigma del 'nuevo intelectual americano'". (Lo dejó claro Almeida, comandante y bolerista: "Esa mujer lo que quiere es que la miren".) Al ver cómo la prensa acosa a García Márquez, RC se apena por el famoso. Aunque, a la larga, es pena por sí mismo: "En realidad García Márquez era la magnificación de mi propia pena, de mi misma  experiencia de fragilidad. Un lustro atrás escribí y conduje en la televisión cubana un programa para la apreciación estética del cine y mi rostro (...) empezó a ser conocido, compartido, vapuleado,  infamado, bendecido. La gente me rodeaba en los restaurantes, en la calle, en los taxis". 
     Perseguido hasta el catre, cercado por linchadores y admiradores vampíricos, RC decide alejarse de la televisión: "En mi mejor momento de incidencia popular, lo dejé todo y volví a mi gabinete, a la  lúbrica complicidad con mi ordenador..." García Márquez, en cambio, está fuñido de fama. RC lee suGarcía Márquez escruta el menor sonido que de mí emana...  discurso y el colombiano no le quita ojo: "García Márquez escruta el menor sonido que de mí emana". 
     Terminados los discursos, la Marquesa de Macondo (como Reinaldo Arenas le espetara) anuncia a la prensa que, de saber todas las cosas hermosas que el premiado diría, no lo hubiera dejado hablar. RC lo toma como cumplido y aprovecha que algún periodista le dedica atención para meter cuerpo: "le conté que, cuidado, con todo y los elogios mutuos, García Márquez y yo teníamos una relación medio que de amor-odio, pues mientras me encontraba contratado en su país como crítico de cine, escribí alguna que otra crítica que pudo crisparle". 
     Y el último de los descaros aproximativos empuja a RC, gracias a obesidades parecidas, a iguales obstinaciones en residir en Cuba y al gusto por la poesía, a arrimarse al mismísimo José Lezama Lima. 
     Pero "El canto del quetzal", además de un sostenido asedio al espejo, es la crónica detallada de un viaje. Su autor intuye, antes de llegar a México, que "allí seremos rabiosamente felices y que la  vida, que es buena y es hermosa, siempre vale la pena vivirse". Ya el aeropuerto consigue de él esta  perla de tratado cultural: "Hay una eterna fila en estructura zigzagueante porque a México entran  diariamente miles de personas de todo el mundo, primera y elemental condición para un dosificado  cosmopolitismo que nada propio desdibuja". Y el viaje entero podría resumirse así: "México es un  país, y sobre todo una cultura, tan pero tan grande, que sabe vivir hasta de su decadencia, está  definitivamente por encima de su bien y de su mal". 
     Las ciudades visitadas le despiertan un envidiable estilo de folleto turístico: "Sueño de poetas,  ambición de filósofos, retiro de hombres hastiados del vago y vano mundanal (sic), Querétaro es la  vívida estampa de la gracia arquitectónica y la hospitalidad del transeúnte". Y para qué hablar de sus reacciones ante la pintura. Frida Kahlo es "esa mujer emblema que alcanza a abrazar toda una cultura y una condición: la neurosis del artista contemporáneo, su inestabilidad emocional que regala  más de una invalidez". Kahlo se le aparece "titilante en su soledad" y Tamayo de este modo: "Me  muero de la pena, estoy, o soy, muy generoso, pero Tamayo también me parece un genio". 
     Después de Van Gogh no hay más pueblo: "Enfrentar un Van Gogh constituye uno de esos momentos de iniciación únicos en la vida: la vida no es la misma después que se conoce el amor, que se tiene un hijo, que la madre se muere, y que uno tiene delante un Van Gogh. (...) Van Gogh era Dios, y yo lloraba". 
     Muchos más campos son abarcados por nuestro único doctor en Riquezas del Mundo Interior. La cultura rusa, digamos: "sabemos que la cultura rusa ha sido de siempre muy sufrida. Yo, que la adoro, a la cultura rusa digo, pienso sin embargo que la vida es buena y es bella y que saber vivirla con alegría es importante". O las relaciones entre música y cromatismo: "La música pop, por ejemplo, me parece casi siempre rosada, y el rosado es un color muy difícil". 
     Uno lee las frases anteriores y llega a añorar aquellos pasajes donde el autor vierte su  metatranca. Vaya una frase: "Hay un azar concurrente que, entretanto, ata hilos en la bruma de una  inconexión que se anuncia como descifrable cuando todo lo contrario ocurre". A cogerlo, que no tiene  espinas: diez fulitas a quien logre su desciframiento. 
     Se deja la lectura de "El canto del quetzal" por prestarle atención a textos más sesudos del propio RC y enseguida esos mamotreticos hacen echar de menos lo que el quetzal cantaba. Porque mientras más se trata al rufián más se extraña al caballero. Y viceversa. 
     No es arduo aventurar entonces que RC se vale de jerga postdisneyana para no soltar las  elementalidades de una tía abuela. Habla en parábola con tal de no hacer pública la verdadera receta del flan de calabaza. 
     Bastante de parábola (y de confesión) tiene el más narrativo de los episodios de este nuevo libro suyo. Está el autor con su mujer en una librería del DF y algo le llama la atención. "Oh, oh, allá atrás pasa algo. Detrás de aquel estante algo se mueve con dureza y percibo unos bramidos; alguien se ha situado justo allí para que no lo registren los espejos, y como la librería es tan grande, allá al final llega muy poca gente (...) Temerario como soy me acerco con cuidado hasta darme cuenta de que un chico se masturba, se masturba con una violencia que me hace envidiar mis quince años". 
     Alto a la cita para dejar establecido que resulta impensable que alguien, ni siquiera él mismo, vaya a ponerse a envidiar el carapacho quinceañero de Rufito C. 
     "El chico me mira, detiene un instante el movimiento, y como ve que no me muevo, que no lo El chico me mira por un instantedelato, dirá que es un tío mirón (...) lo cierto es que sigue en lo suyo. Con la coartada del  voyeurismo, me acerco y veo que el chico tiene delante 'El nombre de la rosa', de Eco, y lo tiene  abierto. Cierra los ojos. Eyacula finalmente sobre alguna página del libro, se guarda lo suyo, y quiere  irse". 
     Pero RC no va a dejarlo escapar así como así. Francamente, él no se interesa por "lo suyo" del  mexicanito, sino por practicar el voyeurismo. Mirar no le interesa tanto como ser clasificado de mirón.
Más que las anatomías, el doctor ama las taxonomías.
     "Lo acompaño a la puerta y ya afuera casi le obligo a que me cuente por qué hace eso, si no lo delato (...) Vengo todas las semanas, me dice. Soy Adso, y me parece irresistible la atmósfera del monasterio, el escondite del sexo, el encuentro de la flor. Soy Adso y vengo al ritual, nada más me preguntes".
     RC busca a su mujer, le cuenta todo, pide permiso para gastar de la bolsa común y sale a regalarle al muchacho un ejemplar de la noveluca de Eco (¿busca acaso que el performancer repita su numerito?). Il ragazzo, sin embargo, declina tal regalo y acusa al doctor en Ciencias Metatránquicas de no haber entendido: lo de él es hacerlo en esa librería, con música de "Maná" de fondo. Así que nuestro desahuciado amigo se trae el libro a casa y al escribir de aquel encuentro vuelve a divisarlo: "Miro a mi estante y ahí está 'El nombre de la rosa'. Mayra me sorprende, sonríe y cambia la conversación. No sé por qué, pero tengo una erección."
     Rufi a los quince años, Rufo agarrando premio, en esta otra conformándose con no ser bailarín, con lágrimas frente al primer Van Gogh, aquí con erección por un recuerdo azteca: "El canto del  quetzal" no hace más que lanzar a la cara del lector un albúm de familia. Mayra es la esposa en ese álbum y gracias a un vestido suyo descubrimos el objetivo final de RC, el hacia dónde encamina éste su carrera. Pues antes de emprender viaje el escritor regala a su mujer "un vestido negro (...) que  enardecía su belleza al punto de parecer oportuno sólo para acompañarme a recoger el Nobel". 
     Oye tú, ¿cómo se dice quetzal en sueco? RC ha tenido el coraje de publicar lo que tantos otros se permiten creer en el insomnio o en la borrachera, o a solas en la ducha. Ha confesado sus mayores deseos y mayores arrobos sin importarle burla de quien vaya a leerlo. Y lo único que falta enRicardo Riverón listo para bucear en las esencias de El canto del quetzal su libro es una estancia en la casa natal de Mario Moreno, porque su buen museo de Cantinflas habrá por México.
     Ricardo Riverón Rojas ha dicho que este libro "devela esencias" y encuentra en él "agudas  reflexiones sobre el oficio, las venturas y desventuras del escritor". Alberto Abreu afirma en "La Gaceta de Cuba": "Pocos libros como éste, en su apariencia tan encantadora, son el resultado de un
proceso escritural tan intrincado y complejo; de una tensión semejante entre textualidad y saber,  lenguaje y pensamiento, que contaminan el espacio mismo de la representación literaria". Y  refiriéndose al episodio del masturbadorcillo mexicano recomienda leerlo con atención "aunque para
ello necesitemos el alma y el aliento de los grandes alpinistas".
 

La lengua suelta no. 9

En fila india, pelados que dan grima

Fermin Gabor

     Sábado y suplementos culturales son, como se sabe, una sola cosa. Y el sábado comienza (al La Jiribillamenos para mí) con la lectura en pantalla de La Jiribilla. Porque algo me hace sospechar que la suerte del día, y hasta de días sucesivos, depende de lo que traiga ese cajón de sastre que lleva ya dos años de publicación gracias al apoyo de varias instituciones gubernamentales (y cuál no lo es en la isla) cubanas.
     No puede entonces menos que alegrarme el que ahora se alce a vivir en lo táctil, que La Jiribilla aparezca en papel. En La Habana, en un salón de la UNEAC, acaba de presentarse el número cero y la revista en la red ha puesto a disposición de sus lectores lejanos los discursos y un albúm de imágenes. Albúm de época como todos, éste lo es más aún porque parece de fecha muy anterior a este atribulado 2003 que vivimos.
     Para darse cuenta de ello no hay más que recorrer los rostros que en tal presentación ocupabanCarlos Martí, Antón Arrufat, Ricardo Alarcón, Graziella Pogolotti y Abel Prieto... tienen mulé primera fila. Roberto Fernández Retamar, Abel Prieto, Graziela Pogolotti, Ricardo Alarcón, Antón Arrufat y Carlos Martí sentaditos silla con silla. (En segunda fila Reynaldo González, detrás del ministro, hasta que le den el dichoso Premio Nacional de Literatura, y Marilyn Bobes, quien en una de las fotos luce como su propia abuela. En tercera o cuarta, Ambrosio Fornet, Basilia Papastamatiu y otras hierbas del vergel. Muy pocos escritores y ninguno de menos de cincuenta años.)
     De esa primera fila extraigamos, como en tantos desalojos fotográficos, a Ricardo Alarcón. (Los políticos suelen interesarnos poco.) Retamar, Prieto, Pogolotti, Arrufat y Martí, ¿qué nos dicen tan ilustres cabezas?
     Mejor no intentar aquí el estudio de sus desvaríos (Prieto, por ejemplo, ha vuelto a soltar en entrevista que las leyes del mercado son, para la cultura, peor que los censores de Stalin), sino el de sus apariencias. Y, al respecto, el albúm de imágenes publicadas por La Jiribilla lo está diciendo a gritos: ¡qué mal peladas están esas cabezas!
     Retamar porta cagua, pero se le salen por detrás unas mechas que dan rasquiña. Pogolotti parece Retamar, retama con guayacoluna yakuza de película japonesa de serie B (se salva porque es ciega). Con una barba de malvado de aventuras, Martí embaraja lo de su cabeza como embaraja con su cargo lo mal poeta que es. Y a Prieto y Arrufat, sin cagua ni barba ni ceguera, el rayo los parte en descampado. Mirándolos en esa facha uno llega a preguntarse si no los habrá cortado a los cinco la misma tijera. Y entran deseos de ser por un momento (sólo por un momento) Reynaldo González o Marilyn Bobes, espectadores tan privilegiados que alcanzan a mirarlos por detrás.
     Para averiguar a qué obedece ese aire común, tal como si los cinco formaran una banda (dicho enMarilyn Bobes, la Boba en el pajar cualquiera de sus posibles sentidos), hemos tenido que recurrir a un barbero especialista en cortes históricos. (Últimamente hemos dado turno de palabra a discutidores de béisbol y ahora a un fígaro: abogamos desde aquí por la masividad de la cultura.) Felo (que así lo llamaré) ha sido en varias ocasiones el encargado de poner las cosas en su sitio. Fue él quien determinó que lo que Nisia Agüero se hace en su cabeza no es más que un Pompadour aplatanado, y lo que hasta hace poco paseaba Rosa Elena Simeón en propio o en peluca, un Arlequín. Y, respecto a los cinco, Felo no tuvo más que echar una ojeada a la foto de La Jiribilla para dictaminar: “Lo que tienen es mulé”.
     “Ahora lo que tengo es mamey”, rezaba un estribillo de la misma época de esos pelados. Coimbre tuvo una china, según Arsenio Rodríguez. Mendó tenía el ritmo upa-upa. Pero, ¿qué es eso de mulé que se aloja en las cabezas hasta dejarlas así? Viene del inglés “mullet” y mi consultado Felo lo explica así: arriba corto, pegado en las sienes y largo por la espalda. O sea, atajé, lo que se dice un McCartney. Felo dixit: un McCartney, un David Bowie glam como Ziggy Stardust, un Lionel Richie, un Abel Prieto. Los ochenta, la ridiculez misma, lo cheo en sí y para sí. Hasta el punto que, según el Oxford English Dictionary, “mullet head” viene a significar “stupid person”.
     Y ahí estaban, con sus distintas longuras, that five mullet heads en la presentación del number Lisandro Otero (no la Bella Otero), Alexis Díaz Pimienta (el repentista del Partido) e Iroel Sánchez (el roedor del ICL)cero de The Jiribilla. Y Felo me propuso seriamente que, ahora que vuelven los rumores de que Prieto cesa como ministro, podrían hacerlo presidente de la Asociación Nacional del Mulé tal como Charlton Helston preside la del Rifle. “Hacer de cada pelado un arma de combate”, sería la consigna.
Y a quien considere exagerada la consigna anterior lo remitimos (aquí Felo metió mano a la recortería de sus archivos) al origen indoamericano del mullet. Pues, según un especialista en culturas autoctónas norteamericanas de la Universidad de Harvard, los indios creían que el espíritu de cada uno reside en su cabellera (siempre hubo poco indio calvo) y el mullet les servía a la vez de alarde y precaución. Corto arriba, el ojo enemigo no podría echarle mal. Largo atrás, escondido tras la nuca, apuntaba al poder de la tierra (Joyce Chang, Mullet mania, en Men’s Fashions of The Times, The New York Times Magazine, spring 2002, pp. 64-66).
     Y si es citado viejo ejemplar de periodiquete yuma, ¿por qué privarnos de hacerlo con nuestro Granma? Según su edición del 7 de junio de este año, el famoso payaso Oleg Pópov se queja de la jubilación que ahora recibe en Rusia. Tuvo en el régimen anterior cuatro órdenes nacionales de mérito, tuvo la orden Lenin y la distinción de artista emérito de la Unión Soviética, viajó por todo el mundo, fue excelente payaso, y ahora lo que le dan es calderilla, humo de samovar.
     Del Granma puede saltarse entonces otra vez a La Jiribilla: uno vuelve al album de fotos y llega a comprender qué hacen peinados del mismo modo, en son de batalla, esos cinco indios de la primera fila. “Un buen payaso necesita cuarenta años hasta que encuentra su cara”, dice Granma que Oleg Pópov afirmó entre sus lamentos.
 

La lengua suelta no. 8

Hablando de pelota en la Esquina Caliente

Fermin Gabor

     Una de las escasas instituciones habaneras dictadas por la espontaneidad se reúne a diario en el Parque Central (antes tuvo otros emplazamientos) para discutir de béisbol, de pelota. Es el único parlamento cubano valedero, aunque sea tan inefectivo como el Nacional. La bibliografía pasiva del béisbol nacional se escribe allí. Y allí puede encontrarse la curiosa cohabitación de la opinión voceadaLa Esquina Caliente a gritos y la condescendencia. Democracia a grito pelado, guapería en el ágora, al alcance de la oreja de mármol del Apóstol Martí, a quien (tal vez por ello) le han restado recientemente altura de su pedestal. Para que oiga.
     Y ha sido a esa institución, a la Esquina Caliente del Parque Central, adonde han llegado ecos de un extraño partido de pelota celebrado entre escritores y gente del mundo editorial para celebrar la Jornada Nacional del Libro. 
     En tantos años de reunión de críticos beisboleros no se había visto mayor estupefacción. “¿A dónde vamos a llegar, caballeros?”, preguntó sin falta un apocalíptico. “¿Y qué hace tanto ganso en la pelota?”, otro lo interrumpió. “Alguna mecánica estarán escondiendo”.
     Arturo Arango (jefe de redacción de La Gaceta de Cuba), Norberto Codina (director de la misma revista), Fidel Díaz Castro (director de El Caimán Barbudo), Alexis Díaz Pimienta (repentista en cuanta timba oficial se implemente), Eduardo Heras León (director de taller literario), Angel Santiesteban (narrador sin cargo), Iroel Sánchez (presidente del Instituto Cubano del Libro), Enrique Ubieta (director de la Cinemateca de Cuba), Omar Valiño (director de Tablas) y Yoss (narrador sin cargo) fueron algunos de los divididos en equipo Verde y equipo Amarillo. “Ninguno debe valer nada en su trabajo”, fue el dictamen general de la Esquina.
     Mucha desconfianza en la literatura (por no hablar de irresueltos conflictos adolescentes) habrá cubierta de la nueva Historia de la Literatura Cubanallevado a ese grupo de intelectuales y de administradores de lo intelectual a un stadium para celebrar la salida del primer volumen de una Historia de la Literatura Cubana (que con papa se la coman) y el relanzamiento (ya que no hay libro suyo nuevo) de un título de ese escritor en el banco de espera que es Ambrosio Fornet.
     Tal vez no sea coincidencia que, mientras suceden asuntos bien graves dentro del país, un grupo de escritores haya elegido la ligereza de piernas de quien pasa por todas las bases, y tapiñe lo bochornoso nacional con gritería de las gradas. Muchachones no importa sus edades y sus jetas, consideran al béisbol entre sus preocupaciones y van más allá de los partidos televisivos: juegan. Demasiado tiernos, sin embargo, para la política, evaden el juego de siquiera pensar la cochambre nacional, y se abrazan (con el pretexto de un hit) con algunas de las más vociferantes autoridades culturales.
     De modo parecido, Nancy Morejón agarra su réplica del machete del Generalísimo Máximo Gómez y da la carga (junto a Martha Valdés) en una carta que pide a viejos amigos que recapaciten su condena al gobierno cubano. (José Saramago, acabado de caer de la mata, ha cerrado su solidaridad con líneas resumibles en: “Yo no camino más, yo me siento”.) Firman dicha misiva Miguel Barnet y Pablo Armando Fernández y Roberto Fernández Retamar y Abelardo Estorino y Senel Paz yFina y Bella García Marruz. Alicia Alonso y Graziella Pogolotti, ciegas estas dos últimas. Y la pareja católica García Marruz-Vitier pasa por encima de la pena de muerte y también firma.
     Por otra parte, Desiderio Navarro hace que un número de su revista Criterios dedicado a la globalización sea presentado por mayimbes no menos globalizadores (a escala nacional) que el gobierno norteamericano o la más ubicua de las hamburgueseras. Navarro, junto a otros, se entretiene en manifestaciones contra un facismo exterior del cual, al parecer, no tenemos ni pizca entre nos. Corean el “No Pasarán” porque aquí ya está pasando. 
     Agarrando machetes honoríficos, palmeteándose con directores en campo donde todos sean iguales y no valga la inteligencia, escribiendo jimiquerías a antiguos cúmbilas de la izquierda mundial y orientando el cacumen a horizonte lo más exótico posible, buena parte de la intelectualidad cubana de la isla hace un hermoso grupo batistiano.
     Que un juego de pelota sirva como protesta pública, signo de rebeldía, se había visto ya hace décadas entre pintores del patio. Ahora puede valer como sello de alianza entre escritores y censores políticos. Sea. Quien coleccione postalitas de peloteros no debe perderse las de Verdes y Amarillos en el número 100 de La Jiribilla.
     Rafael Hernández, director de Temas, ha dispuesto que en la peña de pensamiento que su revista organiza cada mes el tema sea: “Con las bases llenas. El béisbol y la cultura de debate”. La invitación reza así: “se trata de un intercambio de impresiones entre el público asistente y los miembros del panel (dirigentes deportivos, sociólogos, periodistas y escritores) acerca de las características y proyecciones del debate popular sobre la pelota, y en qué sentido puede servir de modelo para el desarrollo de la cultura del debate en Cuba”.
     Lamentablemente, ninguno de los asiduos a la Esquina Caliente a quienes he extendido la invitación piensa asomarse por allí. Porque les huele a encerrona. Y uno de ellos lo ha explicado de este modo: “Intelectuales que piensan mal y prefieren ponerse a jugar pelota. Luego juegan tan mal que empiezan a justificarse con su blablablá”.

     Y en la Esquina Caliente no están para ese engome.
 

La lengua suelta no.7

Feria del Libro en La Habana o “arrolla, cubano, que esto es tuyo”<