La Lengua Suelta, número 57

¿QUÉ SE PREMIA CUANDO PREMIAN A AMBROSIO?
Pocho Fornet, Premio Nacional de Literatura 2009

Fermín Gabor

 

Ambroise     Hace años que trataba de imponerse la candidatura de Ambrosio Fornet para Premio Nacional de Literatura, y una vez y otra el jurado le daba a esa plumita de badminton y la mandaba lejos. Hubo incluso una reunión en la que, harta de tanto empuje y ariete, Luisa Campuzano se alzó a aclarar que, para echar garra a aquel premio, era condición imprescindible contar con cierta, con alguna, con determinada obra.
     Pero eso fue hace tanto tiempo que pude haberlo contado ya. Y, entretanto, la lima sorda continuó en su empeño y, tal como reza el latín que alcanzaron a leer los viejos ensayistas, guta cavat lapidem non vi, sed saepe cadendo. Así que ha terminado por triunfar tanta insistencia: Ambrosio Fornet no tiene edad para amar, pero sí para bailar el mozambique.
Fue exhumado librito suyo de cuentos publicado en 1958, y los periodistas culturales abrillantaron cada uno de los cuatro títulos que componen su bibliografía. Aún cuando se trata de más de medio siglo de trabajo cogitante, pareció necesario desgranar título a título, sin escamotear ninguno de ellos. ¿Es que no hay en toda la trayectoria literaria de Ambrosio Fornet un solo libro menor? No, es menor toda su trayectoria.
     Es mínima.
     Es pulgarcita.
     De haber sido bailarín de profesión, lo suyo habría sido el danzón sin salir del ladrillito. Si artista plástico, algún conceptualismo que desaconsejara el caballete. Dedicado a diseñar edificios, la coartada de Mies van der Rohe: "Less is more". Como chef, la cocina al vacío. Modisto, la doctrina de Diana Vreeland en Harper's Bazaar: "La elegancia es negación". (No resulta díficil, dado lo poco practicado de su arte, imaginarle cualquier otro destino: Ambrosio es la cuquita perfecta.)
     Como ya conocerán mis lectores, quien gana el Premio Nacional de Literatura recibe una mensualidad en chavitos, un diploma incolgable y un mechón de cabellos de Abel Prieto envuelto en la edición de Granma que trae la noticia. El ganadorun mechón de tus cabellos, que desde hoy conservaré recibe, además, la oportunidad de reeditar viejos títulos suyos y la inclusión del más señero de sus libros en una colección que remeda a la Aguilar del Premio Nobel.
     Desde hace varios años la consigna oficial privilegia el ahorro de papel: luego de un Jaime Sarusky, de una Graziella Pogolotti, de un Leonardo Acosta, de un Humberto Arenal, de un Luis Marré, premian a Pocho. No es descabellado suponer que la gente del Ministerio (no me refiero al de Cultura ni al del Interior, sino a la sinergia entre ambos) procura establecer una mitología del silencio.
     No perdamos tiempo, pues, en disquisiciones (que si Sarusky no es mal periodista... que si Pogolotti fue excelente profe... que si Acosta tocaba la batería o el saxo... que si Arenal tiene una hija actriz... que si Marré fue interés erótico de Virgilio Piñera... que si Fornet es buen consejero editorial...). Preguntémonos, mejor, qué se ha premiado en la ausencia de obra del último galardonado. Preguntemos por le silence de Ambroise.
     De entrada, queda descartada la hipótesis del estilismo y el rigor que castra. ¿Estilista él? Cualquier página suya podría publicarse como artículo de Pedro de la Hoz (por citar un ejemplo), sin que nada ocurriera.  A nadie la daría un yeyo, ni siquiera a Pedro de la Hoz.
     Tampoco es de creer que la mucha lectura le haya pasmado obra. Quien habla de lo muy leído que es Ambrosio no ha tenido nunca un modesto armarito con volúmenes ni gastó foto suya en carné de biblioteca. Fornet va por la vida tan el hombre que amaba los perrosapertrechado de lecturas como cualquier mortal puede estarlo de música: unos estribillos heredados de los padres, buena parte del cancionero de la edad pepilla y dos o tres éxitos posteriores escapados del cuarto de los hijos. Lo suyo es de temboteca: Flaubert, Faulkner, Carpentier, los muchachones del Boom, los becaditos Seneles, y paren de contar.
     De todas las literaturas del mundo, sólo la cubínski.
     De toda la literatura cubínski, sólo la narrativa.
     De toda la narrativa cubínski, una franja que no llega a nuestros días.
     Es el triunfo de la microlocalización. Él ha traído a la crítica literaria del país la aporía de Aquiles y la tortuga. No obstante, Senel Paz asegura que muchos lo consideran como "el crítico literario más exigente de la nación". Y alguna vez Leonardo Padura afirmó que, igualitico que el inglés E. M. Forster, Ambrosio se hace más famoso cony el que le susurraba a los caballos cada libro que no escribe.
Practicante (en cuanto a los temas) de un ilusionismo no muy distinto al fornetiano, Padura acaba de dedicar quinientas ochenta y cuatro páginas al asesino de Trotsky, Ramón Mercader. Quinientas ochenta y cuatro páginas de El hombre que amaba a los perros (no confundir con El hombre que susurraba a los caballos) sin llegar a preguntarse qué hacía Mercader pasando su vejez en La Habana. Casi seiscientas páginas (la obra completa de Pocho cabe ahí, y queda espacio para una familia que venga de Bayamo), sin reparar en detalle tan primordial. Y luego dicen que, si buen novelista, Padura puede considerarse aún mejor periodista. (Será buen novelista, dadas las condiciones de la escritura siboney. Y todavía mejor periodista, pero en Juventud Rebelde.)
     ¿De qué vale investigar la biografía del asesino de Trotsky desde La Habana si se evita poner en cuestión su estancia allí? Imaginen a un narrador argentino que la emprendiera con los últimos años de Joseph Mengele sin preguntarse qué hacía el nombre de éste en la guía telefónica de Buenos Aires. O a un narrador paraguayo que investigara el mismo ejemplo desentendiéndose, hasta no mencionarla, de la hospitalidad de Stroessner.
     En la larga nota de agradecimientos que cierra el volumen padurense no reluce el nombre de Pocho. De haber leído el manuscrito, Fornet seguramente le habría aconsejado, no sólo hacerse el chivo loco con la estancia habanera de Mercader, sino también con el asesinato que éste cometiera, con el resto de su existencia y hasta con la del propio Trotsky. "Deja la novela", exigiría el maestro, "en el asalto al Palacio de Invierno".
     El miedo a averiguar qué hacía en La Habana Mercader, patente en la más reciente narrativa de Padura, quizás conteste a la escasez de obra del Forster criollo. El miedo, que en Fassbinder devora el alma, en Padura se zampa lo esencial de su investigación, y en Fornet la obra entera de una vida. Puede ser, el miedo, una voraz trituradora de papel. Y habrá sido apabullante en el caso de Ambrosio, quien durante décadas alimentó su trituradora con papel en blanco: ni un garabato, ni un teléfono anotado, ni apuntes para una obrita a perpetrar el día de nunca.
Ambrosio Fornesio: Apuntes sobre el miedo     Mejor compararlo entonces, no con E. M. Forster, sino con el Isaak Bábel de los años treinta, que dijo haber inventado un nuevo género: el silencio. Pues Forster calló por requerimientos estilísticos, con el fin de concentrar fuerzas, para no caer en la retórica, y ningún poder, más que el propio, le aconsejó callar. En cambio, Bábel se inventó aquel nuevo género para seguir con vida.
     Ambrosio, que en verdad no admite comparación ni con uno ni con otro, se acerca más al segundo ejemplo. Pero, dado que su Stalin no ha sido tan terrible y dado que otros escritores de su generación han estado menos modositos, habrá que colegir lo tremendísimo pendejo que es. (A su prudencia enorme, a su mayúscula cautela puede achacarse que, habiendo acuñado el trajinado término "quinquenio gris", no se molestara en pegarle unas paginitas que correspondieran a ese hallazgo.)
     Su ejemplo remite a otro ruso, no autor como Bábel, sino personaje de novela: Oblómov. Ambrosio Fornet ha vivido en el más puro oblomovismo. Es (para seguir enAmbrosiovich tierra de personajes) un Bartebly sin misterio, un simple ausentista laboral. Karl Kraus, en las antípodas del barteblysmo hasta el punto de escribir todo un periódico a solas, se hizo esta pregunta que tanto ha de haber martillado el estéril cerebro de Pocho: "¿Por qué escribe alguien?". Para enseguida responderse: "Porque no tiene carácter bastante para no escribir".
     Pero, por favor, que el flamante Premio Nacional 2009 no venga a acogerse a esta justificación. Que no pase por ahí, que están trapeando. O, si no, que le den el Premio Nacional de Carácter en lugar del de Literatura.
     Ya que hablo de carácter, quizás no sea otra cosa lo que el Ministerio recompensa en la persona de Ambrosio Fornet. El más alto galardón literario de la República Bolivariana de Cuba va a manos de alguien tan cagado en los pantalones, tan orinado y temblequeante, que no atinó a escribir durante décadas. El Ministerio (hablo de la sinergia Cultura-Interior) premia en él, no sólo el cultivo de temores propios, sino el contagio de tales temores. Gracias a una consumada pedagogía y dando pruebas de un loable altruismo, Pocho ha sabido conectar con el miedo de una generación más joven hasta hacerse maestro del llorar, del entrechocar de dientes y de la abulia del pensamiento. (Sólo a la vista de cuánto ha disuadido en sí mismo, podrá calcularse cuánto lo ha hecho en otros.)
¡Qué República, caballeros!     Sarusky, Pogolotti, Acosta, Arenal, Marré, Fornet: cada año el Premio Nacional de Literatura necesita menos pruebas por escrito. No obstante, si lo que hasta aquí he tomado por estrategia institucional constituye una casual sumatoria de meteduras de patas, tanto autoridades como jurados podrían redimirse fácilmente. No tendrían que alejarse para ello de esa franja generacional que tanto los deleita. No tendrían que premiar a nadie menor de setenta años. Bastaría, simplemente, con incluir en la nómina de laureados a algún viejo autor del exilio. Y el premio, en ese caso, sería otorgado por el Ministerio de Cultura (¿no alardea su titular de que la cultura cubana es una sola?), sin participación alguna del Ministerio del Interior. O mejor dicho: para darle más trabajo a este ministerio.           

 
 

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•  No. 56  CINTIO VITIER: BREVE OPROBIOGRAFÍA Algunos eclipses de ese sol del mundo moral
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•  No. 53  ¿Qué mejor que Lezama?  Breve asomo a lo chichí-ñángara
•  No. 52  Para agosto... ¡Películas!
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