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La lengua suelta

La lengua suelta no. 30

Lina de Feria regresa a la Patria
Detéctanse otros casos de la misma enfermedad

Fermin Gabor

     It´s the talk of the town: Lina de Feria returns. Se fue a Miami, decidida al exilio, y ahora vuelve, no pasado ni un año, como si la lejanía le hubiera enseñado (en curso acelerado) el peor de sus rostros.
     Viene para quedarse, como la Aragón. Lina de Patria regresa a la Feria.
     Porque si arribó al exilio en medio de la fiesta miamense del libro, ha vuelto a tiempo para ser incluida en la Feria Internacional del Libro de La Habana.
     Hace unos meses aterrizó en Miami un platillo volador, Lina saltó de él, y curiosos y periodistas comenzaron a hacerle preguntas acerca del ricachá (“¿coincide éste con lo que conocemos como chachachá?”, “¿a qué debíase su llegada?”, “¿a lo mal que la trataba El Bodeguero?”, “¿a no querer seguir portándose como La Engañadora?”) Y quien antes no afirmaba ni pío vióse en el trance de encontrar respuestas a cuestiones con las que no lucharía ni el más avisado de los cubanólogos. 
Lina de Feria habló. Y es preciso reconocer que lo hizo bien. No se empeñó en retoques autobiográficos, no mostró foto suya como alzada del Escambray ni sostuvo haber bordado la bandera de “La Rosa Blanca”. Casi no soltó mentira, apenas cargó de guayabas las entrevistas que le hicieran.
     Y digo casi y apenas porque, interrogada acerca de las razones de su exilio, confesó haber salido de Cuba para que su último libro alcanzara edición. Lina se sumaba de ese modo a la secta de los creyentes en el Libro, comulgaba con la idea de que un manojo de páginas dotadas de lomo y cubierta es capaz de poner en jaque a las autoridades cubiches (el finado Cabrera Infante militó también en dicha secta, en la célula “Libros por leche condensada”).
     Y no es que haya faltado razón a quienes sostienen tal idea, sino que la han perdido bastante desde que se entendió en Cuba que es mejor publicar con sordina que censurar abiertamente. Así, el trabajo de los comisarios políticos ha recorrido entre nosotros un camino variado. Si un día los tropiezos de Heberto Padilla vinieron a concentrarse en un libro y éste fue impreso con carta-prólogo donde la UNEAC se lavaba las manos, luego tal clase de fenómeno no volvió a producirse. Y para el caso en que ocurriera algún desliz (también los censores cometen sus erratas), la hoguera siempre estuvo a punto.
     Que del fuego logran siempre salvarse algunos ejemplares, fue hecho en el que terminaron por reparar los censores. Que el escritor con obra prohibida gana cierta aureola, también fue notado por ellos. De manera que en lo adelante decidieron obviar hoguera y aureola. Nada de cartas-prólogos que afamaran ovejas negras. Menos gasto de combustible en incendio de libros. Y menos gasto de electricidad, papel y tinta a la hora de imprimir largas tiradas. Lo óptimo al tratar con títulos líosos era portarse como si la hoguera inquisitorial ya hubiese sido celebrada. ¿Para qué imprimir mil ejemplares de una obra que luego quedaría reducida cuando más a una docena de copias? ¡Mejor publicar solamente esa docena!
     Puesta a disposición del público dentro de la Feria Internacional del Libro, la tal docenita se perdería. Sería una gota en el océano, una aguja en medio del revolico de paja, un mirlo blanco en la nieve. Bien concertado el momento de su presentación, temprano en la mañana y lo más cerca del pabellón infantil, podría contarse con la complicidad de camellos y de payasos.
     No existiría segunda ocasión para tal libro: mejor darle la reputación del agotamiento instantáneo que la de pieza de escándalo. (Con el fin de desmentir ciertas sospechas serían enviados unos cuantos ejemplares a las tiendas de frontera, vendidos allí en dinero de turistas.) Lo declaran los archivos del sector editorial: mientras el contrato de un Angel Augier o una Nancy Morejón (las dos nulidades a quienes dedican este año la feria) lleva inscripta una cifra elevada en la casilla que especifica el monto de la edición, otros contratos llevan en el apartado “Tirada” la siguiente anotación hecha con pulso firme: “A mondongo”.
     Pese a lo anterior, Lina de Feria ha vuelto (tan pronto que no alcanzó a publicar afuera el libro que la desvelaba) y va a recibir de las autoridades el más cariñoso trato. La publicarán en tirada no menos copiosa que las de Angel Augier o Nancy Morejón (las dos nulidades a quienes dedican este año la feria). Y poco importan los reproches políticos vertidos por ella en esas páginas: regresada al país, su crítica tiene la consistencia de un algodón de azúcar. 
     Habrán de prometerle el Premio Nacional de Literatura (podrán hasta dárselo), mismo lauro del cual Lina dijera tantas frases desdeñosas durante su breve exilio. Será incluida en el séquito de vejetes que acompaña a los mayimbes en  giras nacionales, le entregarán tierrita mensual para que vaya tirando, la gardeará el Departamento de Atención a Personalidades... 
     Y lo mismo que ella han vuelto otros. Alberto Sarraín, por ejemplo. Sostenedor de temporadas donde puso en escena obras de autores de la isla (algo inusual hasta entonces en Miami), promotor entusiasta de un festival que reunió a actores del exilio y actores de la isla, Sarraín fue invitado a La Habana, se entrevistó con las más altas autoridades culturales, le permitieron estrenar aquí, otorgáronle mención en el más importante certamen nacional de literatura dramática y, para que el pacto con el diablo conste, acaban de entregarle su carnet de miembro de la UNEAC.
     Decidido a trabajar en Cuba como cualquiera de los directores teatrales habaneros, él posee sobre dichos directores la ventaja de un pasaporte europeo (malvisto como llegó a estar en Miami, prefirió radicarse en España). No  hace con ello más que seguir el ejemplo de Bertolt Brecht, director de teatro con pasaporte capitalista en el Berlín ñángara. Aunque debo confesar que ha sido otra figura la que primero me ha venido a la mente al escribir las noticias biográficas anteriores, y me refiero al ex-comandante, ex-convicto y ex-exiliado Eloy Gutiérrez Menoyo. (¿Acaso Sarraín recibiendo en 17 y H su carnet de miembro no recuerda al Gutiérrez Menoyo merodeador de la oficina que debería extenderle documentación de residente habanero?)
     Eloy Gutiérrez Menoyo anunció que volvía al país para hacer oposición política, Alberto Sarraín que para hacer teatro... Los dos vinieron a estar cerca de unas autoridades que de lejos extrañaban.
Cultivadora de un más depurado gutiérrezmenoyismo, al marcharse al exilio Lina de Feria declaró que la empujaba el ejercicio de su libertad de expresión. No obstante, tal impulso resultó feble desde que decidió pedir a sus antiguos carceleros la gracia de volver. (Lina de Feria posee como atenuante lo frágil de su salud mental. Alberto Sarraín lo escaso de su talento. Eloy Gutiérrez Menoyo un pasado de tránsfuga.) 
     Tal vez, del mismo modo en que los comisarios políticos han metamorfoseado sus comportamientos, ciertos artistas y escritores intentan cambiar la idea de exilio que hasta ahora considerábamos. Moviéndose azarosa, inexplicablemente, contribuyen a la creación de una física mucho menos predecible, la de las partículas indeterminadas.
     Observadas en relación con una frontera rigurosa, tales partículas bien podrían convertirse en dolor de cabeza para aduaneros y otras suertes de comisarios. (De la migraña a la úlcera estomacal, al insomnio sostenido, a la enfermedad terminal que se los lleve.) Y Lina de Feria, indeterminada sobremanera, podría darnos aún otras sorpresas. No cuesta imaginarla, en un día futuro, dispuesta otra vez al exilio.
     Pero ahora que vuelve a masticar el pancito de la cuota, Dios quiera que no le sepa agrio.



La lengua suelta no. 29

Premio Nacional de Literatura: instrucciones de uso
Darth Vader lo gana este año

Fermin Gabor

Del jurado

     Cuidadosamente seleccionado y con el beneplácito de todas las autoridades, el jurado del Premio Nacional de Literatura se reúne antes de que termine el año. Lo preside el laureado del certamen anterior: así se garantiza el traspaso de la antorcha olímpica entre los dioses de la literatura cubana.
     Este año correspondió la presidencia a Jaime Sarusky, Premio Nacional de Literatura 2004, cuya valía intelectual reside, según se afirma, menos en la literatura que en el periodismo. (Que tal  valía es casi nula puede apreciarse en la entrevista que Sarusky hiciera a Agustín Pí, por sólo citar uno de sus últimos trabajos periodísticos.*)
     Críticos y escritores de distintas generaciones conforman el jurado. Miradas plurales y diversas otean el panorama en busca de las mayores figuras, de las voces más representativas. Y en esta ocasión la heterogeneidad del jurado incluyó desde setentones como Sarusky hasta un principiante de la cuarta década como el poeta Omar Pérez. (Juventud la suya que no excluye la sapiencia, Pérez es un profundo conocedor de nuestra literatura. De niño fatigó La Edad de Oro y más tarde ha publicado dos libros de versos que, junto a la mencionada revista infantil, abarcan el espectro de sus lecturas cubanas.)

De la metodología

     A lo largo del año diversas instituciones de todo el país emiten sus candidaturas. (Reunida en la antigua cochera de Dulce María Loynaz, la Academia Cubana de la Lengua propuso a Humberto Arenal.) Reconocidas figuras literarias extienden también sus recomendaciones. (El Indio Naborí, seudónimo o fantasma, nominó a Virgilio López Lemus.)
     Acopiada tal cosecha de nombres, corresponde a los organizadores del Premio cerciorarse de que cada uno de los nominados haya puesto su firma en los últimos manifiestos oficiales y permanezca como residente en el territorio nacional. (Este último requisito permitió desbancar, ¡bendito tecnicismo!, al candidato Daniel Chavarría, uruguayo no nacionalizado en Cuba. **)
     Comprobadas políticamente las nominaciones, éstas pasan a ser consideradas por los miembros del jurado. Ya en este punto difieren los caminos recorridos en cada convocatoria, aunque el método puede sintetizarse en un grupo de interrogantes útiles a la hora de deliberar. Esas preguntas son:
 
1)  ¿Mantiene la obra del candidato en cuestión (en caso de contar con obra) una relación tangencial con la literatura?
2)  ¿Describe esa obra (de haberla) una asíntota destinada a confundirse con lo literario sólo en el infinito, que es decir nunca?
3)  ¿Sostiene la tal obra un paralelismo riguroso que le evite encuentro, tropezón, intersección o coincidencia con lo literario?
     Tangente, asíntota o paralela: cualquier respuesta afirmativa a las interrogantes anteriores garantiza al jurado que se está ante un posible Premio Nacional de Literatura.

De los candidatos

     Visto ya lo imprescindible de cumplir con ciertos requisitos políticos, para ser nominado al Premio Nacional cabe también la obligación geológica de ser viejo. No importa que se cuente con bibliografía más escueta e irrelevante que la de los jóvenes escritores. Al fin y al cabo, lo que se premia en el Nacional de Literatura es el óxido acumulado, la imprecisión de trazo al maquillarse los párpados, el olvido de sacudirse las migajas al comer, las dificultades en el envión al levantarse, el número de coronas dentarias a las que se ha sobrevivido, la peste a guardado... Y, por supuesto, la cercanía del desfiladero, el pie en la tumba, cortadas y en remojo las frescas azucenas del velorio. (Que el moriente saque renovadas fuerzas de obtener el Premio es algo a considerar por el jurado en sus deliberaciones. ***)
     Eliminado Daniel Chavarría por asuntos de nacionalidad, este año la discusión vino a centrarse principalmente en tres autores: Ambrosio Fornet, Humberto Arenal y Graziella Pogolotti. Al primero le sobraban condiciones para atravesar venturosamente el cuestionario de rigor. El segundo podía hacer valer su tangencialidad ante cualquier jurado: lo suyo con la literatura se reduce a una hija, Jacqueline Arenal, que protagonizara la versión fílmica de El Siglo de las Luces de Alejo Carpentier.      Y, sin embargo, pese a tan convincentes candidatos, fue la tercera quien se alzó con el preciado galardón. (Al parecer todo presidente de jurado, laureado del año antes, se encarga de que el Premio vaya a manos de alguien que sea más cuestionable que él. Así, la Reina de Belleza cuya elección tanto alarmara termina por pasar la corona al ejemplar más feo que conseguir pueda. Reynaldo González le endilgó el Premio a Jaime Sarusky, quien ahora se lo endilga a Pogolotti.) 

Del Premio Nacional de Literatura 2005

     Cito a continuación la entrada de Graziella Pogolotti aparecida en el Diccionario de la Literatura Cubana (Instituto de Literatura y Lingüística de la Academia de Ciencias de Cuba, La Habana, 2 vols., 1980-1984):

“Pogolotti, Graziella (París, 24.1.1932). Hija de Marcelo Pogolotti. Vino a Cuba en 1939. Cursó la primaria y el bachillerato en la capital. Estudió filosofía y letras en la Universidad de La Habana (1948-1952) y literatura francesa contemporánea en La Sorbonne (1952-1953). Se graduó con una tesis sobre Les Thibault, de Roger Martin Du Gard. Trabajó como instructora en la Universidad de La Habana. Es graduada de la Escuela Profesional de Periodismo “Manuel Márquez Sterling” (1959). Ha colaborado en Nueva Revista Cubana, El Mundo, Revolución, Granma, Casa de las Américas, Unión, La Gaceta de Cuba. Ha viajado por México, Italia y los países socialistas. Ejerce la crítica de arte. Es profesora de la Escuela de Letras y de Arte de la Universidad de La Habana. Dirige trabajos de investigación social de la Universidad de la Sierra del Escambray, en la provincia de Las Villas.”
 
     ¿No es menester desconfiar de una biografía que tanto se entretiene en los estudios cursados por un autor y en sus prestaciones pedagógicas? Un solo libro consta en la bibliografía activa de Graziella Pogolotti, un volumen de ensayos publicado en 1965: Examen de conciencia. Más de medio siglo de edad contaba la doctora Pogolotti cuando apareció el Diccionario, y en todo ese tiempo ella logró tejer sólo un triste volumen. (Entre sus condecoraciones, Pogolotti atesora el título de Heroína del Trabajo de la República de Cuba.) Aunque en descargo suyo ha de apuntarse que en la actualidad, ya con setenta y tres años cumplidos, dos o tres títulos han venido a acrecentar la obra suya publicada.   

Del Premio Nacional de Enseñanza Artística 2005

     A la par que el Premio Nacional de Literatura, otro importante galardón vino a poblar últimamente la escasa biografía de Graziella Pogolotti: el Premio Nacional de Enseñanza Artística 2005, honor mucho más en correspondencia con su ficha en el Diccionario de la Literatura Cubana.
     Gente cercana a la doctora Pogolotti alaba su sentido de la prudencia y de la justicia, virtudes ambas que la han hecho valiosa consejera de las autoridades culturales. (Entre sus condecoraciones, Pogolotti atesora la Orden Félix Varela que confiere el Consejo de Estado de la República de Cuba.) Quienes la estiman aseguran que esa labor de consegliera es más que suficiente para explicar el galardón literario que le han dado.
     Entiéndase entonces que el Premio Nacional de Literatura favorece a la opacidad sobre la brillantez: Graziella Pogolotti lo recibe por eminencia gris. No por una obra literaria, sino por un puñado de consejos políticos derramados a lo largo del camino.
     Y, de querer esculpir un buen insomnio, puede el lector imaginar qué clase de confesiones habrá escuchado esa mujer durante décadas, qué alacranes vivos le habrán llevado a su despacho de vicepresidenta de la UNEAC. E imaginad también las maquiavélicas (con perdón de Maquiavelo) recomendaciones que habrá hecho ella.****
     En cualquier caso, mejor que sea alguien de su calaña, bien entrenada en tomar decisiones, quien presida el jurado del año próximo. Pues desde ya la competencia se presenta reñida. Así que, ¡ánimo, ágrafo Fornet!, ¡suerte, tangencial Arenal!, ¡cubanidad, uruguayo Chavarría!, que el jurado del Premio Nacional de Literatura, presidido por la doctora Graziella Pogolotti, volverá a tenerlos en cuenta a fines del 2006.


(*) A lo largo de esa entrevista Agustín Pí no hace más que repetir que Lezama Lima era un chismoso zahiriente. Pí, quien sería hoy un perfecto Premio Nacional de Literatura dado el grado cero de su escritura, suelta frases tan incomprensibles como ésta: “Yo le tenía respeto a Lezama. Ahora, muchos de sus evidentes aconteceres con su lenguaje, del cual él estaba absolutamente enamorado, lo mismo del habla que, por supuesto, de lo escrito, en él era algo sagrado. En vista de eso, siempre quise ser delicado con él en el sentido de no echar a perder algo que él mismo, de acuerdo con su manera de ser, pasara lo que pasara en el plano de la literatura, que era otra de sus virtudes. O sea, Lezama tiene poemas realmente imponentes que están a ras con el ridículo y a ras con la maledicencia. Poemas que están ahí. Lezama es mucho más que eso.” (Jaime Sarusky, “Claroscuros en Lezama. De los recuerdos de Agustín Pí”, La Gaceta de Cuba, La Habana, julio-agosto de 2004, número 4, pgs. 11-14.) ¿Cantinflismo intraducido? ¿Chochera del hablante? A todas luces falta de profesionalismo del entrevistador.

(**) Valga este momento uruguayo para exigir que el Premio Nacional de Literatura del Uruguay le sea otorgado al Conde de Lautréamont, a Jules Laforgue y a Jules Supervielle.

(***) Lisandro Otero regresó de México, amenazó con su muerte, lo colaron en el escalafón (estaban por premiar a otro) y no hizo más que agarrar el premio para salir del ataúd tan vivaracho como Papá Montero.

(****) Hace tres o cuatro años, un grupo de escritores invitado a una universidad estadounidense alcanzó a escuchar en la voz de la doctora Pogolotti la prohibición de viaje que la UNEAC le reservaba. Luego algunos de esos escritores juraban que tras las gafas oscuras de Graziella Pogolotti se escondía el mismísimo Darth Vader. 



La lengua suelta no. 28

"¿Heredia está en el fondo?"
Una mesa redonda sobre emigración y literatura

Fermin Gabor

“José María Vargas y Heredia,
flor de la raza calé,
cayó el mimbre de tu mano,
y de tu boca el clavel…”

(cantan a dúo Ambrosio Fornet y Sarita Montiel. Arreglo floral de Nara Araújo. Derechos Reservados: Daniel García, Ministerio de Cultura, y la Oficoda del Vedado)

     Daniel García, director de la editorial Letras Cubanas, Rogelio Riverón, columnista literario del diario Granma, los críticos Nara Araújo y Ambrosio Fornet, y la cuentista Mylene Fernández Pintado se reunieron ha poco en el que fuera el último de los domicilios de Dulce María Loynaz para celebrar una mesa redonda bajo el título Emigración y Literatura.  El tema, como era de esperar, no atrajo a mucho público, pero quien no haya estado allí podrá acceder al debate gracias al número 237 del semanario digital La Jiribilla (19-25 de noviembre de 2005).
     Para empezar la tarde, el concepto de emigración debió atravesar por varias cautelas. Los convocados dejaron claro que quienes se marchan de Cuba lo hacen impulsados por móviles económicos, nunca políticos. Existió un exilio político, sí, pero hace mucho, mucho tiempo. ¿Quién podía acordarse? Y bien, no es que fuera muy vieja, pero Nara Araújo tenía memoria de ello, así que explicó cómo alguna gente de su generación dejó el país por razones políticas, y cómo en la actualidad los emigrantes cubanos apenas se diferenciaban de sus homólogos mexicanos y hondureños.
     Aclarado lo anterior, se respiró a gusto. Los de la mesa convinieron en que los autores del exilio salieron en busca de una casa moderna o del carro del año, pretensiones mucho más disculpables que las del disentimiento político. Críticos, editores y narradora contaban ya con un exilio bien desexiliado, y les quedaba definir a qué se referían con éso de literatura. Recordaron entonces un descubrimiento más o menos reciente de los laboratorios del Ministerio de Cultura: el hallazgo, contra lo pensado durante décadas, de que la literatura cubana es una sola. Una sola, como una media sola. Con su adentro y su afuera, al derecho o al revés, pero sola. La palma que está en el patio nació sola. Creció sin que nadie la viera, creció sola. Bajo el sol y la luna vive sola. 
     Tan sola en alma existe la literatura cubana que a un lector como Ambrosio Fornet se le escapa cualquier nuevo libro que no contenga ecos de ella. Oigámosle si no relatar sus aprietos: “para juzgar, — estoy hablando siempre desde el punto de vista crítico — una manifestación literaria específica concreta yo no tengo mas remedio que remitirme al conjunto de esa literatura, es decir, cuando yo estoy leyendo una poesía cubana soy absolutamente consciente de que Heredia está detrás”.
     Ambrosio Fornet quita el gancho, asoma la cabeza, y pregunta: “¿Heredia está en el fondo?”. Es que si no está Heredia, no sé, Ambrosio no puede entrar.
     “Yo creo”, continúa, “que en toda obra de literatura cubana hay una especie de trama intertextual que le permite a uno decir: ‘Esta obra no sale de…, ni tiene influencia de…, ni proviene de…, ni copia a…, pero tiene detrás a Heredia y a Martí y a Lezama y a Carpentier, o a Onelio Jorge, o a Nicolás’. Es decir, yo me siento familiarizado con esa obra, porque soy capaz yo solo, con el entrenamiento que tiene cualquier crítico de cierta edad, soy capaz de moverme en ese mundo que es una propuesta nueva del escritor como si ese mundo me perteneciera a mí también, como si yo tuviera derecho a moverme por él porque lo conozco, porque me familiarizo, porque detecto las señales que me permiten reconocer una identidad. Pero qué hago cuando se trata de una literatura donde no ocurre eso, especialmente en el caso de la literatura escrita en inglés, pero no necesariamente, pues yo leo a Pablo Armando Fernández y sé que sin T. S. Elliot no existiría ese poema, y lo sé porque naturalmente tengo una mínima cultura internacional que es la que se supone que tenga, conozco la obra de Elliot, como conozco la obra de Beaudelaire”.
     En resumen, a Ambrosio no le gusta ir a fiestas donde no conozca a todo el mundo, evita trasladarse a nuevos vecindarios, y preferiría no subir a un camello sin antes no haber sido presentado al resto de los pasajeros. Sumamente respetuoso de los límites, él es nuestro mayor crítico fronterizo. Y justifica su contención geográfica con esta frase de Pessoa: “No escribas una sola línea donde no se vea que Homero existió”. (¿Fue portugués Homero? ¿Pessoa griego? ¿Por qué un poeta lusitano del siglo XX se siente obligado hacia un antiguo poeta griego, y a los cubiches sólo les cabe, como abuelo más remoto, el tal Heredia? ¿Qué tiene Heredia que no tenga Homero?)
Sin embargo, lo peor en Fornet no es su desconocimiento de las literaturas extranjeras, sino su mezquindad de espíritu. Mucha falta de curiosidad le impide atender a cualquier aerolito que no tenga en la tierra padre o madre. Horrorizado ante los enigmas genéticos, se aferra a una tabla mendeléieviana, y sus resabios (de los que se precia) son los mismos de una solterona de novela inglesa: nada más tropezar con alguna cara nueva, se apura a preguntar de cuál familia viene. Le da mareos aventurarse a literatura tan visible como la anglófona, y en cuanto salta algo inesperado dentro de la cubana, echa mano a las sales de olor. Porque nunca podrá caberle en la cabeza que alguien posea imaginación como para inventarse una parentela exótica y lejana.
     Ha leído, según dice, a Elliot, a Beaudelaire. Es decir, a Eliot, a Baudelaire. Y valga aquí una digresión: a juzgar por recientes números de La Gaceta de Cuba y de La Jiribilla, no parece quedar en las revistas habaneras quien cite a derechas nombres foráneos. En ambas publicaciones la profesora Nara Araújo ha recibido la atención de numerosas erratas. Su ponencia sobre emigración y literatura habla de Sthendal por Stendhal, dos veces llama Nueva Cork a Nueva York, brinda al premio Pulitzer el nombre de Pullitser, a la editorial Doubleday el de Double Day, a la Alfred Knopf el de Albert Knof, y suele referirse al mainstream de la cultura estadounidense como si se tratara de la Corriente del Golfo: Main Stream.
     Mencionada por ella, la novela Livadia de José Manuel Prieto termina así: “como es el caso de Pepe Prieto, Julio Ivadia, que se estuvo vendiendo en los bajos del Palacio del Segundo Cabo publicado por Mondadori”. Fallas de transcripción, podría pensarse, aunque no toda pifia suya puede explicarse de ese modo. Nara Araújo se queja de que Cristina García cita mal el nombre de la escuela “Vladimir Ilich Lenin” en tanto ella sostiene que Tolstoi nunca estuvo en la guerra. (Puntillosa para lo soviético dado su matrimonio de años con Lisandro Otero, Rusia parece serle bastante desconocida.)
     No obstante, en 1851 el conde Tolstoi interrumpió sus juergas de joven aristócrata para abrazar la carrera militar. Pasó por los exámenes reglamentarios, ingresó como cadete en un regimiento de artillería en el Cáucaso, y al estallar la Guerra de Crimea consiguió ser trasladado al ejército del Danubio para tomar parte en el asedio de Silistria y en la batalla de Balaklava. Permaneció en la sitiada Sebastopol desde noviembre de 1854 hasta agosto de 1855, y se negó a los privilegios del estado mayor con tal de mantenerse donde hubiera más peligro.
     Tanto tragar aire de pólvora para que, siglos después, en una hermosa tarde habanera, viniese alguien a soltar esta perlita de cultivo: “Es verdad que no hay que ir a la guerra para escribir una novela sobre la guerra, Tolstoi jamás estuvo en la guerra, jamás, y escribió La Guerra y la Paz...” (¡Profesora Nara Araújo, usted ha sido desaprobada!) 
     Frau Otero metiendo la pata de lo lindo, sus editores perjudicándola con nombres mal impresos; Ambrosio Fornet halando el freno de mano en cuanto aparece una curva en el recto camino de la literatura cubana: que ninguno de estos escándalos contribuya al desánimo del personal. Sostuvo el maestro Fornet: “Dondequiera que haya un escritor cubano que se sienta cubano y escriba en la lengua de los cubanos, habrá literatura cubana”. Ahora bien, ¿cómo estar seguros de que un escritor cubano, dondequiera que resida, se siente cubano al escribir en la lengua de los ídem? Fornet tiene la solución, Ambrosio trae ambrosía. Supóngase a ese escritor cubano en Singapur. Supóngase que escribe en taíno rococó, asere clásico o ñángara deconstruccionista. Para averiguar si el tal se siente de verdad cubano no hay más que hacerle esta pregunta: “¿Heredia está en el fondo?”. Y si el que está en el fondo es Homero, ésas no son cubanas. Eliot al fondo, esás no son. Baudelaire, ésas no...
     La literatura cubana es la perla del Edén. Existe dentro de ella tanta mutua atracción que es díficil salir de la endogamia, y hermanos tiemplan con hermanos igual que faraones. Resulta tan absorbente que sus críticos más importantes hacen bien en no sobrepasar un mínimo de cultura foránea. ¡Cubanacán, eje del mundo! ¡Isla Infinita! ¡Llave del Nuevo Mundo, Antemural de las Indias!
Fecundísima como es, la literatura cubana se derrama forzosamente por el globo. Y en ello podría residir otra explicación para la tanta gente huida: no por desacuerdos políticos, no en busca de oportunidades, sino porque un buen día descubre que la cultura nacional es tan vasta que hay que dejarle espacio. Y se marcha el cubano, ¡ay!, deja atrás sus palmares. Dice adiós a las palmas rumorosas, adiós a las yagrumas cuyas hojas bicolores son emblemas de chivatería cederista.
     ¿Acaso frente a una estampida de balseros no aseguró Cintio Vitier que aquella chusma partía  diligente por no haberse leído a Martí? ¡Claribel Alegría! ¡Certidumbre de América! Martí les pareció tan grande que había que dejarlo atrás, dejarle la isla a su frente olímpica y tremenda. No se cabía con Martí dentro de Cuba. Ni siquiera a Martí le cabía su prosa en el apartamento. Y era preciso ampliar la isla, recurrir a barbacoas que flotaran.
     Tema muy peliagudo se le presentaba a la mesa reunida en el Centro Dulce María Loynaz: ¿qué hacer con la literatura de quienes se fueron porque el país encerraba demasiada literatura? Para responder a tal cuestión ninguno mejor que Daniel García, quien desde el comienzo de su intervención tocó madrina, se acogió al citadísimo apotegma de Palabras a los intelectuales. Pues a la larga lo que allí debatían no era más que un problema de Oficoda, acerca de cuáles sujetos podían inscribirse en la libreta de abastecimientos. Y el director de Letras Cubanas dejó claro que cualquiera podía irse por esos mundos de Dios a imprimir sus libros, pero “la responsabilidad del rescate y de la promoción de esa literatura están precisamente en la Isla, que es donde están las raíces, los nutrientes de los cuales se ramifica toda esta literatura incluso más allá de nuestras fronteras”.
     Daniel García, Ambrosio Fornet, Nara Araújo, Rogelio Riverón y Mylene Fernández Pintado se juntaron en casa de la vieja para demostrar que la literatura cubana es una sola y ha de gobernarse desde el Palacio del Segundo Cabo y el Ministerio de Cultura. (¡Nadie puede salir, nadie puede salir! La vida del embudo y encima la nata de la rabia: en la antigua mansión no se hablaba de otra cosa que de control policial.) Fueron mencionados los autores del exilio editados dentro de Cuba; se supo que muchos más habrán de serlo en el futuro y, sin desconfiar ni un instante de que la literatura cubana es una sola, y admitiendo que ésta sólo cobra valor desde La Habana, cabría investigar por qué ningún autor exiliado ha sido galardonado con el Premio Nacional de Literatura.
     Veintidos años de laureados, en ocasiones dos escritores en una misma convocatoria, y ninguno de ellos residente fuera de Cuba. ¿Por qué en esta ocasión, en lugar de sortearlo entre Ambrosio Fornet, esmerado ágrafo, y Humberto Arenal, sombra de sombra, el jurado de ese premio no mira hacia afuera? (No hablo, of course, de reparar en Daniel Chavarría, candidato oficialísimo y no tanto uruguayo como subescritor.)
     ¿Por qué las autoridades culturales de la isla no le ofrecen el Premio Nacional de Literatura a José Kozer, por ejemplo? ¿Y por qué Lina de Feria, cuyo nombre se consideraba hasta hace poco en las cábalas (si bien con escasas posibilidades), no lo está ya a partir de su decisión de exiliarse?
Sospecho que en el fondo de todo esto no ha de encontrarse otro que José María Heredia.


La lengua suelta no. 27

¿Tienen los escritores cubanos biografía?

Un recorrido por el último número de La Gaceta de Cuba

Fermin Gabor

     Dos escritores cubanos nacidos en los años cincuenta hablan de arte y vida en las páginas del número correspondiente a septiembre-octubre de La Gaceta de Cuba. La Gaceta es sin dudas la más importante revista literaria entre las que se publican dentro de la isla, ambos entrevistados caben entre lo más sobresaliente de nuestra literatura actual, y no será superfluo traer a cita algunas de sus observaciones.
     Senel Paz, autor de una obra reducida (maestro suyo es Ambrosio Fornet) aunque contundente (maestro suyo es Eduardo Heras León), resulta entrevistado por un joven profesor santiaguero a quien otra vez le comenta su vida de becario. Si Charles Dickens se especializó en huérfanos, Senel Paz en becados. Lo suyo es desembarcar guajiritos en el mundo habanero de la cultura. El famoso encuentro entre el paraguas y la máquina de coser ocurre en él entre un joven guajiro que sube la escalinata de la Colina y la estatua del Alma Mater que lo abraza: puro pigmalionismo.
    Paz recuerda en esta entrevista el mundo con el cual tropezó (él es todos sus guajiritos) al llegar a la capital: "Yo acababa de llegar del campo, no tenía claros los conceptos de literatura o autor, jamás había visto de cerca a un escritor o un intelectual, y la primera impresión que recibí del mundo cultural no fue muy alentadora. Esto me perturbó un poco, pero no me descolocó, y enseguida comprendí la esencia revolucionaria y comprometida con la nación de nuestra intelectualidad y reconocí como un orgullo pertenecer a ella. Estamos hablando de finales de los años 60 y primeros [años] de los 70."
     Puede imaginarse cuál era el compromiso reconocido por él en esas fechas, y hay que ver cuánta sonsera derrocha al ser interrogado acerca de su encuentro, décadas después, con Heberto Padilla. "El caso Padilla para mí siempre fue un suceso, digamos, como anterior a mi nacimiento", afirma, "y me resultaba tan complicado que ni siquiera intentaba descifrarlo, como nos ocurre a muchos con El Capital". Demasiado obtuso para entender el marxismo esotérico (lo dice ahora que el marxismo es cosa muerta en Cuba) y demasiado nonato como para ser considerado contemporáneo del proceso moscovita en torno a un escritor, yuca para el marxismo y ñame para el estalinismo, habría que preguntarse qué finales de los sesenta y principios de los setenta comprendió Senel Paz.
     Décadas después soportaría en Estocolmo un face to face con Heberto Padilla, y he aquí cómo inicia el retrato de su interlocutor: "aunque nunca me detuve a imaginarle un rostro, si al presenciarlo le hubiera visto cara de monstruo, una piel gelatinosa de la que destilaran ácidos, me hubiera parecido muy natural". (El retrato mejora en términos luego.) En la vida, caballeros, hay algo más allá de la ingenuidad, y ese algo es la comemierdería. Hace años el guionista de Fresa y chocolate podía excusarse con la primera, ahora, con más de medio siglo de edad, sólo puede corresponderle la segunda.
     Fanático lector del periodismo cubano puesto que éste le permite dejar de comprender país y mundo igual que antes inentendió el mamotreto marxiano (alguna vez Senel Paz querrá hacernos creer que la revolu fue suceso anterior a su nacimiento), se atreve sin embargo a dirigir ciertos reproches a la práctica del periodismo en Cuba: "En mi opinión, a una sociedad revolucionaria y de la madurez que ha alcanzado la nuestra, le corresponde un periodismo y uso de los medios más revolucionario y moderno. Nuestra prensa es revolucionaria, por supuesto, en cuanto a su contenido y responsabilidad social, pero en mi criterio se aleja del ideal posible en formas y conceptos."
     Sin dejar de apreciar en otros el uso de la ironía, Paz advierte que ésta "le ha jugado mala pasada a varios escritores nuestros". De manera que cada uno de sus planteamientos ha de leerse del modo más grave y recto posible. No sonrisas, por favor, cuando él habla de su silencio y de su obra inédita. "Que yo no haya publicado una obra en los últimos diez años no significa que me los haya pasado sin escribir", sostiene. "En los últimos diez años he escrito lo que corresponde a veinte, pero la proporción entre cantidad y calidad en mí es muy baja."
     Decidido a sostener su reputación como artífice, se encierra en el silencio, "aunque la gente se olvide de mi nombre y en el Ministerio de Cultura me borren de la lista de Personalidades, con lo cual se resuelven tantas cosas". Parecidas razones a las de Juan Rulfo le obligan a afrontar el mayor de los castigos que puede caerle encima a un autor: el olvido. A soportar la mayor de las sanciones para cualquier empleado: ser considerado prescindible.
     Sin embargo, al final de la entrevista queda claro que no va a ser él quien corra este último riesgo. ¡Antes el olvido de los lectores y los críticos que el de las secretarias y los mayimbes! Le preguntan de qué modo celebrará sus venideros cincuenticinco años y desliza el siguiente pedido a las altas esferas: "tal vez en lugar de una llamada por teléfono o una postal reciba de Atención a Personalidades un presente que puede ser la obra de un pintor. Tengo el ambicioso proyecto de armarme [de] una colección de pintores cubanos con los cuadros regalados en mis cumpleaños redondos. Ya tengo uno de Zaida, uno de Fabelo, uno de Montoto y una cerámica de Nelson Domínguez." (Claro que las altas esferas aludidas llevarán regalo al niño aquél. En sus cincuenticinco añitos le zumbarán un cuadro de entre lo peor perpetrado por Zaida o Fabelo o Montoto o Domínguez, obra hecha para salir del paso mediante la cual esos pintores garantizan a su vez no ser tachados de la lista de Personalidades.)
     Cuatro enteras páginas ocupa la conversación firmada por Juan Ramón Ferrera Vaillant. Tanta tinta y papel para no sacar ningún rasgo de inteligencia o sensibilidad, ni siquiera una agudeza citable. (¿El miedo a ser irónico paraliza a Senel Paz? ¿Tanto se cuida de ser víctima de una mala pasada?) Lo que prima en esas páginas es el engurruñamiento de un pronto sesentón sin cumplimiento alguno. Y si acaso entrevistar es entrever tal como se mira a través de unas persianas, éstas dan en Senel Paz (y no por obra del entrevistador) a un muro que las tapia.
     Más abierta aparece la poeta y narradora Marilyn Bobes en diálogo con la narradora Mylene Fernández Pintado, ambas "amigas, confesoras y confesadas, atentas lectoras y jueces implacables de los textos y la vida de la otra". ¿Y qué cuenta Bobes de la literatura? ¿Kafka? Ella sabe un montón sobre Kafka. "El absurdo y la exageración han dado una buena literatura", declara de antemano. "Recordemos a Kafka. Pero si lo analizas a fondo Kafka es mucho menos absurdo o kafkiano de lo que aparenta. Utilizó la hipérbole para expresar su mundo interior y ese mundo interior estaba plagado de angustias y problemas existenciales que lo hicieron entrar en contradicción con la realidad."
     ¿Stendhal? ¿Lezama Lima? ¿Carver? ¿Vallejo? La Bobes le sabe un montón a cada uno. Pero será mejor oírla hablar de su propio trabajo. La amiga Fernández Pintado le dice: "Cuando leo tus cosas, siento siempre que las has escrito en un remanso de paz, sin angustias ni tormentos creativos. ¿Quiénes te ayudan a escribir, los ángeles o los demonios?" Y ella responde: "Ni los ángeles ni los demonios. Querida Mylene, ¿de verdad te parece que escribo sin angustias ni tormentos creativos? Pues lamento decepcionarte. Escribir para mí es un proceso muy arduo".
     Ganadora de dos Premios Casa de las Américas, uno en cuento y otro en novela, Marilyn Bobes aclara enseguida qué busca en un proceso tan arduo: "hacerlo me proporciona un gran placer. Pero no soy una onanista intelectual". En otro momento reconoce: "Pienso que toda la escritura es autobiografía en cuanto somos habitantes de este planeta y no se puede hablar bien sino de lo que uno conoce." Y afirma también: "La ficción tiene que ser ficción y así debe ser interpretada, aún cuando todos los personajes de un autor tengan mucho de él mismo."
     Supongo que cualquier lector atrapado entre estas dos entrevistas podrá preguntarse en qué piensan los escritores cubanos, si es que piensan. Y cómo son sus vidas si no piensan, o lo hacen tan pedestremente... Marilyn Bobes ha confesado a su entrevistadora una pizca de biografía: "cuando no escribo me dedico a muchas otras ocupaciones. Entre ellas editar libros, ser jurado de concursos, coordinar un suplemento literario, conducir espacios destinados a escuchar a los otros escritores. Y, sobre todo, a vivir. Lo que significa para mí estar en contacto con los demás, disfrutar de cada pequeño instante de felicidad que la vida me depare. Soy hedonista. Disfruto de los placeres sensoriales".
     Creo que pocas veces se accede a confesiones y juicios de tanta planicie. La inteligencia de Marilyn Bobes, alta pero chata, resulta mogotuda. A los premios obtenidos por su obra (recientemente un cuento suyo secundó al de Antón Arrufat en el Premio Cortázar) suma ella su participación en el consejo editorial de varias revistas (La Gaceta de Cuba, La Letra del Escriba), su trabajo en la conducción de tertulias literarias y el ceñudo ejercicio como jurado.
     Paz entrevisto al comienzo de este número de La Gaceta y Bobes hacia el final dibujan bien el cachumbabé de la inanidad de una revista, de una generación, de un gremio, de una cultura, de un país... Pese a sus diferencias, ambos escritores vienen a demostrar cuán poca cosa tienen que decir acerca del oficio literario, sobre autores y libros. Sus discursos confirman que apenas tienen biografía. De lo contrario, ¿qué hacen unos cincuentones deteniendo a un entrevistador (y a los lectores) en aulas por las que pasaron hace tres o cuatro décadas? Parlotean de sus licenciaturas porque jamás podrían hablar con sensibilidad o inteligencia de lo que leen en la actualidad o de lo que representó la lectura de Kafka u otro maestro. (Aquí no me refiero, claro está, a ninguno de los profes universitarios que recuerda Senel Paz en un listado que da grima, si no risa: "Salvador Bueno, Adolfo Martí, Julio Travieso, Eduardo Heras León, Pedro Pablo Rodríguez, Nuria Nuiry y la doctora Ofelia García Cortiña, entre otros".)
     A juzgar por sus entrevistas, ¿qué les queda a Paz y a Bobes sino esperar a cumplir año para cerciorarse de seguir en la consideración de un departamento? Vivir es ir llenando la sala con los tarecos recibidos en cada aniversario y sentarse entre tales tarecos a esperar al entrevistador a quien contarle que vivir es ir llenando la sala con los tarecos recibidos en cada aniversario. Tal desvelo por cachivache onomástico resulta equivalente al de la gente más vieja por el Premio Nacional de Literatura o la entrada en la Academia Cubana de la Lengua: palpitaciones de vidas entregadas, abiertamente o con disimulo, al funcionariato.
     Con el fin de convencernos de que los autores cubanos tienen biografía, La Gaceta de Cuba ha reunido, junto a las entrevistas mencionadas, un larguísimo dossier donde muchos escritores y un filósofo zambullen al lector en las atmósferas de sus respectivos pueblos natales. ¡Cayamba, llegó tu hora! ¡Remate de Ariosa no quedarás inédita! Mayajigua, Amarillas, Central Carmita, ¿a que poeta tojosista o novelista de la tierra no se le hace agua la boca al escuchar vuestros nombres? Y no es, prometen, más que "la primera parte de una aventura que pretende ampliarse".
     Completa el número un diálogo entre Arturo Arango y el pintor que le hiciera cubierta a su última novela publicada. (Medio número ilustran las imágenes de ese pintor. Lo rastacuero de sus metáforas se corresponde perfectamente con la prosa de Arango.) Y aparece un esclarecedor ensayo de Nara Araújo acerca de las relaciones entre teoría y crítica literaria del cual no puedo privarme de citar este fragmento: "Autores como Platón y Aristóteles, Horacio y Quintiliano, Dante y Boccacio [por Boccaccio], Góngora y Boileau, Hume y Lessing, Kant y Schiller, Schlegel, Worsdworth [por Wordsworth] y Coleridge, Shelley, Hugo y Hegel, Poe y Saint-Beuve, Taine y Zola, Baudelaire y Mallarmé, Verlaine, Rimbaud y Valéry, Jakobson. Schlovsky [por Shklovsky] y Murakovsky, Spitzer y Dámaso Alonso, los New Critics y Lukacs, Adorno y Benjamín [por Benjamin], Batjin y Lotman, Barthes y Jauss, Foucault y Bourdieu, Ricoeur y Derrida, Lacan y Kristeva, Wolf y Cixous, Said y Spivak, han configurado una teoría de la literatura que es, al mismo tiempo, una crítica de la literatura..."
     Ni siquiera tan profuso goteo de nombres salva a La Gaceta de Cuba. Para dar un toque cosmopolita a esta entrega de tierradentro, los editores de la revista convidaron a un estránger y el tal Hans Christoph Buch (quien intenta crear en Berlín un Centro Internacional de Investigación de la Literatura de Viajes) no encontró mejor modo de iniciar su artículo sobre Joseph Conrad que éste: "¡Qué novela! Y eso que Heart of Darkness no es una novela en lo absoluto, sino un relato o, para decirlo con más exactitud, un relato base, a medio camino entre la noveleta y la descripción de viaje."
     El más reciente número de La Gaceta de Cuba da muestras de un consumado guardarrayismo mental. Logra no desentonar en el coro de las cenicientas publicaciones periódicas cubanas, se hace más aburrida que La isla infinita, y desde aquí hacemos votos porque siga por tal senda. ¡Que no pierda el trillo!, le pedimos encarecidamente.


La lengua suelta no. 26
 

La caja está cerrada (y con el muerto adentro)
Antón Arrufat, Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar 2005

Fermin Gabor

      Pues sí, las milquinientas maraquitas convertibles fueron a dar al bolsillo de Antón Arrufat, quien recordó cuán amigos habían sido él y Cortázar (debió ser en la época en que Arrufat dirigía la revista Casa de las Américas, porque luego Julio empezó a padecer de una curiosa amnesia electiva). Y ahora, tantos años después, aquel premio con su nombre... El laureado confesó a la prensa que algunas de sus amistades creyentes en la vida ultraterrena le aseguraban que era un gesto de Cortázar, un saludo con la mano desde el tren de Fin de juego.
     Arrufat, que apenas ha cultivado lo fantástico en su narrativa, se mostró como un sabio administrador de credulidades. Porque después que uno acepta que puedan existir amigos suyos, se hace fácil creer en un Más Allá intercomunicativo. De cara a la prensa, el nuevo Premio Cortázar se inventó unos amiguetes y, de paso, resolvió con ironía el asunto de sus creencias personales. Esos amigos inflables (también la amistad cuenta con juguetes sexuales) recibieron la culpa de pensar lo que pudiera pasar por ridículo. Y de ese mismo jueguito está lleno su cuento premiado, El envés de la trama.
     El título parece una mala traducción de El revés de la trama de Graham Greene y lo que se cuenta huele a Henry James, a una de esas solemnidades donde un primerizo se acerca a un escritor venerado. Pero lo que en el narrador inglés (o estadounidense, según se prefiera) queda como solemne, en el cuentista habanero (o santiaguero, según se prefiera) resulta solemnemente ridículo. Por James habla un muy sólido agente de pompas fúnebres; por Arrufat, el Doctor Chappotín, dueño de La última noche que pasé contigo, funeraria de San Nicolás del Peladero.
     Los hechos que cuenta El envés de la trama suceden en La Habana de nuestros días donde circulan varias monedas y hay casas de cambio. Un joven ha publicado su reseña de la última novela de un viejo escritor, al joven lo apasiona la obra de éste, llega a entrevistarlo, y en esa entrevista el viejo escritor le suelta una perlita de sabiduría para que vaya tirando en la larga y árida vida literaria.
     ¿Ya?
     Ya.
     ¿Eso es todo?
     Y con menos se hace una comida.
     Hipólito Mora (desde que vivió en Tebas, a Arrufat le chiflan los nombres griegos y es de agradecer que a éste no le haya puesto Moira de apellido) anda retirado del mundanal ruido, es un Salinger habanero. El joven protagonista, al que un amigo apoda Tertuliano el Apologético, lo ha visto alguna vez salir de las librerías o sentado en el Parque de las Misiones. Sin atreverse a hablarle.
     Quien haya leído acerca del acercamiento temeroso de las hermanas García Marruz a José Lezama Lima podrá hacerse una idea. Pero lo que parece candoroso en el comportamiento de dos muchachas de los años cuarenta es, sesenta años después, Tertuliano frente a Hipólito, la picuencia arrancapescuezos. O al menos así logra comunicarlo un prosista de la talla de Antón Arrufat.
     En descargo del joven protagonista habría que considerar lo imponente que luce el Magister Mora “vistiendo su guayabera (...) como la armadura de una tropical Edad Media”. Y está, para causar más aturdimiento, la calidad de su último libro publicado, de su obra toda: “como una piedra más, su reciente obra se unía –armoniosamente- a la hermosa catedral enigmática que su genio y su voluntad habían edificado”. ¿No corta el hálito ese hombre enfundado en una armadura y fabricante de una catedral?
     Dos viejos carcamales se alzan en el camino del joven a quien apodan Tertuliano: la poetisa Ana Morales (qué alivio un nombre común) y el buscado Mora. Si el segundo viste una armadura, la primera lleva un traje de los años veinte. Pero lo más raro no es su vestimenta, sino el ambiente en que se desarrolla su tertulia (juegos florales, la llama el autor). Pasa trabajo el protagonista para atravesar “la exclusividad masónica que rodeaba las reuniones de la poeta”, y se presenta allí sólo para conseguir el número telefónico de Hipólito Mora. (En un mundo medieval cuesta averiguar un teléfono. A esa antigüedad podrá achacarse la imprecisión verbal al lidiar con aparatos modernos: para oír los mensajes se “abría el contestador automático”.)
     Sentada la gente de la tertulia en sillas arrimadas a las paredes, procédese a apagar todas las luces y a encenderse un reflector azul. A esa luz llega el primer poeta de la noche y, terminada su lectura, se apaga el reflector, oscuridad total, y vuelve a encenderse el haz azul para que el próximo invitado lea. ¿Cómo no va a prestarse a florituras un ambiente tan exquisitamente planeado? (Así habrían sido las tertulias de Arrufat de llamarse Dulce María Loynaz o Reina María Rodríguez.) “Abandonó la idea como un exordio sin completar”, puede leerse. O esto otro: “Él no era un simple invitado, era el ángel guardián que el poeta espera antes de morir”.
     Una convicción no menos alta que la de las voces que narran en las radionovelas le permite escribir: “Si la vida no fuera tan turbia. Una fracción de su naturaleza respondía a estos estímulos y aún estaba hipnotizado por la presencia de la Morales”. O lanzarse desde el más alto trampolín a la piscina filosófica sin agua: “Un tiempo sin espacio, completamente interior...”
     Luego de algunos escarceos con la poetisa momia y de una erección a la que se presta atención minuciosa (¡una erección puede ser tan moderna como un contestador automático!), llega el clímax, el encuentro entre Hipólito y Tertuliano. Este último se afila los colmillos: “Los inexplorados enigmas que lo inquietaban en la escritura de Hipólito Mora y en su vida personal, requerían de las páginas de un libro exhaustivo”. (Antón Arrufat recurre al enigma y a lo enigmático para abrirnos el apetito por ese encuentro. Y no hay que ser un bicho hermeneuta para comprender que él se cree cosas: ha de verse a sí mismo en el papel del Magister Mora, y deseará para sí la atención de una tierna criaturita que lo reseñe y le construya mausoleo.)
     El escritor buscado a lo largo de todo el cuento calza tanto coturno como la poeta de las tertulias. La vida literaria consiste en una sucesión de ademanes operáticos, y el joven Tertuliano va de Eleonora Duse a Sarah Bernhardt: “Hipólito Mora se hallaba reclinado en una especie de diván color morado desvaído que le recordó el color de los labios de la poeta, estiradas las piernas sobre el mueble y semejante a la de un antiguo busto romano, erguida la cabeza completamente rapada, ancho el cuello y acusado el perfil que sobresalía de la penumbra en la que se encontraba”. A espaldas suyas resplandece la luz del atardecer en un ventanal. Los muebles son de laca negra con incrustaciones de marfil. Brillan lámparas rojas y jarrones azules, y pueden encontrarse, por aquí y por allá, abanicos de papel y preciosas dagas. Para completar el cuadro, Catana pare un amante chino que responde al nombre de Li.
     Ay, una de las mayores dificultades de la televisión cubana actual estriba en convencernos de que la casa en la que viven los ricos de la telenovela es realmente una mansión... Tampoco logra situar personajes en el extranjero con cierta verosimilitud... Tales son, al parecer, los límites del audiovisual ñángara. De modo no muy distinto, El envés de la trama declara los límites de la imaginación del compañero Arrufat. La visita a un escritor que él nos vende como eminencia termina siendo tan picúa como la tertulia que antes ridiculizara. No importa los esfuerzos que haga por diferenciar una de otra, lo ridículo y lo sublime no encuentran en su escritura diferencia de registro. Y si, tal como se afirmaba en la tertulia, la vida era turbia, para el decisivo encuentro entre Hipólito y Tertuliano el autor ha guardado esta otra definición: “Así de pegajosa es la vida”.
     Me temo que Henry James se reservaba algún tesorito, al menos una chispita de brillantes, para ocasiones como éstas. Coreografiado por Arrufat, el hierático Hipólito Mora juguetea con una daga que tiene menos filo que sus parlamentos, y lo que entrega al joven es fricandel de bagazo enriquecido con soya. Más tarde, para conseguir algo que suene como un final, a Hipólito Mora no le queda otro remedio que estirar la pata más de lo que la estiraba en su diván color labios de poeta. 
Mucha de la actual ficción cubana suele regodearse en la miserabilia. Arrufat, a diferencia, pinta como un cronista social la vida selecta. La revista donde el protagonista publica su reseña es la mejor revista literaria habanera, una guayabera es impoluta, el té verde que beben es regalo del Agregado Cultural de Japón, las tertulias no por ridículas dejan de ser exclusivas, y léase cuánto preparativo se gasta el Tertuliano para asistir a una: “Se afeitó y se bañö con lentitud ritual. Lustró los zapatos y se vistió su [sic] mejor ropa: una camisa blanca hecha a mano en la India, un pantalón de lino puro”. (En medio de tanto despliegue de estilo de vida, siente uno la tentación de preguntar si Mora y Morales firmaron las últimas cartas públicas oficiales que signara Arrufat. ¿Viajaron a Caracas? ¿Mora es ya Premio Nacional de Literatura o hace alianzas para serlo? Ninguna de estas presiones parecen existir en la vida literaria habanera de El envés de la trama.)
     A la ficción cubana que circula por la acera del sol la llaman, con relativa impropiedad, realismo sucio. Antón Arrufat, que no se suda y camina por la acera de la sombra, ha escrito con El envés de la trama una pieza de realismo chichí, bomboncito de flema. Con este último cuento suyo demuestra ser tan chichí como los ambientadores de la televisión cubana al emprenderla con gente rica o países extranjeros.
     Y no es que él sea el único chichí. Su generación podría ser llamada Generación Chichí.    Provincianos y pobretes de origen, muchos de ellos han cumplido sus sueños clasistas gracias a la revolu. Así, el que no colecciona chinerías, colecciona abanicos, se acoge a un ceceo de hidalgo español, alardea de una bañadera de mármol negro o no escribe poema que no transcurre en sitio bien lejano... Diplomáticos retirados, cuidan entre todos la entrada de la Academia de la Lengua o del Premio Nacional de Literatura pues éstos son sus Country Club y su Club de Rotarios.
     Es de suponer que cualquiera de ellos que intentase escribir la figura de un maestro no se habría apartado mucho de la fumanchunesca descripción propinada por Arrufat. Cercanos en sus juventudes a los grandes de la cultura cubana del siglo XX, cuando les toca imaginarse en el papel de maestros caen en la chochera del más reciente Premio Cortázar: empolvan pelucas dieciochescas o se disfrazan de mandarines. (Espérese por el cuento donde Miguelito Barnet explicita su asombro ante un travesti habanero que leyó su Canción de Rachel. Historia chichí donde un travesti chichí lee un libro chichí y se encuentra con el chichí que lo escribió, ha poco fue paladeada por quienes asistieron al Centro Cultural Dulce María Loynaz.)    
     Creo que los amigos de Antón Arrufat, si es que existen de veras y de veras creen en una vida después de la vida, no supieron interpretar el gesto de Cortázar. No era un saludo, no. Lo que decía el autor de Rayuela con su mano era más bien: “¡Borra, borra! ¡Tacha, tacha!”. O avisaba al jurado de lo que les va a caer encima el año próximo. Porque, corrida ya la especie, enterados de que en el Premio Iberoamericano de Cuento los muertos concursan y ganan, gente como Manuel Cofiño y Noel Navarro (entre otros) empiezan a revisar esperanzadamente sus inéditos.


La lengua suelta no. 25

Carilda escribe con Garcilaso y Cervantes no va al taller del chino Heras

Fermin Gabor

     La casa tenía toda la pinta de Donnafugata, la mansión patrimonial de los Salina. O mejor: de las ruinas de Santa Margherita di Belice, que sirvieron a Lampedusa para imaginar la mansión de los Salina. Se asemejaba, por tanto, a la locación que eligiera Antonioni para filmar la fiesta de La Aventura. En versión más reducida, eso sí, habanera del Vedado.

     Sobrellevaba la decadencia sureña de tantos caserones en las novelas de Faulkner. Era (para acabar de una vez) idéntica a Tara cuando Scarlett O’Hara se vio obligada a desmontar las cortinas para hacerse un vestido.
 
     En la esquina del jardín se alzaba una estatua femenina descabezada, el cuerpo de mármol decorado con líquenes. Y la vieja propietaria hacía juego con aquella mujer guillotinada, hasta el punto que parecían hermanas gemelas. Lo cual no quiere decir que hubiese perdido la cabeza. Pues hasta su fallecimiento conservó la mente en buen orden, y se mantuvo ágil para ironías y maledicencias. Fue, hasta el final, una buena lanzadora de cuchillos en el circo de la literatura cubana.

     No más estiró la pata, sin hijos tal como dejó el mundo, la mansión pasó a formar parte del patrimonio estatal. Y ya se le pronosticaban las peores sorpresas cuando, con la ayuda económica de la Junta de Andalucía, el lugar se puso de estreno: hasta la muñeca cogió cabeza en el reparto. Limpiaron de escombros la fuente del jardín, desenrollaron alfombras de césped, dispusieron aquí y allá farolitos, pintaron de blanco impecable y, en el friso de la fachada, en caligrafía dorada, estamparon la firma de la antigua dueña: Dulce María Loynaz.
 
     De manera que la casa, sede actual del Centro Dulce María Loynaz, perdió su autenticidad de ruina para ganar el aspecto de un cheque falso. Con esa firma en lo alto de la fachada, uno la tomaría por sede de algún banco español. O por un nuevo hotel: el Melia Loynaz.

     Bobería todo comparado con lo que adentro se cocina. (A quien dirige el sitio, ni lo voy a mencionar, deseoso como parece hasta de publicidad negativa, mendicante de fama.) Espacio de variadas peñas y tertulias, allí fue donde Lisandro Otero ofreció primicias de su novela Charada, otro intento (el anterior fue Bolero) de aruñarle La Habana prerrevolucionaria a su rival de siempre William Cabrera Infante.
 
     Y, ya que hablo de peñas y tertulias, aprovecho la ocasión para felicitar a los programadores culturales habaneros por revitalizar esa costumbre de reunir público alrededor de un escritor y de su obra. Las tertulias literarias han vuelto gloriosamente a La Habana. Así, Basilia Papastamatiu conduce una llamada Aire de Luz, César López la suya, lezamianamente titulada Cantidades rosadas de ventanas, y Marilyn Bobes una cuyo nombre no recuerdo. Voces indiscutibles de la literatura cubana (la una por el acento porteño que todavía porta, el otro por su habitual ronquera, la tercera por la fañosidad de su registro), maldita la gracia que tienen los tres para conducir, ya no una tertulia, sino un sencillo trozo de conversación. Desabridísimos como personas e imposibles como escritores, ¿por que recibieron ellos la tarea de animar a los lectores?

     Pero volvamos a la mansión Loynaz donde, según testimonio de diversas fuentes, Lisandro Otero ha cogido la manía de meterse en la cochera cada vez que puede. Él y un grupo de vejetes entre quienes se cita a Salvador Bueno, Roberto Fernández Retamar, Pablo Armando Fernández, César López, Miguel Barnet y Reynaldo González. El asunto llegaría a resultar intrigante si acaso el guarda de la puerta no estuviera avisado de que cuentan con autorización: son la Academia Cubana de la Lengua, que Otero preside.
 
     Tal como se habrá visto por los nombres anteriores, la institución es mayoreada por la Generación del Cincuenta. Perfecto que así sea pues toda criatura precisa de un rincón donde sentirse algo importante. ¿Y qué mejor vergel que una academia para quienes se han agotado en antologías, revistas, volúmenes, séquitos, lauros, sin ser tenidos suficientemente en cuenta? Luego de haber poseído revistas y consulados, y luego de perderlos, la Academia de la Lengua significa para ellos el otorgamiento de un marquesado. Y allí pueden sentirse maestros sin tener que presentar el aval de unos discípulos. (Al respecto, la Generación del Cincuenta no tiene ni donde amarrar la chiva.)

     Defender la lengua común con España ha de serles motivo de orgullo puesto que, después de haberse engañado juvenilmente con la idea de que traían la literatura norteamericana y otras literaturas a unas letras cubanas demasiado hispanófilas, se ve claro que lo de ellos es el cocidito madrileño. Como ejemplo, hay que oírlos hablar de los tan sobrevalorados poetas españoles de la Generación del 27. Resulta entonces cosa fácil descubrir con qué rolos mentales fijan sus peinados: se toman a ellos mismos por los poetas del 27 para posicionarse frente a esa Generación del 98 que es el grupo Orígenes.
 
     Para nada es casual que hayan montado una lavandería (“Limpia, fija y da esplendor” sostiene como divisa la Academia de la Lengua Española) en la cochera de Dulce María Loynaz. Esa misma institución fue refugio de la poetisa, su única maltrecha conexión con la vida pública durante las décadas en que estuvo silenciada, cuando una academia del español no merecía respeto alguno a las autoridades cubanas, empeñadas en la lingua franca del CAME.

     Y de lejos viene la amistosería de los académicos del Cincuenta con la dueña. Dulce María Loynaz ha sido para ellos una alternativa a Fina García Marruz (antes que reconocer los valores literarios de la monja origenista, soplarse la poesía a la Tagore de la otra), o le han ido en sus apuestas a Carilda Oliver Labra (la ninfómana de provincias antes que la monja de Orígenes.) Y, como la Loynaz fue presidenta de la academia, ahora han hecho a Carilda miembro correspondiente. (Antón Arrufat se quedó fuera. Mayoría de bolas negras en la votación, pese a que él se creía adentro ya y alardeaba del discurso que le dispararía al resto de los académicos, una de esas empalagoserías suyas acerca de la memoria y la temporalidad.)

     No otro que Miguel Barnet hizo el elogio de la nueva académica. Escuchen como la describió: "un viento aciclonado abrió las puertas de la poesía neorromántica cubana. Carilda recibía la flor de oro de la poesía y un duende travieso se asomaba a nuestra literatura para quedar semioculto entre los enrejados matanceros y los puentes que conducen a las cuatro esquinas del mundo".

     ¿Verdad que es lindo? Así hablan los académicos cuando se ponen poéticos.
 
     “Arquera del amor erótico”, llamó Barnet a esa vieja Diana. "Si hay en Cuba un solo poeta que haya vivido en carne y espíritu la poesía, ese poeta es sin duda, Carilda Oliver Labra."

     ¿Verdad que resulta impresionante? Así hablan los académicos cuando se ponen sesudos. Y ahora, a aguantarse de la silla: "Cargada de ultimátum, de pólvora, de rímel verde, contemporánea, lela, tramposa hasta el éxtasis, como una balada, neurótica, metiendo sueños en una alcancía, novia de los cuchillos, ninfa del trauma, jugando a no perder la luz en el último tute, Carilda ha estado escribiendo sus poemas sin importarle el reconocimiento o los juicios eruditos.”

     Según Barnet, Carilda Oliver Labra es el mejor sonetista cubano, junto a Eugenio Florit. (Así habla un académico cuando lleva décadas sin merendarse una composición de catorce líneas.) En el ardor de su discurso, el entrevistador de Esteban Montejo afirmó que los sonetos carildeanos son dignos de Boscán o de Garcilaso.
 
     Pero dejemos en tan alto punto a la gente de la Academia Cubana de la Lengua y echemos una ojeada a otra de nuestras importantes instituciones culturales. ¡Visitemos el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso que con tanto desvelo dirige Eduardo Heras León, llamado cariñosamente El Chino!
 
     Ningún momento mejor para caer por allí que durante la recepción de José Saramago. Como es sabido, el Premio Nobel portugués había anunciado que se bajaba del camello de la revolu, que no aguantaba más. Sin embargo, caminó un poco a solas, se le pasó el sofoco, y no tardó en volver a encaramarse. E invitado por el Ministerio de Cultura, visitó en La Habana diversos centros educacionales como la Universidad de Ciencias Informáticas y la Escuela Latinoamericana de Medicina. Discurseó ante profesores y estudiantes en el Aula Magna de la Colina Universitaria, a su disposición pusieron la sala más espaciosa de Casa de las Américas. Y firmó numerosos ejemplares de la edición cubana de su novela El Evangelio según Jesucristo.
 
     “¡Qué gran aventura literaria!”, exclamó el presentador de ocasión, Omar Valiño. “Una de las más grandes jamás emprendidas en la historia de la literatura.” (Carilda escribe los sonetos de Garcilaso, y Saramago, que se cae de convencional, es uno de los más grandes aventureros literarios. Hay que ver cómo la falta de lectura está acabando con el personal...)

     Difícilmente pueda hallarse en la actualidad un escritor de renombre con tanta debilidad por lo pedagógico como Pepito Saramago. Su prosa se desvive por adoctrinar, y él planea concluir su carrera de novelista como fabricante de fábulas morales. Muy adecuado entonces que lo pasearan por centros estudiantiles, mientras hacían tiempo a la espera de alguna señal de Palacio. (Terminó por no ser recibido, según parece.)

     Aunque todo tiene su límite, y ese colmo fue alcanzado en la visita que hiciera Saramago al Taller de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Para empezar, arribó en medio de un apagón, gesto que no entendió como homenaje a su Ensayo sobre la ceguera.

     Tampoco contaban allí con agua corriente y, sin embargo, cincuenta jóvenes promesas esperaban por la palabra del maestro. Cincuenta jóvenes promesas y el Chino Heras, promesa no menor.

     Tomó éste la palabra y se puso a explicar en que consistía el trabajo que intentaban desde hacía ocho años: jóvenes bien seleccionados estudiaban concienzudamente las más novedosas técnicas narrativas. (Pío time para adivinar cuál podrá ser el alcance de tales estudios. Los televidentes que hace unos años siguieron el curso de apreciación de la narrativa dictado por Eduardo Heras León, recordarán su dictamen acerca de las novelas de Virginia Woolf. “En ellas no pasa nada”, afirmó, y es que el Chino echa de menos algún miliciano en las páginas de la inglesa. Algún obrero de avanzada.)

     Como guía de pioneros de la escritura, Heras León ocupó el tiempo del ilustre visitante en la enumeración de los premios obtenidos por gente de su taller. Y Saramago lo dejó que hablara bastante para, al final, echarle encima este jarro de agua fría:
 
     “Pues yo no conozco las técnicas narrativas”, dijo.
     Nerviosa risa del Chino y expectación entre sus estudiantes.
     “Ni quiero conocerlas”, sentenció.
 
     ¡Pasmante que el maestro declarara que no existía lección! ¿Habráse visto un viejo comunista que no crea en las virtudes de los talleres literarios?

     “Ni Shakespeare ni Cervantes ni Dostoievski asistieron a esta clase de talleres”, refunfuñó.
Y, claro está, los pupilos del Chino no iban a aceptar que un Premio Nobel viniese a sopapearlos. De modo que le salieron al paso. Notificaron al visitante que, en caso de haber existido talleres como aquél en los países y épocas de esos señores, ahora podríamos contar con más Cervantes, más Shakespeares, más Dostoievskis.

     Pero ni aún así se mostró complacido el portugués. ¿Qué pretendían esos mocosos? ¿Adocenar al genio?

     La sesión ya estaba perdida a esas alturas.
 
      “¡Lo bien que me habría venido la bendición de Saramago!”, se dolía el Chino para sus adentros.
Uno de los estudiantes, al salir de la recepción, fue quien dio la nota definitiva:

     “¿Y quién pinga se cree el viejo mamerto ése?”, preguntó.

     Para (viendo que ninguno de sus acompañantes respondía) agregar:
 
     “Él tampoco es Cervantes.”


La lengua suelta no. 24

¡Pero qué precioso poeta quinceañero! Contemplando un áIbum de fotos de Alberto Edel Morales

Fermin Gabor

     Me han estado llegando últimamente mensajitos de Dulce María Loynaz y de Alberto Edel Morales. O más exactamente: del Centro Cultural “Dulce María Loynaz” y de su director, Alberto Edel Morales.
     ¿De dónde salió éste? Si, como aseguran sus críticos amigos, pertenece a lo más granado de la generación poética de los noventa, ¿por qué no lo encuentro en las tantas antologías que desde entonces se han  venido publicando?
     Confieso que lo único suyo que he leído es un poema dedicado a la bandera que él endilgó a una larga lista de correos junto a la explicación de cómo pudo perpetrarlo. Fue (he de reconocerlo) como recibir un correo electrónico de Edgard Allan Poe donde se juntaran El cuervo y La filosofía de la composición.
     ¿Y qué cuenta la filosofía de Alberto Edel Morales? La cosa es más o menos como sigue: cogitando luego de extensa jornada laboral, Morales cayó en la cuenta de que ningún poeta de su generación había escrito un poema a la bandera. (Podrá creerse que un pensamiento así es digno de un resentido, de quien siempre se ha visto postergado y busca madrugar a los que le tienen cogida la delantera.) Reparó Alberto Edel Morales en la falta de poema al banderín cubiche y, al bajarse del camello que lo llevaba a Bahía, percibió el hueco, el bache, la oportunidad de cuele, el filo, el jamón de muslo y blúmer que la jeva Patria le mostraba. Y se dijo a sí mismo: “¡métele mulato, que ahora te toca a tí bailar!”.
     Fue en Bahía, al bajarse de un camello, mirando el cielo del atardecer, que un poeta de la talla de Alberto Edel Morales encontró su camino de Damasco. Ya no más ser considerado un burócrata, ahora sí que enseñaría credenciales de poeta. ¡Iban a ver los descreídos! Y, ¿en qué sitio publicar ese poema suyo sino en La Jiribilla, donde acogen a los peores cuentos y a las canciones insufribles de los jóvenes trovadores? Publicado allí el poema y, todavía insatisfecho con lo que él consideraba escasa publicidad, Alberto Edel Morales la emprendió entonces con una lista que sumaba lo mismo amigos íntimos que conocidos de vista, desconocidos totales y gente incapaz de leer una línea en español.
     Del poema, ¿qué decir? ¿Recuerdan aquellos pitazos de cafetera que daba Cintio Vitier al principio de la Revolu cuando, como pastorcito de Fátima o de Lourdes, aseguraba haber visto el verdadero rostro de la Patria? (Por esos mismos años, Lezama Lima juraba que, en el piso del patio, gracias a una tirada de yaquis, unos niños vieron el rostro de su padre muerto. ¡Cómo estaba el caleidoscopio de los poetas de Orígenes!) Bueno, pues lo que era ya retórico e inverosímil en Vitier, resulta peorsísimo en Alberto Edel Morales. El bisoñé de Fantomas luce menos postizo que el poema de marras.
     Desde Encuentro en la Red, Pablo de Cuba Soria (y luego hay gente que no acepta los seudónimos...) se ocupó del poema como un rottweiler se ocupa del brazo de un niño. (Para tratos delicados con ese bracito, para lamiditas, pueden verse los textos de Basilia Papastamatiu, Virgilio López Lemus y Roberto Manzano aparecidos en el sitio Cubaliteraria.)
     Pero volvamos al flamante director del Centro Cultural “Dulce María Loynaz”. Hastiado de no aparecer en las antologías, de dar lecturas públicas para cuatro gatos (cuatro gatos en comparación con los cuatro gatos que reúne toda lectura de poemas), harto del ninguneo al que fuera sometido, el poeta Morales se nos revela como gerente de su propia obra, como relaciones públicas de su talento.
     Prepara una lectura de poemas y, 1er paso, manda a todo el mundo invitación. No una, sino varias. Bombardea con esa misma invitación varios días seguidos: 2do, 3er y 4to paso. Así procura despertar remordimientos en quienes no pensaban asistir, ablandar convicciones, poner en remojo almas. ¡Que no parezca una simple lectura lo que se va a celebrar, sino toda una jornada donde su voz se extienda! Al fin y al cabo, quien canta a la bandera termina por querer comerse la isla.
     5to paso: celebrada la lectura, Alberto Edel Morales procede al envío de imágenes. Fotos del bardo y de su público. Dulces recordatorios para quienes compartieron con él tan sublime momento y, para el resto, pinchantes testimonios de cuánto se perdieron. Allá van las demasiadas fotos que ambiciona una quinceañera: con tiara, con mitones, pegándose a un espejo, encima de un coche, al borde de una fuente, en un jardín florido... Uno mira esas imágenes y juraría que Luis Alberto Casanova podría soltar de un momento a otro: “Alberto Edel Morales, ahora que has arribado a tus quince primaveras, las ilusiones se abren para ti y la vida te sonríe...”
     Pero es acto seguido que viene lo bueno, pues la gente empieza a responder a los envíos, y toca responder (6to paso) a las respuestas. Arriban mensajes tan heterogéneos como la lista de direcciones. Algunos, con tal de no arriesgar opinión sobre los textos escuchados, comentan lo bien que el poeta quedó en las fotos (el rostro de Alberto Edel Morales mereció ya un affiche en una edición de la Feria Internacional del Libro que él vicedirigía con todo su cuerpo). Otros declaran lo bien ganado de su posición dentro de la historia de la poesía cubana: after Bonifacio Byrne, him.
Vienen entre esos mensajes las décimas que amigos entrañables como Waldo Leyva (tronco de poeta) y Alexis Díaz Pimienta (otro tronco de poeta) mandan disculpándose por no haber asistido. Y al leer esos poemas de ocasión, al degustarlos, Alberto Edel Morales comprende que los ecos de su lectura no pueden terminar así, y que es su deber como escritor y como funcionario implementar un 7mo paso: zumbarle las décimas a quienes ya recibieron fotos e invitaciones.
     ¿Qué importa lo agotado que estén sus corresponsales ni el número de computadoras atoradas por sus voluminosos envíos? Ahí les va más, ¡para que aprendan a ponerlo en las antologías!
     Después, una notica en Granma o Juventud Rebelde saluda el feliz hecho de su lectura pública,  y la notica da pie para un 8vo paso, nuevo envío.
     Papastamatiu, López Lemus y Manzano le prestan atención de críticos, y él forma con esas reseñas un lindo ramillete que le mete por los ojos (9no paso) a su público.
     La cosa (para resumir) puede seguir infinitamente. Ya a estas alturas Alberto Edel Morales es el Google de la poesía cubana, un buscador que sólo encuentra su nombre. Narcisista electrónico, lo lindo del caso es que cada una de las etapas de esta estrategia de autopublicidad es cometida en horario laboral, bajo sueldo de funcionario, atascando el servidor de un ministerio, desde una computadora con chapilla de medio básico, encendido el aire acondicionado de su despacho de director, utilizando para ello el trabajo de una secretaria...
     ¿Están al tanto de lo anterior sus superiores? ¿Campaña tan terrorista como mediática cuenta con el visto bueno de los jefes? ¿O es que arriba han concertado la aparición de nueva especie de escritor oficialista, un cambio de portaestardante en la comparsa de “El Alacrán”?
     Aprovechando el caso Elián, Alexis Díaz Pimienta, escritor de la misma generación a la cual pertenece Alberto Edel Morales, llegó a la televisión desde el anonimato. Lo cuenta él mismo en entrevista publicada en La Jiribilla: “A mí no me consideraban como escritor, ni siquiera como intelectual. Yo no existía a pesar de los premios que obtuve. El poeta menos antologado de mi generación soy yo”. Y luego: “¿Qué ha pasado? Que de momento del anonimato y el silencio, he salido no a la voz sino, a ¡la Voz! Con mayúscula, a las tribunas abiertas, a un espacio tan estigmatizante como la televisión”.
     Teresa Melo, poeta de esa misma generación, entendió que su camino pasaba por recorrer la isla de punta a cabo metida en una caravana oficial de poetas a la que llamaron “Estrella de Cuba” y relacionaron con José María Heredia. (Consiguió mucho menos televisión que Díaz Pimienta, hay que decirlo. Pero a su regreso varias publicaciones le han rendido honores de clásico vivo.)
     Y Alberto Edel Morales, que participó en los actos públicos de la campaña elianesca y viajó en la misma caravana poética que Teresa Melo, comprendió que la solución no estaba ya en berrear por un niño o patear la isla en pleno. Así que la emprendió con la bandera. Se envolvió en ella, y no resulta trabajoso aventurar a dónde apuntan sus maquinaciones: no parará hasta que Dulce María Loynaz dirija el Centro Cultural “Alberto Edel Morales”.


La lengua suelta no. 23

GCI: La escena del crimen
En el fallecimiento de Guillermo Cabrera Infante

Fermin Gabor

     Poco antes de entrar de lleno en el Libro de los Muertos, Guillermo Cabrera Infante tuvo a bien ocuparse de las auras cubanas. Miraba a la isla desde su exilio londinense y veía tiñosas. O mejor dicho, las tiñosas nativas se le acercaban: Roberto Fernández Retamar afirmaba en una entrevista que, no más muriese GCI, editarían su obra en La Habana. El director de Casa de las Américas aparecía en pantalla como una de esas tiñosas posadas en un poste a la espera del festín. (Cum grano salis: no hay que creer a GCI a pies juntillas. Aunque tampoco Fernández Retamar parece incapaz de aguardar en su poste.)
     Sabido es que muchas veces el cubano de Londres aludió a la prohibición que pesaba sobre su obra dentro de Cuba. GCI gustaba de afirmar cuán leído era en la isla, pese a todo. Y cifraba la cotización de sus libros en un número variable de latas de leche condensada. Tres, seis o diez latas ofrecían a cambio de libro suyo. En La Habana existía gente que prefería deleitarse con la descripción de La Estrella antes que darse un atracón de "fanguito".
     Acaecida la muerte de GCI, muchos de sus amigos trataron acerca de la censura. Y tanta insistencia en ese punto obligó a Daniel Fernández, director de la editorial "Letras Cubanas", a salirle al paso a los comentarios. En carta al director de El País, aseguró que las editoriales habaneras sí que intentaron publicar títulos del escritor exiliado, que llegaron a utilizar "la intermediación de algunos escritores que lo conocían y que viajaban a Londres por diversos motivos", y que fue GCI quien se mostró reacio a publicar en Cuba sus libros.
     De parecida diplomacia se había servido Roberto Fernández Retamar a la hora de conseguir los derechos de publicación de Jorge Luis Borges, y en su prólogo a la antología borgesiana (Casa de las Américas, La Habana, 1988) cuenta la visita que hiciera al cubil del reaccionario monstruo ciego.
     Fue en una tarde húmeda de septiembre en Buenos Aires y "la prensa había estado publicando con insistencia noticias sobre una supuesta enfermedad que aquejaba a Borges". ¿Qué mejor ocasión para una tiñosa? La Kodama le salió al teléfono y Fernández Retamar comenzó a madurarla con la recitación de algunos versos de Borges. Gracias a su memoria, a su labia y a esa voz engolada que Dios le dio, no tardó mucho en procurarse la cita y, ya en escena, tendió a la japonesa y al ciego el número que la revista dirigida por él dedicaba a Córtazar.
     Ahí mismo empezó a darle coba al viejo diciéndole que lo veía en la eternidad, y fluyeron más piropos por el estilo. Retamar sacó crédito de haber leído a Borges cuando pocos lo leían, antes de la fama. Y sólo después de un introito bien trabajado confesó su deseo de publicarle antología en Cuba.
     Esa tarde Borges también fue invitado a visitar La Habana (Fernández Retamar lo cuenta muy deprisa y, aunque ese gato no está en Scholem, a través del tiempo lo adivino), a lo que el cieguito maravilloso contestó que no sentía especial predilección por el comunismo aunque éste fuese doblado al idioma de Quevedo.
     Hasta aquí Buenos Aires, vámonos a Londres. Me pregunto quiénes habrán sido los intermediarios de la isla ante GCI. Y aventuro dos nombres: Senel Paz y Antón Arrufat, a los que en adelante llamaré agente Niñoaquél y agente Pequeñacosa.
     Tengo por cierto que el primero y su esposa, la documentalista Rebeca Chávez, visitaron en Londres a GCI y a Miriam Gómez. Recién estrenado el filme Fresa y chocolate, eran tiempos en que la estrella del joven escritor parecía en ascenso y GCI, que acostumbraba a no abrirle la puerta a residentes en la isla caribeña, hizo por esa vez una excepción. (Como tantos espectadores, debió leer en clave esperanzadora la historia que contaba el filme de Tomás Gutiérrez Alea.) La verdad es que, dejando fuera toda arisquez y engrifamiento, hasta Miriam Gómez se bajó con un postre casero, y hubo amistosería y larga conversada.
     ¿Fue entonces que el agente Niñoaquél ofreció a GCI publicar novela suya en La Habana? Con bastante probabilidad. E igual debió haber sucedido con el otro visitante.
     Todo lector de Mea Cuba sabe que el agente Pequeñacosa sale muy bien parado en esas páginas. Y con el mismo aplomo logra atravesar el Juicio Final en que consisten los últimos libros de Reinaldo Arenas. Al parecer, ninguno de los dos escritores exiliados pillaron a Pequeñacosa en su avatar de firmante de cartas contra colegas (su firma, una de las primeras en condenar a su amigo Manuel Díaz Martínez y a otros nueve escritores, ha aparecido luego en distintas cartas oficiales de repudio). Ni Arenas ni GCI percibieron al Pequeñacosa entregado a la cortesanía, integrante de séquitos, tracatán de ministros, dialogante con Chávez en Caracas.
     Tanto Niñoaquél como Pequeñacosa (y algún otro suplicante que se me escape) recogieron en Londres la misma contestación que Octavio Paz brindara, a mediados de los noventa, a una invitación a Casa de las Américas hecha por Roberto Fernández Retamar. El cablegrama, llegado desde México al despacho del director de Casa, contenía una sola sílaba, suerte de poema concretista: "NO".
     Nunca habló públicamente GCI de sus encuentros con emisarios caribes (al menos hasta donde sé), y tampoco se refirió a las peticiones que éstos le trajeran. Siguió, en cambio, atascado en su historia del trueque de leche condensada por libros. Y no dejó de considerar a sus libros bajo censura política. Si su Habana estaba fija en los finales de los cincuenta e inicios de los sesenta, su antiñangarismo también permanecía datado.
     ¿Por qué no contó lo de su negativa a ser publicado? En los últimos años (preciso es reconocerlo) los manejos de la cultura han sufrido cambios dentro de la isla. La caída del Muro de Berlín ha brindado impulso indudable a la cría artificial del manjuarí, y ya las editoriales estatales (no hay otras en Cuba) pueden aventurarse a publicar a un autor como GCI para hacer de tales ediciones trofeos deportivos o de guerra.
     El nacionalismo revolucionario pretende hablar en nombre de Cuba con toda la boca, con la boca llena. "Nos sentimos responsables de la totalidad de la cultura cubana, se produzcan las obras donde se produzcan", ha dicho el ministro de cultura Abel Prieto. Y luego abre nueva cancha en "Coppelia" al declarar: "Tenemos una línea de publicación de emigrados".
     Síguelo con moscatel, crema de vie y almendra...
     En la misiva del director de "Letras Cubanas" al director de El País se buscará en vano referencia a la censura anterior. Puesto que GCI no parece prohibido en la actualidad, nunca antes lo estuvo, y quien afirme lo contrario habla desde el encono y el resentimiento.
     La censura, que hace un tiempo abarcaba nombres, ha aprendido a hacer distinciones dentro de las obras. ¿Para qué tachar en pleno la obra de GCI cuando dos de sus mayores libros se ocupan de la Cuba prerrevolu y resultan perfectamente publicables? Lo que anteriormente fungía como censura, es ahora labor de antologadores. Frente a lo impublicable se enarbolan escrúpulos netamente literarios, como puede comprobarse en la entrevista que Abel Prieto ofreciera al diario argentino "Página12": "yo quería publicar Tres tristes tigres y La Habana para un Infante difunto, que son a mi juicio las que valen la pena de su obra". (Quien se encarga de decidir qué se publica parece ser el propio ministro, y las prohibiciones se embarajan con coartadas estéticas: qué vale o no la pena.)
     Ese mismo Daniel Fernández que alardea de haber querido publicar a GCI dentro de Cuba intentó hace dos años publicar al exiliado Lorenzo García Vega. Toda su poesía le pidió, pues la publicarían de inmediato. Facilitarían los trámites para que el autor asistiera a la presentación habanera de su libro, lo pondrían en contacto con sus lectores verdaderos. Empero, pronto se hicieron feas las cosas para tal edición, ya que autor y editor mostraban desacuerdo. García Vega comentó a Fernández que prefería reaparecer en Cuba con otro libro suyo, Los años de Orígenes. Y al viejo exiliado le cayó arriba la negativa venida desde La Habana. ¡Niek, niek, niek! Con gusto le publicarían el tal volumen pero, ¿cómo iban a sentirse los ancianitos Fina García Marruz y Cintio Vitier, seres de la más granada intelectualidad revolu, al ver publicado dentro de la isla páginas que los pone a ambos de vuelta y media?
     El editor siguió insistiendo en tomo de poesía, hacía lo posible para que no brotara lo peor suyo. No quería dar lugar al censor que lleva adentro, y acompañaba su petición de poemario con los retorcijones de un hombre-lobo que ve llenarse la luna.
     Al final no quedó otro remedio: Lorenzo García Vega resultaba imposible de publicar en Cuba. Con él no había posibilidad de diálogo y alguna vez, gracias al director de Letras Cubanas, podremos enterarnos de que fue el propio García Vega quien prohibió en su país natal la publicación de sus libros. (No hay que ser un psiquiatra soviético para darse cuenta de que Lorenzo García Vega padece de autocensura.)
     Tantos años de pelea debieron hacer perseverar a GCI en afirmaciones que eran ya (dado la nueva política cultural isleña) pura retórica. El cubano de Londres se repitió, envejeció en su polémica, abusó de la anécdota de la leche condensada. Y perdió oportunidad de denunciar las triquiñuelas de siempre bajo nuevo ropaje, el jueguito que le llevaron a Inglaterra los agentes Niñoaquél y Pequeñacosa. (GCI no supo, a diferencia de éste último, adaptarse a los nuevos tiempos: Pequeñacosa cuenta ya con olla arrocera.)
     El autor de Mea Cuba prefirió abonar la idea de que un libro suyo en manos de muchos lectores podía crear alguna conmoción política. Se aferró a esa leyenda de heroísmo intelectual. Y, como tantas de las que escribiera, se trataba de una exageración.
     No exenta de alguna base, of course. De lo contrario, las tiñosas cubanas no se desvelarían como antologadoras.

     Hasta aquí el examen del cadáver. Siguen algunas preguntas a las auras.

     ¿Por qué, pese a no constar causa pendiente contra él, pese a no estar prohibida su obra, prensa y televisión y radio de la isla callaron el deceso de GCI? (Únicamente La Jiribilla, de cara al exterior, brindó espacio a un periodista de Rebelión que lo juzgó renegador de su país, y a Lisandro Otero, quien ha envidiado a GCI desde chiquito.)
     Y para concluir, una pregunta alejada del caso en cuestión. Si tampoco se encuentra bajo prohibición el trabajo de la escritora estadounidense Susan Sontag, ¿por qué fue silenciada en Cuba la noticia de su fallecimiento? ¿Es que tampoco ella quiso ser publicada por Daniel García?

     "¡No valen la pena!", parece ser la nueva excusa habanera mientras arden los libros.


La lengua suelta no. 22

De la balsa al barco negrero: apuntes para una historia cubana de la navegación forzada

Fermin Gabor

      Ya que en Cuba los escritores negros no pueden tener revista propia (tampoco los  homosexuales, los albinos o cualesquiera que intenten agruparse voluntariamente), a los editores de esa publicación de todos que es La Gaceta de Cuba se les ha ocurrido dedicar su último número al tema de la raza, del racismo, de la negritud o como quieran ustedes rotularlo.
     Con este fin invitaron a un editor negro, lo dejaron creerse a cargo de la empresa y antes de que culminara su trabajo le impusieron capataz: una nota preliminar avisa que Arturo Arango, jefe de redacción de la revista, ojizarco y rubiancucho, “acompaña” a Roberto Zurbano en “la etapa final del trabajo”.
     Nación, raza y cultura, noticia la portada. Sólo el primero de esos términos es inicializado con mayúscula, al segundo el diseñador decidió invertirle una letra. “Nación, reza y cultura”, podría decir entonces la portada. Y, acusado de portar identificación dudosa, Raza o Reza viaja en el asiento trasero de un carro fiana. Va apretado entre dos policías, Nación y Cultura.
Quien hojee el más reciente número de La Gaceta dará con obra de poetas negros (ningún poema de Nancy Morejón, lo cual agradecemos no ya a Arango y Zurbano, sino a Arango y Parreño), cuentos y fragmentos de novelas de narradores negros, y un homenaje al dramaturgo Eugenio Hernández Espinosa (hermosa su entrevista llena de nombres novelescos: Sixta Armenteros, Petronila Oxamendi). Pero me atrevo a suponer que son las reflexiones acerca de ser negro en Cuba hoy las que el lector procurará con mayor curiosidad.
     A juicio de varios contribuyentes, mucho cambiaron las condiciones de vida de la población negra cubana a partir de 1959. Refiriéndose a la Revolu, Eugenio Hernández Espinosa habla de “un proceso como el nuestro, cuya esencia es la vanguardia del pensamiento contemporáneo”. Lázara Menéndez reconoce: “Resulta indiscutible que el ser negro por opción política ha sido una alternativa para la población cubana desde 1959...” Y en la página final Roberto Zurbano se refiere a “los esfuerzos emancipatorios de nuestro proyecto social”.
     No sé qué entenderá Hernández Espinosa por vanguardia, pensamiento, contemporaneidad o esencia. Ni alcanzo a comprender qué significa alternativa en Menéndez y emancipación en Zurbano. Pero, ¿acaso me había creído yo que iban a dejar entrar negros en La Gaceta sin que éstos pagasen peaje? Claro que en algún momento estaban abocados a escribir acerca de la fiesta innombrable, de la sabrosura misma que es Cuba. Las comparsas del Alacrán y las Bolleras hacen sus evoluciones frente a la tribuna con tal de no ser acusadas de apalencamiento.
     Mejor fijarse entonces en cómo esos mismos autores dejan caer aquí y allá, como quien no quiere la cosa, sus alcayatas perfumadas. Ved cómo soplan sus polvos y con disimulo esparcen los granos de pimienta que armarán salación y fajatiña.  
     Así, Lázara Menéndez afirma que de “algunos textos y de los criterios científicos y sociales que se emiten en diferentes ocasiones” es posible extraer los siguientes indicadores  actuales para los negros cubanos: “viven en las peores condiciones habitacionales y su ubicación es en áreas deprimidas y populares; reciben menos remesas; tienen menos acceso a los sectores emergentes; son pocos los negros en las universidades y pocos los estudiantes negros en el Instituto Preuniversitario “Lenin”; son menos aceptados como vecinos y amigos; sus ingresos dependen de sus esfuerzos personales más que de un salario”.
     O se lee en texto de Alejandro de la Fuente: “En estas condiciones ya no es posible afirmar, como se hacía hace unos años, que el racismo es una herencia colonial inerte, un rezago del pasado en vías de desaparición. La experiencia de los últimos diez o doce años demuestra que se trata de un fenómeno vivo y floreciente entre nosotros. Ahora falta que podamos tener un debate nacional serio sobre el tema...”
     (Se le acabó el mambo fácil a la Nancy Morejón. Basta ya de escribir poemas de esclava, de testimoniar por su bisabuela, de hablar por la criadita. Si de verdad quiere dárselas de negra que salga de Roble de olor y se hip-hopice, que dedique un pensamiento a quienes la policía acosa con  peticiones de documentación.)
     Este número de La Gaceta de Cuba descree del debate tal como ha sido llevado hasta ahora. “La reflexión se empantana en pequeños salones semivacíos, entre raptos emocionales y verdades a medio camino, que son escamoteadas –casi chantajeadas- por la tensión que produce lanzar el tema al ruedo público”, Roberto Zurbano dixit.
     Y es que a cada intento de reflexión termina por apoderarse del micrófono el compañero encargado de poner límites, agrimensor de las discusiones. Leáse en este rol al maestro Fernando Martínez Heredia: “Al cabo de media vida, saco al menos dos lecciones: una, la solución de todo gran problema social siempre es mucho más compleja de lo que uno cree; la otra, tenemos que trabajar y luchar siempre, aquí y sólo aquí, en esta tierra nuestra, la que hoy es lo que hemos sido capaces de lograr que sea, y sólo será lo que nosotros la obliguemos a llegar a ser”.
     Aspirante a la longevidad como él mismo se supone, ¡a qué grandes abismos pensamentales se abocará Martínez Heredia en otros sesenta y seis años de sostenida cogitación!
     Entretanto, pasemos al meollo: buenas como estaban las cosas para los niches cubanos after 1959, ¿cómo es que alcanzan hoy tan pésimo cariz? Triunfó la Revoltosa, el mulato Guillén escribió su poema-declaración donde las playas son de todos y cualquiera en Cuba puede disponer de pieza de hotel y, sin más, Revoltosa mediante, los negros tienen hoy prohibido acercarse a las habitaciones aireacondicionadas, impedido el paso a los vestíbulos de hotel. En cambio, las disposiciones oficiales sí que permiten a los blancos nativos entrar a esas habitaciones (siempre que sea en figura de camarero del room service o botones o mucama.) Y hace tan sólo unas semanas un salón de artes plásticas celebrado en La Habana expuso un video de José Toirac donde el poema de Guillén era recitado en lenguaje para sordomudos.  
     ¿Qué pasó? ¿Cuál han sido las razones para tales cambios? Al menos dos de los ensayistas convocados, Lázara Ménendez y Alejandro de la Fuente, coinciden en señalar el poco acceso de la población negra a las remesas de dólares del exilio. (De la Fuente cita una causa más: la discriminación racial en los empleadores de la industria turística.) Así pues, los burgueses vencidos hilan la desdicha de los negros en la isla, todavía consiguen dictar prohibiciones para la gente de color... Los salidos forzosamente en balsas tienen a menos ayudar a los tataranietos de aquéllos que llegaron al país también forzosamente...
     Con razonamiento semejante podría achacarse la decadencia del Imperio Español a los árabes y judíos echados de la península. O tal vez se trata de un rodeo mediante el cual unos autores imposibilitados de hablar claro denuncian la política económica del gobierno cubano.
     Cualquiera que sea el motivo de la causalidad apuntada, no hace más que seguir al pie de la letra la lección segunda enunciada por Fernando Martínez Heredia: “trabajar y luchar siempre, aquí y sólo aquí”. Pues la voluntad de tornillo (o de avioneta cayendo en barreno) apreciable en la frase anterior exige el vertimiento de culpas fuera del territorio nacional.
     Después de media vida dedicada al pensamiento incesante, el maestro Martínez Heredia recomienda la receta mejor para encarar nuestras dificultades: se toma el problema más lindo y más gordo, y se le deja a disposición de la corriente del Golfo. La suya es filosofía resumible en juego de niños: a la pregunta por una candelita, el índice ha de apuntar lo más lejos posible, mientras se afirma haber fumado por allá. De manera que todo problema a debatir pueda remitirse genealógicamente hasta el embargo norteamericano. O bloqueo, para hablar en ñángara.
     Si es preciso definir las causas del racismo imperante en Cuba, culpad de ello a la gusanera. Son morralla, son escoria, son subnegros, son apátridas. La culpa del totí la tiene el gusano.
     Creo imaginar el orgullo que sentirán los editores de La Gaceta de Cuba, cumplida ya su maniobra de escurrir el bulto del que debían ocuparse. Y calculo que no estará lejos número o dossier de esa revista dedicado a razonar la falta de altruismo que el exilio cubano muestra hacia los negros de la isla. Lo cual me hace temblar, pues bastante tarea pendiente tengo ya con el par de lecciones de Martínez Heredia para que venga otro maestro a endilgarme las suyas. Y hablo, of course, de ese infatigable Summer Welles entre la isla y el exilio que responde al nombre de Ambrosio Fornet.
¡Solavaya!, grito al búho de Minerva.



La lengua suelta no. 21

¡Vámonos con Noam Chomsky!
Otro año de Feria del Libro en La Habana

Fermin Gabor

      Era la semana de receso escolar, todas las fieras estaban libres de colegio y decidieron poner en asedio a la fortaleza de La Cabaña. Aquéllo (había que verlo) era la Cruzada de los Niños.   Indudablemente resultó bien calculada la coincidencia de la pausa pedagógica con la celebración de la feria del libro en La Habana, pues cualquier anfitrión sabe que cuando flaquea una fiesta lo mejor es invitar a las hormigas.
     Y es que este año (edición decimocuarta de la feria) se echaba a ver la falta de dulces y de saladitos. Sobraba el ron peleón, si por ese alcohol entendemos la profusión de libros de una sola tendencia de pensamiento político, que deja en quien lo bebe resaca bien difícil de tratar.
     Febrero es el mes de los mejores cielos en La Habana, y es también el mes de los libros. Millones de ejemplares y centenares de títulos se ponen a volar en el cielo de febrero (abundan los papalotes empinados desde los fosos de la fortaleza), y es preciso entonces aprovechar la ocasión. Pasa con los libros lo mismo que con el pescado del tercer grupo o las almohadillas sanitarias para doncellas: cuando aparecen hay que correr a comprar.
     Porque luego sobrevendrá la sequía hasta el próximo febrero, y ni siquiera con dinero enviado desde Miami podrá hallarse en La Habana título que valga una lectura.
     Salvo febrero de feria, las librerías cubanas viven el año en tiempo muerto. Pero no vaya a creerse que el mes de gracia produce mucha azúcar. Literariamente hablando, en la feria  puede hallarse su clásico (Machado de Assis, reeditado), su extranjero contemporáneo (Juan Madrid o Thiago de Mello, dos infumables), los isleños de obligación, y algún que otro exiliado que vuelve por unos días, para congraciarse con las autoridades en la mayoría de los casos.
     The rest, ojalá que silencio, hace el mayor volumen de las publicaciones y corresponde a títulos que podrían tomarse por transcripciones de las mesas redondas de cada tarde en televisión.
     Noam Chomsky se asombró en una jornada de esta feria de que, acompañándole en su recorrido altas figuras del gobierno cubano, el grupo no se viera obligado a portar guardaespaldas. Según él, un jerarca taíno podía pasearse en confianza, sin miedos ni problemas, entre el público lector que abarrotaba el sitio.
     “Que te crees tú éso, viejito”, pensó la niña de ocho años que compraba un libro de colorear a unos pasos del intelectual estadounidense.
     Mirdalia Valdés Albarrán es, desde hace un par de años, la mejor agente infantil de la policía secreta cubana. Sin saberlo él, Noam Chomsky (Old Man and the Sea para los encargados de esa operación) se encontraba rodeado por muy jóvenes segurosos. Sindo Valcárcel Rabí, pionero de nueve años, hacía como que empinaba una chiringa. Laritza Jardines Román, once años de edad y ya teniente, sorbía una Najita mientras cuidaba a la mayimbería. Y el agente Javier Emeraldo Montes de Oca (Tigre Juan como nombre de guerra) pasaba por padre de Arisdalys Vega Arán, chivatica estudiante de tercer grado.
     Crítico de la política estadounidense y (tal vez) buen conocedor de ella, al tratar de problemas mundiales Noam Chomsky ha dado muestras de lo corto de su entendimiento. Recuérdese si no cómo, a fines de los setenta, él desmintió las primeras noticias dadas por The New York Times acerca de las masacres en Kampuchea. Puras invenciones de ese diario, afirmaba, groseras maquinaciones anticomunistas. Todo para que luego le cayeran arriba (en documental y en fotografías) pirámides de calaveras y restos humanos fabricados por el régimen de Pol Pot.
     Sin guardaespaldas se paseaba la española Belén Gopegui. Con melena a la Sontag (pero sólo, ay, la melena), viajó a La Habana para la presentación de la edición cubana de su novela El lado frío de la almohada, publicada con prólogo (aquí al que no le dan guardaespaldas le imponen prologuista) del actual presidente del Instituto Cubano del Libro, quien ha dado en esas páginas su primera batalla como escritor.
     Otro que pudo estrenarse literariamente fue el cantautor Amaury Pérez Vidal, hijo de la finada Consuelito Vidal y durante buen tiempo director artístico de las tribunas abiertas antimperialistas. (Pérez Vidal ha escrito algunas de las líneas más enigmáticas de la música cubana. Como éstas: “Porque un amigo / es un amigo / hasta tanto no te muestre lo contrario”.)
     Volvió de su puesto de embajadora cubana ante la UNESCO Soledad Cruz. Con poemario, eh. (Para quien no la conozca, Soledad Cruz fue, desde las páginas del diario Juventud Rebelde, la Pedro de la Hoz de los ochenta, igual que éste empecinada en meter jocico lo mismo en un concierto de la Sinfónica, en la telenovela de turno, en el estreno fílmico o en un libro.) (Para quien la tenga ya por conocida, vaya perla de su estancia parisina: deseosa de demostrar su intimidad con Beethoven, en el intermedio de un concierto la embajadora Cruz confesó a embajadores de otros países que la música del sordo tenía en ella la facultad de pararle los pelos... del pubis.)
     A esta edición de la feria, dedicada a Brasil, las editoriales brasileñas trajeron libros espléndidos. En generoso gesto, los donaron a instituciones cubanas. No vendieron ni un ejemplar y ahora esos volúmenes formarán parte del decorado por el que se pasea el director de la Biblioteca Nacional, doctor Eliades Acosta. U otro sesudo director, Roberto Fernández Retamar. (Su último título, Cuba defendida, se mosqueaba de lo lindo en los estantes de La Cabaña.)
     Editores de varias nacionalidades ofertaron muy poca obra de interés. Recorridas todas las celdas de la vetusta fortaleza, a uno le entraban ganas de variarle la palabra a Noam Chomsky para asombrarse de que, con dinero en los bosillos, pudiera dejarse atrás y sin compra alguna feria tan visitada, tan magnífica y tan grande.

“Pues será el próximo febrero”, me consoló un amigo que salía, como yo, decepcionado.
Pero, ¿es que no sabía él a quiénes dedicarían la del 2006?
“Como país, a Venezuela”, le informé.
“¿Y a cuál autor del patio?”, preguntó ya con voz temblorosa.
“Ángel Augier. Nancy Morejón.”
Cada uno de esos nombres sonó como un martillazo en el ataúd de la literatura.
“Oye”, se interesó de pronto, “¿tú compraste el libro de cuentos de Amaury Pérez Vidal?”
Le respondí que no.
“Yo tampoco.”
 Con muestras de gran desasosiego, me pidió que volviéramos atrás.
“¿Otra vez a la feria?”
“Es que, ¿tú sabes?, pensándolo bien, habría que ver, a lo mejor no son tan malos los cuentos de ese tipo.”
 

 



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La lengua suelta