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La
lengua suelta no. 40 Todas las chivas dicen Seeee-neeeel Para la presentación de su tan esperada novela, Senel Paz decidió asombrar a la prensa española
con la noticia de que los
guajiritos de Cuba se singan a las chivas. Echó mano, travestido
de Samuel Feijoó, a una mitología que no desmereciera
frente a los amores entre Leda y el
cisne o Pasífae y el
toro blanco. Piensen que los autores del exilio tienen la libertad de echarle con el rayo al ñangarismo en cualquier presentación, pero quienes viven en la Siempre Fiel y se asoman a Madrid o Barcelona sí que tienen que hilar fino. Pues en cualquier momento, apenas se entretengan, ya están hablando en contra del próximo permiso de salida. Se ha hecho recurrente entonces paliquear de cuestiones sexuales con el fin de saltarse las preguntas políticas. Así, mientras le preguntan si Quiéntedije volverá a gobernar, el autor isleño confiesa que, allá en la adolescencia, no le quedó otro remedio que mamarle el bollo a su madrastra (en tanto el padre lo espiaba desde un escondite). Y, si lo interrogan acerca de las aptitudes de Compay Segundo para llevar las riendas del país, él afirma: “Muchos años después, enfrentado a las preguntas de un notario, me acordé de la tarde en que no tuve más remedio que mamarle el bollo a mi madrastra”.Ejemplos no faltan. Pedro Juan Gutiérrez ha intentado convencernos de que su vida es una incesante templeta. No tiene a menos posar desnudo o enseñar un tatuaje que celebra la salida de uno de sus libros. Ha llegado, incluso, a tratar públicamente acerca del tamaño de su falo. Senel Paz, que no hallaría éxito en tal clase de maniobras, ha preferido pastorear chivas durante la salida de su novela En el cielo con diamantes (Bruguera, 2007) y habla, a página entera de El País, acerca de la obsesión sexual de los cubanos. Porque el calamar echa su tinta para que no lo agarren, y una receta equivalente consiste en explayarse sobre lo épico sexual, aquello que (refiriéndose a los gatos) Virgilio Piñera llamó “templetas homéricas”. Cuatrocientas veinte y seis páginas tiene de largo el mandado de Senel Paz. Cuatrocientas veinte y seis páginas para que el protagonista de su novela pierda la virginidad. David se llama el tal protagonista, David igual que todos los protagonistas que el autor ha escrito. Porque la suya es siempre la misma historia de becaditos, de guajiritos que llegan a La Habana para despertar al sexo y a la cultura. David es el Harry Potter de Senel Paz. La novela cuenta el asedio al pudor femenino de un joven cubano de los años sesenta (Pamela o la virtud recompensada, podría llevar como subtítulo), y gasta medio millar de páginas en convencernos de que, aunque David Pamela Potter no quiere acercársele a ninguna jevita, David Pamela Potter no es maricón. ¿Cómo es que dicen las chivas? ¡Seeee-neeel! ¿David es maricón? ¡Noooooooo! ¿La tiene chiquita? ¡Naaaaaaaaá! ¿Fue violado de niño? ¡Noooooooo! ¿Cuál es su trauma entonces? He recorrido las cuatrocientas veinte y seis páginas de En el cielo con diamantes sin haber sacado claridad al respecto. Hay, sí, este norte acerca de la posible elección de David: “la muchacha en cuestión tendría que compartir con él […] sus ideales revolucionarios e internacionalistas, y debían gustarle, como a él, las canciones de Silvio Rodríguez y los poemas de Mario Benedetti y Roberto Fernández Retamar”. (Lo que busca David es un monstruo, no una chiquita.) Un par de amigos, Arnaldo y Miguel, se desvelan por facilitarle la cacería. Tanto se desvelan, que uno llega a sospechar del interés que los impulsa. Más aún cuando Arnaldo llega a tener ensoñaciones eróticas en las cuales David se empata (¡por fin!) con una tipa. Aunque tal vez no sean más que nubosidades pajeras. Arnaldo y Miguel corren aventuras sexuales dignas de cualquier adolescente. Les falta, en cambio, la alegría principal: el paralelismo de David en tales correrías. ¡Queremos tanto a David Glenda! En cierto punto de mi lectura, en el cansancio o en el aburrimiento, me he preguntado si esta novela no ha sido escrita para ser leída como novela maricona subrepticia. Arnaldo expone: “Muchos consideran que dos varones jóvenes no deben intercambiar caricias, pero yo no pienso así porque creo que entre dos amigos siempre hay uno que domina, lo cual debe hacer combinando rudeza y afecto para que el otro no se sienta disminuido”. Y, aceptado este principio, pasa a la práctica: “le eché el brazo por encima de los hombros al muchacho y le dije, Tigre, no sabes lo contento que estoy de que decidieras venir, te juro que en caso contrario te hubiera traído arrastrado por una pata. A él le encantó que yo le dijera eso, y a su vez pasó su brazo por mi cintura”. Y así, acurricaditos, entran a la beca Arnaldo y David. Luego, el primero nos regala este retrato del segundo, que duerme: “y con su pelo negro, sus largas pestañas, su boca roja e hinchada y su tez pálida semeja, más que un guajiro de las lomas del Escambray, un ángel recién llegado del sur de Italia o de las planicies griegas donde lo alimentaban con nueces y aceitunas. Es una pena que ni tú ni yo seamos el pintor Servando Cabrera Moreno, gloria de Cuba, pues de haberlo sido, le hubiéramos hecho un retrato colosal”. La pureza de los acercamientos sigue preocupando al novelista doscientos páginas más tarde, cuando pone en boca de otro personaje: “Dos amigos pueden intercambiar palabras cariñosas, declararse su mutua fascinación y entregarse a juegos de mano sin que ello tenga significación peligrosa. La misma falta de trascendencia podía adjudicársele a las aventurillas que pudiéramos haber tenido con nuestros primos allá en los ríspidos montes de los que procedíamos, o algún que otro lance de fin de semana en las terminales de ómnibus o trenes con algún mariconzuelo, para agenciarnos diez o quince pesos”. ¡Ven a oír esto, Mónica Krause! ¡Escúchalo, Celestino Lajonchere! Gracias a otro capítulo, hemos sabido que el tal Arnaldo hizo sus cosillas en una terminal ferroviaria. “Yo mismo, sin ir más lejos”, reconoce, “la ocasión en que mi tía se enfermó de gravedad en Las Villas, para comprarle un pasaje a sobreprecio al jefe de turno de la terminal tuve que dejármela chupar detrás de unos vagones de ferrocarril cargados de fertilizantes”. Pero no se piense mal de Arnaldo, por favor. ¿Qué no haría cualquiera por una tía en trámites de moribundia? Admirador de un difunto Bola de Nieve, Arnaldo encuentra en él a otra tía suya muerta: “Si el pianista fuera el Bola, le pedía [sic] al barman un segundo trago y me iba [sic] con la copa y la colocaba encima del piano y le decía [sic], Bola, yo le quiero decir a usted que no estoy borracho ni nada y que tengo veintiún años y soy solterito, y le quiero decir que me importa tres cojones que usted sea negro, feo y maricón, como dicen que es, y que tenga esos dientones, usted canta de maravilla, Bola, usted es una gloria de Cuba […] y si usted quiere me voy esta noche con usted para Guanabacoa, me han dicho que vive allá, y duermo con usted y hago lo que usted me pida, y mañana por la mañana me toca una canción en el piano de su casa y ya, con eso me pagó, y la única condición es que no se vaya a enamorar de mí ni quiera repetir porque yo en eso no entro”. ¡La Flor de la Canela! Arnaldo vive su felicidad mayor cuando David le acepta invitación al cine, y describe así la alegría que le recorre el cuerpo: “Tenía el culo repleto de alpistes”. Pero que no se llamen a esperanzas quienes quieran leer en estas páginas el amor entre dos becados varoncitos. Porque no hay mucho más que los fragmentos recién citados y abundan, en cambio, las rastreras disculpas para tanto interés de uno por otro. Ya la primera escena del filme Fresa y chocolate, transcurrida entre el protagonista y una novia en posada habanera, servía para adjetivar la sexualidad de Pamela Glenda David Potter. (Gracias a ese prólogo pegolín, David pudo enfrentarse tranquilamente a la amistad de un homosexual.) En el cielo con diamantes termina en el primer encuentro entre David y Diego: Senel Paz fabrica las arquitecturas más chiquitas que imaginarse pueda, y las atora de pasillos comunicantes y de casualidades. Hay que sentir mucha impiedad por el lector para endilgarle, iniciado ya el siglo XXI, medio millar de páginas a propósito de un himen. (No puedo calcular cuántos volúmenes abarcaría el primer parto de David o la menopausia de éste.) ¿Se comían tal clase de mojones en los años sesenta? (A la majomía con The Beatles, que es de las cosas más falsas de esta falsa novela, no le dedicaré ni una línea. Quede claro que esos encerquillados me revientan y que, puesto a escoger alguna canción suya, eligiría My Sweet Lord, que no es del grupo sino de un suelto G. Harrison, y ni siquiera de éste, sino plagio de He’s so fine de The Chiffons.) Soplarse esta novela es asistir al descubrimiento de la gimnástica sexual por un comebola. Y nada más. No hay ñapa. No contra. En esta bodega no se fía. Se acabaron los mandados del mes. Treinta y cuatro larguísimos capítulos ha gastado el camarada Senel Stepanóvich Mir para lograr que un adolescente se baje sus matapasiones de becado. En el cielo con diamantes injerta la novela sentimental del siglo XIX (cualquier heroína de Jane Austen tiene más arrojo que David Pamela Glenda) en el espacio
de la becánskaia. Nuevas aventuras de Guille, entre un
capítulo y otro podrían actuar Los Yoyo (¿por qué,
en lugar de ese título liverpúliano, la novela no fue
titulada El Cocherito Leré?).
Dora Senel Alonso, también llamado Tíatata Cuentacuentos,
rellena sus páginas con tripa igual a la que usó
Belén Gopegui en su acercamiento a la realidad cubana: En el cielo con diamantes es el lado
frío de la colchoneta de becado.Lo mismo que Gopegui, él aparenta dar voz a tirios y troyanos para, al final, hacer hablar a ambos bandos en ñángara clásico. Y es aquí donde siempre se le ven las costuras a las contrucciones senelianas: incapaz de pensar a un verdadero antagonista, lo inventa magré lui. Sus antagonistas son contrarrevoluskis melancólicos, pesarosos de tener que oponerse a un poder tan bonito, a una revolu tan grande. Pobres diablos, nunca encontrarán su verdadera voz luciferina y siguen pronunciándose como ángeles no caídos. ¡Qué redundante teología! Aunque tal vez no hay que exigirle seriedad política a la reducida obra de Senel Paz. ¿No ven que el autor es un muchachón de cincuentitantos añitos? Aquí les va el recuento que uno de sus personajes hace del fracaso de la zafra del 70: “Fidel, delante del enjambre de pueblo que estábamos frente a la que fuera Embajada Americana […] dijo, tuvo que decir, que los diez millones de toneladas de azúcar no iban, que no se alcanzarían ni soñándolos. La multitud se quedó en suspenso, tan liviana que un norte nos hubiera barrido como a confetis. El hombre se había pasado el año entero alborotando, empeñando su palabra, prometiendo aquí y allá, sacando cuentas exorbitantes, amenazando y partiéndole las patas a todo el que dudara o llamara a la cordura, incluso a los que le traían los números sobre el papel, y ahora la realidad regresaba a recoger el guante y le tocaba a él abrir la puerta. No era que nos importaran mucho los diez millones, a aquella altura todos sospechábamos el fracaso, pero quedaba pendiente el momento en que él lo comprendiera, que sabíamos que iba a ser doloroso, pero no sospechábamos que fuéramos a estar presente”. Ni el peor chicharronismo republicano llegó tan bajo, ni la guataquería en torno al Capitán General Tacón… Pero agarren sus pañuelos, señoras y señores, porque la cosa no termina ahí. Imaginen, dada la ternura dedicada al asunto de la virginidad de un guajirito, el derroche de sensibilidad que va a exigir alma tan delicada como la del Gran Líder. A causa de ello, añade: “Nos hubiera gustado avisarle o pedirle que no se lo tomara muy a pecho, que diera por hecho [pecho/hecho: a lo hecho, pecho] que lo disculpábamos, que siempre entendimos que lo importante no eran los diez millones sino el sueño de los diez millones, y que incluso nos alegrábamos de que hubiera metido la pata porque significaba que era humano, que erraba, y que en lo adelante su error nos daba una defensa contra aquellos que pretendían verlo como un dios infalible y omnipotente, que no había mal que por bien no viniera”. No cabe asombro, luego, cuando un toro blanco traiga a la mente la belleza del Máximo Líder. “Era bello”, se dice del toro, “pero no un lindoro, no un engreído de su belleza, era bello como un héroe, como Fidel, el Che o Camilo Cienfuegos. De haber sido hombre, habría sido comandante”.
Tampoco extraña a nadie que una vieja salive como perra de
Pávlov: “Fidel es precioso, tiene las manos largas, la frente
amplia, es un verdadero machazo”. ¿No espetó Carilda
Oliver Labra al susodicho este verso que es arrumaco erótico:
“tu ingle de comandante”?Diversas otras guataconerías pueblan En el cielo con diamantes: Alfredo Guevara es “el hombre lúcido y amado que era padre y fundador del cine nacional”. Pablo Milanés y Silvio Rodríguez despiertan la siguiente interrogación abismática: “¿Qué hubiera sido de nosotros sin ustedes, querido Pablo y querido Silvio?, ¿en qué oscura parte del planeta nos encontraríamos?”. Y Ambrosio Fornet, “a quienes muchos consideran el crítico literario más exigente de la nación”, es titulado “sabio”. (Fornet revisó las páginas de esta novela, también revisadas por Francisco López Sacha y Ana María Moix. Y, así y todo, quedaron incorrecciones dispuestas por su autor.) Muchos nombres aparecen en las páginas de esta novela puesto que Senel Paz ha querido congraciarse con gran parte del mundo: Pello el Afrokán, Carlos Alfonso, Paula Alí, Alicia Alonso, Enrique Almirante, Jorge Luis Alvarez, Jerzy Andrejevski, Michelangelo Antonioni, Antón Arrufat, Azorín, Carmen Rosa Báez, Gastón Baquero, Pilar Bardem, Brigitte Bardot, Miguel Barnet, Simone de Beauvoir, Alexander Beck, Mario Benedetti, Ingmar Bergman, Bola de Nieve, Sandro Botticelli, Michelangelo Bounarotti, Marlon Brando, Bertolt Brecht, Leo Brouwer, Alfredo Bryce Echenique, Luis Buñuel, Elena Burke, Bonifacio Byrne, Servando Cabrera, Guillermo Cabrera Infante, Ela Calvo, Wilfredo Cancio, Al Capone, Caravaggio, Claudia Cardinale, Onelio Jorge Cardoso, Alejo Carpentier, Julián del Casal, Raúl Castro Ruz, Mariela Castro Espín, María Cay, Miguel de Cervantes, Carlos Manuel de Céspedes García-Menocal, Celia Cruz, Chago, Rafaela Chacón Nardi, Raymond Chandler, Charles Chaplin, Mark Chapman, Camilo Cienfuegos, Cristóbal Colón, Julio Cortázar, Iris Dávila, Alain Delon, Catherine Deneuve, Carlos Díaz, María Isabel Díaz, Eliseo Diego, Bob Dylan, Friedrich Engels, Brian Epstein, Vilma Espín, Abilio Estévez, Roberto Fabelo, Federico Fellini, Pablo Armando Fernández, Roberto Fernández Retamar, Joseph Fleming, Jane Fonda, Éver Fonseca, John Ford, Juan Formell, Rosita Fornés, Alain-Fournier, Freddy, Sigmund Freud, Yuri Gagarin, Juan Luis Galiardo, Manuel Galich, Sindo Garay, Gabriel García Márquez, Máximo Gómez, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Raúl Gómez, Luis de Góngora, Maxim Gorki, Jerzy Grotowski, Ernesto Guevara, Nicolás Guillén, Olga Guillot, Liuba María Hevia, José María Heredia, Melba Hernández, Polito Ibáñez, Henrik Ibsen, Indio Fernández, Indio Naborí, James Joyce, Franz Kafka, Alberto Korda, Nadiezhna Krúpskaya, Enrique Labrador Ruiz, Alan Ladd, Eusebio Leal, Gina León, Vladimir Ilich Lenin, José Lezama Lima, César López, Sofía Loren, Carlos Loveira, Dulce María Loynaz, Francisco López Sacha, La Lupe, Vladimir Maiakovski, Antón Makarenko, Jorge Mañach, José Martí, Raúl Martínez, Rubén Martínez Villena, Karl Marx, Julio Antonio Mella, Mirta Medina, Celeste Mendoza, Jesús Menéndez, Nikita Mijálkov, Néstor Milí, Marilyn Monroe, Carlos Montenegro, Arturo Montoto, Benny Moré, Lino Novás Calvo, Enrique Núñez Rodríguez, Nikolai Ostrovski, Pier Paolo Passolini, Boris Pasternak, Umberto Peña, Ninoska Pérez, Susana Pérez, Luisa Pérez de Zambrana, Mary Pickford, Gerardo Piloto, Virgilio Piñera, Edgard Allan Poe, Fidelio Ponce, René Portocarrero, Omara Portuondo, Vicente Revuelta, Glauber Rocha, Mario Rodríguez Alemán, Fernando de Rojas, Antonio María Romeu, Juan Rulfo, J. D. Salinger, Celia Sánchez, Tomás Sánchez, Aitana Sánchez Gijón, Stefanía Sandrelli, Haydeé Santamaría, Jean-Paul Sartre, Moraima Secada, Mijail Sholojov, Alain Sicard, Iósif Stalin, George Stevens, István Szabó, Wislawa Szymborska, Juan Carlos Tabío, Martha Valdés, César Vallejo, Los Van Van, Carlos Varela, Mario Vargas Llosa, Alberto Vera, Cirilo Villaverde, Cintio Vitier, Oscar Wilde, Los Záfiros, Maryna Zalewska, Leonor Zamora y Emil Zola… Lejos de pretender exhaustividad, aviso que otros más son mencionados. He ordenado éstos alfabéticamente para sugerir que, en caso de segunda edición, se incluya en el volumen un índice onomástico. (Y que corrijan, de paso, la nota de contracubierta, que confunde los rasgos de Arnaldo con los de David.) En el cielo con diamantes hace dos atendibles referencias al diario Granma. Una dice: “en esto mejor
ser discretos como el Granma”.
Y la otra: “es un hecho registrado en el periódico Granma, poco dado a reflexiones
metafísicas o a reportar hechos no confirmados. El Granma dice poco, pero lo poco que
dice, es cierto”. Llama “infames” a las páginas de El Nuevo Herald y, en especial, al
trabajo de Wilfredo Cancio y Ninoska Pérez. Y declara que los
reporteros de las agencias extranjeras, así como el corresponsal
en La Habana de El País,
aguardan a la más mínima ocasión para salir “a
borbotones de las cloacas”. Pese a ello, el autor no ha tenido reparos en conversar con este último diario a propósito de su novelita. (Podrá objetarse que una cosa dicen los personajes, otra el autor, y es preciso no confundir las intenciones de ambos. Pero, aceptado tal principio, vale la pena cuestionar qué ha impedido al segundo inventarse un personaje que desprecie, por ejemplo, al periódico Granma.) Firmante-estrella a favor del encarcelamiento de disidentes y del fusilamiento de jóvenes, Senel Paz es preguntado por una época en la que él fue considerado disidente. ¿Y cuándo fue eso? (“El pasado se inventa nueva fama”, escribió Benedetti en un poema, o Silvio
Rodríguez en una canción o The Beatles en una balada.)
Aquellos que acostumbran a leerme sabrán que evito colarme en
intimidades y poco me interesa quién se acuesta con
quién. No obstante, considero higiénico volarme por esta
vez tal juramento hipocrático para recordar (o noticiar) a mis
lectores que su único momento de dificultades no le llegó
a Senel Paz por crítica o escrito suyo alguno. (Cierto que
existieron fricciones a la hora de estrenar Fresa y chocolate, pero
atañían más al director que al guionista del
filme, quien de inmediato vio editado el cuento de marras y pudo
asistir a continuas teatralizaciones de éste.) Sus dificultades
le llegaron, no de la literatura, sino del cultivo del cine. Contaba
él con edad aproximada a la del protagonista de sus historias
(de ahí su fijación peterpánica) y, hundido en la
oscuridad de un cine de Camagüey, abrió la puerta del
mingitorio y le complació estar allí dentro. Por supuesto que nada hay de condenable en citarse con amistades en un baño de cine. Pero algo ha de andar mal cuando después se afirma que el sitio estaba repleto de chivas.
La protesta electrónica, fase
superior de la campaña Carcamal Un mes antes de la aparición de Luis Pavón Tamayo en el programa Impronta de la televisión cubana, otro espacio televisivo, La diferencia, dedicó entrevista al comandante Jorge “Papito” Serguera, ex-presidente del Instituto Cubano de Radio y Televisión por la época en que Pavón Tamayo presidía el Consejo Nacional de Cultura. ICRT y CNC, Serguera y Pavón, hicieron entonces un buen tándem represivo. (En la embajada cubana en Argel, “Papito” Serguera embajador, el Comandante “Entrañable Transparencia” tropezó con un volumen de piezas teatrales de Virgilio Piñera, lanzó el volumen contra una pared, y preguntó quién de los presentes leía a aquel maricón. Tal como cuenta en sus memorias Juan Goytisolo.) Ante las cámaras de televisión, Serguera afirmó no estar arrepentido de nada de lo hecho, y eligió el
caviar sobre la yuca (lo cual no es, forzosamente, síntoma de
estalinismo). Formulaba las preguntas el Dyango cubano, Alfredito
Rodríguez, autor e intérprete de obras de la talla de Sagitario, Ay, que me encapricho y Empapado de sudor (ésta
última no perteneciente al realismo socialista). No entra en el objetivo de estos apuntes afirmar que “Papito” Serguera parece el nombre de un esbirro de Batista, pero una cosa sí intentan dejar claro: por los cinco minutos de Pavón en Impronta, fue un siglo lo que Alfredito Rodríguez dejó en pantalla al del nombre de esbirro. Y a estas dos reapariciones puede agregarse otra, ocurrida un año antes: la de Armando Quesada. Encargado de limpiar los establos de Augias del teatro cubano por la época en que los otros dos cometían sus fechorías, Quesada fue entrevistado por Loly Estévez en Diálogo abierto, y luego trascendió que aquel invitado era, en realidad, asesor del programa. Es decir, la censura mandante. Pavón, Serguera y Quesada fueron tres de los artífices de la parametración. Por los años setenta del pasado siglo había cerrado ya sus puertas la
sastrería El Sol,
enclavada en la Manzana de Gómez. Como todo negocio privado,
había sido intervenido estatalmente. Sin embargo, su anuncio
continuaría allí, prometiendo la atención de
sastres anatómicos. Quesada, Serguera y Pavón eran,
aproximadamente, éso: sastres anatómicos. Sólo que
tenían un único traje cortado de antemano y, cuerpo que
no cupiera en él, cuerpo que se cepillaban. Aquello era la sastrería El Sol con sastres, no anatómicos, sino quirúrgicos. Así que vinieron a coincidir en Cuba, durante los setenta del pasado siglo, dos míticos muebles: el hombre nuevo y el lecho de Procusto. Y tres sastres especializados entallaban a evríbari el safari del hombre nuevo. De ellos, Pavón fue el último en aparecer en la pantalla chica, quien menos tiempo estuvo en el aire. Llama entonces la atención que haya constituido el desencadenante de la Campaña Carcamal. ¿Por qué no ocurrió lo mismo (o protesta menor) cuando salieron Serguera y Quesada? Aventuro una respuesta que dice mucho acerca de las reclamaciones del gremio: lo que irritó a los viejos escritores
Reynaldo González y Antón Arrufat y César
López (más adelante me ocuparé de Jorge Angel
Pérez y Desiderio Navarro) fue que dedicaran a Luis Pavón
Tamayo un programita televisivo no muy distinto del que gozaran ellos
en tanto Premios Nacionales de Literatura. Probablemente no habrían elevado sus voces en el caso de que entrevistaran a Pavón como figura política o administrativa (así fueron entrevistos Serguera y Quesada). Pero lo que sí no iban a permitir era que mostrase sus lauros y sus fotos y las portadas de sus libros. No iban a permitir que el tiempo desplegara esas banderas. Porque se empezaba así, y se terminaba con Luis Pavón Tamayo de Premio Nacional de Literatura, con Pavón Tamayo codeándose con ellos dentro del séquito del Ministro de Cultura, con Pavón compartiendo junto a ellos el abrazo de Chávez. La Protesta Electrónica comenzó, pues, como una discusión sobre el canon. En sus primeros momentos, durante la llamada Campaña Carcamal, fue una asonada para que Luis Pavón Tamayo no entrase en el cogollito de la literatura cubana, no fuese elegido Premio Nacional de Literatura ni llegara a miembro de la Academia Cubana de la Lengua. La voz de alarma la dio el joven (joven en la literatura cubana significa cuarentón) narrador Jorge Ángel Pérez, autor de Lapsus calami, El paseante Cándido y Fumando espero. Claro que Pérez, que hace sólo unos días prestaba su fallo como jurado del Premio Casa de las Américas, no alcanzó a sufrir perjuicio de manos del
trío televisado. Simplemente contemplababa un programa donde
algún día no muy lejano aparecería él como
homenajeado. Divisó a aquella alimaña y, movido por la
repulsión, deslizó en el buzón de varios
escritores allegados su exigencia de criticar a quienes
producían telebasura así. Jorge Ángel Pérez, colaborador frecuente de La Jiribilla en su edición electrónica y miembro del consejo de redacción de la misma en su edición en papel, no parece hallar continuidad alguna entre la política de exclusión de Pavón-Serguera-Quesada y la ejercida por La Jiribilla. Y si la Campaña Carcamal ha sido obra de los Premios Nacionales de Literatura, el Grito de este Baire o este Yara (más bien de Dolores, dada la autolástima imperante) se debe a un jiribillo. Es decir, alguien que participa en la actual represión y censura política. “De acuerdo con la libertad humana, aún en las condiciones más férreas, puede el hombre negarse, discutir, proponer soluciones diversas, influir, o al menos no excederse en la violencia”, escribe Antón Arrufat. Y enumera hechos ocurridos tres décadas antes, para los cuales reclama memoria. (El autor de Los siete contra Tebas alude en su mensaje a las aguas del Leteo.) Sin embargo, cuando en Cuba encarcelaron a setenta y cinco disidentes (entre ellos a Raúl Rivero) y fusilaron a tres jóvenes, Antón Arrufat (junto a otros complotados en la Campaña Carcamal) se dio el gusto de estampar su firma en la carta pública que justificaba esas muertes y encarcelamientos. Entonces no se negó, no discutió, no propuso soluciones diversas, no influyo ni dejó de excederse en la violencia. ¿Acaso había tomado sopa del Leteo? ¿Dónde estaba la libertad humana de la que ahora habla? Pese a la insistencia de los personeros del Ministerio de Cultura y de la UNEAC, muchos escritores cubanos no aportaron sus firmas. Fueron acosados telefónicamente, les mandaron en auto la misiva de marras, se negaron, y siguen con vida, continúan en la calle. Lo único que habrán perdido es la confianza de la Revolu (ay, mira que la Revolu es confianzuda). Lo mismo habría podido hacer Antón Arrufat. Pero, inconforme con sólo mostrar complicidad, se dedicó al proselitismo, a acrecentar el número de adeptos: a alguien que se negaba a firmar, le sugirió que lo hiciera, que en un par de años nadie se acordaría de quién había firmado y quién no. Considerando
tan corto plazo para la memoria, ¿por qué ahora pide a la
gente de la televisión que tenga en mente hechos cometidos hace
más de tres décadas? ¿Y desde qué altura
pueden dar lecciones de ética o de convivencia quienes mostraron
su complicidad con el fusilamiento de unos jóvenes? (En su
calidad de miembro del Consejo de Estado de la República de
Cuba,
estampó su nombre en la sentencia de muerte de esos
jóvenes. No obstante, Arrufat y González y López
no tienen reparo alguno en saludar a Retamar, preguntarle por su salud
y bromear con él. Roberto es Premio
Nacional de Literatura, es el director de Casa de las
Américas, es “uno de los nuestros”.)Señal clara de arterioesclerosis es que se recuerde claramente lo antiguo y se olvide lo reciente: quizás Arrufat padezca de ello. Su mensaje encierra, además de las incongruencias anteriores, un par de detalles curiosos. Acusa a Luis Pavón Tamayo de haber empujado al exilio a “artistas dispuestos a trabajar en su país y dentro de su cultura”, de lo cual se desprende que marcharse al exilio es salirse de la cultura nacional. Antón Arrufat afirma que fue Luis Pavón Tamayo “quien enseñó a los artistas cubanos un ejercicio apenas practicado en nuestra historia, el de la autocensura”. ¡Ahora sí! Arrufat, López y González señalan a la pantalla de sus televisores para exclamar: “¡Mamá, ahí está el hombre que me desgració la vida!”. ¡Así que Luis Pavón Tamayo fue culpable de que Plácido se autocensurara! Temen los Premios Nacionales de Literatura que, al reaparecer en tevé el creador del ritmo Pavón, vuelvan ellos a censurarse a sí mismos y cundan sus firmas en más cartas de fusilamientos. Un futuro que tendría que evitarse: Roberto Fernández Retamar firmando a diestra y siniestra, con esas mismas manos, otras sentencias de muerte, dedicándole a otros jóvenes la-para-él-en-su-corazón. Y en consecuencia, Arrufat y los otros prodigando el método Palmer en cartas que suscriben la pena de muerte. Lo que les jode a los viejos escritores cubiches es que la aparición de estos tres rancheadores rompa la única ilusión que les quedaba. Porque les daba gusto imaginar que el Premio Nacional de Literatura fue el modo en que la Revolu les pedía disculpas. Las más altas autoridades del país reconocían que, allá en los setenta, habían metido la pata, se habían equivocado con ellos. Pergaminos y cien chavitos mensuales y el pavo navideño constituían una indudable rectificación de la política cultural. Y los viejos laureados podían sentirse tranquilos desde que los antiguos comisarios no podían salirse de sus piyamas de fuerza. Resultaba irrelevante que no ocurriesen cambios a mayor altura. Toda la culpa cabía en los demonios removidos, funcionarios sobrepasados en sus atribuciones. Y muchos de los discursos con los que la Generación del Cincuenta agarraba sus diplomas consignaban la fortuna de haber dejado atrás tiempos oscuros, atrás crueldades no achacables a un sistema sino a sus ímprobos ejecutores. Todo para que ahora, en lo que podía tomarse como un asomo sistemático, refluyesen los viejos demonios que creían enterrados. ¡Todo el pueblo taíno pudo verlos en la televisión! ¡Pavón se pavoneaba! ¡Quesada era una lámpara! ¡Alfredito Rodríguez llamaba “Papito” a Serguera como si se tratara de su propio padre! ¿Quería esto decir que había que devolver los diplomas y las medallas? ¿Tendrían que abjurar del Premio Nacional de Literatura que los colocaba para siempre en el canon de la literatura nacional? ¿Adiós al pavo y a las cien maracas? Sin ser Premio Nacional de Literatura (aunque acaban de otorgarle el Premio Nacional de Edición) ni pertenecer a la Generación del Cincuenta, Desiderio Navarro fue de los primeros en sumarse a la Campaña Carcamal. Lo mismo que Arrufat o González o López, él prefirió verter culpas sobre Luis Pavón Tamayo. Aunque se mostró más
comedido al reconocer que “Pavón no fue en todo momento el
primer motor, pero tampoco fue un mero ejecutor por obediencia debida”.
¿Significaba ello que el primer motor estaba más arriba
de la presidencia del Consejo Nacional de Cultura? Pudo darse el caso. Así lo supone Navarro: “¿cuántas decisiones erróneas fueron tomadas ‘más arriba’ sobre la base de las informaciones, interpretaciones y valoraciones de obras, creadores y sucesos suministrados por Pavón y sus allegados de la época, sobre la base de sus diagnósticos y pronósticos de supuestas graves amenazas y peligros provenientes del medio cultural?”. Pavón pudo estar lejos de ordenar todas las sentencias, pero aquellos que las ordenaban obedecían al torcido consejo de Pavón. Visto así, cuando Luis Pavón Tamayo no era la causa de las calamidades, era la causa de las calamidades. El más reciente Premio Nacional de Edición procura convencerse (y convencernos) de que los dirigentes de la Revolu no tenían formado ya un juicio acerca de los intelectuales. Pasa por alto lo que el comandante “Entrañable Transparencia” dejó escrito, en pose de teólogo, acerca del pecado original de los intelectuales cubanos. ¿Acaso necesitaban ellos, “Entrañable” y los otros comandantes, consejos de Pavón para malquerer a la pila de maricones, tortilleras, putas, comepingas, gusanos y pendejos que conformaban la intelectualidad del país? Desiderio (del latín desiderium: deseo) se autohipnotiza hasta considerar balsámica la receta de F. C. sobre dentro sí, pero contra no. Como una Mayeya buena, Desiderium Navarro no juega con los santos, respeta los collares. Su gran dificultad como teórico (al menos respecto al caso cubinski) es que interrumpe la secuencia de razonamientos en el momento en que alcanzaba su definición mejor. Su gran dificultad como teórico es que, ah, él escapa. (Un empujoncito más y ese ensayo del cual parece sentirse tan orgulloso, In media res, habría estado bien.) Se trata, en cualquier caso, de un raro campeón: Sotomayor con vértigo. Durante treinticinco años ha dirigido la revista Criterios, y veánlo cómo aún reclama un espacio para
discutir asuntos acuciantes para la cultura y el país.
¿Es que no se da cuenta de que lo tiene a su disposición?
Ya lo diagnosticaron con exactitud Los
Pasteles Verdes: puede morirse de sed teniendo tanta agua, y es
por hipocresía. (En la mitología de las tribus
ñángaras, la diosa Hipocresía cuenta con una hija
predilecta: Autocensura. La relación entre ambas ha sido
comparada a la de Démeter y Perséfone.) Dios le ha dado a Desiderio Navarro dos piernas sanas, y él sigue pidiendo un órgano de locomoción. Dios le ha dado un apartamento en el edificio Naroca en el Vedado, y ahora él desea una mansión donde quepa toda su biblioteca. Dios acaba de darle el Premio Nacional de Edición por el desvío de papas calientes. Otro hacedor de revistas, Arturo Arango se anuncia como batallador contra “el pensamiento neutro” (él practica el pensamiento anguila) y, uniformado como topógrafo, nos ofrece esta descripción del terreno: “El campo intelectual, a mi juicio, se ha complejizado en los años más recientes, y, al lado de un evidente pensamiento de derechas, dentro y fuera de Cuba, coexiste una posición complaciente (¿una derecha pragmática?) en la que se mezclan las oportunidades del mercado con la preferencia oficial por actitudes de obediencia y silencio”. Entramos en el campo intelectual cubano para llegar al campo de lo autobiográfico. ¿O no es la propia voz de Arango la que se oye cuando nos dice: “Si me dejan ganar dinero en paz, me quedo callado o aplaudo sin reservas”? Jefe de redacción de La Gaceta de Cuba, autor de un par de novelas publicadas en España con más penas que euros, pujón como ensayista (que no es lo mismo que pujante ensayista), pasa parte del año en una universidad mexicana enseñando a escribir guiones. Le dejan ganar su barito en paz, y él se queda callado (al menos no firmó la carta de los fusilados), cuando no aplaude sin reservas. “¡Pero si Arturo escribió en su última novela una alegoría donde muere el tirano!”, podrá decirse. ¿El tirano? ¿Cuál tirano? ¿Machado o Batista? ¿Leónidas Trujillo? Arturo Arango barre y echa toda la basura hacia la derecha. Considera de derechas a todo oportunista político y de mercado. La derecha es culpable, a juicio suyo, del realismo socialista, del estalinismo y de la hipocresía. Pavón es de derechas (esta creencia es compartida fuera de Cuba por José Prats Sariol y Jorge Luis Arcos). Apencado luego de sostener que la reaparición de los viejos comisarios tenía que constituir un síntoma, Arango perpetró un segundo
mensaje donde habla de que también existen síntomas
halagüeños desde que el Premio Nacional de Ciencias
Sociales (¡qué cantidad de síntomas y de premios en
una isla tan chiquita!) fue a parar a manos de Fernando Martínez
Heredia. De Martínez Heredia, “el guevarista, el fidelista, el
marxista, uno de los intelectuales que con más lucidez ha
analizado la historia cubana del siglo XX…”. Martínez
Heredia, autor de un sesudo estudio acerca de los borrones con
lápiz labial en el travestismo cubano: El corrimiento hacia el rojo. (Confieso que no soy capaz de entender por qué la aparición televisiva de Pavón y el premio de Martínez Heredia están llamados a ser síntomas de distinta naturaleza. Y esta incompresión mía se debe a que creo a Luis Pavón Tamayo no menos guevarista, fidelista y marxista que a Fernando Martínez Heredia.) Al mensaje de Arango respondió enseguida Desiderio Navarro, quien ya había felicitado a Martínez Heredia por la buena nueva. El Premio Nacional de Edición felicitaba al Premio Nacional de Ciencias Sociales, y suscribía con él “los tozudos sueños revolucionarios”. Parte de esa tozudez la ha dedicado Desiderio a probar que la decisión de premiar a uno no viene de la misma fuente que decidiera televisar al otro. En resumen: el mal del mundo está compuesto de derecha y derecha, el gobierno cubano está compuesto por autoridades y autoridades, las palabras de F.C. a los intelectuales son pura panacea, y la última novela publicada por Arturo Arango de quien trataba en verdad era de Haile Selassie. Y es con Marx, como con los Guaracheros de Regla, con quien Desiderio Navarro se despide. Porque mientras otros lamentan las víctimas que una mala política cultural dejara en Cuba, lo que más lamenta Navarrinski es el descrédito que trajo tal política a la hechicería practicada por él: el marxismo. Eliseo Alberto se puso en comunicación con los complotados de adentro, mandó abrazos para Reynaldo González y muchos más. “Ojalá las aguas retomen su nivel, y que juicios desbocados no alboroten el avispero”, escribió a González. (Escribió de “los ríos del diálogo cibernético” y de pañuelos que salían “desde el bombín del exilio”.) Asimismo, criticó a los de afuera (José Prats Sariol, Jorge Luis Arcos y Duanel Díaz) que pedían un salto en la protesta, discusión llevada aún más lejos. Éstos, dijo, “perdieron una excelente oportunidad para callarse”. (De los tres que cita, Prats Sariol hizo exigencias que, me temo, no cumplió mientras residía en Cuba. Al menos no conozco texto suyo de esa época donde juzgara al león o al hermano del león. De esa metáfora cirquera tan en boga, él habrá alcanzado sólo a la cadena de la bestia. Por su parte, a Arcos se le escapó al final de su artículo un tonito bastante insolente. Coincido, empero, con las exigencias de Duanel Díaz a Desiderio Navarro, y celebro que le airee trapo sucio ñángara.) Tal vez Eliseo Alberto calculó que lo recomendable era no dar pie a que las autoridades cubanas, abocadas a responder a los reclamos de sus escritores, se fueran por la tangente de un peligro externo, apoyándose en juicios de escritores del exilio. Lo flojo de este razonamiento, sin embargo, es que la fábrica de cocos de las autoridades cubanas (Corporación Saoco) es más productiva que la fábrica de muñecas Lilí. Y, de no encontrar coco alguno por el horizonte, disfrazan de coco a la mismísima Calabacita. Siguiendo un razonamiento tan paralizador, la gente de adentro no podría hablar pues de armas al enemigo (¿no fue esto lo planteado por la jiribillística Paquita de Armas y por el funcionario Waldo Leyva?), y la gente de afuera no podría hablar porque sus palabras servirían de arma contra los de adentro. ¡Resulta tan complicado este horizonte como el de derecha y derecha pintado por Arango sin Parreño! ¡Hijos de Cacarajícara, desentrañad tan grande enigma! Eliseo Alberto tilda de autosuficientes a Prats Sariol, Arcos y Díaz, y, pese a no andar del todo falto de razón, su posición no encierra menos sentido de superioridad. Pues, igual que esos padres de niños subnormales que festejan un levantamiento de cejas de la criaturita, manda abrazos a Reynaldo González cuando éste se comporta con cierta honestidad, y olvida escribirle reproche cuando se muestra cómplice. Eliseo Alberto malcría a los escritores de adentro bajo el principio de que un padre resignado no exigiría a su hijo subnormal la tabla del nueve. Fantasea con la idea de que muchos intelectuales cubanos son, no oportunistas, sino revolucionarios, y hay que dejarlos ser. Y se mete en casuística muy jonda, en novela psicológica tremenda, al suponer que: “Los revolucionarios pueden ‘perder la fe’ y no por ello dejar de sentirse comprometidos con lo que ha sido, hasta el sol de hoy, la principal razón de sus vidas”. Parece haber descubierto, así, uno de los más socorridos principios de la física: la inercia revolucionaria. Tan bondadoso que parece tonto, acarrea difuntos. Pretende que algunos testigos de las iniquidades que nada dijeron en vida, hablen después de muertos. Responde a un zombie televisado con una santa compaña, sesión de espiritismo que le zumba el mango. (¿No habría sido más razonable exigirle opinión a muertos un poquito más vivos como Lisandro Otero, Roberto Fernández Retamar, Ambrosio Fornet, Armando Hart, Eduardo Heras León, Abel Prieto o Rafael Hernández?) Lo peor es cuando quiere meter en la discusión a muertos que, en vida, hablaron tan claramente. Mirta Aguirre, por ejemplo. Uno no puede menos que sospechar, entonces, que esa propuesta suya es un informe contra nosotros mismos. Un jiribillo solidario con el fusilamiento de tres jóvenes y el encarcelamiento de setenticinco disidentes chilla la alarma, tres viejos Premios Nacionales de Literatura no menos simpatizantes con la represión y el crimen remueven sus indignaciones, un par de hacedores de revistas habaneras se detienen a considerar qué es y qué no es síntoma, guapean desde afuera quienes no lo hacían dentro, un compasivo confunde a oportunistas con revolucionarios… Si La Protesta Electrónica se hubiese reducido a esto habría sido solamente Campaña Carcamal. Por fortuna no ha sido así. Las autoridades olfatearon el peligro. El Santo Sínodo de la UNEAC se apuró a lanzar una Declaración cuyo título reza: “La política cultural de la Revolución es irreversible”. Como siempre, echaron mano del anexionismo (en la cocina cubana, que abusa del tomate, todas las sopas llevan anexionismo), tiraron idéntico pasillo al utilizado contra el Proyecto Varela. Conclusiones: 1) El socialismo es IRREVOCABLE 2) La política cultural revolucionaria es IRREVERSIBLE 3) La revolución socialista es IRRESPIRABLE A esa declaración, taponamiento de un barco que hace aguas, respondieron muchísimos mensajes de escritores y artistas. Pero, a diferencia de otras ocasiones, esos mensajes no fueron de adhesión.
¡Publicaron la Declaración del Secretariado de la
Unión de Escritores y Artistas de Cuba en la primera plana del Granma y continuaron las protestas!
¡Granma y UNEAC vieron
cuestionados su sempiterno derecho a la última palabra! Hasta un miembro de la familia reinante metió baza en el asunto para mostrar su inconformidad. Lo más asombroso, sin embargo, es que otra Castro (sin relación con la familia real), Zenaida C. Romeu, directora sinfónica y descendiente de músicos, llegara a criticar la calidad de escritura del documento (si bien apelando a la altura de comunicados oficiales anteriores). ¿No resulta sintomático (¡y dále con los síntomas!) que haya sido un músico quien se aproxime al rol que tocaría cumplir a algunos de los escritores que protestan? ¿Acaso no es ocupación primordial de éstos pasar revista al lenguaje? Tan adaptados están ya al uso gubernamental de la lengua, que escasa atención le prestan. Abstraídos en la conservación de sus premios y medallas, no les alcanza el tiempo para reparar en detalles menudos. Y si pertenecen a la Academia de la Lengua es, sobre todo, por la promesa detergente que les hace el lema de esa institución para el pulido de medallas: “Limpia, fija y da esplendor”. Cuando de poco ha valido la declaración oficial en el diario oficial, quedaba aún un recurso aplacatorio: la conferencia de Ambrosio “Pocho” Fornet sobre el Quinquenio Gris. No es que hubiera sido programada por los últimos sucesos, pero podría aprovecharse. Tal conferencia formaba parte de un ciclo que patrocinaba la revista Criterios (¡vaya, un gesto después de treinticinco años!), y había sido planeada con muchísima antelación. Navarro y Fornet pensaron en un evento más o menos académico, con algo de discusión a posteriori, pero sin abarrotamientos de público. Y de pronto, ambos se descubrían solos en medio de la pista, la bola de espejos daba vueltas, sonaban las primeras notas de I will survive, caía sobre ellos una potente luz, y la gente esperaba que ellos empezaran. Pocho dícese, según la Real Academia de la Lengua, de lo descolorido y quebrado de color, de la fruta que está podrida o empieza a pudrirse, de una persona floja de carnes o que no disfruta de buena salud, de un mexicano que adopta costumbres estadounidenses, y dícese (en el País Vasco y en Navarra) de judías blancas tempranas. Prefiero atenerme aquí a la primera acepción para afirmar que el muy descolorido Ambrosio “Pocho” Fornet se proponía hablar de cinco años que fueron grises. Lo que ocurrió en tal conferencia, las discusiones que hubo, se las debo a mis lectores. Yo, como otros tanto jóvenes menores de cuarenta años, me quedé fuera.
Los viejos samurais descuelgan sus katanas Poco antes de que viniesen a recogerla, echaron de menos la cajita. Viraron la oficina al revés, el piso entero se dedicó a su búsqueda. “Pero, ¿qué buscamos?”, preguntó un despistado. Una cajita, le dijeron. La filmación de un programa. La cajita que contenía aquella filmación. Una cajita con el nombre en el lomo: Impronta. El nombre escrito en un
esparadrapo, porque ya no quedaban etiquetas. “Es parte de la Programación Especial”, notificó la Secretaria del Núcleo. Y ahí mismo se armó. Quisieron tumbar el cielo raso, levantar el suelo, darle hacha a las paredes. Fue preciso atajar a una mujer que intentaba lanzarse por la ventana. Se habló de darle candela al edificio y morir dentro, en una gran hoguera. “Será mejor hundirnos en el mar”, aseguró la Secretaria del Núcleo. Para enseguida tomar las riendas de la situación. “¿A qué hora vienen a recogerla?” La guardia tendría que entregarla en media hora. Vendría un escolta. Ay, lamentos. Ay, coro quejándose de que la cajita tenía que estar allí y ningún mortal en su sano juicio podía habérsela llevado. Y, al fondo de la oficina, reunión del Partido con el Sindicato y la Administración. Hasta decidir que lo mejor sería mandar un cassette en blanco. (Luego podrían achacarlo a fallas del material, echarle la culpa al escolta.) Fabricaron, pues, un falsa caja, con esparadrapo y con letrero. Y al salir del trabajo, cada cual fue a rezar a sus dioses y a sus santos. Era
la hora en que toda la Generación del Cincuenta (con la
excepción de Rafael Alcides, que tiene vergüenza, pero no
teléfono) se asomaba a las pantallas de sus computadoras,
tecleaba claves tan estrafalarias como “Cimarrón”, “Aguafiesta”,
“CentralDelicias”, “Urbino”, y accedía a Internet. Se apresuraban en llegar a Google, y en Google preguntaban por sí mismos. Arrojaban sus nombres al ciberespacio como si hubiesen perdido la memoria. “¿Pueden decirme quién soy, qué he hecho hace poco?”, preguntaba cada uno de ellos en la máquina. Y, de llegarles alguna nueva información (remota posibilidad, pues sólo un rato antes habían cometido el mismo acto), disparaban sus impresoras, imprimían lo rastreado por Google, y liberaban la línea telefónica para llamar a otros. Emprendían entonces un diálogo que avanzaba por rodeos, como quien no quiere la cosa. Hasta que la conversación tomaba el punto justo y, en una mano el impreso y en la otra el auricular, ellos paseaban por sus casas llenas de diplomas oficiales y serigrafías regaladas por el Ministerio de Cultura dando lectura a lo encontrado. “¡Se trata de un triunfo de nuestra generación!”, decían a su interlocutor por brindarle migaja. Y la voz del auricular intentaba alejar lo más posible la gloria envidiable: “¿Qué dices? ¡Se trata de un triunfo de toda nuestra cultura! ¡Un triunfo de la lengua y de las letras continentales!” Concluido el balijú, pasaban a otros temas: “¿Qué tertulia tenemos para hoy?” ¿“Aire de Luz”? ¿“Cantidades rosadas de ventanas”? ¿“En el Jardín”? ¿“A fuego limpio”? ¿“Nosotros, los normales”?Ninguna iba a celebrarse esa tarde. No había reunión con el Ministro (¡ni pensar en dominó con él!), y aún faltaban varios días para el encuentro periódico que cada uno de ellos sostenía con el oficial de la Seguridad. “¿No hay carta por firmar?” Se mordían las colas, firmaban cuanto le pusieran por delante. Pero lo de la carta había sido la semana anterior, y ya incluía sus firmas, como podía comprobarse en La Jiribilla. Ah, no se acordaban de haberla firmado. Colgaban el teléfono en un vacío tremendo. Las manos que tan gallardamente sostuvieran el impreso, lo dejaban caer. Tenían por delante una tarde y una noche sin significado, largas como las galerías de esas casas pobladas por Fabelos y Rancaños. Una tarde y una noche perdidas en ojeadas al teléfono mudo, en asomadas inútiles a Google (¿no era por estos meses que nominaban al Cervantes?), sin visitante extranjero a quien contarle los sufrimientos padecidos en los años setenta, sin agregado cultural que los invitase. Sonaba, en ese trance, el timbre del teléfono. Cabía al menos alguna oportunidad: en la televisión comenzaría esa noche un programa en el cual entrevistaban a un protagonista de la cultura nacional. “¿A qué Premio Nacional que no soy yo?”, cuestionaban. Quienquiera que fuese, les había cogido la delantera. Aunque al menos constituía un motivo para aguantar hasta la noche sin proponerse un intento suicida o una página. Mirita (Mirita se llamaba la Secretaria del Núcleo) terminó de ducharse convencida de que en los tanques no quedaba mucha agua. Sacó medio cuerpo por el balcón y pegó un grito: “¡Marta Miriam!” Reunida con otros muchachos de su edad, Marta Miriam se hizo la que no oía, y su madre tuvo que insistir: “¡Marta Miriam, ¿dónde está Mirta Mariam?!” El lunes se las encontró mirando una película pornográfica en el televisor que Evelio le había regalado a ella. (Evelio, que decía ser del grupo de Compay Segundo, cuando en verdad era tareco del grupo Moncada.)
Una pinga del tamaño del televisor entraba y salía en
medio de risitas de Marta Miriam y de Mirta Mariam, que no la oyeron
entrar de tan embelesadas como estaban. Y ella se vio obligada a
amenazar a las gemelas para averiguar de dónde habían
sacado aquel cassette. Lo alquilaba Muñeco. Muñeco le decían en su cara a quien les alquilaba películas y telenovelas. Su nombre completo, sin embargo, era Muñeco Diabólico. Choqui, para ser más preciso. Choqui, el Muñeco Diabólico. Y era este el tipo de conversaciones que sostenían él y Mirita cuando las visitaba: Muñeco: “Mirita, yo no sé cómo es que trabajando en la televisión, tú vienes a morir conmigo.” Mirita: “Ay, Muñeco, tú no sabes lo que es ser Secretaria del Núcleo.” (A lo que más había llegado Muñeco era a monitor de Geografía, pero antes de tener que memorizar los ríos de Asia.) Y él volvía a su intento de convencerla de lo mucho que podrían conseguir juntos. Muñeco: “Nada más con los cassettes que tú me trajeras...” Mirita: “Qué va, Muñeco. Ahora sí que se ha puesto imposible.” Imposible desde que existía la Programación Especial. “¡Marta Miriam!”, volvió a gritar, “¡búscame ahora mismo a Mirta Mariam!” Las quería allí cuando Choqui pasara con su maletín lleno de películas. Maletín que le había regalado ella (de boba que era) para que no lo parara la policía. Con calcomanía de los Cinco Héroes por un lado, y por el otro la promesa de que regresarían. Y en ese mismo maletín cargaba Choqui, el Muñeco Diabólico, pornografía para las gemelas. Mirita esperó hasta verlo doblar la esquina con su banco de videos a cuestas. Lo llamó como si nada pasara, para espetarle enseguida: “Me cago en el vollofotingo de tu madre, maricón.” Ay, ¿qué le pasaba a Mirita? ¿Qué manera era ésa de hablarle a su amigo Muñeco, que hoy le traía un capítulo doble de la telenovela mexicana ‘Arrepentida sin dolor alguno’?” Marta Miriam y Mirta Mariam coincidieron en que sería una ocasión perdida: Choqui no les dejaría pellejo alguno, y la madre no les ofrecería un buen castigo. Así que, desentendidas de una discusión que parecía eternizarse (Muñeco arrastrándose a los pies de Mirita, quien le pegaba con toda la fuerza de los cinco héroes y la promesa de su vuelta), encendieron el televisor. Al hombre que hablaba en la pantalla le corría un hilo de sangre desde el cráneo. Marta Miriam y Mirta Mariam se echaron a reír, aunque enseguida descubrieron que no era más que tinte de pelo y no tenía gracia. El locutor largaba el anuncio de la programación nocturna y, un nombre entre todos los nombres de programas, hizo que los cinco héroes se quedaran en el aire, pospuesta la posibilidad de su regreso. “¿Qué dijo, niñas?”, se le salieron los ojos a Mirita (las gemelas, encantadas) “¿Impronta?” Mirita no esperó respuesta, corrió en busca de un teléfono. Aquejado de bizquera desde niño, Reynaldo González creyó llegado el momento de visitar a un nuevo especialista. La visita debía incluir también a un otorrinolaringólogo. Porque ya no podía creer en lo que oyeran sus oídos o sus ojos viesen.Debajo de su perrito, Antón Arrufat terminó por parecerse al último Fabelo que recibiera de manos del Ministro de Cultura. Hasta que la conciencia de esa semejanza le hizo perder temblores y se atrevió a salir de allá abajo. Esta vez (se infundió ánimos) no iba a ser como entonces: tenía de su lado al Ministro. César
López procuró las cadenas de un bisabuelo esclavo, y se
encadenó a la reja de su casa frente al Malecón. Porque
ningún fundamentalismo, ni de adentro ni de afuera, lo
obligaría a abandonar su país.Pablo Armando Fernández le echó la culpa al whisky que bebía. Lisandro Otero comentó a Nara Araújo que iba a cambiar el tiempo. Nara le preguntó si quería un abrigo. No, él no se refiría al clima. Al menos, no a ese clima. Nara restó importancia a lo que el futuro pudiese depararles: ya sabría flotar él en lo que viniese. Ambrosio Fornet daba los toques finales a una conferencia sobre el Quinquenio Gris (él mismo había acuñado el término) que componía desde hacía año y medio. Y ahora, para desgracia suya, el tema recobraba vigencia. Por lo que consignó en una agenda su propósito de enfermarse el mismo día de la conferencia. Cinco minutos se mantuvo en pantalla una carroñita no muy distinta a los de la Generación del Cincuenta, hizo lo mismo que la mayoría de ellos (mostrar sus chapitastrujillo y barajar unas fotos en las que aparecía junto a dirigentes de la revolu), y aquello fue suficiente para que cundiera la alarma en la Vana literaria. “Luis Pavón en la tele”, fue lo único que el Ministro de Cultura sacó en claro de las llamadas que le hicieran varios Premios Nacionales. Luis Pavón, el antiguo presidente del Consejo Nacional de Cultura (antes director de Verde Olivo) estaba de vuelta. Venía a terminar los trabajos pendientes. Salía de su tumba, no en busca de sangre, sino de un buró. Era un buró lo que quería. Un buró, un despacho, botellas de ron… . Y una secretaria a quien dictarle largas listas negras. “Es lo peor que ha podido pasar desde el encuentro de John Lennon y Yoko Ono”, razonó el Ministro. Y exigió que lo comunicaran con su antecesor. (Armando Hart iba por el tomo veinticuatro de las obras completas de José Martí. Defensor del legado martiano a través del orbe, Hart tiene bien ganado el apodo de “La Niña de Guatemala”). Ministro y ex-ministro hablaron con sobrenombres, por si acaso escuchaban la conversación. “¿Cana?” “¿Bucle?” “Cana, Pavón salió en la tele.” “¿De qué Pavón tú hablas, Bucle?” “Pavón, Cana. Luis Pavón. El del ritmo pavón para que lo baile usted.” “No puede ser, Bucle. Pavón está en su casa en plan piyama, tranquilo hasta la muerte.” “Pues se quitó la piyama.” ¡Fantomas se desencadena! “Cana, ¿cómo está actualmente tu tiro con el Dos?” “Ya el Dos no es el Dos, Bucle.” “De acuerdo, Cana. Pero todavía no es el Uno.” “Entonces llamémosle Uno-coma-cinco, Bucle.” “Perfecto. Me pregunto si todo esto no será señal del Uno-coma-cinco. Ata bien los cabos sueltos, Cana. Hace poco, Alfredito Rodríguez
presentó en su programa a Papito Serguera. Apareció
también Quesada. Y ahora, Pavón.”“¡Ventura y Masferrer! Espera llamada mía, Bucle. Adiós.” Abel Prieto colgó hecho una Gorgona, con los pelos de punta. Si tenía que describir su posición ante el Uno-coma-cinco mediante alguna parte del aura, no le quedaba más opción que el pico. “¿Guardia del ICRT? Habla Miriam Murillo, de Programación Especial. Mi amor, pónme con el responsable de Programación que esté por ahí. Sí, yo espero. ¿Programación? ¿Quién me habla? ¿Urselia? Urselia, es Miriam Murillo. Bien, chica, bien. Bien las dos, acabando. Oye, perdona que te moleste, mi amiga. Pero es que ha habido un error y, aunque ya es tarde para subsanarlo, yo lo aviso como Secretaria del Núcleo. Es que acaba de pasar, fue ahora mismo. Bueno, hace cosa de media hora, pero yo no encontraba un teléfono. Y no puedo dormirme con esto por dentro. Te cuento, Urselia: el caso es que salió al aire un espacio no apto para los televidentes. Me refiero a ‘Impronta’. Yo no me explico cómo fue a ir a parar a manos de ustedes, ese programa forma parte de la Programación Especial. ¿Nadie te ha dicho nada todavía? Bueno, esperemos que no haya líos. Ay, mi amiga, perdóname por trasladarte esta preocupación. Pero siempre es mejor que desde la amistad, desde lo constructivo… Tú sabes. Bueno, hasta mañana, Urse. Un beso. Se los doy, sí. Ellas dos siempre me preguntan por Danielito.” Mirita había salido sin arreglarse. Sintió, de pronto, frío, y vergüenza de que la vieran así. Las malas lenguas dirían que, desde que Evelio la dejó, andaba hecha un desastre. Así que apuró el paso, y se abrazó a sí misma. La caja perdida había ido a dar a otro piso. Mejor ni pensar en lo que ocurriría cuando el Televidente para quien fabricaban la Programación Especial se enfrentase a aquellos cinco minutos de nada. Ya había visto cuatro discursos suyos, un recorrido por países hermanos y dos entrevistas con periodistas norteamericanas. Terminó el partido deportivo donde el equipo cubano de béisbol consiguió arrebatarle la Copa del Mundo a los estadounidenses, Manolo Ortega brindó detalles acerca de la marcha de la Zafra de los Diez Millones y, a continuación, Elián bailaba con Caritas (los dos tenían en la espalda el número ocho) e iban ganándole la competencia a los Hermanos Francia. Cambiaron dengue por danzón, y el número ocho estaba ahora en las espaldas de Haydeé y Colina, que hacían sus monerías de bailadores en “La Flor de Asia”. (Él había sido testigo de una metamorfosis no menos asombrosa: Lidia y Clodomira entraban a una cocina y se trataban bajo los nombres de guerra de Nitza y de Margot.) Fue anunciado el documental “Birán, tierra de ensueños”, pero ofrecerían antes un breve espacio dedicado a protagonistas de la cultura nacional. La pantalla quedó en blanco. No hubo sonido alguno. El viejo postrado ante al televisor se echó a llorar. “Qué bonito”, apuntó con un dedo al vacío de la pantalla, “Birán”. Reynaldo González encabezó la primera protesta electrónica que recuerda el gremio de escribanos. Motivada
por ello, la investigadora Cira Romero fundó la
Asociación de Admiradores del Valor de Reynaldo González.César López echó vapor (como una plancha) por los ocho o nueve huecos de su cuerpo. Antón Arrufat dedicó uno de sus sermones a la memoria histórica. Ahora que todos se entrecruzaban mensajes electrónicos, Miguel Barnet evitó comprometerse por escrito. Y obligó a Reynaldo González a delatar la adhesión telefónica que Miguelito hiciera. En resumen: la Campaña Carcamal estaba en marcha. Muchas han sido sus consecuencias y derivaciones. (Al análisis de algunas de ellas dedicaremos una próxima soltura de lengua.) Cuando Mirita regresó de hacer su llamada telefónica, descubrió a Marta Miriam y a Mirta Mariam representando la escena ocurrida entre ella y Muñeco. Marta Miriam pegaba con un cojín a Mirta Mariam, que se arrastraba por el piso quejumbrosa. La
lengua suelta no. 37 Fina y Cintio contra el Lechón Jiribilla Hace poco se jirinavideñizó La Jiribilla y entregó a sus lectores una postal, un cromito, una vitola, donde Cintio Vitier y Fina
García Marruz se agencian un lechón de fin de año.
Félix Contreras narra el episodio sin saber en cuál fecha
datarlo: ¿fue en el 67 o en el 68 o en el 69? La
cuestión, sin importancia al parecer, pesa lo suyo. Porque en
1968 Cintio Vitier dio un giro al timón del pisicorre familiar,
tocó el violín y se hizo ñángara. Ubicar,
pues, ese lechón en la biografía del matrimonio
Vitier-García Marruz es trabajo pendiente para biógrafos.¿Fintio y Cina abrieron como un zipper el pellejo tostado del lechón antes o después de que se produjera la conversión política de ambos? ¿Comían de ese lechón dentro del desacuerdo con el gobierno?
¿El asado aquel era fiesta en las catacumbas cristianas o
jolgorio cederista? ¿Celebraban, junto al nacimiento del
Niño Rey, otro aniversario de la Revolu Cubana? No es bobo
Félix Contreras cuando dice no acordarse de la fecha en que
buscó un puerquito para el diputado Vitier y señora. Pero
ya hubiesen andado éstos o no el camino de Damasco, lo
verdaderamente arduo de recorrer (más, con un puerco encima) era
la carretera entre Pinar del Río y La Habana.Parte Contreras en busca del lechón obtuso y clásico (de estos adjetivos culpen a Madame García Marruz) y, en plena Operación Barrio Adentro, celebra cónclave con la tía Amada, con Mayita y Macuca, con Joseíto y Asunción, con los primos Lazarita, Riguito, Adita, Ramonita y El Niño. Hasta con Mercy, tú. Y así les habla Contreras: “Caballeros,
en La Habana hay un par de
origenistas sin lechón que están hechos dos perros de
Pávlov. Gente culta que ve la luz del imposible. Visitaciones
van, visitaciones vienen, y ni un chicharrón crispa el
fogón fragoroso. No transfiguran, llevan las miradas perdidas. Y
a ver qué puede hacerse, gente mía, para que puedan
encontrar el verdadero rostro de la Patria”.A lo que el coro de parientes le riposta: “Ah pobreza irradiante, sol del mundo moral”. Y la tía Amada, que se las sabe todas, echa a ver lo difícil de cursar que son las carreteras, erizadas como están de policías que examinan maleteros y jabucos. Así que es necesario encontrar la manera de pasar ese lechón por todas las aduanas que se extienden entre Pinar del Río y La Habana. Y lo compran y lo matan, lo limpian bien, lo afeitan. Y muy bien que lo envuelven, la cabeza asomante, y en cada uno de los detenimientos policiales el mandadero anuncia que lo que lleva ahí es una estatua del Apóstol destinada a Cintio y Fina,
connotados estudiosos de su obra.¡En un carro de hojas verdes a morir lo han de llevar! Félix Contreras narra el desenlace de esta aventura suya como contrabandista: “Y el dichoso lechón arribó, al filo del mediodía, todo un ‘héroe’ tras incontables avatares y montones de dinero en su inversión… Cuando lo deposité en el amplio salón, por supuesto seguido de ventanas cerradas (…), Fina, expectante, azorada, bañada en lágrimas, abrazada a Cintio, miraba al animal rendido a sus pies.” Expectante la Fina, pues calculaba si el bicho aquel daría más carne que manteca (o viceversa). Azorada, por hallarse metida en vero contrabando. Bañada en lágrimas, porque el dolor resultaba tan cuantioso como esa magdalena proustiana que le traía en oleadas su pasado. Y abracada a Vitier porque, hasta tanto no pasara por un baño de naranja agria y unas horas de fuego, no podría ella pegarse al puerco. Lo había anunciado ya, desde su primera frase, la más grande prosa escrita nunca por un cubano. Tan previsoramente como todo lo suyo, José Martí dejó anotado en su Diario de campaña: “Fina, mondongo, llorando ante el lechón”. Y ahora Félix Contreras avisa que no tiene reparo alguno en contar lo que le tocó hacer cuando (¿fue en el 72 o en el 99?) Cintio Vitier le comentó que Fina añoraba un bistec de res con papas fritas. Un bistec de res con papas fritas como aquellos de antes.
Biografías es lo que pide el
público Como pasa siempre en esta época del año, alguien aterriza en La Habana, lleva su película en el equipaje, lo conmueven los llenos del público
habanero, y suelta una declaración lo más despistada
posible. Este año le ha tocado al británico Stephen
Frears. Versa su último filme sobre la reina Isabel, quien (tal
como hizo notar el realizador) es el líder político
más viejo del mundo. Junto a F.
Castro, of course. (¿Pero esta misma Reina Isabel no era
aquélla que bailaba el danzón porque era un ritmo muy
dulce y sabrosón?) Y Frears llegó a asegurar que
“sería fantástico” filmar una cinta sobre el gobernante
cubano. Claro que no se le había ocurrido antes, se apuró
en declarar. Claro que no le había llegado ningún
guión sobre el tema, convino. (Triste es regresar al hotel y
encontrarse revuelto el equipaje.) The Queen, el filme que protagoniza Helen Mirrell, trata de los aprietos de la monarca en torno al fallecimiento de su ex-nuera, Lady Di. “¿Es preciso cambiar el protocolo y bajar a media asta la bandera de palacio?”, “¿Conviene abandonar las vacaciones y regresar a Londres?”, “¿Tendría que hablarle al pueblo, tal como sugiere el Primer Ministro?”, “Respecto a los funerales, ¿asistir o no?”: éstas y otras muchas inquietudes rondaron a la monarca por aquellos días en que la corona pareció tambalearse frente al carisma de la fallecida. Y al final resultó necesario apartar la contención regia y dar alguna muestra de sensibilidad. ¿Acaso no lo reclamaban las decenas de miles de ofrendas acumuladas contra las rejas de la mansión real? Suponiendo que Stephen Frears comentara su plan de biografiar a F.C. (en clave, Ferrocarriles de Cuba o Felicia
Castelló) por algo más que cortesía, el
tema da descansadamente para filme. En el papel de la Reina
podría estar muy bien el hermano menor, R. C. (en clave, Redesvindo Corredera). Porque, igual
que en la historia inglesa, quien se muere aquí es la gente del
carisma. Bien que podría contarnos Frears todas las incertidumbres de Redesvindo Corredera ante la muerte de Lady Fi. ¿Debería hablarle al pueblo? ¿Abandonar sus vacaciones? En cuanto al sepelio, ¿no era mejor pasarlo por alto y no celebrarlo nunca? Dramatismo no iba a faltarle a Stephen Frears. Encontraría más laberintos y entresijos que en la corte británica, y todo el filme podría girar (¡escalofriante de tan sólo pensarlo!) alrededor de la sospecha de que el muerto no está muerto. Pero no era del cine internacional de quien me
proponía tratar, sino del cubano, que es faro y guía
continental, y acaba de emprenderla con la vida de Benny Moré.
(¿Qué es el título de Reina de Inglaterra comparado con
el de Bárbaro del Ritmo?)
¡Apuesta grande la del cine chatino! Podría habernos
contado la vida de Osvaldo Rodríguez como si se tratara de Ray
Charles. Las de Mirtha y Raúl como si fueran Ike y Tina Turner.
Sarah González en lugar de Patsy Cline. Ojedita por Jim
Morrison. Alba Marina, María Callas. Ningún Glenn Miller,
Pello el Afrokán. Y de familia Bach, Los Moralitos. Resulta, en cambio, admirable la modestia del cine patrio, que elige a El Bárbaro. (Aunque hubiésemos preferido la vida de Chano Pozo, muerto trágicamente. O la de Celeste Mendoza, también con título nobiliario, que apretó el gatillo y fue a la cárcel. O los torturados destinos de Las Mulatas de Fuego, émulas de Hatuey. Porque a lo más dramático que habrá llegado El Benny debió ser a anunciarse simultáneamente en dos salones sin presentarse en ninguno.) La película, para decirlo pronto, es un desastre. Cierto que en su camino se alzó una gran dificultad: el director es pariente del biografiado. Pero una virtud resulta indudable en este filme: Sergio Corrieri no hace el papel de Benny Moré. (Recuérdese a Corrieri en los zapatos de Julio Antonio Mella). El caso es que, no escarmentando luego de la lidia con El Bárbaro, el Ministerio de Cultura de la República Bolivariana de Cuba acaba de anunciar su apuesta por un nuevo proyecto biográfico: El viajero inmóvil, que contará los días y las noches de José Lezama Lima, también llamado El Enigmático del Ritmo. Tomás Piard se encargará de dirigir tal proeza. Piard, con una abundosa obra aficionada, es conocido del público por las paletadas de
desnudos que acostumbra a desplegar: cantidades rosadas de ventanas
crecidas en estío. Aunque anunció ya que esta vez no va a
tirarse por la calle del medio, así que nadie espere el
capítulo octavo de Paradiso.
Lo que él se propone recrear es aquella comilona de la misma
novela, trajinada de antemano por Senel Paz y por Tomás
Gutiérrez-Alea. Habrá desnudos, sí, pero de pollo. ¡Nitza Villapol en El festín de Babette! Aunque lo verdaderamente suculento, lo que abre el apetito y la ensoñación, es la noticia de que, entre los 142 actores con que cuenta el filme, “aparecerán personalidades relevantes de la cultura de la isla, integradas a esa cena a la que Piard, director talentoso y sensible, puede imprimir magnificencia artística”. Cierta vez, un director del cine friturita de malanga (aquí lo llamaré El Indio González) me contó que el ebanista que hiciera los muebles de su casa (“un trabajo fino”, reconoció El Indio, “como los que ya no se hacen”) le habló de su felicidad por haberse agenciado una reproductora de video. Asombrado de que al ebanista le gustara tanto el cine, El Indio González comprendió enseguida cuáles eran las razones de aquel hombre para cazar películas: mueble que le gustara en una escena, mueble que paralizaba con el mando hasta copiarlo. Y eran aquellos orgasmos de comején los que lo hacían cinéfilo. Igual al ebanista que fabricara muebles para El Indio González, confesaré mi extraña razón para asomarme
a las películas cubanas: tarde o temprano, alguna escena
(principalmente un sarao de gente importantona) me traerá la
compostura en frac de un Miguel Barnet o un Pablo Armando
Fernández. Elegantes ambos, a pesar de la multitud de trabajos
voluntarios inscriptos en sus carné de baile, los veo cruzar
como cisnes por la soirée
de La bella del Alhambra.
Aparecen en aquella reunión en Casa
de las Américas de Memorias
del subdesarrollo, y los habrán citado ya para el
almuerzo con Lezama de El viajero
inmóvil.Seguro estoy de que también se sumarán (y ya no suelto el mando) un Reinaldo González, un César López… Éstos, junto a Miguel Barnet y Pablo Armando Fernández, son conocidos popularmente como el cuarteto Las D’Abel (Aida Diestro es, en este caso, Abel Siniestro Prieto), y buena empresa para nuestro cine nacional sería contar sus vidas en un filme, ahora que tan de moda están las biografías. En cuanto a la que se proponía en La Habana Stephen Frears, no importa si no le halla guionista. Otras vidas cubiches ameritan su traducción al
cine, y para convencernos de ello traigo a cuento tan sólo un
par de ejemplos. El del humorista Varela, que recientemente
secuestró a la redacción de El Nuevo Herald armado con una
ametralladora de juguete. O el caso de Lisette Bustamante quien,
invitada a presentar su más reciente libro (de título
discreto aunque sugerente: Jineteras),
creyó recordar que había dejado en la candela una olla de
frijoles. Para inmediatamente descubrir que no existía tal olla,
sino una noche de hace veinte o treinta años en la cual el
campeón olímpico Teófilo Stevenson la forzara. La
forzara, ¿comprenden? Los dos estaban en una habitación
de hotel, ella le fue parriba, y él abusó de ella.
(Lisette resultó violada de igual modo por Carlos Aldana. Y no
una, sino muchas veces.) En una de estas historias veo acción trepidante: helicópteros que sobrevuelan la sede del diario miamense, francotiradores que cazan al secuestrador de todo un edificio, equipos de televisión acechantes, amenaza de escándalos políticos… No menos épica, la otra historia estará repleta de tórridos desnudos. Y los actores, creánme, están que ni pintados: Daisy Granados y Mario Balmaseda. ¡Ay, que Dios salve a la Reina! ¡Y al cine tamal, de paso!
Zoe, musa Alguna vez, en alguna entrevista, Isabel Allende (no la esposa del escritor policíaco Armando Cristóbal
Pérez, quien fuera
embajadora cubana en Madrid, sino la autora de La casa de los espíritus)
confesó que uno de los mayores sueños de su vida
consistía en bajar, vestida con un traje ceñido y
rutilante, una larga escalera. Flanqueada por atractivos caballeros,
frente a ella estaría, no el público inmenso que le han
traído sus libros, sino el mucho más multitudinario
que su otro arte soñado, canción o drama, le
depararía. Hasta aquí el monólogo de Isabel Allende viendo llover en Madonno. Tal atrevimiento, que sepamos, no ha sido cumplido. Menos vendedora, aunque más atrevida en el cumplimiento de sus sueños, la cubana Zoe Valdés sí que se monta el show de Truman, se canta y se baila, se pellizca y se cae atrás. Para cada libro suyo se fabrica una nueva personalidad, y surge como Afrodita de la espuma de las solapas. Lon Chaney tuvo menos rostros que ella, Peter Sellers menos facilidad de disfraces. Zoe reencarna más veces que la hija de un padre maceta en su fiesta de quince. donde emigró el abuelo chino que provocara en ella una novela, sino en ese Oriente cubano al cual nadie quiere regresar pues prefiere extrañarlo (a veces bajo un uniforme de policía) desde lejos. Meter Miro uno de sus retratos. Cara de prángana, le dicen a ese óvalo en Oriente. No en el Oriente de esa cara de prángana en el sucinto nicho donde las editoriales exhiben a sus autores, es cosa que le retraquetea. O, mejor, que cada vez le retraquetea más, pues la antedicha no se veía del todo mal en sus primeras apariciones. Pero donde esta humanidad ha dicho basta (y ha echado a andar) ha sido frente al retrato de Zoe que aparece en la cubierta de la revista Corazón XL (www.corazonxl.com/revista/Revista0610B.pdf). “Zoe Valdes, una musa cubana en París”, reza la cubierta, y es cosa de mucho ver: guantes, sombrero, redecilla, bordados, lentejuelas… La redecilla que envuelve su carita de prángana le
da a ésta un aire de delicado vegetal exótico. Enfundada
en un guante de piel, su manita con la que escribe (o la otra, igual
da: ella escribe con los pies), sostiene la prángana enredada.
La mirada puesta en lejanías, esos ojitos parecen haber llorado
hace muy poco, pero lo más que resalta son la nariz, los rojos
labios. (Una redecilla protege su rostro, sí, pero, ¿los
labios y la nariz no están pegados a un cristal? No sabemos si
ese rostro se ha pegado a un cristal o a una cerca peerless, no
sabríamos decir si esos rasgos pertenecen a una novelista cubana
o a un travesti tahitiano personalizado como Mary Astor.)Zoe Valdés, portada de una revista dedicada a beautiful people: Ricky Martin, Sakhira, Andy García, Paul Newman, Angelina Jolie… Habrá cumplido uno de los sueños de su vida. “Últimamente pinto mucho”, avisa en la entrevista que acompaña a ese retrato (también Abel Prieto y Nancy Morejón pintan en sus ratos libres), y anuncia algunos de sus últimos proyectos: un guión cinematográfico sobre Boarding Home de Guillermo Rosales, una novela sobre la pintora Remedios Varo y otra novela sobre Fulgencio Batista y Zaldívar . Salud, salud, salud… De misterio, de putas o piratas, de pintora o de dictador, sea cual sea la variación en la que incurran las novelas de Zoe, su único tema obsesivo es la mala escritura. Cultivadora de una prosa prángana, ella ha explorado con fortuna la despreocupación estilística, el descaro sintáctico, el desparpajo gramatical. ¿Que alguien se atreve a enlistar las pifias cometidas en uno de sus libros? ¡Ese
alguien es agente del G-2! ¿Qué Pedro Juan
Gutiérrez tiene éxito con sus novelucas? ¡A Pedro
Juan lo fabricaron en Villa Marista con el fin de restarle lectores a
ella! ¿Qué la crítica española elogia en
grande a la primera novela publicada por Abilio Estévez? Zoe lo
ataca en un artículo, sin citar su nombre, bajo la especie de
que Tuyo es el reino es una
copia de Virgilio Piñera.Acusada de haber sido ñangaroide en el séquito de Alfredo Guevara, en torno a ella cunden las injurias, las acusaciones indebidas. Evitemos aquí las inexactitudes: no es que Zoe haya sido ñángara, es que lo es todavía. Aún, encore, ainda, still. Ñangarina por querer gobernar ella sola toda la literatura cubana, por querer emular el reinado del káiser Guillermo (Cabrera Infante) sobre la literatura del exilio. ¡Que los músicos no paren! ¡Todo el mundo a las mesas! ¡Dejen la pista entera a Chencha la Gambá! Ninguna de las tramas que consiga inventar ella será más imaginativa o novelesca que el cuento de su vida que ahora hace. ¿Quién no recuerda, de una de sus solapas, el sistema que patentara para abandonar estudios universitarios: “Estudió Filología en la Universidad de La Habana hasta que se autoexpulsó”? ¿No contó en una entrevista que la salida de Cuba de su pequeña hija fue en clandestinidad, y llegó a buen término gracias a que La Macarena estaba de moda, sonó en ese momento la canción, y la gente de la aduana empezó a bailarla descuidando su trabajo? (¡Ay, qué escena perdida por Roberto Benigni para La vita è bella!) En Corazón XL Zoe Valdés rememora muchos de los sufrimientos padecidos por ella dentro de Ñangarilandia. Gran parte
de sus
problemas surgieron de un atrevimiento libertario que contaba con
escasos antecedentes: ella se arriesgó a publicar una novela en
el extranjero sin consultar a las autoridades cubanas. Lo hizo por sus
moños. Sólo Reinaldo Arenas, nos recuerda, se
había atrevido antes a algo semejante. Arenas lo pagó en
persecución, ella lo secundó en arrojo. Sólo que,
cuando las cosas se pusieron feas, supo hacerse oír por una de
las autoridades: Alfredo Guevara (ninguna relación con el
comandante Ernesto) levantó un teléfono, ladró lo
suyo, y se borraron para Zoecita las nubes del horizonte. Su primera novela alcanzó a encontrar editor extranjero gracias a una serie de contactos hechos como quien no quiere la cosa, tan serendípiticamente como quien se mea y no lo siente. Oigámoslo de su boca: “ya yo había asistido, siendo muy joven, de casualidad, a una reunión de esas, de editores en los años ochenta, así conocí a Jaime Salinas, a Ugnès Karvellis, entre otros”. (Poco antes, en la misma entrevista, se quejaba de los escollos que postergaron su entrada en el mundo de los editados. Aunque nadie lo afirmaría en vista de las reuniones “de esas” en las que ella participaba “de casualidad”.) Nadie como Zoe Valdés logra torcer un premio jugoso recibido dentro de Cuba hasta sacarle el peor cariz, la peor mueca. Nadie que haya pasado por misión diplomática revolucionaria ha mostrado mejor los inconvenientes de vivir en el extranjero. Y nadie podrá competir con ella en recordar lo riesgoso que resulta dirigir dentro de Cuba una revista oficial. Fotografiada por algún Josef von Sternberg, ahora es anunciada en la portada de Corazón XL como musa cubana en París. Pero, ¿musa de qué?, podemos preguntarnos. Porque su influencia en la escritura de otros no es muy visible que digamos. Cierto que Ena Lucía Portela derivó, luego de narraciones menos comprometidas con el color local habanero, hacia el valdesianismo. Pero quien quiera avizorar la influencia de Zoe Valdés, tendrá que remitirse al futuro. Ejercicio de anticipación, excursión al Día Después: para ese entonces, Zoe servirá de inspiración a quienes ahora sufren dentro de Cuba puestos de dirigencia, beneficios, becas, medallas, viajes, premios. Gracias a que ha existido una narradora llamada Zoe Valdés, Abel Prieto y Nancy Morejón (por citar ejemplos de otros escritores que pintan) podrán narrarnos algún día las amarguras de sus vidas bajo el totalitarismo. Y si hace un siglo llegaba de París el cuento de la cigüeña que encubría cada nacimiento, en el futuro vendrá de la Ciudad Luz la receta del reciclaje político, el secreto del renacer por botox. ¡Imagínese el calvario personal que podrán trazar entonces las solapas de un Miguelito Barnet o de un Lisi Otero, ay! Aquellos que se empeñan en afirmar que la carrera de Soez Valdés está acabada, no calculan el enorme influjo que esa obra ejercerá en lo futuro. Bien lo ha dicho (y repetido) nuestro actual ministro de Cultura: se escriba donde se escriba, en la isla o en el exilio, la literatura cubana es una sola.
Rosa tú, melancólica “Te
llegará una rosa en la
mañana.
Será para vivirla entre comillas” Alberto Cortéz Le avisaron de que tenía un mensaje de Carmen Balcells, y el ministro Abel Prieto recordó la mañana en que su padre lo llevó a conocer el granizado (“No metas los pelos en el hielo”, le advirtió su padre), y enseguida pensó en la novela recién terminada, inédita, que atesoraba sobre su escritorio. Ya el gato de su libro anterior volaba como Matías Pérez. Miguel Barnet, autor él mismo de un libro sobre felinos (Con pies de gato, poemas acompañados de garabatos de Abel Prieto), había dicho que desde Paradiso no tenía leída, en novela cubana, cosa igual. Que nadie cantaba con tanto mendó
desde la muerte de Pacho Alonso. Se agotó de inmediato la primera edición que Roberto Fabelo ilustrara (contaba con solapas, rasgo bastante inédito en el vestir cubano), y se hizo imprescindible echar a andar las máquinas para una edición segunda con los mismos dibujos, pero sin las solapas. (Que buena parte de esa primera edición fuese agotada por el autor, no le quita ni una pizca de éxito a El vuelo del gato. Al fin y al cabo contó con lectores, pues Prieto regaló el libro a todo el que visitaba su despacho, mandó ejemplares a editores y agentes literarios extranjeros, y Saramago, Galeano y Benedetti recibieron su compota. “¡Pónle vuele de gato a todo el mundo!”, era el grito de guerra del ministro al entrar en los bares.) Y en verdad fueron muchas las señales de popularidad del libro. La trovadora Sara González dedicó una canción a su protagonista, Freddy Mamoncillo. El pianista y compositor José María Vitier se vistió de pingüino para la presentación en Madrid (¡Ediciones B publicó en España la novela!), y Francisco López Sacha prodigó allí sus alabanzas. El ministro no hacía más que iniciar una campaña que luego, lamentablemente, no ha podido extenderse a otros casos: la idea era que cada autor que presentara libro fuera de la isla viajase acompañado por un músico del patio y un despedidor de duelos. ¡Qué érsito, tú, el de aquella velada! El hijo de Cintia y Fino lecuonizó ipsofactamente al público madrileño. Y luego, con música de fondo a lo Rinconcito Poético de “Actividad Laboral”, Francisco López Sacha metió cotorra. Pero, ay, los periodistas españoles emboscaban al autor. Se empeñaban en sacar al ministro que había dentro de él, tocaban a la puerta de Jekyll preguntando si allá dentro vivía Hyde, traían la luna llena al Hombre Lobo. Y el ministro se vio obligado a salirle al paso a aquellos mercenarios. La campaña, sin embargo, no concluyó ahí. Pues cuando uno pare un libro y es padre responsable, sabe que tendrá que acompañarlo hasta el final, hasta las librerías de viejo, hasta el momento en que conviertan en pulpa lo que resta de tirada. ¿Y qué vino luego de la publicación en Cuba y en España? Pues que Abel Prieto empezó a jinetear la traducción al inglés de su novela. Muy oportunamente, la narradora cubanoamericana Achy Obejas publicó en Village Voice una reseña de varios títulos cubanos recién traducidos, y dedicó la mitad de su reseña no a libro publicado alguno, sino a uno todavía en veremos: Miss Obejas reclamó ante la opinión pública norteamericana la inmediata aparición de la novela de Prieto, sostuvo que las editoriales gringas censuraban al ministro de la isla. (Acerca de la censura presidida por Prieto dentro de Cuba, Obejas no ha dicho nada que sepamos. Al parecer únicamente la desvela la libertad de expresión en Gringolandia.) Y, bueno, para no hacer larga la historia, el gato voló al fin en traje de Batman. Lo publicaron traducido al inglés, aunque no se encargó de ello ninguna editorial yuma. No, señor. No, compañero. Quien lo hizo fue nada más y nada menos que la editorial española Debate, perteneciente al grupo Random House Mondadori. (Debate ha publicado el trabuco donde Ignacio Ramonet entrevista a F.C. Y ha publicado también un par de títulos sobre energía y su utilización compuestos por el hijo mayor de F. C. Por lo que se aprecia, la importante editorial ha iniciado una biblioteca de autores cubanos sumamente enérgicos.) Pero bueno, ¿qué hace una editorial gaita publicando en inglés novela cubínskaya? ¿Se le montó a Debate el espíritu de Ediciones en Lenguas Extranjeras de Moscú? “¡Miren para allá!”, acostumbraba a decir en su programa televisivo la madre del ahora narrador Amaury Pérez. Y Consuelito Vidal señalaba a una escena donde Enrique Arredondo hacía de las suyas. En mi caso lamento tener que señalar a predios de menor simpatía, a cotos de ninguna realeza: pido a mis lectores que miren hacia la Plaza de Armas de La Habana Vieja. ¿Ven ustedes, apartando a la pareja de policías que ha detenido a un paseante negro, el edificio colonial que se alza junto a La Real Fuerza? Es el Palacio del Segundo Cabo, actual sede del Instituto Cubano del Libro que preside el prologuista cubano de Belén Gopegui (casualmente, el marido de ésta, Constantino Bértolo, es quien dirige la editorial Debate). ¿Y ven ustedes, a mano izquierda al entrar, esa tienda de libros en moneda extranjera? Pues pertenece a Random House Mondadori. Sus anaqueles están llenos de la morrallita del peor aeropuerto del mundo: Paulo Coelho, Isabel Allende, Stephen King y, a lo más, Umberto Eco. Random House Mondadori es vecina allí de la redacción de La Jiribilla. Pero a las cabezas pensantes de la compañía no les preocupa demasiado el presente, y cifran sus esperanzas en el futuro. Han sido los primeros en marcar en la cola, y poco importa a cuánto encargo oficial cubano tengan que dar cabida por ahora en su catálogo. Porque lo bueno empezará after F.C. Mientras tanto, el gato vuela con traje de Batman y cuatro alpargatas. Cabe esperar que Achy Obejas (si aún no lo ha hecho) exija en Village Voice el cese del bloqueo criminal e imperialista sobre Freddy Mamoncillo y otros personajes. Y The flight of the cat cuenta con cinco estrellas en Amazon.com. Tan máxima calificación se la debe a un lector, Richard B. Cluster, que desde Cambridge, Massachusetts, pregunta por la curiosa naturaleza de ese libro donde un gato vuela y una editorial en español lo edita en
inglés. “Why would an English-language edition for sale in
the U.S. be published in Spain?”, cuestiona Mr. Cluster. Para enseguida suspiciar: “Probably because the author is Minister of Culture in Cuba”. “But the novel is not what you’d expect”, añade. Y su valoración (en la que, por cierto, no explica virtud alguna del libro) comienza de este modo: “I’m actually the translator of this book”. ¡Acabáramos! ¡¿Así que Richard B. Cluster es a la vez el traductor al inglés de El vuelo del gato y el que lo califica al máximo?! ¡Ah, no, así yo no juego! Porque a mí también me quisieron (¡y mucho!) mis abuelos de Hungría. En fin… Tanta mecánica por ver triunfar a una novela ha de tener en vilo, ahora por segunda vez, al ministro Prieto. Y cómo no exaltarse cuando, recién concluido nuevo libro, recibe aviso de que Carmen Balcells lo anda buscando. ¡Ah, mesarse los cabellos, tomarse la presión, echarse algún colirio! ¡Ah, negar un permiso de viaje, clausurar una exposición conflictiva, entretener el tiempo hasta que arribe tan dulcísima promesa! ¡Carmen Balcells ha dado a Rosa Miriam Elizalde un mensaje para él! ¡A Rosa Miriam, de Juventud Rebelde, que anda por la península! Suenan teléfonos en el despacho ministerial. Pedro Pérez Sarduy pide una visa desde Londres. Alexis Díaz Pimienta, un encargo que lo ponga a escribir. René Vázquez Díaz, campaña que iniciar en la lejana Estocolmo. Omar González pregunta cuál gaveta abrir en su buró de la presidencia del ICAIC… Y de Barcelona, nada. Hasta que, por fin, es Rosa Miriam Elizalde. Rosa Miriam, de Juventud Rebelde. “¿Cómo estás, Rosa Miriam? ¿Cómo está Barcelona? Ya me dijeron que querías darme un recado.” Y ella contesta que cómo no, que Carmen Balcells le envía un mensaje. “Pero antes déjame decirte, Abel, que Carmen es la agente literaria más famosa del mundo.” “Sin dudas, Rosa Miriam.” “¡Qué poder tiene esa mujer, Dios mío!” “Es la agente literaria más poderosa del mundo, Rosa Miriam.” “¡Y que lo digas, Abel! Yo estoy asombrada.” “No es para menos, chica.” “De verdad, es impresionante.” “Ya lo creo.” “Carmen Balcells es la Mariana Grajales de la edición.” Así por el estilo, hasta que el ministro le pide que desembuche. Y ella le habla entonces de una rosa. |