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Se soltó la lengua

     Dada la aceptación que tuvieron las primeras entregas de La lengua suelta entre nuestros lectores, La Habana Elegante ha decidido concederle a Fermín Gabor un espacio propio donde pueda seguir soltando la lengua.  A partir del presente número invitamos a nuestros lectores a visitar periódicamente La lengua suelta, puesto que su actualización no dependerá de la salida del próximo número de L.H.E, sino de los envíos de Fermín Gabor.

La Redacción

Aviso a nuestros lectores:

Hemos incluido, a continuación de la entrega no.18 de La lengua suelta, el texto Anónimos, de Arturo Arango a que Fermín Gabor hace referencia.  De esta manera nuestros amigos disfrutarán más el envío de Gabor.  Además, La Gaceta de Cuba no podrá objetar nuestro sentido de la más elemental justicia. En cuanto a nosotros, bueno, no les exigiremos peras al olmo.

La Habana Elegante


La lengua suelta no. 18

Qué raro que me llame Federico

 Fermin Gabor

Dónde estábamos? Ah, ya. En el momento en que, con el título Anónimos, Arturo Arango publicaba en La Gaceta de Cuba (julio-agosto 2004) artículo donde intentaba meterle coco al fenómeno de las columnas de autoría encubierta que, según noticias suyas, empiezan a pulular.
     Algo menos repugnantes que los virus informáticos, críticas literarias y de costumbres gremiales llegan a las pantallas de nuestras computadoras bajo nombres falsos. Creo, opuestamente a Arango, que rara vez sin nombre. Por lo que su artículo debió llamarse Seudónimos. (El seudónimo tiene linaje literario y el anónimo tradición de chantaje.)
     Pero más allá de la inconveniencia del título, resulta muy loable su empeño de juntar señales e intentar extraer de ellas alguna moraleja. Lástima, empero, que a ese intento no lo acompañe una recta inteligencia. Lástima que la flecha se le pierda en el camino al blanco.
     Y no podía ocurrir de otro modo cuando parte de presupuesto tan falso como el suyo: las polémicas literarias anidan gustosamente en las revistas de la isla. Y no podía ser menos cuando empuja al lector hacia causalidades descabelladas: tales mensajes encapuchados promueven el chisme de pasillo y restan ímpetu a lo que pudiera convertirse en crítica publicada. (Si tal como asegura él los mensajitos constituyen una moda reciente, el chisme de pasillo es anterior a la fundición de los cimientos de la casona de 17 y H).
     Sin embargo, lo más falso de Anónimos es el aire de apoliticismo que el autor aparenta. (Que la política salte luego a la yugular de muchas de sus oraciones resultaba esperable, pues ya se sabe cuán incivil puede ser el comportamiento de lo reprimido siempre que retorna.)
     Arturo Arango conocía de antemano lo político del asunto. Según palabras suyas, en esas críticas de nombres encubiertos “se descalifican instituciones cubanas y a escritores y artistas que desempeñan responsabilidades en ellas o que declaran su compromiso o su simpatía con la revolución”.
     Para pensamiento como el suyo la política “es un campo dominado por reglas que difieren de las que sostienen el juego literario”. Y pretende luego citar con propiedad a Barthes y a Foucault, para que no nos quepa duda de que en su vida ha leído a esos monsiús. Pues una sola incursión por obras de esos franceses le habría enseñado que las reglas son las mismas para el juego político y el literario. (¿Por qué en sus palabras la política es campo y la literatura juego? ¿Por lo minado del primero?).
     Arturo Arango no quiere que se le vea como censor de lo que estudia. Incluso en varios puntos admite alguna simpatía por lo que los mensajes X traen, y es plausible entender su perorata como la del voyeur que abjura públicamente de la pornografía. (Lo imagino empedernido lector de chanchullos y asiduo comentarista de pasillo.) Pero que no venga a engañarnos su aire modosito: Anónimos resulta una cerrada defensa de las instituciones gubernamentales cubanas.
     Declara para ello la libertad de movimientos existente dentro de las publicaciones de la isla y arremete con disimulo contra quienes las evitan y emprenden alternancias. Arango se adelanta en unos meses a medidas estatales que ya han sido pronosticadas para fines de año: la batalla contra los trabajadores por cuenta propia.

     Anónimos carga contra el cuentapropismo de la crítica literaria. Procura meter toda forma de vida en el corral del Estado, para que cada niek suene definitivo, inapelable. Para volver a los poderes ommnímodos de los setenta.
     Su autor desaprueba la batalla plantada por un seudónimo ya que resulta una pérdida de tiempo para la polémica. ¿De qué modo responder a una ficción, a una fantasmagoría?, pregunta. Y cita en su artículo a dos de esas ficciones: Leopoldo Ávila y Fermín Gabor. Confiesa que lo elusivo de esta clase de criaturas puede verse bien en el caso del primero, que escapó sin que nadie contestara a sus ataques.
     Es en este punto donde las carcajadas de José Antonio Portuondo o quienquiera que haya sido Leopoldo Ávila desmienten el remedo de posibilidad histórica con que intenta embutirnos Arturo Arango. Pues incluso desprovisto de seudónimo Portuondo (o quienquiera que haya sido) hubiese resultado inexpugnable. Publicadas sus columnas en la revista Verde Olivo tenía a su favor la flotilla de tanques del Ejército Central. Por no hablar de un carné del partido.
     ¿Luis Pavón y Joaquín G. Santana son seudónimos? Tal vez Arturo Arango deba, aunque sin meterse en política, aclararnos por qué este par de veros nominales va a marcharse sin cocotazo suyo o de otros. Ha de explicarnos también la inmunidad en la que tanta vaca sagrada circula indostánicamente a la intemperie, sin seudónimos. (¿La condición de vaca sagrada no protege mejor que un nombrete?).
     Confieso mi disgusto al verme citado en compañía de Leopoldo Ávila. Y, sin pretender develar por ahora mi identidad (algún día lo haré del mismo modo en que Dustin Hoffman se despoja de su peluca en Tootsie), puedo asegurar a mis lectores que me asiste muchísimo menos poder que al finadito Portuondo. Ninguno de los que fustigo dejará de tener edición o empleo debido a mis palabras, ni se le abrirá causa policial.
     Compruebo que del mismo modo en que Arturo Arango quiere hacernos creer que ha leído a Barthes y a Foucault, simula no saber la diferencia entre Verde Olivo y La Habana Elegante, Laurenti Beria y un pobre bicitaxista.
     Me acusa, a mí y a otros, de intolerante. Pero, ¿por qué buena razón dejar de atacar a un mazo de escritores oficialistas que ya cuentan en revistas y periódicos y noticieros y editoriales y oficinas con suficiente aplauso y vitoreo? ¿Hay que sumarse al coro de quienes los celebran? ¿Hay que callarse la boca o sudar fiebre por los pasillos roñosos donde circula el chisme? ¿Ser tolerante con la intolerancia política y la mediocridad literaria de quienes protagonizan la escena cultural cubana?
     Ya por el tobogán de las preguntas, ¿quién es verdaderamente Arturo Arango?
     Compartiré con mis lectores la mejor de mis hipótesis: hace unos años era el muy joven director de Casa, revista continental. Roberto Fernández Retamar era su jefe. Un buen día, con ganas de divertirse, de burlar la mediocridad de un periodista llamado Luis Sexto, el joven director confabulóse con algunos de sus subordinados y escondieron los rasgos del mediocre periodista bajo disfraces de payaso. Sacaron un número de la revista con retratos burlados de Luis Sexto.
     Lo escolar de la broma no tiene para mí reproche alguno (¿acaso aquí no las cometo igual?), sí lo insignificante de su elección. ¿Por qué en lugar de un idiota con nombre de rey no ocuparse de muñecón más alto? ¿Por qué no el jefe Retamar, por ejemplo? ¡En lugar de pieza mayor, bajarse con un periodista que nadie recuerda ya! Ubi sunt Ludovicus Sextus.
     No tardó mucho el burlado en reconocer bajo los payasescos rasgos los rasgos propios de su jeta, y exigió reparaciones a la ofensa, visitó a las autoridades pertinentes, hizo de la venganza punto de honra.
     Levantado el escándalo, el joven director de la revista Casa se mostró incapaz de reconocer su participación. Se engurruñó, escondióse, aclaró al jefe Retamar su desconocimiento de una jugarreta armada por subordinados suyos a sus espaldas.
     Pero aumentaron un poco la presión atmósferica y el joven director acabó por reconocer su parte en el complot. Lloró en la oficina del jefe (en la antesala, ya que no lo recibían) peticiones de misericordia. Haría lo que fuera necesario para recuperar la confianza traicionada por él. Se iba a Solentiname de monaguillo de Ernesto Cardenal, bordaría trajes típicos para Rigoberta Menchú.
     Y ahora ese lacrimoso que obrara encubiertamente, que dejara en la estacada a los suyos y mintiera a su propio jefe, es quien llama cobarde y amoral a todo el que se acoja a seudónimo o anonimato. Reencarnado desde hace años como jefe de redacción de La Gaceta de Cuba, asegura que no cometerá el pecado de la descalificación fácil: “evito escribir la palabra ‘cobardía’”. (Seguramente le traería recuerdos personales, remordimientos.)
     No estoy seguro de quién es Arturo arango, quizás nunca llegue a saberlo con certeza y él quede como enigma igual que Leopoldo Ávila. Pero, sea quien sea, al final de su artículo deja escrita esta recomendación: "No creo que haya que perseguir estos anónimos". Y ojalá que esta no sea una invitación solapada a las fuerzas de ataque. Porque más peligroso que quien se esconde detrás de un seudónimo es quien pone seudónimos a cada una de sus palabras.


Anónimos / Arturo Arango
      
El fenómeno ha comenzado a expandirse y aunque limitado, al menos hasta hoy, a las computadoras de aquellos que podemos conectarnos a la red (a alguna zona, ya sea mínima, de la red), ha ocupado por momentos la atención del campo intelectual cubano: cada cieno tiempo, enviados desde cuentas de correos a todas luces apócrifas o tomados de revistas digitales elaboradas fuera de la Isla, llegan a decenas, quizás cientos de buzones electrónicos textos que pretenden la crítica (literaria, pero no sólo) amparados en el anonimato. Y es, justamente, esa expansión lo que provoca este Punto:
cuando un episodio se conviene en regularidad hay que leerlo también o, sobre todo, como un síntoma.
     En su mayoría son textos que buscan una operatividad política: en muchos de ellos se descalifican instituciones cubanas y a escritores y artistas que desempeñan responsabilidades en ellas oque declaran su compromiso o su simpatía con la revolución. Intentaré, sin embargo, apartar de estas líneas la política (mientras sea posible), ya que es un campo dominado por reglas que difieren de las que sostienen el juego literario.
     Algunos de esos autores que han optado por el enmascaramiento aducen que los motiva la falta de transparencia de la prensa cultural cubana y dan por sentado que no hay espacios donde la crítica pueda ser expresada con la mayor crudeza. En principio, esa misma excusa llama la atención: es cuanto menos extraño que alguien que opta por esconder su rostro real requiera de justificaciones para hacerlo y quizás ello revele la necesidad de legitimarse ante sus posibles lectores y, simultáneamente, el temor a ser rechazado, a estar sobrepasando limites que un tipo de receptor, tal vez mayoritario, no esté dispuesto a admitir.
     Sin embargo, eso que los anónimos están dando por sentado, ¿es real? ¿Ha faltado espacio para la polémica en el campo cultural cubano y, en especial, en sus revistas? No es éste el lugar para enumeraciones, pero cualquier lector que revise los índices de Unión. La Gaceta de Cuba e, incluso, de publicaciones de otro perfil, como Revolución y Cultura y Cubaliteraria, reconocerá que han acogido numerosas disputas, al menos durante la última década, disputas donde, muchas veces, la pasión, los enconos, las descalificaciones, han prevalecido por encima de la razón, de la decencia y de la búsqueda del conocimiento (aunque en otras los autores han dado ejemplo de decoro, de civilidad).
     Insisto en que estoy mirando sólo aquella zona, digamos, literaria de esos textos que llegan bajo firmas falsas. Para ser justo, debo reconocer que a muchos de ellos no les falta agudeza y que a veces expresan criterios con los que coincido (ya sabemos, “El diablo no tiene la razón pero tiene razones que vale la pena atender”), aunque en otros casos son chapuceros, tontos y su escritura pésima. Pero más allá de cuestiones de calidad, hay en la propia manera en que existen, en que toman cuerpo, argumentos que me molestan, que me preocupan, sustancialmente. Algo que huele mal.
     Lo primero es su intolerancia política. Como dije antes, se descalifican, sobre todo, escritores cuyo compromiso con la revolución cubana es explícito. Si décadas atrás nos quejábamos de que la izquierda dogmática desestimara figuras valiosas sólo por sus ideas de derechas, o aun por su indiferencia, invenir la ecuación no es menos nocivo y demuestra idéntico sectarismo: ni uno ni otro pueden hacer bien a la cultura, aunque uno y otro lleguen amparados por situaciones de poder o por el espíritu de la época.
     Me molesta también la falta de rigor, la comodidad que se impone con el anonimato (y evito escribir la palabra “cobardía” para no cometer el pecado de la comodidad, de la descalificación fácil, adjetíva). Ya sabemos, desde Barthes y Foucault, que un autor es algo diferente que el nombre de quien escribe. El anónimo se esconde también como autor. No sólo pone su persona, su rostro o su cuerpo mismo a salvo de réplicas, represalias o agresiones sino que está enajenando esa otra parte que le pertenece como autor. Al polemizar con un seudónimo de este tipo, sea el de Leopoldo Ávila o el de Fermín Gabor, lo hacemos contra una ficción, contra una fantasmagoría que terminará escapando (ya lo hemos comprobado en el primero de los casos), contra un cuerpo de ideas sin respaldo, sin historia. Es, por tanto, una polémica estéril, que difícílmente pueda satisfacer esa “sed de conocimientos y de experimentación” que reclama para la cultura el lúcido editorial que acaba de publicar la revista Unión (n. 51,2003) a propósito de las polémicas. Hay, por ello, una amoralidad en ese gesto de hacer que un texto aparezca en la orfandad de lo anónimo. Se puede no simpatizar con el impulso negador que rigió la obra de Virgilio Piñera, pero lo que no se puede poner en tela de juicio es que ese espíritu es parte sustancial del autor Virgilio Piñera: la lectura de Aire frío o de La isla en peso es inseparable de ese afán negador, y sus textos críticos, con frecuencia devastadores, no pueden comprenderse sin sus piezas teatrales, sus cuentos y poemas. Por eso su negación puede ser fecunda, iluminadora: ofrece una lección de ética y el ejemplo de una valentía personal, de una verticalidad para la defensa de sus criterios estéticos que, ya lo sabemos, también constituyen al autor Virgilio Píñera.
     Por eso me molesta, además, que, bajo el pretexto de abrir espacios para la discusión, estos mensajes estén, en realidad, cerrándolos. Los cierran porque favorecen el rumor, el cotorreo o el comentario de pasillos, siempre infecundos y tan arraigados, tan poderosos en el medio cultural cubano. Lo que se conversa o se trama en pasillos pocas veces alcanza espacios de debate público de mayor alcance o jerarquía: se desvanece en superficies. Los cierran, también, porque en ellos la frivolidad, la descalificación adjetiva, prevalece sobre la argumentación y el conocimiento. Los libros o autores azotados por estos mensajes ya están, por el momento, apartados de otro tipo de debates. En lugar de ponerlos bajo la luz de una meditación seria, estos anónimos los han agotado. Ya nadie volverá sobre ellos y, quien vuelva, no incorporará a los suyos, ni para afirmarlos ni para rebatirlos, argumentos que, como dije antes, no pertenecen a autor alguno.
     Pero también quien usa un nombre falso se siente en libertad de hacer lo que no podría desde su identidad real. Y si lo que se intenta es la crítica literaria, esa presunta libertad conduce al insulto o a la calumnia, casi inevitablemente. Si esos textos, como algunos de ellos afirman, pretenden establecer un modelo distinto para la crítica literaria, sus autores debían saber que un nuevo modelo requiere también de una nueva ética y que el abuso de la libertad es inmoral (no ya amoral), como es inmoral el abuso de cualquier tipo de poder, incluso el que otorga una máscara.
Estos anónimos llegan a nuestros buzones, nos dejan indiferentes o nos hacen reír, nos preocupan o nos irritan, pero existen y ya son inevitables, tal vez crecientes (las características del trabajo en la red pueden favorecer que otras personas se sumen a la modalidad). Es obvio, además, que están entrando en un ambiente favorable: de nuevo, el Diablo no tiene la razón... Tan verdaderas como las polémicas ocurridas y los espacios que las favorecen son las zonas de silencio, los debates pospuestos, las heridas mal sanadas. Tan real como esa pretendida o solicitada unidad de los intelectuales cubanos, o como lo ha sido su sabiduría para enfrentar y conjurar actos de incomprensión o intolerancia, lo son las bajas pasiones, los resentimientos, las envidias (inherentes, ya sabemos, a la condición humana).
     No creo que haya que perseguir estos anónimos, ni bloquearlos en nuestras cuentas de correo, ni hacer como si no existieran. Han llegado y en no pocos casos ocupado la atención, la curiosidad, el tiempo de muchos de nosotros. Quizás, por eso, lo más útil sea pensar, en lo que significa ese acto, en el caldo de cultivo del que se alimenta, y tratarlos en los espacios y con la ética que ellos quieren desconocer, de manera que al odio, al fanatismo, a la irresponsabilidad, se le opongan la razón, la inteligencia, el sentido común.


La lengua suelta no. 17

Dos Gacetas y muchísima polémica (pero no dentro de ellas)

Fermin Gabor

     Tengo en mi mesa los dos últimos números de La Gaceta y, por lo que arrojan ambos acerca de la crítica literaria, por lo de preceptiva que tienen, han de ser lectura obligatoria para todo el que busque estrenar opinión en las revistas de la isla o publique ya en ellas. Es preciso leerlas como se lee un manual de costumbres, una guía de etiqueta, un tratado ético. Especialmente dos de sus artículos: uno debido a la pluma de Eliades Acosta Matos, otro a la de Arturo Arango.
     Vicedirector de la Unión de Historiadores de Cuba y actual director de la Biblioteca Nacional, me cohibiría en grado sumo tratar al primero de estos autores con título que no sea el de doctor. Yo conocía ya algunas de sus opiniones gracias a una antología preparada por Enrique Ubieta (Vivir y pensar en Cuba. 16 ensayistas cubanos nacidos con la Revolución reflexionan sobre el destino de su país, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2002), donde el doctor Acosta Matos atacaba unos intentos de revaluación del autonomismo cubano a la par que acometía la defensa del realismo socialista.
     En esa misma antología un pensador de la agudeza de Fernando Rojas (siempre que le adjudiquemos por error alguna obra de su hermano Rafael) añoraba la gama de productos lácteos que su infancia consumía en paseos por el habanero Parque Lenin. Fernando Rojas destilaba nostalgia de cuño semejante a la de esas viejas tías abuelas recontadoras de meriendas de Ten Cents. “El vaso valía veinticinco centavos, y en los primeros setenta allí vendían la leche sólo por vasos”, rememoraba. (La boca se nos hace agua de pensar en los primeros setenta, recién fracasada la Zafra de los Diez Millones y celebrado el Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura.)
     También a Victor Fowler, presente en dicha antología, lo desvelaban preocupaciones líquidas. No se trataba en su caso del vaso de leche servido en el Parque Lenin, sino de la “Pepsi Light” para la cual, en un día futuro de capitalismo habanero, no le alcanzaría la plata. (¡Qué tortuosa nostalgia la suya capaz de proyectar imposibilidad actual hacia el futuro!)
     La historia nacional cabía entre el vaso de leche de Fernando Rojas y la “Pepsi Light” de Victor Fowler. A juzgar por los 16 ensayistas nacidos con la Revolu el destino del país consistía mayormente en la añoranza. “¡Ay, qué mal va la cosa”, recuerdo haber dicho, “cuando los ñángaras empiezan a sufrir de nostalgia!”.
     Pero no hagamos esperar más al doctor Acosta Matos, para quien el realismo socialista es un quesito crema del Parque Lenin. En la antología ubietánea el actual director de la Biblioteca Nacional se dolía del saqueo sufrido por los antiguos países comunistas europeos luego de la caída del Muro de Berlín. Según él, el video-clip (“las tambaleantes industrias del video clip”) y la decoración de interiores venían a apropiarse de los códigos visuales del realismo socialista, hurtaban longevidad a la estética favorita del camarada Stalin.
     (Su planteamiento abre diversas interrogantes: ¿por qué entender la apropiación estética como saqueo?, ¿o cómo no admitir entonces que es saqueo a Occidente toda la arquitectura moscovita de la época de Stalin, de un neoclasicismo facilón?, ¿por qué, en lugar de emprender la defensa del constructivismo soviético, cuidarle el culo al realismo socialista?, ¿cómo éste, tan vigoroso, llegó a ser absorbido por lo tambaleante?, ¿y por qué la suma de los artistas eméritos de las repúblicas soviéticas no alcanzó a imaginar ni una emisión de Colorama?)
     Graduado universitario en una alejada república soviética, el doctor Acosta Matos defendía el pundonor bolinski. Autonomista como fue frente a Moscú (ni independencia ni anexionismo), no aguantaba a los que quisieran recordar el autonomismo frente a España.
     Y ahora el penúltimo número de La Gaceta de Cuba publica un texto suyo donde arremete contra todo el que procure algunos rasgos positivos para la República. Responde a una reseña publicada por el investigador Jorge Domingo Cuadriello en número anterior de esa misma revista y, para entender su alcance, es preciso hacer un poco de historia. Dejénme que les cuente, limeños.
     Julio Rodríguez publica a los sesentinueve años de edad un primer libro, una cronología: Noticias de la República. Matrimoniado con la bibliógrafa Araceli García Carranza, Rodríguez recibe ayuda de su esposa para el libro. Y el doctor Acosta Matos, quien se brinda a prologarlo, asegura que el volumen es obra de indudable valor y se deshace en alabanzas del trabajo investigativo efectuado por su autor.
     Luego Jorge Domingo Cuadriello reseña ese primer tomo de Noticias de la República (hay otros por venir) y descubre que en él abundan las imprecisiones, los errores y las meteduras de pata. Y que el tan alabado viaje de su autor a las fuentes bibliográficas resulta muchas veces dudoso.
     Quien recorra las páginas de esa cronología podrá asistir al nacimiento apócrifo de Julio Antonio Mella, verá regresar de la muerte a Aurelio Mitjans, y va a ser testigo de la doble muerte del general Carrillo o del nunca ocurrido asalto y destrucción del periódico Heraldo de Cuba.
     Muchas otras pifias señala el reseñista y descubre además la poca imparcialidad de un acopio en el cual no aparece mención del mayor período de bonanza económica republicana. Es en este punto donde el reseñista Domingo Cuadriello topa con el malhumor del doctor Acosta Matos. ¡Mira que exigir noticia favorable de una edad histórica donde la gente nacía en días equivocados, volvía de la tumba o moría dos veces!
     Incapaz de objetar la mayor parte de las acusaciones del reseñista, el doctor Acosta Matos acude en su defensa a lo melodramático. Varias son las objeciones sentimentales que hace a Jorge Domingo Cuadriello. Que si éste ha atacado en público a una mujer como Araceli García Carranza (¿en privado le hubiese estado permitido?), que si abusa de un hombre que a los sesentinueve años publica su primer libro. Con la conciencia de un asiento de guagua para embarazadas, el doctor Acosta Matos se desvela por mujeres y ancianos. (Vista la edad de su prologado, uno llega a preguntarse por qué éste no esperó a ser aún más defendible, qué lo ha impulsado a tanta precocidad. Pues, publicado a los noventinueve años, su primer libro habría sido más erróneo y disculpable.)
     Por supuesto, donde hay novelón indígena no falta la figura del Apóstol, y el doctor Acosta Matos nos recuerda el martiano apotegma “Criticar es amar” y el sofisma martiano de que cuando se va a morir bien cabe licencia para rimar del peor modo. Vistas así las cosas, un chapucero de 69 años casado con concienzuda bibliógrafa emprende el primero de sus trabajos, mete la pata sin compasión, y es preciso amarlo martianamente.
     Por último, el doctor Acosta Matos no alcanza a comprender a esos críticos que “pudiendo ventilar entre compañeros sus señalamientos escogen la páginas de una revista”. Y de aquí puede sacarse tal vez el más importante precepto entre los suyos: la crítica no tiene por qué llegar a las revistas, no hay por qué publicarla. Cualquier diferencia estética ha de ser ventilada en reunión a puertas cerradas. (De la crítica literaria como asamblea sindical manicheada por la administración.)
     Pacienzudo para examinar las virtudes de una cronología, el investigador Jorge Domingo Cuadriello ha tenido también la cachaza de responder a cada una de las reclamaciones del doctor Acosta Matos. Y en respuesta a las peticiones de crítica amorosa hechas por éste se ha encargado de exhumar la nada cariñosa reseña con que, en 1988 y desde una revista santiaguera, Eliades Acosta Matos (entonces no doctor) saludara la aparición de un libro póstumo de Virgilio Piñera.
     (De esa vieja reseña vaya un cacho: “
¿En nombre de qué supuesta libertad de expresión o de creación puede un intelectual aislarse de un mundo en ebullición que diariamente golpea a su puerta clamando también por su aporte en su eterna lucha por la perfección? ¿Puede aceptarse como lógica la autocondena de Piñera al ostracismo, al autoexilio al mundo de la fabulación, suponiendo incluso que no hayan podido ser aceptadas sus propuestas estéticas, en una coyuntura política muy concreta y por todos conocidas?” Fuera cuestión amorosa, el joven Acosta Matos tiene el descaro de tratar de autocensura lo que fue castigo oficial dictado contra Piñera. Y considera búsqueda de perfección a los golpes en la puerta del viejo escritor prohibido. Al parecer, los estetas de Villa Marista venían a pulir alejandrinos al apartamento de Piñera.)
     La Gaceta de Cuba, que publicó la reseña escrita por Jorge Domingo Cuadriello y luego la reseña de reseña a cargo del doctor Acosta Matos, ha decidido interrumpir la polémica cuando estaba poniéndose mejor. Bajo el pretexto de que no agrega nada nuevo, deja sin publicar la respuesta de Domingo Cuadriello.
     Sin revista que la acoja, la entrega última de esta polémica viaja de uno a otro correo electrónico, corre el destino de una nave espacial ida de órbita. Jorge Domingo Cuadriello asegura en ese mensaje electrónico que ya no volverá sobre el tema. Aunque ha pedido al presidente de la Unión de Historiadores de Cuba que se nombre una comisión de historiadores, suerte de cascos azules de la ONU, que sirva de árbitro en la pelea.
     El número de La Gaceta de Cuba en el cual debió salir la contesta de Domingo Cuadriello al doctor Acosta Matos se cierra con un artículo de Arturo Arango, jefe de redacción de la revista, que desaprueba la proliferación actual de crítica literaria bajo seudónimo y recomienda canalizar la discusión a través de las revistas literarias ya existentes. Arango anima a leer los índices de Unión, de La Gaceta de Cuba, de Revolución y Cultura para encontrar allí vivas polémicas. (Perfecto conservador, ni por asomo se le ocurre aludir a la posibilidad de nuevas revistas.)
     El actual director de la Biblioteca Nacional dictamina que la crítica de libros ha de ser transacción de despacho que no arribe a las revistas porque la ropa sucia debe lavarse dentro de casa y cada reseña desfavorable puede ser un arma que tendamos al enemigo imperialista. Arturo Arango, en cambio, cree que es obligación de la crítica aparecer en el espacio público que las revistas trazan. Un detalle salva la diferencia entre las posiciones de este par de funcionarios: los directores de revistas conservan el fácil recurso de afirmar niek nananina a todo cuanto les parezca incómodo.
     Arango, no menos que el doctor Acosta Matos, es un fiel exponente de la hipocresía de las instituciones culturales cubanas. Niega en privado espacio a la polémica mientras en público alardea de brindarlo. Pero ya nos ocuparemos de él en la próxima entrega...


La lengua suelta no. 16

En familia, en verano

(obra en un acto)

Fermin Gabor


-¡Te digo que apagues ese televisor de una vez!

-Está bien. Apagado.

-¿Los viste?

-¿A quiénes?

-A Retamar, a Pablo Armando, a esa gente.

-¡Coño, mira que tardan en morirse!


-¡Chico, no digas esas cosas delante de los niños!

-Los niños que se vayan a jugar, que esto es una conversación entre mayores.

-Vamos, niños, ya lo oyeron.

-Alguno podría ir muriéndose,... ¿no te parece?

-Vira el ventilador, que no me llega el fresco.

-Será que van a llevárselos en lote.

-Ahí mismo.

-Básico, no básico y dirigido.

-Ay, ¿te acuerdas?

-¿Que si me acuerdo? Todavía sueño que me toca elegir juguete.

-Entonces no es un sueño, es una pesadilla.

-Hubo un año en que alcancé muñeca y creí que al otro conseguiría una casita donde ponerla a vivir.

-Una casa de muñecas.

-¿Cuál de los dos es el más viejo, Vitier o Augier?

-Tienen nombres de dramaturgos del Segundo Imperio.

-Pero de los malos. De los teatros de bulevares.

-Bien picúos, sí. Melodramáticos.



-Y tuve suerte de alcanzar la casa. Pero siete años después, cuando de la muñeca no quedaba ni un ojo.

-Vitier es ése que iba a todas partes con Guillén, ¿no?

-¡Con Guillén el que iba era Augier!

-Eh, a ver si tomamos alguna pastillita para la memoria.

-Puse por aquí el nombre para que no se me olvidara. Míralo: gingko biloba.



-No lo había oído nunca.

-Dicen que es milagroso.

-Todavía ese Augier va con Guillén para arriba y para abajo.

-Medicina tibetana. Antiquísima.

-Hum.



-Seguro en Cuba que Ángel Augier toma ginkgo biloba.

-Se le habrá olvidado que su mujer fue batistiana.

-¿Mary Cruz sigue viva?

-¿Tú tienes pruebas de que haya estado viva alguna vez?

-Ay, no empieces.

-Y con tal de no morirse, se hizo santo.

-¿De quién hablan ahora?

-Del director de Casa.

-¿Retamar se hizo santo?

-¿No fuiste tú quien me lo dijo?

-Eso tiene que ser un invento.

-¿Invento mío? Dime si no lo viste con bastón, que casi no podía andar. Y ahora aparece en todas partes.

-Una aparición.

-Lo habrán chapisteado en el Cira García.

-Ese ventilador tiene su problemita al girar.

-Lo que me gustaría saber es cómo, si toda esa gente está muerta, tarda tanto en morirse.

-¡Chico, mira los niños!

-Pero, ¿qué hacen aquí otra vez? ¡Vayánse por ahí!

-Mientras sigas en esa matadera van a pegar oído.

-Son unos monstruos. ¿Qué? ¿No se van a ir? ¡Pues traéme el cartón del Monopolio! Vamos a organizar un juego.

-¡No se te ocurra enseñarle esas cosas a los niños!

-Aquí está el cartón.

-¡Que los pones a comprar casas y hoteles y los frustras para siempre!

-Y aquí un atlas del mundo. Así que buscamos en el atlas un lugar bien remoto...

-¡Sakishima!

-No.

-¡Babuyan!

-Tampoco.

-¡Irimote!

-Irimote, perfecto. Y el juego consiste en traer desde Irimote el cadáver de Pablo Armando Fernández, que es esta ficha que ustedes ven aquí.

-Mamá, ¿ese no era el viejito que estaba en la televisión?

-No, mi amor, él que él dice es otro Pablo Armando.

-Irimote-La Habana.

-En su caso sería rarísimo que la muerte fuera a encontrarlo aquí.

-¿Tú ves? Un juego de mesa que no despierta demasiadas expectativas en los chamas: Monopolio sin hoteles ni millones. Solamente el cadáver del poeta y la necesidad de que lo cubra tierra patria.

-Eh, ¿y no hay castigo?

-¡Castigo, castigo, castigo!

-¡Ah claro, el castigo!

-¿Qué libro estás dándole a los niños?

-Atiendan bien: todo jugador que caiga en este punto tiene que soplarse uno de estos poemas.

-Déjame ver cuál es.

-La poesía de Pablo Armando Fernández.

-¡Ay, Dios mío, vas a analfabetizarlos para siempre!

-Pues podía ser peor.

-Imagínate con Barnet muerto.

-¡Madre mía!

-¡Aquí tienen los dados! Y este juego se llama Los niños se despiden.


-¡Salgo yo primero!

-¡La primera soy yo!

-Un tiro y sale el mayor.

-Cinco.

-Dos.

-¡Ja!

-¡Seis, salgo!

-La propia Carilda...

-¿Qué pasa con Carilda?

-Cuidadito, que ella lee a Carilda.

-Pues que tenga cuidado. ¿Vieron como la vieja salió viva y entera del ajetreo de la feria?

-Todavía está por morirse el primero de esos figurones de feria.


-Siguen sobre la tierra a la espera de premios.

-¡Pero si ya los tienen todos!

-Premio internacional, quiero decir.

-Ah.

-A Augier le dieron el Rulfo.

-¡El Rulfo fue a Vitier!

-El que haya sido, ¿se cree que ahora van a darle el Cervantes?

-¡Que le den la Orden Lenin!

-Esa la tiene ya.

-Es como si ninguno de los ventiladores de esta casa echara fresco.

-A ver niños, ¿por cuál rincón del mundo tienen a ese cadáver?

-Yugo-Vostochnyye Karakumy.

-¡El desierto de Yugo-Vostochnyye Karakumy!

-¿Dónde carajos queda eso?

-No se preocupen, Pablo Armando ya ha estado por allí.

FIN
 

La lengua suelta no. 15

Hacia un perfil definitivo del hombre

Apuntes para un retrato robot de la Generación del Cincuenta

Fermin Gabor

     La cabeza enfundada en unas pamelas negras de ala corta que la asemejan a San Juan Bosco, Carilda Oliver Labra atraviesa la isla porque le han dedicado la Feria del Libro de este año. Se presta, a su edad venerable, a recitar poemas de furor sexual. (Le quitan la temática del repellamiento Carilda Geisha, Tony (that patriotic object of Desire)chupachúvico y quedaría muy poco de su obra poética.)
     Ella forma, junto con Rosita Fornés, el dúo de rubias menos eróticas con que contaran los años cincuenta en Cuba. Y esa falta de fluído eléctrico las obliga, octogenarias ya, a vestirse de sirenas o a soltar kamasutradas. 
     Carilda, que es la que aquí nos interesa, se muerde el pelo en sus lecturas a la manera de una estampa erótica japonesa, hace de geisha jurásica. Las ferias del libro de todos los rincones del país la tienen como figura principal, y ella traslada ese honor a “los cinco héroes prisioneros del Imperio”, de quienes celebra sus bellezas viriles pues la vieja es capaz de untar de baba sexual cuánta cosa le pongan por delante.
     Urbano Martínez, que antes compusiera una biografía de José Jacinto Milanés y otra de Domingo del Monte, ha dado a la luz biografía de la anciana poeta. (La otra rubia ya contaba con una, escrita por Evelio R. Mora: Rosita Fornés, Letras Cubanas, La Habana, 2001.) 
     Hasta los remates de la isla viajan la poeta, su joven marido, un peluquero que la atienda y la vida escrita de ella. Y no hay punto que toquen donde no sepan de su leyenda: es la Compaya Segunda de la poesía.
     “Qué bien se ve Raquel Revuelta”, opina al verla una vecina de Corralillo, fanática lectora de Doña Bárbara.
     Cortejada por la prensa, uno de los periodistas quiso oírle acerca de los años en que estuvo en la fuácata, sin publicación y sin que pudiera mencionarse su nombre, y Carilda se refugió en gatuna cortesía. ¿Para qué ponerse a recordar malos momentos ahora que todo resultaba fiesta? 

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     Cada año La Habana dedica la Feria del Libro a un país invitado y a un escritor diz que de relieveReynaldo González pintado por Diego Velázaquez (Carilda Oliver Labra en este caso), y lo que sigue a éstos en jerarquía es el Premio Nacional de Literatura, flamante como un carro del año. 
     Reynaldo González por esta vez, los festejos organizados en su natal provincia han rebasado todo lo ocurrido antes. Pues le ha tocado develar, en plena vida, una tarja que conmemora su venida al mundo. En Ciego de Ávila, en la fachada de la casa de su infancia. (El hotel “Pernik” de Holguín tiene una habitación donde cabe la gloria de Pablo Armando Fernández, lo mismo que la de Hemingway en el habanero “Ambos Mundos”.) 
     En varias comparecencias televisivas Reynaldo González ha pretendido que esa tarja recién develada cubra el territorio nacional. Llama ensayos a los artículos que ha escrito y, dotado en lo más mínimo para los primores de la lengua, se ha metido (como Rosita en traje de sirena o Carilda de geisha) en disfraz de clásico del Siglo de Oro con el fin de pujar una novela histórica. 
     Del mismo modo en que se saca de la casa la basura, saca un librito de sonetos eróticos. 
     Durante buen tiempo crítico del actual ministro de cultura, no más le aflojaron el premiete, Reynaldo González sigue y persigue al ministro por todas partes. Le ríe las gracias y los pujos indistintamente (Abel Prieto hace chistes con la misma frecuencia que un candidato presidencial norteamericano), le recoge el pelo, le alcanza las pastillitas. 
     González, lo mismo que Carilda, prefiere olvidar sus disgustos anteriores y se adentra en la fiesta. Pues andaba necesitado de tarja y de cariño. Fue gozador de buen destino juvenil para ser tronado luego, y ahora intenta retomar su juventud por cualquier medio, procura continuar carrera. Igual que el resto de sus compañeros de generación, reunidos en el proyecto “Buena Vida Social Club” que patrocina el Ministerio de Cultura.

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     Novedades varias hacen peregrinar a Antón Arrufat en la comitiva ministerial que recorre el país de feria en feria: la aparición de una antología de Gertrudis Gómez de Avellaneda que hiciera y una obra de teatro de las suyas.
     De las fijaciones de textos ajenos realizadas por Arrufat tiene ya el lector algunas muestras. (Su edición de La carne de René, de Virgilio Piñera es conocida como El picadillo de Antón.) Verdadero especialista en reescribir maestros, quién sabe cuántas aportaciones suyas leemos como si fuesen poemas enteramente piñerianos. Y ahora sus desafueros filológicos lo han llevado a producir la que puede considerarse como edición más peregrina de La Peregrina. 
     Él consigna en nota inaugural que ha eliminado de los poemas todos aquellos versos que no le el espejito de Tulaconvencían, y en su lugar ha colocado hiladas de puntos suspensivos tal como acostumbraba a hacerse en vida de la poeta. Siglo XIX para una decisión y XX para otra, acto seguido reconoce la supresión de las mayúsculas que doña Gertrudis utilizaba al inicio de cada uno de sus versos. Y para rematar, elimina los signos de admiración tan abundosos en la poesía romántica. Por privilegiar la moderna lectura en voz baja, sostiene.
     En resumen, el cuarto de Tula le cogió candela. Porque no importa cuánto cariño haya dedicado en su prólogo Arrufat a la descuartizada de Puerto Príncipe, termina por tratarla como a histérica a quien se hace preciso controlar en enfásis, exclamaciones y momentos de desfallecimientos. Con mano de antologador le tapa la boca, y se ufana de ello como si estuviera coronándola en el Tacón. O dicho mejor aún: la corona a taconazos. 
     Promete salvarla de la polilla y la trata como a cucaracha. Arrufat deja para nosotros la mejor edición lobotomizada de Gertrudis Mucho-Hombre y nuestros académicos le estarán agrecidos por el churro. (Con tal de no dar golpe miran con buenos ojos las chapucerías del primero que pase.) 
     Abel González Melo, quien ha fungido como presentador de Las tres partes del criollo, relaciona esta nueva pieza arrufatiana con otras plúmbeas contribuciones del mismo autor a la dramaturgia nacional. (Uno piensa enseguida en lo hermoso que sería que González Melo pudiese entregarnos biografía de Arrufat del mismo modo que contamos ya con Rosita’s y Carilda’s. Poeta y dramaturgo, Abel González Melo ha escrito unas notables glosas de las que no puedo más que citar un fragmento: “Si quieren que a la otra vida / Me lleve todo un tesoro,/ Me esculpiré. Frágil coro / Cala en la escara encendida./ Punge en mi vientre la herida / Lúgubre del mal que espero./ Busca un pulgar asidero / Sobre el mural trascendente / Del tubo espeso y caliente / Donde renazco o me muero.”/ /“Terco temblor tormentoso / Me expulsa otra vez al campo / De los pinceles. Estampo / Recias figuras de gozo./ ¡Ya no soy mujer, soy mozo!/ Mas, sumido en lo que añoro,/ Descubro entre pelo y poro / Fiera escafandra perdida:/ ¡Llevo la trenza escondida / Que guardo en mi caja de oro!”. Los dos primeros y dos últimos versos pertenecen a José Martí, los otros al horror. El poema puede encontrarse entero en la antologia generacional Cuerpo sobre cuerpo sobre cuerpo, selección, prólogo y notas de Aymara Aymerich y Edel Morales, Letras Cubanas, La Habana, 2000)
    Las tres partes del criollo (título que, junto al destazamiento de la Avellaneda, revela tendencias de serial killer en su autor) correrá seguramente la misma suerte del teatro publicado anteriormente por Antón Arrufat. Y no resulta arduo adivinar cuál será la excusa enarbolada por éste para el tan poco caso: acusará a directores y actores y atrezzistas y taquilleras de castigarlo en censura, de alargar el castigo que en los años setenta le impusieran. (En entrevista donde detalla su caída en desgracia, culpa de ella a Raquel y Vicente Revuelta, hermanos en Stalin y en la sangre. Pero ni un nombre de funcionario implica al sistema, como si los Revuelta hubiesen copado por entonces todos los puestos. Las acusaciones arrufatianas tienen, prudentemente, la dimensión de un camerino.)
     Rine Leal ha aportado, hasta donde sé, las razones más plausibles del poco suceso teatral del autor de Las tres partes del criollo. Según él, falta a esas obras las tres especias que conforman lo mejor del teatro: sexo, sangre y dinero. O expresado a nivel de película del sábado: nudismo, violencia y lenguaje de adultos. 
     Hasta hace poco Arrufat contaba con un aire de mártir que le prestaba algún interés. (Lo mismoAntón Pirulero como mártir (en el rostro, los estigmas del crucificado) que otros compañeros suyos de “Buenavida Social Club”, pasó un tiempo limpiando zapatos y sin poder cantar.) Sabía que en ello consistía su fuerte y coqueteaba con la rememoración de sus desgracias, amenazaba con soltar en público la verdad. (De él y de los otros, no hay más que leer sus respectivos discursos de aceptación del Premio Nacional de Literatura.) Ya que no había arrimamiento posible a Lezama y a Piñera través de la escritura, se les pegaba vía calvario. Pero ahora que lo tratan oficialmente como a senador, ha tenido que torcer las cosas para cultivar su victimismo sempiterno, su papel de perseguido hasta el catre de mármol. Fuñido antes por castigo estatal, ahora que goza de favor estatal se finge castigado por otros poderes. Le arrebatan premios en la arena internacional y cuando lo publica editorial española de las grandes es sólo para hacerlo aparecer en el traspatio mexicano. No le permiten triunfar en Barcelona y en Madrid, desde afuera lo castigan por no haberse marchado al exilio. 
     Como buen miembro de “Buena Vida Social Club”, Antón Arrufat sostiene con lo político las mismas relaciones que las putas con un chulo violento. 

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     Como en esas telenovelas venezolanas donde los personajes se quedan ciegos de buenas a primeras, la conversión en masa de un puñado de viejos escritores en innegables escritores oficialistas parece obra de un guionista desesperado. (A esos viejos, ¿qué les echaron en el café con leche? ¿Qué jalapa los ha puesto a cagar de tal modo?) 
     Padecedor de súbita ceguera, el maestro César López también se ha largado de ferias con una maleta de viajante. (No agobiaré al lector con el inventario de tal valija. Sólo en una generación como la del Cincuenta puede figurar con protagonismo un poeta tan pésimo como ese César López.) Lo César López, La Mamboleta Trágicamismo que Reynaldo González, atravesó por una etapa de rechazo a dirigentes culturales. Juró no hollar nunca más los jardines de 17 y H, promesa cumplida por algún tiempo. Aunque, igualito a González, ha vuelto decidido a robarse el show.
     Contempóraneo del nacimiento de la televisión, mitad Tongolele y mitad Gina Cabrera, César López parece dotado lo mismo para el cabaret que para el drama. Heberto Padilla lo apodó “La Mamboleta Trágica”, y el nombrete es extendible a la generación en pleno. 
     César López ha sacado de su vuelta al redil favores no sólo para él, sino para la familia. Pues La Gaceta de Cuba, publicación avara en todo lo que pueda entenderse como protagonismo, ha concedido columna fija a Adriana López Labourdette, hija suya residente en el extranjero. (Obedeciendo a cuáles méritos tal vez ni lo tengan claro en la redacción de la revista. Sin obra conocida por estos horizontes y emplazada en belvedere de tan pocas novedades como una ciudad suiza, las columnas de la damita López no ofrecen mérito alguno.) 
     Pero a lo que sí hay que reconocer brillantez es a la tesis lanzada por su padre acerca de cuál ha sido la misión histórica de la Generación del Cincuenta. Sostiene López que las generaciones que le siguen tendrían que agradecer a la suya el haber servido de escudo, de cortina rompevientos, de dique. Pues llovieron los golpes, se nubló el cielo, menudearon los rayos (a algunos los malpartió), ellos resistieron, pasó la tormenta, y han conseguido saludar a este sol que brilla para todos, nuevo sol del mundo moral
     Sostiene López que los escritores de la Generación del Cincuenta arrostraron sufrimientos en nombre del género humano, y si ahora fiestean también lo hacen en beneficio del prójimo. Se han hecho oficialistas para librar a los más jóvenes de la terrible carga de sonreír y dar la mano. AquellosHosanna en las alturas a la Generación del 50 que gozan de tiempo para leer y escribir, los que habitan este hermoso presente preñado de promesas, viven encaramados sobre los hombros de ellos, escritores mayores. Como chivo expiatorio, la Generación del Cincuenta detenta el disparo de whisky y la bofetada del jamón. 
     Una tesis así resulta ser variación sobre el viejo poema de Roberto Fernández Retamar que preguntaba, recién triunfada la revolu, a quiénes debían los sobrevivientes la sobrevida. Acomplejados por no haber entrado en la acción, pandilla de no asaltantes del cuartel Moncada, otros habían peleado en lugar de ellos, para ellos. Y ahora, en reversión del poemilla retamariano, resultaban ser ellos los asaltantes, los del comando guerrillero, y otros les adeudaban la sobrevida. 
     Lo que no queda claro es cómo, si atravesaron tantas vicisitudes para que éstas no se repitieran, pueden figurar ahora como cúmbilas de los que castigan, como cómplices del rayo que no cesa
     Al parecer aquí reside el punto más flaco del posible mesianismo de la Generación del Cincuenta y lamentamos tener que contradecir el único rasgo de inteligencia que nos ha llegado desde César López. (Ofrecemos disculpas a él, a su generación y a su hija, a los vecinos del CDR número 97 “Hermenegildo Morejón”, así como saludamos al colectivo de trabajadores de la fábrica “Nubladores del Mañana” que ha cumplido y sobrecumplido sus metas productivas.) Pero si la Generación del Cincuenta ha tenido alguna misión, ésta sólo ha consistido en apagar el mayor número de luces y encender la menor cantidad posible. 
     Con la única salvedad del poeta Rafael Alcides, los escritores de la Generación del Cincuenta constituyen la Patrulla Click de la literatura cubana.
 

La lengua suelta no. 14

Almas llaneras

Fermin Gabor

     Cintio Vitier, que hubiese quedado tan bien ocupándose de la leyenda del que "sin sacudirse el polvo del camino" corrió hasta la estatua, se encontraba inservible, francamente enfermo. Algunos Nancy Morejónotros artículos de exportación certificados por el CAME tenían que permanecer en La Habana apostados en los festejos del Premio Casa de las Américas: Retamar, Pablo Armando, Barnet, Nancy Morejón (Dios mío, ¿cómo pueden perpetrarse estos versos suyos que acaba de publicar La Gaceta de Cuba en número dedicado a la escritura femenina: “Las florecitas violeta del breve patio simulador / empujaban sus cuerpecitos violáceos / hacia la puerta abierta de par en par. / Las florecitas no volvieron a hablarse nunca más. / Las ramas estaban desoladas / pero las florecitas aparentaban tener una quietud / la quietud de las madrugadas inofensivas de otra época”?)
     Sin embargo, quedaban suficientes oficialistas de segunda fila de los cuales sacar una linda delegación.
     “Me da lo mismo Venecia que Venezuela”, respondió Lourdes González desde Holguín. 
     Con tal de ganarse un dinerito y salir un rato de la escritura de guiones para las tribunas abiertasLuis Suardíaz escoltado por sus amigos poetas venezolanos de cada sábado, le daba igual arrimarse al Dux de Venecia que a un militar latinoamericano. Iría.
     Mirta Yáñez había elevado sus quejas por no ser invitada, hacía un par de años, a la delegación oficial a la Feria de Guadalajara, y esta vez sí que cogería cajita.  “Voy ahí”, sentenció.
    Para Norberto Codina, director de La Gaceta de Cuba y venezolano de nacimiento, era una vuelta a la patria. Luis Suardíaz, grado 33 de la Logia Hermandad de la Poesía Latinoamericana, saludaría a sus conocidos entre los peores poetas venezolanos. “Y Lisi”, pidió el ministro Abel Prieto a la cabeza de la delegación, “echénme a Lisi en el paquete”. Con este nombre de poesía bucólica se refería a Lisandro Otero. 
     Ambrosio Fornet emprendería viaje sentimental. Tantos años después volvería a regodearse en el encanto de la revolución, sustancia que intentara estudiar en presencia y ausencia y que, como todos sus temas, siempre se le escapaba.
    “¡Y mis Premios Nacionales!”, reclamó el ministro como reclama un niño sus soldaditos de plomo.
    Así que echaron mano a Reinaldo González. Le vendría bien un poco de entretenimiento ahora que se sentía decepcionado después de recibir el Premio Nacional de Literatura. (Imaginó que al obtener el galardón llegaría a creerse escritor y aún seguía en el descrédito.)
    Zézar López (zetas de zuz eztudioz en Zalamanca) y Antón Arrufat, ambos naturales de Santiago de Cuba y cada uno envidioso del aburrimiento que lograba el otro en sus lectores, representarían perfectamente lo polémico de la cultura cubana. Una cultura signada por la controversia, que ha dado nombres señeros como Justo Vega y Adolfo Alfonso, Virulilla y Saldiguera, Arango y Parreño, Clara y Mario, Cecilín y Coti (por citar sólo unos pocos). Enfundaron, pues, a los dos viejos.
     Otro par, pollos de los setenta, Eduardo Heras León y Guillermo Rodríguez Rivera dieron el paso ¡¡¡¡¡ A Caracas !!!!!al frente, se personaron en la comisión de reclutamiento. Buenas piezas los dos. El primero con un pasado militar y cuentos de marcialidad sentimentaloide, se entendería bien con un ejército extranjero. El segundo, amén de sus valores intelectuales, contaba con una joroba y en verdad que da suerte disponer de un jorobado. No habría pava (para expresarlo venezolanamente). 
     Más vianda para el ajiaco: Desiderio Navarro, tan buen tratante del papel de los intelectuales en la sociedad y tan desentendido de materializarlo: Desiderio en su blablablá babélico. Sumad a un joven poeta Premio Casa de las Américas, un tal Pérez Boitel, quizás el peor premio de esa institución en una larga carrera de peores premios. Jóvenes dirigentes de la cultura y algunas nulidades maduras. 
     Cabeza del ajiaco, el ministro de cultura propiamente. Y la presencia de Carlos Martí se prestaría para que cuando hablaran de Martí y de Bolívar, los oyentes pensaran en Carlos y en Hugo, no en José y Simón. 
     Dispuestos y pimpantes, empacaron. Volaron hasta el corazón del país amigo y la cosa terminó en el Palacio de Miraflores, salón Ayacucho. Fue un encuentro de la fraternidad latinoamericana, que indudablemente incidirá en el desarrollo de ambas literaturas nacionales y que a la larga cumplirá el sueño martiano y bolivariano de una sola América. (Advertencia: el hombre nuevo de ese sueño existe ya: Norberto Codina, intelectual en donde no puede deslindarse qué hay de Venezuela, qué hay de Cuba y qué hay de intelectual.)
     Sin importarle la presencia de Mirta Yáñez y de Lourdes González, el mandatario venezolano llamó a los escritores de la delegación “cuartos bates”. Les contó algunos trozos autobiográficos y les presentó a hijas y a nietos. En gesto conmovedor, el compañero Eduardo Heras León hizo entrega alEduardo Heras León recibe el agradecimiento del mandatario venezolano mandatario de un ejemplar de Los desafíos de la ficción, autografiado con sentida dedicatoria.
     “Vivimos en un mundo donde reina el seudopensamiento”, pronunció el jefe de la delegación cubana. (Su homólogo respondía al nombre de Aristóbulo Isturiz.) Y por tanto anunciaron que a fines de año celebraría en Caracas un congreso de intelectuales y artistas equiparable al congreso antifascista de Valencia en los treinta. 
     Ambas delegaciones de escritores firmaron un llamamiento y el primero en la lista de firmantes, venezolano, lleva nombre muy a propósito: Farruco Sesto. (¿O es errata del Granma y se trata de Francisco Sesto, viceministro venezolano presente en las conversaciones?) 
     Fuera del Palacio de Miraflores y desatendidos por los olímpicos cubanos, un grupo de intelectuales venezolanos tildó de policías a los miembros de la delegación cubana. Y deslizaron advertencias de que en Venezuela no persiguirían a ningún Reinaldo Arenas, acusarían a ningún Heberto Padilla, ni encarcelarían a ningún Raúl Rivero. 
  Fue una estancia breve, pero provechosa. En las madrugadas caraqueñas debió ser hermoso para un César López, un Antón Arrufat, un Reinaldo González o un Eduardo Heras León ponerse a imaginar lo que sería sufrir castigo en un proceso como el de la revolución bolivariana. “Ah, los hermosos años de castigo”, debieron suspirar con nostalgia inocultable. Y a sus mentes volverían las patadas por el culo, las escupidas, las tachaduras de nombres y expulsiones, la hermosa cerrazón de sus juventudes. Todo el encanto de la revolución, apuntaría el maestro Ambrosio. 
     Lamentablemente, la delegación cubana tuvo que apresurar la vuelta al país para meterse de lleno en la Feria del Libro de La Habana, a abrirse en breve. 
     Tal vez no esté lejano el día en que Lourdes González abandone la escritura de uno de sus guiones para atender una inaudible llamada telefónica. (Cuando llueve sobre los surcos de piñas en Ciego de Ávila la comunicación entre Oriente y Occidente se repleta de ruidos.) Y al colgar se mostrará insegura de lo escuchado. ¿Chile fue? ¿Pinochet lo que dijeron? Cuando cese la lluvia en Ciego volverán a llamarla.
 

La lengua suelta no. 13

Botella lanzada a La Jungla
Dirección: 17 y H, Vedado, La Habana

Fermin Gabor

     Hace unos cinco años, dos o tres miembros de la sección de escritores de la UNEAC tantearon el visita dirigida a La junglacamino hacia lo que el diario Granma ha llamado recientemente de un modo hermoso "red de redes", hicieron notar a la asamblea de dicha sección el hecho de que los escritores aborígenes no contaban con acceso a Internet, y fueron cruelmente despachados. 
     No se trataba (mejor aclararlo para que no se forjen falsas épicas sindicales) de una reclamación. ¿Cómo iba a atreverse un escritor indígena a reclamarle al Ministro de Cultura (pues no era otro quien presidía la asamblea) derecho alguno? 
     Tampoco se trataba de una petición. Simplemente, aquellos compañeros expresaban una inquietud. Llevaban ya buen rato escuchando letanías de problemas resueltos, no veían llegar el momento de la merienda, y a uno y luego a otro y a otro más, les dio la inquietud, el perendengue, la comezón, la rasquiña, el prurito de que los escritores cubangos no pudieran hacer uso de Internet.

     "¿Y éso que coño es?", se escuchó preguntar a los más viejos. 

     (Hubo un tiempo en que para hacerse miembro de la sección de escritores bastaba con publicar un folleto. Títulos como Escambray 63: peine contra bandidos, Nido de infiltrados, Misión Chalatenango o Con la hamaca a cuestas consiguieron introducir a sus autores en la sociedad de escritores. Satisfechos con su membresía, nunca más intentaban una letra y se sobresaltaban ante cualquier novedad. Era principalmente a ellos a quienes se debía tan bajo índice promedio de lecturas dentro de la sección de escritores: 0.6 libros al año.)
     Afortunadamente, los que presidían la asamblea sí que conocían la red de redes. Podían utilizarla, aunque no gozaban de mucho tiempo para ello. Iban de una reunión a otra, de una inquietud a otra. Y ahora unos escritores a quienes el tiempo les sobraba por puro egoísmo (no tenían que preocuparse de problemas ajenos, ellos eran esos problemas), tenían la jeta de preguntar por qué no les llegaba a sus mesas de trabajo la conexión a Internet. 

     Los aquejados de inquietud, los majaderos de la tecnología eran dos o tres. Y jóvenes. 

     "Mandarlos a una Feria del Libro en Ciego de Ávila", recomendaba un viceministro.

     "Que les den un premio literario", proponía un segundo viceministro.

     "Una beca de creación."

     Las sanciones iban llegando a la Distinción por la Cultura Nacional cuando una mano de largos pelos en sus dedos capturó el micrófono, y el ministro Abel Prieto, especialista en la obra de José Lezama Lima, cuestionó la abundante información que esperaba a quien se adentrara en la red de redes.

     "Piensen en esa masa abrumadora de información", dijo como si se tratara de una falla del sistema.

     Después se extendería en lo caro que resultaba asegurar a todos los miembros un acceso tal (varios de los presentes se mostraron dispuestos a desembolsar lo que costara, pero no era cuestióndocumento de identidad del compañero Abel Prieto de crear diferencias en la masa). Su primera reacción fue, sin embargo, aterrar a la asamblea con la perspectiva de una infinitud de conocimientos. Describió un alud enorme que se desplomaría sobre cabezas no preparadas para ello. 
     De editar una enciclopedia (su fulgurante carrera lo había llevado de editor a ministro), Prieto quedaría satisfecho con sólo publicar los volúmenes de las primeras letras. Ensayista como decía ser, conjeturaba que el conocimiento era motivo de ahogo para los demás. 
la UNEAC bajo amenaza cibernética     Y en verdad los autores de folletos sufrían de vértigo ante esa perspectiva. Dos que habían hecho en coautoría el único folleto de sus vidas vomitaron al unísono. Faltaba aire en la sala. ¿Nadie había enseñado a esos muchachos lo descortés que resultaba referir asuntos de tanta libertad en una asamblea como ésa? Y, por otra parte, ¡qué oportunidad perdida! ¡En lugar de pedir un teléfono o una semana de vacaciones en la playa, cositas concretas, ponerse a llorar por algo tan fantasmagórico! ¿Cómo podían ser tan abstractos? 
     Para quienes no la conocían, la red de redes cobraba la apariencia del bosque oscuro de los cuentos infantiles. ¿Y cómo mandar a una niñita tan tierna a la oscuridad del bosque?, preguntaban con voz de abuelita los de la mesa presidencial. (Aunque los dedos que sostenían el micrófono eran más bien de lobo.)

     Nadie iba a atreverse a cuestionar en público lo que la mesa sentenciara. 

     "¡Imposible!", dictaminó el ministro.

     Y en ese mismo instante hicieron su aparición los tarugos de la viverología. 

     ¡La merienda estaba allí! Concretísima: vaso de guachipupa color rubí con attachment de pan con timba cárnica. 

     ¿Qué inquietud podría compararse con la de no coger cajita? 

     ¡Qué red de redes ni la cabeza de un guanajo! 

     ¡Pan de panes! 

     Se formó la cola. La cotización del vaso de guachipupa perteneciente a diabético llegó a cuarto de pan con chirimbolo. Levantada la sospecha de que no alcanzaría para todos, los cuerpos se apretaron en ariete contra el tarugo devenido repartidor. Y al tema que dos o tres trajeran, agua de dominó. ¿Quién iba a sospechar entonces que las más altas autoridades pasarían sus insomnios en cavilación sobre ese asunto? 

     La noticia la trae el diario que a diario Granma en su edición del martes 18 de noviembre: abren en el edificio de la UNEAC una sala de navegación con veinte computadoras. 
     La sala, según el cronista, es flamante. Las computadoras, de la más moderna tecnología. "Valiosas butacas de caoba esperan por el usuario", anuncia el artículo. Así que ni comején ni virus cibernéticos. Cualquier miembro podrá pagar (módicamente) por una tarjeta de horas para soñar que se está lejos de 17 y H. 
     El diario no aclara si se tratará de navegación suelta o restringida, de oceáno o riachuelo previamente encauzado. ¿Pelo-suelto-y-carretera o carnaval-con-baranda? 

     "Significa que nos han dado también un arma para seguir luchando en la Batalla de Ideas", asegura el presidente de la UNEAC Carlos Martí. 

     Y menciona un sitio web oficial donde los escritores cubanos condenan al facismo norteamericano. 

     "Para que todos los miembros puedan conocerlo y utilizarlo", afirma de tal sitio.

     Según el órgano oficial del Partido Comunista de Cuba la sala se abre para: 

     1) erigirse en instrumento de defensa de la Revolución en aras de proclamar la verdad sobre Cuba

     2) tener acceso a conocimientos más universales

     3) promover la cultura

     El equipamiento ha sido donado por la alta dirección del país y llegará también a provincias. ¡Trece hurras guajiros, uno por cada provincia! Y un hurrita por el municipio especial Isla de la Juventud.

     La sala de las veinte computadoras (y las veinte piezas de caoba) ha sido bautizada oficialmente como La Jungla. Aún no ha sido inaugurada, pero imaginemos su funcionamiento: determinado miembro compra su tarjeta y se adentra en la manigua cibernética. Le toca, en lugar de una silla adaptable a cada largo de piernas, impráctica butaca de hermosa madera, buena para recordar al cuerpo que no debe parquearse allí por mucho rato. 
     Nuestro usuario silba desde el amanecer unas melodías contentísimas, se siente como si lo esperara una gran cita, como si le hubiesen otorgado visado. Y por fin sale puerto afuera.La Jungla: Yo sigo siendo el Rey...

  Acceso denegado, contesta la máquina (veloz) a su primer intento. 

  Acceso denegado, responde a una petición segunda.

     Y así, ídem de ídem

     Sin embargo, el sitio de escritores cubanos antifacistas se abre como una seda. La Jiribilla es un tobogán. Los periódicos de la isla patinaje artístico sobre hielo.

     Luego de aruñar en esos sitios permitidos la poca noticia de valor que haya, nuestro amigo se levanta un tanto defraudado (si no dolido) de la silla de caoba y piensa que ha hecho el viaje del balsero que, borracho por celebrar su libertad, toca tierra, se abraza ciego de alcohol al primer humano, para descubrir luego que abrazaba a guardafrontera ñángara. 

     En vez de La Jungla aquello es El Platanal de Bartolo.

     Pero no seamos pesimistas. Admitamos cierta liberalidad en las autoridades culturales de la isla. No juzguemos la mano por los pelos que crecen en ella. Y en tal hipótesis, pensemos que estas líneas van a ser leídas en la nueva sala de máquinas de 17 y H, Vedado, La Habana. 

     Lanzo entonces esta botella hacia la jungla. En caso de que llegue íntegra, una vez descorchada, el papel que viaja en su interior reza: "¡Internautas de todos los países del mundo, uníos!".
 

La lengua suelta no. 12

Detenidos Luis Báez y Pablo Armando Fernández por sacrificio ilegal de reses

Fermin Gabor

     Este verano ha sido (al menos para mí) extremadamente parco en canciones pegajosas y también en lecturas de piscina. Quitando las memorias mexicanas de Rufo Caballero una sola alegría El dúo del momento: Pablo (vocal) y Luis (la matraca)reconozco haber tenido, un solo libro ha conseguido absorberme. De Luis Báez: Junto a las voces del designio. Revelaciones del poeta Pablo Armando Fernández.
     Y es que muy difícilmente podrán existir otras 126 páginas de confesiones tan libres de frases memorables, de comentarios sagaces o chismes inéditos como las páginas de este librito. A lo largo de toda una vida Pablo Armando Fernández ha logrado tratar personalmente a Carson McCullers, Graham Greene, Montgomery Clift, Julio Cortázar, Virgilio Piñera y José Lezama Lima, ha logrado ser amigo de algunos de ellos, y ahora consigue que no se le note para nada. 
     Y Luis Báez, avezadísimo periodista, lo secunda en esta hazaña de rememorar tan opacamente. Báez y Fernández (¡vaya nombre de casa comercial!) son matarifes de la vaca del recuerdo. La mata uno mientras el otro le aguanta la pata. 
     Pero mejor que abundar en la descripción de este librito será copiar algunas de sus perlas. Pablo y Luis (buen nombre para dúo) escribirán por esta vez la columna. (Así me regalan tiempo de piscina en este calor.) 

!!!

     Pablo Armando Fernández: “Te voy a confesar algo muy íntimo. Yo escribo versos porque es mi modo más simple de expresar mis sentimientos, mis ideas, si tengo alguna, mis emociones.”

!!!

     Luis Báez: “¿Han influido en su obra otros poetas?”
     Pablo Armando Fernández: “Sin dudas. Aquellos en quienes la repercusión de sus voces hallan en mí la atención que exigen para darles continuidad.”

!!!

     Luis Báez: “¿Cuál es su definición de moralidad?”
     Pablo Armando Fernández: “El respeto en la convivencia familiar, amistosa, social. Hay cánones seculares que establecen reglas ennoblecedoras. Deben acogerse como principios hegemónicos.”

!!!

     Pablo Armando Fernández: “Ninguno de mis libros ha sido ignorado por algunas de las eminencias de la literatura contempóranea.”

!!!

     Luis Báez: “¿Cómo enjuicia la función del crítico?”
     Pablo Armando Fernández: “El crítico debe, pienso yo, ayudar al lector a una mejor comprensión del texto que lo ocupa, pues una vez más he de repetir que se debe leer para aprender, que es vivir.

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     Pablo Armando Fernández: “Durante catorce años desde 1968 hasta 1982 no publiqué un libro en Cuba. Después de trece años, en 1980, pude recuperar mi pasaporte y viajar a Estados Unidos luego de veinte años de ausencia. Seis años sin que se me permitie