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Se pavonea, ¡ay!, se pavonea

     Por la repercusión que la disputa ha tenido, y no necesariamente por sus frutos, hemos dedicado la sección de Ecos y Murmullos a recoger todos los mensajes, cartas, declaraciones, etc, que han suscitado varios programas trasmitidos recientemente por la televisión cubana. Hemos tratado, en lo posible, de ordenar los textos de acuerdo con la fecha en que fueron apareciendo o llegando. Tal fue nuestra intención inicial. Sin embargo, a medida que crecía la página, y ante la perspectiva de que la Conferencia sobre el Quinquenio Gris en Casa de las Américas sólo le echaría más leña al fuego, decidimos no pasar del texto publicado por Alessandra Molina en Encuentro, y con el cual cerramos este Ecos y Murmullos. Todo lo que ha venido, y vendrá después, lo incluiremos en su totalidad en el próximo número.
     No resulta difícil percibir que los «tua culpa» han predominado sobre los escasos gestos conciliatorios que el debate ha producido. De lo que se trata no es, por supuesto, de olvidar y de echar el pasado al cesto, sino de tener presente que ese pasado es todavía presente, y bien presente si se lee cuidadosamente la solapada respuesta del fantasmático «secretariado» de la UNEAC. Eso, para no hablar, por ejemplo, de las reacciones de Arrufat y Barnet a esa declaración; que, no por esperadas, son menos repulsivas.
     Se ha hablado hasta la saciedad de culpas y de responsabilidades, de contubernios, y se han expresado en voz alta no sólo las protestas, sino también los resentimientos, las hipocresías y los olvidos. Estos textos no sólo son sobre la memoria, sino también sobre el olvido. Tan importante es lo que incluyen como lo que dejan fuera.    
     Lo que ha sobrado en casi todos los casos, pensamos, es la necesidad de parcelar la culpa, de territorializar la mancha. Mancha exteriorizada en un doble sentido: en el de dilucidarla en el espacio público, y en el de colocarla, insistentemente, del otro lado (en muchos otros lados con excepción, insistimos, de ése desde donde hablan los autores). De aquí el vitriolo de ciertos ataques personales, el resentimiento que apunta a otros callejones más allá de Pavón, del «quinquenio gris» o del «milenio oscuro», como quiera llamársele. Habría que preguntarse si el
«pavonato» no habría tenido lugar igualmente fuera del territorio de Cuba de haber existido las estructuras y apoyos institucionales – antidemocráticos – que lo hicieron posible en la Isla. Nos preguntamos si no existirá también, acaso, en la Isla del día después. No hay más que repasar los juicios, las «recomendaciones» y hasta las demandas que Enrique J. Varona y Manuel de la Cruz – entre otros – le hicieron a Casal para ver en ellos, ya en ciernes, el «pavonato», el «calibanismo» de Fernández Retamar, el «castrismo», y, en general, los golpes de pecho de todos los que se creen dueños de la verdad, guardianes de la ética, y baluartes de la libertad. 
     Nuestra decisión de incluir todos estos materiales obedece, pues, a que creemos en la importancia de preservarlos, aunque sólo sea como referencia. Ellos tienen mucho que decir sobre nosotros, aún si lo que dicen o sugieren es bastante patético.
     Para refrescar la memoria, incluimos una foto del entierro de Bola de Nieve. Ahí tienen una Santísima Trinidad que se las trae: Nicolás Guillén, Alfredo Guevara (con la "capa carmesí" ad usum) y Luis Pavón.

     Nota aclaratoria: a fin de no cansar a los lectores interrumpiremos ocasionalmente el flujo de esta papelería para, como es habitual, mantenerlos informados a todos acerca de los libros y revistas recibidos en nuestra redacción, tanto como sobre lo último en la brillante carrera, todavía en marcha, de Alicia Alonso. A esto añadiremos cualquier otro material que consideremos de interés para nuestro fieles amigos y lectores.

Redacción de La Habana Elegante
    


Indignación intelectual

Un homenaje en la TV nacional al ex comisario político Luis Pavón reabre viejas heridas entre intelectuales de la Isla.

Redacción EER

martes 9 de enero de 2007

     A raíz de la exaltación pública que se hiciera recientemente en el programa Impronta, del canal Cubavisión de la televisión cubana, de la persona de Luis Pavón Tamayo, presidente del Consejo Nacional de Cultura durante el llamado "quinquenio gris", varios intelectuales residentes en la Isla —incluso algunas de las víctimas de esta etapa represiva— han mostrado su indignación en mensajes que han hecho circular por email.
     La aparición televisiva de Pavón saca a la luz uno de los episodios más oscuros en la historia de la cultura cubana después de 1959: la parametración. La también conocida como "década negra", que comenzó con la detención y retractación forzada en 1971 del escritor Heberto Padilla, marcó una etapa de represión en que decenas de escritores fueron enviados a la cárcel, y otros fueron destinados a puestos burocráticos anónimos, esperando entre doce y veinte años para poder publicar.
     Luis Pavón, entonces presidente del Consejo Nacional de Cultura, fue uno de los principales promotores de esta represión. Una gran cantidad de actores y directores, sometidos a lo que se llamó el "parametraje", fueron acusados de "conducta impropia" por una comisión de evaluación. Parte de los perseguidos apelaron a los Consejos de Trabajo y después de una enconada lucha, lograron que el Consejo Nacional de Revisión los reintegrase a sus labores.
     Pavón cayó en desgracia cuando el Tribunal Supremo falló en su contra acusándolo de "abuso de poder" y por medidas "inconstitucionales" contra los trabajadores de la cultura. Tras años de ausencia y desaparecido de los medios públicos, reaparece ahora en la televisión cubana, junto a otros represores de entonces, como Jorge Serguera, ex presidente del ICRT, y Armando Quesada, quien se ocupó de "limpiar" el movimiento teatral cubano.
    A continuación, reproducimos los mensajes que han hecho circular los escritores Desiderio Navarro, Reynaldo González, Antón Arrufat, Jorge Ángel Pérez, Arturo Arango y Ena Lucía Portela:

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Estimados amigos y compañeros:

     De repente, al cabo de más de treinta años de su destitución, reaparece en la esfera pública Luis Pavón, ex-Presidente del Consejo Nacional de Cultura durante el eufemísticamente llamado "quinquenio gris", ni más ni menos que en todo un programa de la Televisión Nacional dedicado a "su impronta cultural en la cultura cubana".
     Ahora bien, ¿es lo que ayer vimos y oímos la impronta de Luis Pavón en la cultura cubana?
     ¿O es otra que dañó irreversiblemente las vidas de grandes y menos grandes creadores de la cultura cubana, "parametrados" de uno u otro modo? ¿Que impidió la creación de muchos espectáculos artísticos y la divulgación de muchas obras literarias y plásticas en Cuba y en el extranjero? ¿Que nos privó para siempre de innumerables obras a causa de la casi inevitable autocensura forzada que siguió a los ubérrimos 60? ¿Que llenó todo un período con una pésima producción literaria y artística nacional hoy justamente olvidada hasta por sus propios ensalzadores y premiadores de antaño? ¿Que nos inundó con lo peor de las culturas contemporáneas de los países de la Europa del Este, privándonos del conocimiento de lo más creativo y profundo de éstas? ¿Que a la corta o a la larga condicionó el resentimiento y hasta la emigración de muchos de aquellos creadores no revolucionarios, pero no contrarrevolucionarios, cuya alarma había tratado de disipar Fidel en Palabras a los intelectuales? ¿Que creó e inculcó estilos y mecanismos de dirección y trabajo cultural neozhdanovianos que ha costado décadas erradicar, de tan "normales" que llegaron a hacerse? ¿Acaso somos realmente un país de tan poca memoria que no recordamos ya la penosa situación a la que fueron reducidas nuestras instituciones culturales por obra del Consejo Nacional de Cultura, situación que el humor cubano captó por entonces en aquel trío de refranes parodiados: "El que no oye al Consejo, no llega a viejo", "En la Unión no está la fuerza" y "En Casa de las Américas, cuchillo de palo"?
     Cierto es que Pavón no fue en todo momento el primer motor, pero tampoco fue un mero ejecutor por obediencia debida. Porque hasta el día de hoy ha quedado sin plantear y despejar una importante incógnita: ¿cuántas decisiones erróneas fueron tomadas "más arriba" sobre la base de las informaciones, interpretaciones y valoraciones de obras, creadores y sucesos suministradas por Pavón y sus allegados de la época, sobre la base de sus diagnósticos y pronósticos de supuestas graves amenazas y peligros provenientes del medio cultural?
     Si de improntas culturales valiosas en el periodismo cubano se trata, habría que mostrar aquellas como las de ese hombre de letras que fue Agustín Pí, quien, en ese mismo período, desde su modesto puesto en el periódico Granma, ayudó a cuantos "mal vistos" de valía pudo y logró que las páginas culturales de Granma fueran lo menos cerradas posibles en cada momento y no se convirtieran del todo, como tantas otras publicaciones cubanas de la época, en un erial de mediocridad y oportunismo.
     En mi artículo In medias res publicas he hablado de la responsabilidad de los políticos en las limitaciones del papel crítico del intelectual —sobre todo en los años en que la cultura fue conducida por Luis Pavón—, pero ésa es sólo la mitad del problema. La otra mitad —merecedora de un simétrico artículo— es la responsabilidad de los intelectuales: sin el silencio y la pasividad de la casi totalidad de ellos (por no mencionar la complicidad y el oportunismo de no pocos) el "quinquenio gris" o el "pavonato", como ya entonces lo llamaron muchos, no hubiera sido posible, o, en todo caso, no hubiera sido posible con toda la destructividad que tuvo. Con contadas excepciones, entre los intelectuales, los heterosexuales (incluidos los no-homófobos) se desentendieron del destino de los gays; los blancos (incluidos los no-racistas), de la suerte de los negros reivindicadores; los tradicionalistas, del destino de los vanguardistas; los ateos (incluidos los tolerantes), de las vicisitudes de los católicos y demás creyentes; los prosoviéticos, de la suerte de los antirrealistasocialistas y de los marxistas ajenos a la filosofía de Moscú, y así sucesivamente. Cabe preguntarse si esa falta de responsabilidad moral individual podría repetirse hoy entre la intelectualidad cubana.
     Se impone, pues, preguntarse responsablemente sin dilación: ¿por qué justamente en este singular momento de la historia de nuestro país en que todo nuestro pueblo está pendiente de la convalecencia del Comandante en Jefe se produce esa repentina gloriosa resurrección mediática de Luis Pavón con un generoso despliegue iconográfico de selectas viejas escenas con los más altos dirigentes políticos, y ello tan sólo días después de la no menos repentina reaparición televisiva de Jorge Serguera, quien desde la presidencia del ICRT hizo un perfecto tándem político-cultural con el CNC durante el "quinquenio gris"?

"Feliz el hombre aquel que llega a conocer las causas de las cosas."

Desiderio Navarro

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Preocupaciones compartidas

Antón Arrufat

     El viernes 7 de enero, y en un horario casi estelar, en el programa Impronta del canal Cubavisión, dedicado, como indica su título, a aquellos creadores que han dejado una "impronta" en la cultura nacional, tanto en las artes como en la ciencia y el deporte, se presentó uno dedicado a la exaltación mediática de Luis Pavón Tamayo. Fotos con altos dirigentes del país, portadas de sus escasos libros, paneo sobre una multitud ostentosa de medallas, y una entrevista acerca de su presente, de la labor que realiza en la actualidad. Con voz casi inaudible y manos vacilantes, el televidente creyó oír que "asesoraba" no supo bien qué institución o qué editorial.
     Terminada la emisión de este programa, la inmensa ciudad de sus víctimas, cientos de ellas felizmente todavía vivientes, comenzaron a llamarse por teléfono horrorizadas de que la actual Televisión Cubana, más de treinta años después de aquellos oprobiosos acontecimientos, dirigidos por el hoy inmaculado Luis Pavón Tamayo, dedicara parte de su precioso tiempo y espacio a uno de los personajes más execrables, incluidos los tiempos coloniales y neocoloniales, de la historia de la cultura cubana.
     Allí estaba, sin duda, quien durante cinco largos y estériles años, presidió la institución rectora de nuestra cultura, desde su alta torre del palacio del Segundo Cabo, frente a la Plaza de Armas. Allí estaba hablando como si nada hubiera ocurrido, lavado por arte del ocultamiento, de toda responsabilidad con su conducta de aquellos años. Ni el texto encomiástico que un locutor leía, en el que las víctimas televidentes se enteraron por primera vez de su importancia como poeta, ni las incoherencias musitadas del entrevistado realizaron alguna referencia, ni por un segundo, al pasado ominoso de quien presidió durante esos cinco años el Consejo Nacional de Cultura.
     Es decir que todos habían tomado el agua del Leteo, que da el olvido, y que esperaban que las víctimas, por el contrario, recordaran a su verdugo. Allí estaba, vestido de blanco, el gran parametrador de importantes artistas, ahora si de verdad, el que los persiguió y expulsó de sus trabajos, el que los llevó ante los tribunales laborales, los despojó de sus salarios y de sus puestos, quien los condenó al ostracismo y al vilipendio social, quien pobló sus sueños con las más atroces pesadillas, el que anuló la danza nacional, mutiló funciones del guiñol, quien llevó al exilio a artistas dispuestos a trabajar en su país y dentro de su cultura, quien persiguió a pintores y escultores despojándolos de sus cátedras y de la posibilidad de exponer sus obras, el gran censor de músicos y trovadores, allí estaba quien enseñó a los artistas cubanos un ejercicio apenas practicado en nuestra historia, el de la autocensura, inventor y propiciador de la mediocridad que llenó todo su período con obras que hoy felizmente a nadie le interesa recordar, sabiduría crítica que los dirigentes de la televisión y sus responsables ideológicos no han sabido imitar.
     Allí estaba alguien que, con una vocecita en apariencia inofensiva, creó e inculcó en el trabajo cultural, como observa con justicia Desiderio Navarro: "estilos y mecanismos de dirección que ha costado décadas erradicar".
     Estos hechos históricos, escamoteados por decisión de alguien, sin embargo debieron ser conocidos por los televidentes —las víctimas los conocen en carne propia—, principalmente las nuevas generaciones que carecen de información sobre tal período. Así la impronta de Luis Pavón Tamayo en la cultura nacional podría ser juzgada con justicia por todos.
     Por supuesto no es el único cadáver insepulto que la Televisión Cubana trata de poner en circulación, sin que se sepa hasta hoy con justeza el porqué. Hace poco las víctimas de Jorge Serguera, antiguo Presidente del ICRT, lo vieron gesticular entre las velas de una especie de capilla ardiente, sin que se le moviera un músculo de la cara, sobre sus años de dirigente persecutor. Este tampoco pidió excusas, y muy por el contrario exclamó envanecido que no se "arrepentía de nada". Sus víctimas, en otro sentido, tampoco tienen nada de que arrepentirse. No obstante estos dos insepultos no son los únicos. Hace unos meses en un programa del Canal 2, Diálogo abierto, por igual en horas de alta audiencia, fue entrevistado uno de los rancheadores de la administración de Pavón, Armando Quesada, a quien encargó que se ocupara con esmero de "limpiar" el movimiento teatral cubano. Así lo hizo, claro, por el tiempo en que su mayoral estuvo en el poder.
     La única "medalla" que se le puede acreditar a la Luis Pavón Tamayo no figura en la vanidosa colección que las cámaras, desplazadas hasta su propia casa, con luminotécnicos y maquillistas acompañantes, tomaron inclinadas sobre una mesa dispuesta como para una puesta teatral. Esta "medalla" es la que se ganó en justa lid cuando el Tribunal Supremo fallara en su contra por "abuso de poder" y por medidas "inconstitucionales" contra los trabajadores de la cultura. Es su mayor mérito, y el más original: es casi el único dirigente de la Revolución que lo ha obtenido. Ahí están las Gacetas Oficiales con los diversos fallos, varios en total, que provocaron, en gran medida, su destitución.
     Quizá para un filósofo determinista, Pavón no es responsable absoluto de sus acciones al frente del Consejo. Es en cierta y oscura medida una víctima posterior del pavonato, que él mismo instrumentó. En tal observación se encuentra una parte de verdad. Como en la teología católica las estrellas inclinan pero no fuerzan el albedrío, en las modernas doctrinas sociales las circunstancias, el complicado tejido de la sociedad de una época, inclinan también, como nuevas estrellas terrenales, pero no fuerzan el albedrío. De acuerdo con la libertad humana, aún en las condiciones más férreas, puede el hombre negarse, discutir, proponer soluciones diversas, influir, o al menos no excederse en la violencia. Tal vez el hecho de que Pavón se excediera, propicia en sus víctimas explicaciones ya de carácter sicológico. Hay deseos, placeres, fobias, envidias que contaminan cualquier decisión en apariencia imposible de no cumplir.
     Cuando comenzó la rehabilitación de los artistas y escritores que Luis Pavón Tamayo intentó aniquilar para siempre, y la política cultural entró en el período de las revolucionarias rectificaciones, y las víctimas del pavonato fueron reconocidas en su valor como creadores, el viejo Ex-presidente se acercó a uno de sus amigos para advertirle, con parecidas palabras a éstas, no te comprometas demasiado con esos que ahora son Premios nacionales, pronto a todo esto se le dará marcha atrás. Extraño pensamiento en un marxista declarado: concebir el tiempo histórico como un eterno retorno.


¡Ay!, qué rico, qué rico es...
el ritmo Pavón,
pa que lo goce usted,
el ritmo Pavón
pa que lo goce usted.
¡Ay!, pero que rico, que rico es
el ritmo Pavón
pa que lo goce usted.



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     Un nuevo desacierto de la televisión cubana acaba de ocurrir: Luis Pavón, uno de los personajes más espantosos y temibles en la historia de la cultura cubana acaba de recibir lisonja en el programa Impronta de Cubavisión. En estos días en que tantos la emprendieron contra La diferencia, supongo, espero, que también ahora apunten sobre este dislate tan absurdo, y, por favor, permítanme el pleonasmo.

Jorge Ángel Pérez

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     Cualquiera diría que al refrescar la imagen nada constructiva de Luis Pavón se trata de una reivindicación de sus ímprobas bondades. No creo que sea pura coincidencia. Existe una tendencia en pensar que las víctimas de un atropello —en este caso un error histórico, aunque la palabra se haya vanalizado– aumentan el crimen padecido. Se ve así desde los que cometieron el crimen y desde el silencio de indolentes acuñados en sus posiciones. Ocurre con el holocausto de los hebreos por el nazismo. Al homenajear al culpable —directo o instrumentalizado— de un error enorme, de los que no se curan con timonazos, se está sancionando favorablemente sus hechos, su culpa. La televisión y sus responsables —los que residen en L y 23 y los distantes— han dado un paso alevoso, despectivo hacia el padecimiento de los protagonistas de la cultura cubana que fueron sumergidos en el desprecio y condenados al ostracismo en un período cuyas torceduras todavía no se han curado. Se silencia la voz de los ofendidos y se le devuelve la voz a la cara mostrable de los hechos. Su reivindicación es nuestro escarnecimiento. Tienes razón, Jorge Ángel, en todo eso hay algo más que torpeza e insensibilidad, o inadvertencia. ¿Demoraremos en ver a Carlos Aldana nuevamente dictando "orientaciones" a "las partes blandas de la sociedad"? ¿Vuelven "los duros"? ¿Cuántos creadores de verdad, que aportan a la cultura cubana, no han sido reconocidos todavía por la televisión mientras reciclan sus "protagonistas", sacados de un troquel tiránico, siempre agazapados a la espera del turno del revanchismo? ¿Es la televisión un ente aparte de la cultura cubana?

Te autorizo a utilizar estas opiniones,

Reynaldo González

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Desiderio:

     Esta mañana te reenvié el breve correo de alerta que circuló Jorge Ángel Pérez porque estaba seguro de que reaccionarías con tanto enojo como lucidez al desconcierto que él planteaba. Concuerdo plenamente con tu análisis y, como a ti, me cuesta creer en las casualidades. Aunque sea obra de un aparente azar, la presencia en la televisión cubana, a pocos días de diferencia, de Jorge Serguera y Luis Pavón Tamayo debe ser interpretada como un síntoma, y cometeríamos el gravísimo error del silencio si no realizamos, de inmediato y por cualquier vía, la labor simultánea de denuncia y análisis. Porque la denuncia sin que se piense a fondo, como tú haces, ese pasado cuyas cicatrices aún perviven en la cultura cubana, puede ser inútil, como lo sería también el pensamiento neutro, que no sitúe posiciones y enfrente perspectivas.
     Vivimos un momento tan difícil como intenso, y estoy convencido de que el rumbo que el país tome en un futuro más o menos inmediato es responsabilidad de todos. El campo intelectual cubano, a mi juicio, se ha complejizado en los años más recientes, y, al lado de un evidente pensamiento de derechas, dentro y fuera de Cuba, coexiste una posición complaciente (¿una derecha pragmática?) en la que se mezclan las oportunidades del mercado con la preferencia oficial por actitudes de obediencia y silencio. "Si me dejan ganar dinero en paz, me quedo callado o aplaudo sin reservas", parecería ser un lema frecuente en estos días, alimentado por la difusión de que disfrutan esos que siempre asienten y el usual ninguneo para quienes, desde la izquierda y la revolución, prefieren pensar (y, con frecuencia, discrepar).
     Ambas vertientes, la derecha beligerante y la pasiva o pragmática, pueden ser un terreno propicio para el resurgimiento no ya de figuras cuyo capital político, incluso por razones de edad, está muy desgastado, sino de un tipo de pensamiento que persiste en nuestra cultura.
     Gracias por la provocación. Me gustaría que, de inmediato, este mensaje tuyo desencadenara una reacción realmente productiva, donde se debatan asuntos más interesantes que el número de velas en un set televisivo.

Con un abrazo,

Arturo Arango

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Nuevo mensaje de Arturo Arango

     Amigos y compañeros: Las señales, los síntomas, siempre son complicados y diversos, y creo que hacemos mal si sólo vemos (y condenamos) unos y pasamos por alto otros. Mientras en la televisión ocurrían estas dos apariciones, en otra zona de la realidad le fue concedido el Premio Nacional de las Ciencias Sociales a Fernando Martínez Heredia, el guevarista, el fidelista, el marxista, uno de los intelectuales que con más lucidez ha analizado la historia cubana del siglo XX, de los fundadores, y el director, de la más importante revista cubana de Ciencias Sociales, un ser consecuente hasta el dolor con sus ideas, que siempre está colocando su pensamiento en términos de acción hacia un futuro que comenzó a imaginar desde que aún estaba en Yaguajay y en que aún sigue confiando.
     Hay que leer también esta señal, y acompañar a Fernando en sus empeños. Acompañarlo como él siempre ha querido que sean las compañías intelectuales: atendiéndolo y discrepando con él, escuchándolo y discutiéndolo. Y si todo ello ocurre frente a una botella (no de agua), mucho mejor.

Arturo Arango


Dame la mano y danzaremos,
dame la mano y danzarás
como una sola flor seremos
así que olviden lo demás...
Me llamo Arturo y tu Antoñico,
pero tu nombre olvidarás..
prende la tele que está Fernando
unámonos todos y nada más.


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Amigos y compañeros:

     La recomendación que nos hace Arturo Arango de prestar atención también al Premio Nacional de Ciencias Sociales otorgado a Fernando Martínez Heredia, es tan pertinente que la seguí siete días antes de que nos la formulara en su mensaje de hoy, y, por ende, varios días antes del "lavado de biografía" televisivo que nos ocupa. A continuación reproduzco el mensaje que le dirigí a Fernando el pasado día 31, tan pronto supe de la buena nueva. Allí, como se verá, además de celebrar el valor intrínseco de la obra y luchas de Fernando, se leía el Premio como síntoma de fecundas posibilidades.
     Lamentablemente, los dos sucesos que yuxtapone Arturo en su mensaje —el Premio de Fernando y la Epifanía de Pavón— hay que considerarlos signos antagónicos, y no contradictorios, pues tienen orígenes institucionales y político-culturales bien diversos y no un mismo origen que estuviera contradiciéndose voluble e irreflexivamente o tratando ingenuamente de conciliar lo inconciliable.
     Y, ahora, a compartir esa botella y los tozudos sueños revolucionarios con Fernando!

Un abrazo.

Desiderio

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Querido Fernando:

     Acabo de enterarme, por el magnífico texto de Guanche en La Jiribilla, que te han conferido el Premio Nacional de Ciencias Sociales. Sinceramente, es una de las pocas grandes alegrías que he tenido este año. En la cultura, y aún más en la política cultural, la justicia tarda… eppur si mueve y finalmente llega. Para decirlo con palabras de aquel Althusser de nuestra juventud, ese premio honra al Aparato Ideológico del Estado y abre nuevas esperanzas en estos tiempos preñados de fecundas posibilidades e insidiosos peligros.
     Los que vieron en el parecido semántico-lexical una relación de familia entre los nombres de Criterios y Pensamiento Crítico, no se equivocaron. Los que vieron una relación de catálisis en la irrupción de Criterios tan sólo siete meses después de la desaparición de Pensamiento Crítico, tampoco se equivocaron. En la historia de las luchas culturales de la Revolución Cubana, a ambos empeños editoriales los unirá siempre el afán de practicar y predicar el ethos martiano del injerto del mundo en el tronco de nuestras repúblicas y el ethos marxista de la crítica radical. Como le dije a Abel hará unos tres años, en una reunión con Fowler y Reina María en su despacho, no pierdo la esperanza de que aparezca una revista cubana de pensamiento social que sea hoy, mutatis mutandis, lo que fue Pensamiento Crítico, que incluso lleve su nombre y que sea dirigida por tí. ¡Qué síntoma más alentador sería de salud, fortaleza y renovada juventud ideológica y cultural para una Revolución socialista, qué anuncio sería de ese socialismo crítico y creativo que con lucidez y pasión tu obra ensayística propugna y prefigura! Déjame soñar.

     Querido Fernando, es una dicha tener la certeza de que no serás absorbido por ningún Canon y emplearás todo el capital simbólico que te da este premio en tus permanentes esfuerzos por hacer lo que realmente haría Marx ahora.

Un fraterno abrazo y los deseos de un 2007 lleno de nuevos logros para ti y para Esther.

Desiderio


¡Teatro!, lo tuyo es puro teatro,
falsedad bien ensayada,
postmoderno simulacro.
Fue tu mejor actuación
pasar por Criterión,
y hoy que te veo de cerca
comprendo tu simulacro...
Perdona que no te crea,
me parece que es teatro.
¡Teatro!, lo tuyo es puro teatro
¡Teatro!

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Estimado Reynaldo González:

   En medio de la avalanchita de e-mails que ha suscitado la vuelta al proscenio de Luis Pavón, he leído sus opiniones al respecto. Le escribo sólo para hacerle saber que estoy plenamente de acuerdo con usted, con cada una de las palabras que dice ahí. Sólo que en algún sitio donde usted pone "errores", entiendo que por elegancia, por no ser obvio, yo pondría "actos criminales", que desde luego siguen y seguirán siéndolo en tanto no se los reconozca abierta y públicamente como tales, con absoluta transparencia, algo que mucho me temo no va a ocurrir en las actuales circunstancias de nuestro país.
     Aprovecho la oportunidad para comentarle que me llamó la atención —aunque no mucho, a decir verdad— que en el programa Este día de Cubavisión del pasado 19 de diciembre no incluyeran entre las efemérides importantes nada más y nada menos que el natalicio de José Lezama Lima. ¿Será también casualidad? No lo creo.
     Como tampoco creo que nuestra lamentable televisión (esa misma que exhibió versiones mutiladas de Philadelphia y de El beso de la mujer araña, y aquel glorioso spot para alertarnos sobre el peligro de las drogas como sustancias nocivas que hacen que los jóvenes se vuelvan homosexuales, esa misma que jamás ha transmitido una sola imagen de las manifestaciones de orgullo gay que tienen lugar en otras partes del mundo, esa misma que se complace a cada rato en chistes, o más bien pujos homofóbicos de la peor calaña, entre otras lindezas), sea un ente aparte de nuestra cultura. No, no lo es. Vamos, que a estas alturas de la vida tendríamos que ser demasiado ingenuos para suponer eso. Como bien dice nuestro Desiderio en su magnífico y muy oportuno artículo ¿Síntoma de qué? Preguntémonos por las causas de las cosas, estas bellaquerías, por decirlo suave, son signos de… algo. Y no de algo bueno precisamente.
     Estimado RG, pensé primero en enviarle este mensajito en forma privada, sólo para usted, en parte porque no acostumbro a dar gritos en el ágora y en parte porque usted y yo, si la memoria no me falla, no nos conocemos personalmente y… Bueno, temí que usted pudiera tal vez malinterpretarme. Pero luego pensé que si uno va a manifestarle apoyo y solidaridad a alguien que ha gritado, no debe hacerlo en voz baja. Así que estoy enviando copias a otras personas. Espero que no le moleste.

Un cordial saludo,

Ena Lucía Portela

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Peor que olvidar el pasado es tener amnesia del presente

Jorge Luis Arcos, Madrid

miércoles 10 de enero de 2007

     Los últimos acontecimientos desencadenados en Cuba tras la resurrección de Pavón-Quesada-Serguera, es decir, por ahora, multitud de gritos de diversa índole por correo electrónico, articulación de un frente común doméstico para protestar por el intento raulista de limpiar a sus antiguos instrumentos represores, lavar la memoria histórica, y, de paso, humillar una vez más a sus víctimas, y, en general, a todos los intelectuales, cuando no también, de paso, advertir que la pesadilla puede regresar de nuevo, etcétera, no es sino un episodio más dentro de una realidad devastada.
     Muchas de las reacciones en contra, así lo demuestran a pesar suyo. Unas abogan porque el problema se resuelva dentro de casa, como si una parte considerable de las víctimas no estuviera fuera de Cuba; otras tratan de negar lo evidente: que todo ello responda a una estrategia del poder, como lo fue en el pasado, y como lo es en el presente incluso; muchas critican lo sucedido, abogan por una reparación pública, pero, por supuesto, sin nombrar —ni antes ni ahora— a los verdaderos responsables.
     Es sencillamente increíble. Tal parece que una parte considerable de los intelectuales cubanos dan por hecho que el régimen actual va a continuar existiendo, y ellos, dentro del mismo, con su variada gama de complicidad, silencio, oportunismo o, incluso, alegre aprobación. Porque aun cuando se rectifique públicamente lo sucedido recientemente, ello no constituiría sino un leve reacomodo dentro de una política cultural en esencia subordinada a un poder totalitario. Pues está muy bien protestar por la resurrección de la imagen de aquel pasado ominoso, pero ¿cómo convivir en el presente con un régimen que coarta diariamente todas las libertades elementales? Peor que olvidar el pasado, es tener amnesia del presente. Aun los más honestos críticos de lo sucedido, demuestran que en el presente ellos mismos continúan sometidos a cierta censura, a un miedo modelado por décadas de represión. Como si lo terrible sólo aconteciera en el pasado, como si el presente no pudiera ser cuestionado…
    En todo caso, impera una buena dosis de conformismo: que no regresen aquellos tiempos tan tenebrosos (para ellos), pues el presente, terrible también, al menos no es tan tenebroso (para ellos). El poder a la larga ha ganado: ha logrado que una buena parte de la intelectualidad, sobre todo aquella que tiene voz pública dentro del país, viva en un limbo metafísico con respecto al resto de la población, no levante su voz —como ahora— contra los que organizan mítines de repudio contra los disidentes pacíficos, contra los que fusilan sumariamente a tres delincuentes comunes en una oprobiosa madrugada, encarcelan a periodistas, y, para colmo, firman cartas de aprobación de tales actos vandálicos.
     Tienen, pues, un civismo relativo, selectivo, pragmático, oportunista o conservador. Tienen miedo, en definitiva. Y no está mal que lo tengan, pues todos lo tenemos, pero sí que lo esgriman solamente cuando ven la posibilidad de ser ellos afectados nuevamente más de lo que lo han estado siempre.
     Uno de ellos dictamina sobre quienes son de derecha dentro y fuera de Cuba, dando por sentado que él es de izquierda. Pero ¿qué izquierda es esa que no quiere reconocer que la derecha ha estado siempre en el poder? Bien, yo también tuve miedo, yo también padecí la censura y sobre todo la autocensura. Tuve que irme de mi país para disfrutar del triste privilegio de poder escribir este mismo artículo sin esperar represalias, para poder poner en blanco y negro lo que pienso realmente sin el temor de perder mi trabajo, ser expulsado de la vida civil o, incluso, ir a la cárcel. Pero, al menos, respetemos a quienes dentro de Cuba sufren una represión directa por el simple pecado de decir lo que piensan, e, incluso, respetemos también a quienes hemos tenido que renunciar a nuestra patria física para poder dormir al menos con la conciencia un poco más tranquila, si es que ello es ya posible.
     Ustedes, los que viven en Cuba, también merecen ser respetados, pero tendrán que ganarse —como todos— ese respeto, ya sea con actos o incluso con silencios y sacrificios significativos, pues cómo siquiera intentar ser respetados por el mismo régimen que los humilla día a día con su variopinta colaboración o amnesia selectiva u oportuna. A estas alturas del juego ¿se puede jugar sinceramente a ser reformista? ¿Reformas, para qué, para mantener el estado actual de cosas? Esta es la encrucijada. Si los actuales sucesos no les hacen ver lo evidente: que el régimen ha sido en esencia siempre el mismo, entonces muy poco se puede esperar de un futuro "con todos y para el bien de todos". Es muy cómodo abogar porque la cultura cubana sea una sola y de repente olvidar a las víctimas tanto de dentro como de fuera del país. Amigos intelectuales cubanos, así no se juega.


La izquierda masoquista se pavonea

José Prats Sariol, México DF

miércoles 10 de enero de 2007

     "Perversión sexual de quien goza con verse humillado o maltratado por otra persona" —dice el mataburros—. ¿Gozarán mucho los escritores que ahora, con toda razón, denuncian el renacimiento de los Luis Pavón, Serguera y Quesada por la TV oficial?
     "Métete con la cadena, nunca con el león", me aconsejó una tarde de 1997 en Ciudad de México el hoy director de la Academia Cubana de la Lengua. ¿Acaso la mayoría de las protestas contra la resurrección de los subcomandantes sigue disciplinadamente las moralejas de la picaresca advertencia?
     Por favor, ¿peras al olmo? —para terminar con Sancho Panza—. Salvo en una de las justas protestas —de una talentosa narradora— no parece observarse la más mínima intención de juzgar al león, ni al hermano, a los que nunca se han arrepentido públicamente de cometer aquel Congreso Nacional de Educación y Cultura en abril de 1971, tras el desastre de la zafra de los 10 millones y la consiguiente sumisión al Moscú del comunismo científico y el realismo socialista.
     ¿Pensamiento crítico en el 2007 por parte de los mismos que clausuraron la revista Pensamiento crítico y el Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana? ¿Ingenuidad o miedo de algunos de los que hoy acusan a la TV —tan totalitaria como en la "década negra"— de cumplir una orden —descendida del Partido— similar a la de entonces?

     ¿Será que lo dan por tácito, sobrentendido, implícito? Esperemos que así sea… Lo que no se transparenta o insinúa, en la retórica aristotélica de las denuncias contra el homenaje mediático a los pavones, es, sencillamente, si ya han perdido la poca fe que les quedaba en la cúpula del Poder. Ahí está, al parecer, lo que se elude.
     ¿Cuál cargo ocupaba Luis Pavón antes de ser designado presidente del Consejo Nacional de Cultura? ¿Acaso no era director de la revista Verde Olivo, es decir, un cuadro muy cercano, de la absoluta confianza de Raúl Castro? ¿Quién pudo nombrar al ex fiscal Papito Serguera en el Instituto Cubano de Radio y Televisión? Y a propósito: ¿De qué se ocupaba Armando Hart —entre otros dirigentes con poses liberales— en aquellos años?
     Ah, la memoria. Propongo una campaña para recolectar "almohadillas de olor". Como yo no la he perdido —ni la quiero perder—, recuerdo con nitidez el discurso de Fidel Castro en la clausura del estalinista Congreso de Educación y Cultura. El mismo desprecio a los intelectuales es el que demuestran los vices al empezar 2007: la prueba se encendió en la pantalla chica.
     Coincido en general con el artículo de Duanel Díaz. Quizás lo preocupante no sea la pose de críticos de la cadena que ahora asumen algunos masoquistas, sino el mensaje que tales resurrecciones trae consigo. ¿Hay otra vuelta a la tuerca que se ha mantenido edulcorada? ¿Habrá cambios en los funcionarios que dirigen la política cultural del gobierno? ¿Asistimos al reinicio de la represión desembozada contra artistas y escritores que el Poder sabe disidentes? ¿Se acabó el limbo?
     En cualquier caso: mal síntoma, la polarización siempre es un síntoma pésimo, que presagia violencia. Las próximas semanas nos dirán, porque lo evidente es que los halcones han salido de sus jaulas. Esperemos que la vejez y los achaques en el lado derecho —ellos son la verdadera derecha— les impida volar.


De la Gran Escena

por Odille, el cisne de avanzada

     La eximia y Prima Ballerina Assoluta Alicia Alonso (AA; por favor, no confundir con American Airlines) vuelve a ser noticia en el mundo del espectáculo baletístico y operático. No; volvieron a equivocarse. No reportaremos sobre ningura operación del metatarso. Se trata de un mancomunado esfuerzo entre el Gran Teatro de La Habana (que, por cierto, con la adición de dos asientos en el primer balcón pasará a llamarse Le Plus Grand Thêatre du Monde) y la UNEAC para realizar una producción benéfica con vistas a recaudar fondos con los cuales compensar a los escritores e intelectuales cubanos que sufrieron discriminación y ostracismo durante lo que ya se conoce como el «pavonato». En esta función - cuya fecha exacta permanece en secreto, aunque se sabe que coincidirá con el 700 cumpleaños de Alicia, es decir, en 1845 - Alicia Alonso estrenará Le Grand Pas de Quatre, y lo hará en compañía de otras leyendas como Lucile Grahn (Miguel Barnet), Carlotta Grissi (López Sacha) y Fanny Cerito (Pablo Armando Fernández). La conducción orquestal, los decorados, la escenografía y el vestuario estarán a cargo de Abel Prieto. En cuanto a las notas al programa y dirección general del espectáculo, ello correrá a cuenta del Máximo Director En Jefe, quien, no pudiendo estar de cuerpo presente, dictará sus instrucciones y sabiduría por teléfono. Alicia Alonso - cuyo nombre de pila es María Taglioni - interpretará también La muerte del cisne, en una versión vanguardista cuyo escenario no es el lago, ni el malecón, sino un sillón de ruedas junto a una pipa de agua de Centro Habana. De la parte operística se encargará Juana María Abas quien estrenará el aria de la locura de la ópera china YuTong, del chino Heras Li On. Con motivo del estreno, la Abas lucirá una peluca de la ya prestigiosa marca Pelucas Prieto, bellamente aderezada con palitos chinos y semillas de soya pintadas a mano en un exclusivo taller del Barrio chino de La Habana. Se trata de un moño de tres pisos que remata en una pagoda de estilo bizantino, y en la que se han dispuesto ventanas ojivales a través de los cuales salen, sin freno, los poemas de la temba. Después del aria de la locura, la Abas interpretará otra de las que más prestigio le ha dado en el ámbito del bel canto de la UNEAC: Perduta, Pedante, de La temba del Alhambra. La función en Le Plus Grand Thêatre du Monde - en la que intervendrán los Coros, Corales (premios o no), Cantoras y Coralinas de todo el país - demostrará la cohesión de los escritores e intelectuales de la Isla en el rechazo al
«pavonato», pero también su irrestricto apoyo a las Palabras a los intelectuales.
    
     Palabras al cuerpo de baile
    
     Mientras tanto ha trascendido a nuestra redacción la incómoda reunión sostenida por la Dirección al Mando del Ballet Nacional de Cuba con los bailarines principales, corifeos, bailarines de carácter y cuerpo de baile. En caso de que alguien se lo esté preguntando, nos adelantamos para confirmarlo: en esa reunión se decretó la desaparición de la categoría primera figura de la nómina de empleados del BNC. "¡Para primera figura, y prima baillarina assoluta, YO!," se dice que gritó la eximia dando un fuerte golpe con una zapatilla sobre la mesa. "¡Qué nadie se haga ilusiones," agregó. "Poco me importa si algunos me llaman Bernarda Alba en los pasillos o en los baños de la Casa del Ballet. "¡Aquí hay Alicia para rato!, así que aguanten y no se salgan de su papel. Con Alicia, TODO; contra Alicia, NADA!," concluyó la mandataria. En las filas del ballet ya esas palabras empiezan a ser conocidas como Palabras al cuerpo de baile.
     Mariana Sanz, en un artículo publicado en Encuentro en la red, comenta: "Aquel decir tan hermoso de los Alonso, en la época en que proclamaban que el ballet no era de nadie en específico sino del pueblo, que bailaba, ha quedado mancillado por la actitud dictatorial de quien pretende ser más que un ejemplo de bailarina y sólo ha conseguido convertirse en una caricatura a la que el mundo rinde tributos por su glorioso pasado sobre las tablas. Parece que quisiera enterrar al ballet con ella." Y ustedes, amigos lectores, ¿qué me dicen? ¿No nos suenan familiares estas declaraciones? ¿Qué otra de las más grandes figuras producidas por De la gran escena cubana afirmaba exactamente lo mismo? ¡Adivinaron! Sí: era la Diva de la Dignidad Popular, la mayor, la más fabulosa. Y díganme, ¿no está acaso ella también absolutamente ciega? ¿No podríamos decir que tanto una como la otra quieren enterrar al país, llevárselo como trofeo a las pirámides que ya deben estar en plena frase constructiva; llevarse con ellas, insisto, a ese inmenso cuerpo de baile en que se ha convertido la Isla? Protagonistas respectivas de los dos más famosos ballets del mundo: Giselle y Girón la victoria (este último con la presencia de la pistolera Sara González), sus puntas cobraron notoriedad y las hicieron célebres en todo el mundo. Del mismo modo que hoy la ceguera las hace igualmente célebres. Observen la foto de Alonso con el cuerpo de baile durante la última edición del Festival de Vallet de La Habana que apareció en la revista Encuentro en la red. No se dejen engañar ustedes tampoco: esos dos muñecos-andamios que mantienen aguantada a la Alonso para que no se venga abajo no son otros que dos de los más calificados mecánicos del Hospital Ortopédico de La Habana, disfrazados de bailarines. Así de tristes andan las cosas en el ámbito del ballet cubano. Y Alicia, que no se baja de la locura - como la otra - insiste en que está entera y habla de crear una nueva coreografía: La cieguita Oichi de la Sierra Maestra.       


Crítica y memoria

Duanel Díaz, Madrid

miércoles 10 de enero de 2007

     Ha llegado a mi buzón electrónico una carta pública donde Desiderio Navarro critica la reciente aparición de Luis Pavón en un programa de la Televisión Cubana que ha exaltado su contribución a la cultura nacional. Además de sumarme al merecido repudio de ese oscuro censor cuya obra literaria carece de toda importancia, me gustaría ahora compartir un par de reflexiones sobre la propia denuncia de Navarro; señalar, sobre todo, los límites de su posición, que son, básicamente, los de quienes a estas alturas de la partida afirman que la libertad de crítica y el socialismo cubano no son incompatibles.
     Al colocar casi toda la culpa en el funcionario, por importante que este sea, Navarro libera en gran medida de ella al gobierno revolucionario. "Cierto es que Pavón no fue en todo momento el primer motor, pero tampoco fue un mero ejecutor por obediencia debida. Porque hasta el día de hoy ha quedado sin plantear y despejar una importante incógnita: ¿cuántas decisiones erróneas fueron tomadas "más arriba" sobre la base de las informaciones, interpretaciones y valoraciones de obras, creadores y sucesos suministradas por Pavón y sus allegados de la época, sobre la base de sus diagnósticos y pronósticos de supuestas graves amenazas y peligros provenientes del medio cultural?", afirma, colocando en el origen —en la "base"— del entuerto al director de Verde Olivo, y atribuyendo así las erradas decisiones de la cúpula a los "datos" suministrados por él.
     Pero no fue Pavón quien inventó el estalinismo, ni quien decidió seguirlo en Cuba: esas valoraciones, que son las que fundamentan la doctrina del realismo socialista, ya habían presidido la obra crítica de las cabezas pensantes del Partido Socialista Popular: Carlos Rafael Rodríguez, Mirta Aguirre, Juan Marinello, José Antonio Portuondo, Nicolás Guillén.
     En un principio enfrentados con los partidarios de otras posiciones estéticas que reivindicaban para sí la originalidad de la Revolución, estos intelectuales estalinistas fueron adquiriendo más importancia en el dictado de la política cultural a medida que el gobierno revolucionario, declarado marxista-leninista desde 1961, fue estrechando sus lazos con el bloque soviético y los límites de la legalidad revolucionaria.
     Navarro afirma que la impronta de Pavón "condicionó el resentimiento y hasta la emigración de muchos de aquellos creadores no revolucionarios, pero no contrarrevolucionarios, cuya alarma había tratado de disipar Fidel en Palabras a los intelectuales", como si entre este discurso de Castro y los dictámenes del Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura hubiera una simple solución de continuidad.
     La memoria que propugna en su carta no alcanza, pues, a recordar que fue el propio Castro quien pronunció el discurso de clausura de ese congreso, consagrando elocuentemente todos sus dictámenes; tampoco recuerda que Pavón, en tanto director de la revista Verde Olivo, estaba directamente subordinado a Raúl Castro. Las causas de las cosas que Navarro invoca en su cita de las Geórgicas llevan, entonces, directamente hasta ese Comandante en Jefe de cuya convalecencia todos están pendientes, y hasta aquel otro Castro que lo ha sustituido en sus funciones.

Quedarse en las ramas

     Preconizar la necesidad de ir a las raíces y quedarse en las ramas es, así, la contradicción medular de la crítica que ya en el ensayo In media res publicas ofrecía Desiderio Navarro. Allí apunta: "La suerte del socialismo después de la caída del campo socialista está dada, más nunca que antes, por su capacidad de sustentar en la teoría y en la práctica aquella idea inicial de que la adhesión del intelectual a la Revolución —como, por lo demás, la de cualquier otro ciudadano ordinario— 'si de veras quiere ser útil, no puede ser sino una adhesión crítica'; por su capacidad de tolerar y responder públicamente la crítica social que se le dirige desde otras posiciones ideológicas —las de aquellos 'no revolucionarios dentro de la Revolución' a quienes se refería la célebre máxima de 1961".
     Ante esta reivindicación del derecho a crítica para los revolucionarios y los no revolucionarios de "dentro", cabe preguntarse dónde está el límite en que comienza la "contrarrevolución", quién establece el "afuera" sino ese Máximo Líder en cuyo dictum de 1961 estaban ya, in nuce, las determinaciones de 1971.
     Lo cierto es justo lo contrario de lo que dice Navarro: la existencia misma del socialismo, antes y después de caerse el Muro, depende de reprimir la crítica de fondo, pues esta lo derretiría como un trozo de hielo expuesto al mediodía cubano. La Revolución no admite "conciencia crítica". Para criticarla de verdad, hay que situarse "fuera del juego". Salir de su propia lengua: pasar de "Fidel" a "Castro". Mientras exista "Fidel", no ya sólo en tanto ser físico sino en tanto concepto proveedor de legitimación, la simetría entre "políticos" e "intelectuales" que sugiere Navarro resulta falsa; de hecho, en Cuba no hay "políticos", puesto que no hay partidos ni parlamento.
     Tampoco creo que una mayor resistencia de los intelectuales hubiera cambiado mucho la cosa en los setenta: más hubieran sido reprimidos, pues el sistema era una eficaz máquina de producir represores. Más criticables que los que en aquella coyuntura callaron o colaboraron, me parecen esos que, entonces marginados, se han convertido luego de rehabilitados en grandes adalides del régimen.
     En una cosa sí estoy de acuerdo con Navarro: hay que tener memoria. Es por ello que echo de menos, en su enérgica crítica al gremio, una autocrítica, pues no olvido que, aunque le hayan censurado escritos propios y prohibido la publicación de algunos ajenos, él no dejó de ser uno de los cómplices de esa misma política con la que ha quedado identificado el nombre del teniente Pavón.
     Como si se tratara de un colaborador de la revista positivista Cuba Contemporánea súbitamente montado por el espíritu de Zdanov, Desiderio Navarro escribió: "En modo alguno el sistema directivo de la sociedad socialista podría permitir que la cultura llegara a ser ese factor histórico que una vez fue abandonado a la espontaneidad y al libre curso y gracias a su capacidad de acción inversa sobre los demás factores sociales, introduciría en masa lo aleatorio, el desorden, la desproporción y la discordancia en todo el organismo social" ("El papel conductor del Partido marxista-leninista en el terreno de la cultura", La Gaceta de Cuba).


Un reclamo arqueológico

Ciudadano desconocido
 
     Confieso que tras la lectura de casi todas las cartas iracundas que conforman el actual affaire Pavón 2da parte, he llegado a casa con cierto olor a guardado, como cuando husmeamos en las gavetas de la abuela muerta o salimos de una librería de uso o del almacén de un anticuario.
     Fundada es esta ira  --seamos justos--, pero infundados otros silencios.
     Se pregunta Desiderio Navarro: “¿cuántas decisiones erróneas fueron tomadas más arriba sobre la base de las informaciones, interpretaciones y valoraciones de obras, creadores y sucesos suministrados por Pavón y sus allegados de la época...?”, al tiempo que Antón Arrufat fustiga al “gran parametrador de importantes artistas, (...) el que los persiguió y expulsó de sus trabajos, el que los llevó ante los tribunales laborales, (...) quien pobló sus sueños con las más atroces pesadillas, (...) quien llevó al exilio a artistas dispuestos a trabajar en su país y dentro de su cultura...”
     Fundada es la ira de este reclamo, pero visibles a la vez sus costurones, el modo en que lo convierten en un asunto de arqueología sin lazos evidentes con el presente, único en la historia de nuestra cultura, único e irrepetible pues la sabiduría y el humanismo de la Revolución se impusieron en la hora nefasta para reivindicar a los excluidos por el Pavonato, como si los tiempos de censuras y autocensuras  --no obligatoriamente ligados al mercado actual de las editoriales y al dinero--  ya fueran parte del pasado, como si la esencia de este y de tantos otros sucesos no estuviera en el carácter robespierreano de un Estado Total al que siempre le han incomodado los intelectuales preguntones, los que no se ajustan al canon y al pensamiento rector.
     Ahora resulta que el teniente Pavón  --¿acaso se le ascenderá post-mortem?--, si seguimos lo expuesto por Antón Arrufat, “llevó al exilio a artistas dispuestos a trabajar dentro de su cultura.” ¿Acaso trabajaron FUERA de su cultura Gastón Baquero, Severo Sarduy, Benítez Rojo, Guillermo Cabrera Infante, todos merecedores de ese Premio Nacional de Literatura que Antón Arrufat ostenta?  ¿Negarles semejante distinción a quienes decidieron vivir fuera del país o a quienes discreparon sobre el camino político tomado por la nación habrá sido una decisión del cancerbero Pavón justo antes de colocarse el pijama? ¿Acaso la verdadera impronta de este poeta-policía?
     Algo sí queda claro: todos estos intelectuales indignados de hoy terminan exculpando a ese ente abstracto que han dado en llamar Revolución de las atrocidades de un horrible censor llamado Luis Pavón, la exculpan a la vez que focalizan la envergadura del mal en lo que Desiderio Navarro llama “los ubérrimos 60” y los años grises que le siguieron, como si en los confortables 80, los supuestamente aperturistas 90 y los “incertidúmbricos” años 00 no se hubieran producido sutiles, inteligentes, barnizadas manipulaciones y acallamientos en el campo de la cultura nacional, como pretendiendo ignorar que Pavón, Serguera, Quevedo, como en justa carrera de relevo, no olvidaron pasarle el baluarte a Pedro de la Hoz, Iroel Sánchez, Fernando Rojas...
     Si Luis Pavón no fue más que un Pinocho eficaz de mala madera, ¿quien asumirá entonces el papel de Geppetto, su bondadoso creador?
     El simple   --y grave--  hecho de que estas líneas deban parapetarse tras el anonimato es ya un marcador visible de que la real y nefasta impronta de Luis Pavón se respira, puede palparse.

11 de enero de 2007


Mi punto de vista

Sería gravísimo error equivocarnos de contrincantes, pues existe la posibilidad de acabar siendo, uno, nuestro propio enemigo

Eliseo Alberto, México DF

viernes 12 de enero de 2007

"Cuando cierro la puerta, nunca sé si estoy adentro o afuera". (Judith Vázquez)

     Abro la puerta. La inesperada e inexplicable (aún inexplicada) reaparición televisiva de Jorge Papito Serguera, El Gordo Quesada y Luis Pavón Tamayo, también apodado (dicen algunos) Leopoldo Ávila, ha despertado una lógica agitación en círculos intelectuales cubanos, y esa turbulencia de correos electrónicos ha trascendido los servidores de la Isla para llegar, en ensamble coral, hasta la orilla del exilio cubano —donde muchos seguimos con atención, sorpresa y casi siempre angustia lo que sucede en Cuba, para bien o para mal—. Los de este lado de la frontera estamos "al tanto", no "al día", pero estamos. Pertenecemos.
     El lunes 8 de enero comenzaron a aparecer, vía internet, las primeras cartas cruzadas ("emilios") entre Jorge Ángel Pérez, Reynaldo González, Desiderio Navarro, Sigfredo Ariel, Arturo Arango. Mensajes van, mensajes vienen, la lista de destinatarios de tan ardida correspondencia (al principio privada y, después, pública) se fue incrementando hasta abarcar en pocas horas un registro muy amplio de direcciones. La razón trataba de imponerse a la pasión, sin conseguirlo del todo porque las ideas corrían, trotaban, con vibrante impaciencia, sin tiempo para asentar una denuncia contundente: así de intensa era la necesidad de avisarnos unos a otros del peligro. Necesidad y consternación.
     Desde La Habana, esas "resurrecciones" imprevistas, o las lecturas sombrías de las mismas, no se consideraban (como yo pensé, desde lejos) coincidencias más o menos alarmantes sino claros indicios de que "algunos" pensaban que cualquier tiempo pasado fue mejor y, ante la actual situación del país, inédita y crítica, había que cortar por lo sano. Lo infecto, para "los de la Vieja Guardia", eran los espacios de relativa libertad intelectual que los escritores y artistas del patio habían conseguido gracias, en primerísimo lugar, al renovado valor de sus obras y también a posturas personales, cada vez más autónomas, independientes. Títulos sobran. También acciones.
     El grito provocó el eco. En este caso, si la reverberación repercutió de muro a muro fue por culpa de los enormes paredones de censura que la "historia oficial" ha tratado de levantar a lo largo de treinta años de adulterios de la verdad, a beneficio propio. El alarido bota y rebota, le guste a quien le guste y le pese a quien le pese.
     A veces, la resonancia aturde más que el vocerío. Apenas cinco minutos al aire, en horario estelar de Cubavisión, y dedicados por entero a alabar al hombre (Luis Pavón) que aún carga sobre las espaldas de su conciencia la responsabilidad (no exclusiva) del peor período de la política cultural del gobierno y el Partido Comunista de Cuba, fueron más que suficiente para abrir viejas cicatrices en muchas víctimas de entonces. La memoria también tiene corazón. La memoria también se infarta.
     Un día después, el martes, el torrente de mensajes desbordaba los ríos del diálogo cibernético, y surgieron desde el bombín del exilio los primeros pañuelos —casi todos de apoyo—. Desde el palomar donde vivo, desde hace diecisiete años, le mandé este correo a Reynaldo González: "Querido Reynaldo: Hasta mi azotea en Ciudad México, llegan desde La Habana las palomas mensajeras con los informes, o partes, de la cólera que ha desatado en la Isla la resurrección televisiva de Pavón. Oigo, emocionado, el coro de los dignos. Cuenta con mi voz, mis cicatrices y mi palabra: suma mi ira al coraje de los amigos. Ojalá las aguas retomen su nivel, y que juicios desbocados no alboroten el avispero —aunque, si nos pican la memoria, al pan le llamemos pan y, al vino, por supuesto vino. Me siento, estoy, en la Isla y junto a ustedes —como siempre. Si puedes, hazle llegar mi abrazo a todos, a Antón, a Desiderio, a Arturo, a Sigfredo. A ti primero. Lichi".
     En su respuesta, rápida y breve, Reynaldo me pedía "Energía positiva". El autor de Siempre la muerte, su paso breve tenía motivos para pedirme "energía positiva". Entendí que eso necesitaban en La Habana: fervor del bueno.
     El orfeón fue sumando nuevas voces. La mayoría no se cuestionaba, en profundidad, los móviles posibles de tan descabellada "vuelta de carnero al pasado" sino expresaba su "solidaridad" con los escritores que se habían atrevido a levantar la mano y radiar la alarma, a tiempo y con premura. Al menos para mí, el concepto solidaridad sigue teniendo un significado entrañable: es más que una palabra.
     Sin embargo, algo debe de haber pasado la noche de ese martes (dicen que una reunión de urgencia en el Ministerio de Cultura) porque el miércoles 10 se acalló la polémica y un mutismo espeso se cuajó desde La Habana. Tal vez porque se aclaró "el malentendido". Puede ser. Quién quita. Quizás el entuerto no fuera tan grave, como pensamos. Visto el caso y comprobado el hecho, no sería una mala solución. Digo, las hay peores. Al enmudecer La Habana, algunos aprovecharon la pausa para desbocarse.
     Encuentro en la Red dio espacio a varias críticas demasiado severas, a juicio mío injustas y por muchas razones inapropiadas, de resentida autosuficiencia, que entre verdades innegables intercalaban aguijones de intolerable tirantez. Respeto y admiro a José Prats Sariol y Jorge Luis Arcos. Son mis amigos. A Duanel Díaz no lo conozco personalmente pero no es necesario para apreciar su inteligencia y rigor analítico: basta con leerlo. Como se dice en México, coloquialmente y sin ofender, tengo la sospecha de que los tres perdieron una excelente oportunidad para callarse.
     No era, no es, el momento de calar a fondo en un pasado que sus testigos recordamos, adoloridos, y buscar culpables mayores, nombrarlos a cuenta y riesgo. Todos perderíamos esa apuesta suicida e improcedente. ¿Quién no sabe "de memoria" las reglas del juego? ¿Se las recuerdo? No hace falta. Desde hace 48 años no han cambiado. O han variado muy poco. Los que han cambiando son los jugadores en el campo y los espectadores en las gradas, no los directivos ni los jueces. Quedan, en el banco, viejos verdugos. Pero estamos dentro de ese juego, no fuera. "No quiere ser un héroe, / ni siquiera el romántico alrededor de quien / pudiera tejerse una leyenda; / pero está condenado a esta vida y, lo que más le aterra, / fatalmente condenado a su época", dijo Heberto Padilla en su poema El hombre al margen.
     Unos lo aceptan, otros no. ¿Por qué avergonzarse de ello, si esa es (fue y será) nuestra vida? La que nos tocó a los de adentro y a los que, por algo, decidimos irnos —o nos echaron—. En situaciones complejas, como ésta, ¡cuánta falta nos hacen nuestros muertos! ¡Cómo extrañamos a Tomás Gutiérrez Alea, nuestro irremplazable Titón, tan sonriente como lúcido! ¿Qué habría dicho? ¿Y Jesús Díaz? Me parece oírlo. Resopla. ¿Y Moreno Fraginals? ¿Y Lezama, desde Trocadero 162? Gastón Baquero nos advirtió, con la inocencia de un pez que nos deja su testamento en la arena, que "la cultura es un lugar de encuentro" —y ese lema clarividente se convirtió en la razón de ser de la revista Encuentro—.
     También de la revista Temas o la revista Criterios, cada una a su manera. Yo le hubiera pedido su opinión a Santiago Álvarez, a Reynaldo Arenas o Guillermo Rosales, a Mirta Aguirre o Juan Marinello, o Carlos Rafael Rodríguez, a Guillermo Cabrera Infante o a Nicolás Guillén, y aunque quizás no hubiera compartido sus juicios o presagios, los habría tenido en cuenta porque el "respeto a la opinión ajena", como en Martí, en mí también es fanatismo.
     No pretendo responder en detalle los artículos de Prats, Arcos y Díaz: ellos tuvieron necesidad de escribirlos y exponer sus puntos de vista, bien pensados, con la ventaja que da el ejercicio de la reflexión, y no con la lógica ligereza de quien redacta al vuelo un S. O. S. electrónico. Sólo expongo por la misma vía del internet un par, o un trío, de observaciones, y las envío a la larga lista de remitentes implicados en la querella.
     Para mi buen amigo Pepe Prats Sariol, "lo que no se transparenta o insinúa, en la retórica aristotélica de las denuncias contra el homenaje mediático a los pavones, es, sencillamente, si ya han perdido la poca fe que les quedaba en la cúpula del Poder. Ahí está, al parecer, lo que se elude". Quién sabe. Los revolucionarios también pueden "perder la fe" y no por ello dejar de sentirse comprometidos con lo que ha sido, hasta el sol de hoy, la principal razón de sus vidas. La esperanza es una tabla de salvación, para muchos.
     Al autor de la excelente y poco conocida novela Guanabo gay, mi preferida entre las suyas, le resulta evidente "que los halcones han salido de sus jaulas" y pronostica que en pocas semanas sabremos si habrá, o no, cambios "en los funcionarios que dirigen la política cultural del Gobierno". Y se pregunta, sin adelantar vísperas: "¿Asistimos al reinicio de la represión desembozada contra artistas y escritores que el Poder sabe disidentes? ¿Se acabó el limbo?". Sí, sin dudas, por lo pronto (creo) se acabó el purgatorio, ese campo a la intemperie, sin jefes visibles, ángeles o demonios, a mitad de cielo entre el infierno y el paraíso. Ahora bien, ¿de veras son disidentes? No.
     Los disidentes de la Isla están encerrados en prisión o en sus casas, valientes, asediados por la misma prensa que hoy silencia la polémica desatada por la resurrección de figuras nefastas, acorralados entre cercos de repudio. Pepe Prats lo sabe bien, pues fue de los pocos que defendió y acompañó, desde su casa de madera en el barrio de Santos Suárez, a nuestro fraterno Raúl Rivero.
     Jorge Luis Arcos no sale de su asombro. Para él resulta "sencillamente increíble" que se trate de negar lo que a él le parece "evidente": que lo sucedido no "responda a una estrategia del poder, como lo fue en el pasado, y como lo es en el presente", y llega a suponer "que una parte considerable de los intelectuales cubanos dan por hecho que el régimen actual va a continuar existiendo, y ellos, dentro del mismo, con su variada gama de complicidad, silencio, oportunismo o, incluso, alegre aprobación".
     La graduación que Arcos propone no es diversa sino repetitiva. Se le olvida mencionar que, a pesar de los pesares y "de tantos palos que te dio la vida", como dijo Fayad Jamis, muchos de los intelectuales cubanos son revolucionarios. Y tienen el mismo derecho que nosotros a no serlo.
     Duanel Díaz enfoca sus baterías contra lo expuesto en sus cartas por Desiderio Navarro, e invierte el catalejos para exagerar sus propias sentencias, las de Duanel, como si la amplificación de una verdad bastara para sustentarla, con lo que olvida que, mal entendida, la realidad vista a través de una lupa a veces sólo sirve para distorsionarla, no para razonarla.
     Díaz asegura a rajatabla que la Revolución no admite "conciencia crítica", pues para "criticarla de verdad, hay que situarse fuera del juego. Salir de su propia lengua: pasar de 'Fidel' a 'Castro'. Mientras exista 'Fidel', no ya sólo en tanto ser físico sino en tanto concepto proveedor de legitimación, la simetría entre 'políticos' e 'intelectuales' que sugiere Navarro resulta falsa; de hecho, en Cuba no hay "políticos", puesto que no hay partidos ni parlamento".
     Lo grave no es que no haya "partidos" sino que haya solamente uno —más una Asamblea del Poder Popular integrada casi en su totalidad por sus militantes—. A estas alturas del "partido", después de tanto llover sobre mojado, lo mismo en La Habana que en Miami, apenas tiene sentido la propuesta de elegir entre un nombre Equis y un apellido Zeta, una alternativa que, sin necesidad de lentes para miopes, hace gala de una evidente ofuscación teórica.
     Hace muchos años, en una visita a un centro de trabajo en el puerto de La Habana, durante aquellos exorcismos previos al IV Congreso del Partido, Titón y yo escuchamos a un dirigente estatal que dijo, desde la tribuna, este mosquetero disparate: "Todos para uno y uno para todos, o lo que es lo mismo: divide y vencerás". Lo que demuestra, si falta hace, que los extremos se tocan.
     La clásica consiga de la unidad era igual a su contraria: al equipararse, ambas estrategias se anulaban. De lo que se trata, ahora, es de sumar: el que resta pierde. Sería gravísimo error equivocarnos de contrincantes pues existe la posibilidad de acabar siendo, uno, nuestro propio enemigo. Conmigo no cuenten los que sólo ven manchas en el sol. Alguien nos advirtió: "Quien busca la verdad, merece el castigo de encontrarla". Cierro la puerta.

Encuentro


Pelucas Prieto Cubanacán, S.A.

     El establecimiento Pelucas Prieto es uno de los puntos de encuentro obligado para los escritores de la Isla. Además de constituir un excelente lugar para ir de compras y practicar el regateo, y hasta para la recuperación de esas tradiciones comerciales cubanas que son el empeño y el fiao, Pelucas Prieto ofrece una amplia variedad de pelucas para los viajes al extranjero. Hechas con el mejor pelo de oso ruso - criado en cautiverio en los hielos de Kamchatka - estas pelucas se caracterizan por una extraña combinación de compacta cohesión y ligereza. Gracias a lo primero, todos los cabellos de la peluca se mantienen unidos al principio rector de todas las pelucas: hilo y pegamento. Al mismo tiempo, los cabellos gozan de una ligereza que les da un aire postmoderno, algo así como entre los Beatles y Luis XV. Las pelucas, cuya fama ya alcanza a París y Tegucigalpa, pueden adquirirse en variados estilos y colores. Uno de los estilos de mayor demanda es el Calibán, que le da al portador un aire guerrillero y de seductor salvajismo. El Versailles revival goza de una creciente demanda, particularmente en los salones de M. Barnet, donde se da cita, cada vez con mayor frecuencia, el grupo Palabras sin Intelectuales. Este estilo combina, artísticamente, plumas, lentejuelas, y el logo palaciego de la UNEAC. No podemos concluir el paseo por la tienda Pelucas Prieto sin detenernos ante la vitrina donde se exhibe el estilo que goza de mayor reputación en los pasillos de la casona en 17 y H: Granma Forever. Se dice que Pablo Armando Fernández donó tres libras de peluca blanca para hacer esta otra, cuyo proceso de producción, por cierto, merece comentario aparte. Los cabellos se cosen, y se ponen a secar al sol durante seis meses, y luego seis meses más al sereno (en esta última operación intervienen los cederistas que estén de guardia en 17 y H). La inclemente exposición al sol insular es lo que, definitivamente, les da a los cabellos esa aura moral y cubana que los distingue en todo el mundo. Pasados esos seis meses, la peluca es bautizada por Cintio Vitier en la pila de agua bendita del CEM (Ceminario Escolástico Martiano). Una vez bautizada la peluca, el cliente afortunado podrá lucirla en las recepciones palaciegas de Caracas, y hasta asistir al cambio de ropas  del mandatario venezolano, o podrá llevarla a las mesas redondas, marchas del pueblo combatiente, o a la firma de declaraciones del Secretariado Secreto de la UNEAC. La peluca viene cuidadosamente empaquetada en una bolsita de Cubalse junto con el último atomizador de Suchel: Liberen a los cinco. Tres aplicaciones mensuales del susodicho ayudarán a mantener la peluca en óptimo estado de avanzada.       


Respuesta a Eliseo Alberto

Duanel Díaz, Madrid

lunes 15 de enero de 2007

     En su mensaje electrónico, Eliseo Alberto Diego nos acusa a mí, a Jorge Luis Arcos y a José Pepe Prats de ser injustos, insolidarios y hasta oportunistas en nuestros comentarios publicados en Encuentro en la red. En lo que a mí se refiere, me gustaría replicar a esto, no sin antes señalar que no hay diferencia, en cuanto a grados de reflexión, entre ellos y los de Lichi: los nuestros no tienen, como él afirma, la "ventaja que da el ejercicio de la reflexión" sobre "la lógica ligereza de quien redacta al vuelo un S. O. S. electrónico"; el suyo es un comentario totalmente razonado y elaborado, tan bien pensado como los de nosotros, y a la vez escrito al calor de esta sorpresiva coyuntura, justo como los de nosotros.
     "Al enmudecer La Habana, algunos aprovecharon la pausa para desbocarse", dice Lichi. Quizás él no me crea, pero lo cierto es que mi comentario fue escrito inmediatamente después de leer la carta pública de Desiderio Navarro; ese mismo día, ya entrada la madrugada, lo colgué en un blog recién estrenado, y fue al día siguiente, cuando ya había leído algunos de los mensajes provenientes de Cuba, que Pablo Díaz me propuso publicarlo en ERR. Luego salieron las notas de Yoyi y de Pepe, y sinceramente me alegré de que ellos compartieran mi posición.
     Hoy, horas antes de leer el mensaje de Lichi Diego, he estado hablando largamente con Yoyi sobre el tema. Creo que lo que más le molestó a él es el hecho de que algunos intentaran desde La Habana dejar fuera del debate a los que estamos en el exilio, cuando es un hecho que muchos de los afectados en los 70 están de este lado del charco y que, de cierta manera, todos hemos sido afectados, pues el daño que entonces se hizo a la cultura y a la intelligentsia no se supera por decreto. Por mi parte, lo que más me molestó de la carta pública de Desiderio fue que la dureza con que critica a los intelectuales por no haber resistido en los 70 no fuera acompañada de autocrítica —siendo, de esa manera, inconsecuente con la memoria que reclamaba— y sí de un claro propósito de exculpar a las máximas autoridades de la Revolución.
     En efecto, Baquero dijo que la "cultura es un lugar de encuentro" pero esa frase, mientras no adquiera una interpretación concreta, es una consigna vacía y retórica, una especie de comodín que sirve para todo. Encuentro la ha asumido como un lema en el empeño de sumar a todos en un diálogo necesario, un debate que las autoridades cubanas rechazaron. En Encuentro en la red se publicarán todos los escritos sobre el asunto que nos ocupa, aquellos firmados por los de aquí y los de allá, por los "revolucionarios" y los "contrarrevolucionarios", los de "derecha" y los de "izquierda". Ni La Jiribilla ni Cuba Literaria lo harán. Cuando Temas ha publicado alguna crítica de fondo ha sido, como en el caso del ensayo de Ponte sobre Martí, para acto seguido intentar descalificarlo de la manera más grosera y, desde luego, contraproducente. Criterios sacó algunos años un número con acercamientos teóricos al "neofascismo norteamericano", pero sobre el costado fascista del régimen cubano no ha publicado nada, hasta donde sé. La tesis de que la "cultura es un lugar de encuentro" ha sido asumida por las autoridades cubanas con otro sentido: para fundar un falso consenso una vez que, luego de la caída del muro de Berlín, el Estado se vio privado de la legitimación marxista-leninista y tuvo que echar mano a los "idealismos" antes rechazados. Esa cultura concebida ahora no ya como otro terreno de la lucha de clases sino como "lugar de encuentro" define un espacio de mayor tolerancia en la justa medida en que su relativa autonomía garantiza que las decisiones políticas quedes en manos de los de siempre. ¿señalar esto es autosuficiencia, es pose teórica, es bizantinismo?
     Lichi dice: "invierte el catalejo para exagerar sus propias sentencias, las de Duanel, como si la amplificación de una verdad bastara para sustentarla, con lo que olvida que, mal entendida, la realidad vista a través de una lupa a veces sólo sirve para distorsionarla, no para razonarla." Ahora bien, lo que yo señalo no es "mi" verdad, ni es la de Prats ni la de Yoyi aunque ellos la compartan; es sencillamente la verdad, algo que está más allá de posiciones políticas o éticas. No tengo que amplificarla pues se sustenta en los hechos: fue Fidel Castro el que pronunció el discurso de clausura del Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura.
     Pero Lichi prefiere concentrarse en otro pasaje de mi comentario. Dice: "Díaz asegura a raja tablas que la Revolución no admite 'conciencia crítica', pues para criticarla de verdad, hay que situarse fuera del juego. Salir de su propia lengua: pasar de 'Fidel' a 'Castro'. Mientras exista 'Fidel', no ya sólo en tanto ser físico sino en tanto concepto proveedor de legitimación, la simetría entre 'políticos' e 'intelectuales' que sugiere Navarro resulta falsa; de hecho, en Cuba no hay 'políticos', puesto que no hay partidos ni parlamento". Lo grave no es que no haya "partidos" sino que haya solamente uno —más una Asamblea del Poder Popular integrada casi en su totalidad por sus militantes. A estas alturas del "partido", después de tanto llover sobre mojado, lo mismo en La Habana que en Miami, apenas tiene sentido la propuesta de elegir entre un nombre Equis y un apellido Zeta, una alternativa que, sin necesidad de lentes para miopes, hace gala de una evidente ofuscación teórica."
     Ahora bien, ¿hay diferencia entre que no haya "partidos" y que haya solamente "uno"? Al contradecirme y afirmar lo mismo que yo, es él quien resulta bizantino, cuando no absurdo. La diferencia entre "Castro" y "Fidel" que señalo no carece de sentido; sacada de su contexto, en el mensaje de Lichi, ciertamente parece artificiosa, pero en mi comentario no es para nada gratuita: insisto en que mientras a Fidel no se le pueda llamar Castro, mientras no esté sujeto, como todos, al escrutinio de la opinión pública que define todo espacio democrático, no podrá haber en Cuba un auténtico debate, aunque sí voces que, como la de Ena Lucía Porcela, salgan fuera de esa falaz retórica.
     "De lo que se trata, ahora, es de sumar: el que resta pierde. Sería gravísimo error equivocarnos de contrincantes pues existe la posibilidad de acabar siendo, uno, nuestro propio enemigo. Conmigo no cuenten los que sólo ven manchas en el sol", termina Lichi. Y yo me pregunto si la suma que saldría si nos calláramos quienes hacemos una crítica de fondo ayudará a que venza alguien más que ese régimen que coarta las libertades de todos, los de allá, que no pueden expresarse libremente, y los de aquí, que por hacerlo tenemos prohibida la entrada a nuestro país. ¿Nos equivocamos de contrincante nosotros o se equivoca Lichi Diego? Mi contrincante no es Desiderio Navarro, ni mucho menos los demás colegas en La Habana: mi contrincante —el de Yoyi, el de Pepe— es el régimen castrista.

Encuentro


Carta para no ser un espíritu prisionero

Reina María Rodríguez, Ciudad de La Habana

lunes 15 de enero de 2007

     Hará unos cuatro años leí un libro que bajo el título Un espíritu prisionero, publicado por Galaxia Gutenberg y traducido del ruso por Selma Ancira, recopila textos de Marina Tsvietáieva, fragmentos de su diario, relatos y poemas. También aparecen, hacia el final de este libro, documentos extraídos de los archivos de la KGB.
     Un espíritu prisionero trae una introducción que dice: "los escritores rusos, crecidos en espacios donde la libertad no ha abundado, siempre se han sentido portadores de esta libertad; por eso su suerte casi siempre ha sido aciaga. La muerte temprana de Pushkin y Lérmontov, la locura de Gógol, el cautiverio de Dostoievski, la censura —fiel compañera de todos ellos que tuteló con especial celo la obra de Tólstoi y Chéjov, son algunos ejemplos del pasado". Y prosigue: "esta tradición se ha visto perfeccionada en la época soviética: años de loas, de cantatas y también de silencios, prisiones y exterminios…".
     Recordemos, pienso ahora, a Mandelshtam, a Pasternak, a la Ajmátova, que ni siquiera tuvo un cementerio. No puedo, después de haber leído a estos autores y conocer cómo vivieron y murieron (Mayakovski, por ejemplo, y Marina, que se ahorcó en Yelábuga), quedarme con los brazos cruzados ante algo que me parece, a la distancia de aquellos hechos, y en esta isla en el centro del Caribe, una tragedia para la nación cubana que ya vivió expulsiones y censuras por los años setenta y aún sigue viviéndolas.
     "¿Unas condiciones favorables? —escribe Marina— se sabe que para el artista éstas no existen… La vida misma es una condición desfavorable…". Pero las condiciones pueden endurecerse aún más, y esto es lo que he sentido durante los últimos días. Cuando me reuní en Estocolmo en el año 1994 con escritores del exilio, comprendí que la tragedia de la separación no se resolvía con eventos ni diálogos. Aquel mal (abierto y sin cicatrizar) estaba allí, donde la venganza y los remordimientos habían hecho una yaga purulenta que confiscaba toda posibilidad de cura. Los participantes de un lado y del otro se insultaban primero dentro de la reunión, y se abrazaban después en los pasillos, como si las dos orillas se unieran en aquellos abrazos efímeros. Mi ingenuidad sirvió de puente para entregar a Heberto Padilla unos poemas de autores jóvenes desconocidos por él (entre ellos, los de Antonio José Ponte) que Heberto usó después para una ponencia sobre poesía cubana que leyó en Madrid ese mismo año durante el encuentro "La Isla entera". Pensé que sólo cosas como los afectos y la poesía podrían borrar el odio y los resentimientos, porque siempre he creído en la escritura como un modo de salvación o terapia. Pues, ya que todos estábamos enfermos de paranoia (incluso, los que por ser muy jóvenes no participamos directamente de las tensiones y rupturas de los años setenta, cargábamos con ese fantasma y el complejo de culpa de "no parecer revolucionarios" cuando opinábamos o hacíamos algo diferente). Teníamos que poner la pomada contra el dolor, la letra en cursiva de la experiencia vivida y los ejemplos (a la que se refieren ahora tantas cartas de estos últimos días), como una parte de la sanación: no puede volver aquella época "dura", pero ¿cómo eliminar hoy las secuelas que todavía subsisten? ¿Cómo enfrentar sus causas sin examinar a fondo los motivos?
     Al entregar aquellos poemas de jóvenes desconocidos a Heberto Padilla (que quiso venir de visita a Cuba y siempre le fue negado "el permiso", hasta que la muerte se lo otorgó), hacía un acto de limpieza personal tratando de comunicarme, de entendernos, porque no podía suceder con alguien de esta época, lo que sucedió en el pasado, porque nosotros, creía, éramos diferentes.
     Con los acontecimientos de febrero del 2003, después de discusiones que tomaron un año en el seno del ejecutivo de la Unión de Escritores y la final, pero rápida desactivación ("muerte por silenciador", la llamo, sin derecho a tener un papel por escrito ni una apelación) de Antonio José Ponte, poeta, narrador y ensayista, escritor de la generación que sucede a la mía, la desesperación no me ha dejado tranquila. Muy pocos no aceptaron aquella medida y la mayoría calló. Si silencio esto ahora, sentiría una vergüenza que no me dejaría vivir en paz. Si he trabajado por la cultura, es pensando que cualquier desviación hacia zonas de mutilaciones, censuras y métodos represivos para los artistas serían abolidos con la confianza en el trabajo creador, que es la primera fuente de cultura que permite la proliferación de voces, matices, estilos, ideas, todo en un haz diverso.
     Cuando recuerdo las palabras de Lutero que Marina pone en su boca: "¡No me he de someter! ¡Nada ni nadie me ha de atar, porque el bien que más estimo es mi propia y libre voluntad de elegir, pues sin ella muere el espíritu!", pienso que eso es por destino el único objetivo que tiene un escritor. Sé que ninguna literatura tiene valor si nos plegamos a las facilidades o vanidades que de ella provienen sin sacrificios del espíritu, sin opinión, sin carácter, y si soportamos cualquier herida hecha a un escritor, porque, ¿qué es la obra de un artista, sino un pequeño peldaño en la escalera construida por tantos otros? ¿Qué es un escritor, sino un pez hambriento que devora de otra carne, la sustancia? Un hueso de la misma vértebra, su juicio; ese verbo de su inconformidad, de la ruptura entre cuerda floja y abismo. Entre poder y realidad. Entre realidad y deseo.
     "Desactivar" es una palabra ajena. Un escritor vive siempre de otros; se activa con otros, y no se desactiva, sin desactivar también al conjunto con los que se formó, compró libros, discutió autores, sus vidas. Para el arte no existe ese término que no pertenece al rango de lo estético. Un escritor que ha emprendido esa tarea con su destino no se desactiva ni después de muerto, pero al hacerlo por decreto, nos desactivan en espíritu con él; en espíritu con los que habitan los libros que él nos prestó, las ideas y las historias que compartimos juntos. Pues, no hay reglamento ni código que ponga en práctica esa palabra que no puede existir más que para las bombas, las maquinarias, los artefactos, no para las voces de una nación. Porque estaríamos desactivando toda la literatura acumulada con él (en él) y desmontando todo ese engranaje de pasado y sabiduría.
     Escribo esta carta para recordar otras escenas en las que no participaron Pavón y sus acólitos, pero donde estuvieron presentes también. Se es cómplice de manera retroactiva. Se es cómplice (hasta sin querer) en la futuridad. Hay imágenes pirograbadas en el interior de nuestras mentes que son modelos que debemos vencer. "Vigilar y castigar" son modelos que debemos vencer; miedos que debemos vencer para acercarnos al riesgo de la verdad. Horrores que debemos vencer y que no se vencen con formalidades, con compromisos, decretos, desactivaciones. La salida fácil y abrupta del ahora, será un hueco negro en nuestras cabezas, una oscuridad más, y toda dureza pone a relieve la fragilidad de otro acto oscuro y tenebroso. Sólo redes extendidas con flexibilidad harán posible un tejido sin grietas.
     Odio esta grieta en mi escritura, en mi vida. La grieta de la pérdida de la confianza; de la vida que otro está viviendo sin mí, en algún libro, en cualquier pasado que ahora recuerdo. Mi silencio determinaría también la atrocidad cometida, el dolor. Obedezco sólo a los muertos ilustres de los anaqueles, a sus voces que dicen: "todo lo que ha sido relatado es —infinito. Así, un crimen no confesado, por ejemplo —continúa". No quiero tener mi espíritu prisionero, no hay prisión peor que esa, la del espíritu. Uno está preso en uno mismo, incapacitado para decir o hacer, sentir o pensar. Uno se convierte en un títere, en un zombi, en un mendigo. Un escritor no vale dos fragmentos de un periódico cualquiera. No hay expulsión para una obra; para cada detalle logrado de un oficio que cuesta la vida. Cuidar la página, el poema, la opinión, los desafíos a la realidad, las posturas y la ambigüedad, incluso, las equivocaciones, las diferencias políticas y los "No". Ese "non rifutto" del poema de Cavafis.
     He obtenido algunos premios literarios, pido el premio mayor para un artista: el del respeto por uno, en todos y por las diferencias. La patria de un escritor es la misma, pero a la vez, doble y distinta, por ser una patria también mental. Sacarlo de esa primera patria no cuesta mucho: visas, permisos, pasaportes, es fácil. Sacarlo de la patria del escritor, no sostenerlo en ella, divorciarlo de su contexto es un crimen contra esa legión que vigila desde los anaqueles y por ellos, por los que de sus libros no se podrán sacar ¡jamás!; por todos esos muertos que ya no juzgamos más que por sus obras, hay que sostenerlo, a uno, en muchos, a todos, en alguno, aunque cueste toneladas de diferencias y sutilezas.
     Durante noches de desvelos ha quedado claro dentro de mí el lugar de una mancha que no me pertenece. ¡No quiero esa mancha!, la discutí con todos los argumentos que tuve en cada oportunidad, pero no quiero ser cómplice de ella, aun sin quererlo. Tampoco hubo reuniones posteriores donde pudiera tratar ese tema, porque no hubo más reuniones desde entonces y ¡pasaron cuatro años! que decidieron mi separación afectiva del conjunto que decidió aquella sanción y asesinato: y el No. Hoy, mientras leo correos y correos llegados de diferentes partes pidiendo una sanación (y para curar hay que raspar primero y duele), pienso en lo que sintió Antonio José Ponte cuando ninguna de sus cartas a los escritores del gremio fue respondida. Pienso en Heberto Padilla, que no pudo volver físicamente a la Isla cuando ya estaba muy enfermo.
     La poesía tiene una libertad que no le está conferida más que a ella. En nombre de esa libertad (utópica) que da la poesía a un artista, condeno la medida tomada con el creador de Corazón de Skitalietz, de Cuentos de todas partes del Imperio, de Contrabando de sombras, de Las comidas profundas, de Asiento en las ruinas, de Un seguidor de Montaigne mira La Habana, de In the cold of the Malecón, de El libro perdido de los origenistas, de La fiesta vigilada, y apelo hoy (en el 2007), como si no hubiera pasado un segundo (porque este tiempo está medido por el destino del arte y los artistas trabajan "para la eternidad"), al espacio de reflexión pequeño todavía, incipiente, creado a partir de la crítica al pavonato reactivada por un grupo de escritores y artistas cubanos, para devolverlo a él (simbólicamente), y a otros, a la única patria de los escritores de todos los tiempos y lugares: la patria de la página de la cultura a la que pertenecen.
     Si no existe un espacio público para la defensa de los artistas; para sus ideas; el lugar para una amplia polémica del espíritu, las diferencias, la crítica y la confrontación del pensamiento reactivado a cada momento, entonces, ¿qué nos guarece?
     Y lo que me pregunto cuando otros ejemplos salen a flote y tantos silencios se rompen por una vía inusual (ya que carecemos de otras vías para nombrarnos intelectuales), es qué cosa somos. No es un problema de este nombre hoy o de aquel otro de ayer; de los rostros que detentan el poder por un tiempo, sino del mecanismo de los relojes que dicen: detener, expulsar, reprimir. De la legalidad con la que el artista pueda defender sus utopías y hasta sus negaciones. Aunque no son problemas que atañen sólo a los artistas y escritores: es un problema de todos. Porque mientras quede una paja o basura en el ojo de alguno, no habrá visión para construir esa cabaña de Dersu Uzala, si antes no limpiamos bien la montaña que hay que escalar juntos, sin límites geográficos, mentales o políticos (los de adentro, los de afuera); si no pensamos en qué vamos a legarles a los que vendrán y con qué hojas prenderán ese fuego de la cultura, nos quedará sólo el vacío estéril del silencio por juez.


La crisis de la baja cultura

Francis Sánchez, Ciego de Ávila

     Arturo Arango se pregunta por qué los jóvenes no entran en esta polémica. Voy. Nací el mismo año del Congreso de Educación y Cultura en que Fornet cifra el inicio del "periodo gris". No sé si aún soy joven, no sé de qué forma el desencadenamiento de este "susto" me pertenece, y si es principio, mitad o final de tragedia, novelón o comedia… ¡Sí me duele esta intelectualidad cubana de la que soy parte, lo que va quedando de nosotros! Es deprimente.
     Amir lo ha sugerido con aprensión, lo tengo advertido hace rato: vivimos en lo fundamental fuera de la historia, nos fueron poniendo —y nos acomodamos— al margen, hasta esta posición de cada día, amnésica, inofensivamente al margen. Habrá círculos del infierno más inclementes, celdas de castigos peores, por estrechas, y circunstancias de castigos y ostracismos tal vez más crueles para los huesitos humanos que pueden repartirse los cangrejos, como lo que vivió un Delfín Prats sin derecho incluso a ejercer lenguaje de mudos, o aquel calvario (?) que pudo significar para algún escritor tener que trabajar en las sombras de la Biblioteca Nacional, cuando no de alguna municipal. Pero no debe de haber al cabo, en nuestra historia, un campo de acción intelectual tan estrecho, asfixiante y por eso tan ridículo, como este del que hemos hecho folclor los escritores e intelectuales cubanos en general durante las últimas décadas.
     Veo normal que se tema por el regreso de esas "torturas". Pero a mí, entre finales de los ochenta y buena parte de los noventa, nadie me condenó a vender tapitas de litro de leche puerta por puerta, ni a cambiar ropa vieja por libras de arroz en las arroceras del fin del mundo —una parte del fin que queda cerca de la costa sur de Sancti Spíritus—, y nunca tuve la suerte de contar con un verdugo en la esquina contraria —como decía aquel boxeador de un filme: "en el ring al menos sé de dónde vienen los golpes"—, que una "parametración" me obligase a cortar hierba en los naranjales para venderle a los cocheros. De todo eso hice, también temo tener que volverlo a hacer, digo, y no sé a quién temerle. ¿Pobre de mí que ni Pavón tengo?
     Vuestro barullo es bastante habanero, así vuestras referencias tienen el don extenso de la mercancía con valor simbólico nacional e internacional. Las desgracias humanas arrastran la característica de padecerse siempre demasiado concretas, con fecha, lugar, rostros exactos, pero cuando se vive en un cuartón de provincias la contextualidad de la queja o la comunicación se nos hace polvo en las manos, nuestra sangre como "evidencia" se confunde rápido con la tierra que pisamos, y esas exactitudes difícilmente llegan a hacerse visibles más allá de "la pocilga" (como le decía Arzola al hato de Ciego de Ávila).
     Si Arzola hubiera escrito que yo y Adrián fuimos a sacarlo de aquel cuartel de Jatibonico donde le habían dado buena tanda de patadas, nuestros nombres no ilustrarían nada. Si yo contara aquí ahora mi calvario vivido —hace muchísimo menos que lo que dista de los años 70, nací ese año— en una oscura editorial provincial para publicar un libro de cuentos, por tener un nombre sospechoso el libro y yo detrás más de un agente en busca de sospechas, agentes con nombres que no dirían nada a nadie —nunca tronados, siempre promovidos— poco aportaría a esta tragicomedia cuyo tramado central es capitalino.
     Si jugáramos a otra cosa que no fuera la ingenuidad y el miedo a cogernos la manito de escribir con la puerta, temeríamos algo peor que estos "crímenes" intelectuales, estos "verdugos" gremiales, jugaríamos a ser menos "intelectuales de farándula", esta versión carnavalesca del "artista de capilla", pues en esa otra dirección es como me imagino que debió continuar en serio el juego de aquella línea ascensional de lo mejor de la intelectualidad cubana del siglo XIX, con Martí a la cabeza, y no menos cívica, comprometida y abierta en el XX, con Varona, Fernando Ortiz, Mañac, Villena y tantos.
     Para esa tradición que nos juzga desde los genes, los acicates, los problemas culturales siempre estuvieron en el pellejo de todos los cubanos. Es patético este circuito cerrado que hemos aceptado como el nicho ecológico donde debemos vivir y desarrollarnos en lo literario y extraliterario, sin cámara de ecos posible, al margen de los tantos y tan cruciales dilemas de la vida, sin pertenencia a un cuerpo y una fluencia vital que rebase nuestra suerte, preocupados no más que del ciclo de nuestra subsistencia cultural. Circuito que construimos a diario, donde transmitimos y retransmitimos una imagen de nosotros mismos tan ñoña, caricaturesca o reducida.
     ¿A correr y juntarnos porque salió Pavón en la televisión? ¿Salió caminando una cucaracha que creíamos muerta? Me parece algo divertido en medio de la casa en que vivo, que es tan grande y tiene pendientes problemas y sustos tan graves. Por poner un ejemplo: ¿algún intelectual cubano se ha pronunciado sobre el "plan carretera"? "Plan imagen", creo que le dicen también. Vas mirando por la ventanilla de un ómnibus y crees que te enteras: a lo largo de la carretera todos construyen, todos cambian paredes de tablas y ladrillos por gruesos muros de bloques, echan techos de placa, sustituyen bohíos y casas regulares por casas buenas, etc. Yo me enteré mejor: a mi tía, que vivía al final de un terraplén por donde sólo pasa algún que otro tractor, se le quemó su casa con todo dentro. Así, sin nada, mi tía lleva ya casi dos años, porque están priorizadas las construcciones de aquellos que viven donde puedas verlos cuando pasas en auto.
     Me parece indecencia mayúscula que en mi hogar, mi país, con un déficit habitacional tan grande, se juegue de esta manera con una necesidad así, al punto de definir el problema, la respuesta y la economía de los recursos básicos como cuestión de "imagen" pública. ¿No puede ser esto síntoma de un mal gravísimo? ¿Cuándo en la historia de Cuba este dejó de ser el tipo de problemas de sus intelectuales? Desgraciadamente para todas esas personas que viven lejos de las carreteras y fuera, muy fuera de los foros públicos y especializados —ni imaginar que tengan dirección de correo electrónico—, desgraciadamente para el devenir de una nación cuyas necesidades entroncarían siempre con los valores éticos, para la identidad y el sentido de la dignidad del cubano, tales imágenes no entran en nuestros circuitos cerrados, no escribimos de eso, nuestros debates no desbordan nuestros eventos culturales y no escapan al marco ministerial, nuestras revistas especializadas no tienen secciones para eso.
     ¿Pavón creó el Congreso de Educación y Cultura? ¿Allí los documentos rectores se aprobaron sólo con su voto? ¿Él llenó las calles de la isla con lemas como ese: "La calle es de los revolucionarios"? ¿Es tan difícil imaginar a quién pedirle cuentas en una sociedad tan centralizada y con tanta concentración de poderes? Pareciera que el largo proceso de evolución de los escritores desde 1959, con nuestro profundo complejo de supervivientes sociales, nos ha llevado a adaptarnos a lo que en algún momento fue una malformación: saber exactamente en cada momento y lugar cómo mirar para el "otro" lado.
     La valentía me parece algo peor que un despilfarro cuando los golpes van a parar al chiquito. Es muy lindo, glamoroso casi, ponerse un nombre al pie de una vitrina, viniendo de una época así, al parecer cerradita: "periodo gris", y tener hasta "verdugo" condenado por un tribunal y que concede entrevistas a la televisión. Pero, víctimas de entonces, sobrevivientes, incluso si quieren ocuparse apenas del pisotón al escritor o al artista, queda mucho por ver aún aquí, ahora, todos los días. Y me abstendré de llevar nota de cada joven o menos joven trastocado en "apestado" por determinados periodos o perpetuamente, no sólo en La Habana, también en lugares intrincados de la geografía nacional, como Holguín, quizás por ser un criticón, o por pasarse de determinadas rayas, algunos tan jodidos que ni nombres tienen para que un alguien se cuide de borrarlos u otro alguien se afane en rescatarlos.
     Pediré que se atienda a un síntoma peor, más nefasto, que no es el "martirio", ni la inclemencia asumida, algo en definitiva consustancial al destino del hombre de alta cultura al menos en nuestra tradición idealista, sino el decadente síntoma de la simulación y el vasallaje, la carrera por ser un intelectual en tono "correcto".
     La televisión en estos días, a propósito del cumpleaños de Fidel, nos ha traído a determinados personajes tan o más preocupantes que Pavón. Parecen nuevos, desconocidos, pero tienen nombres y rostros de escritores —muchos jóvenes, algunos muy jóvenes— que creíamos conocer desde hacía tiempo, veníamos compartiendo ideas con ellos, creyéndoles lo que escribían, y de pronto están ahí, trajeados, interpretando discursos y papeles tan distintos, de un oficialismo ramplón. La AHS los aúpa como la nueva "vanguardia". ¿Por qué los necesitan a ellos en esa postura? ¿Por qué ellos necesitan montarse esos personajes? ¿No será síntoma de una fragilidad gravísima? ¿Será que, según la idea que tienen de sus vidas, y de acuerdo con las aperturas que la sociedad se permite, no les queda otra salida para que los acepten e "imponerse"?
     Ya están en la televisión, ganarán más premios, recibirán condecoraciones, ocuparán puestos académicos, integrarán delegaciones oficiales al extranjero: son confiables. Es como funciona un sistema discriminatorio que a veces ni se pule y agota en el cerco a la oveja negra, sino precisamente en la promoción y calidad de vida del intelectual que actúa en falso u oportunamente conforme.
     La oficialidad refrenda a ese tipo de intelectual, que evita un comportamiento problemático, capaz de convertirse en vocero coyuntural, o de prestarse para confundirse entre la masa coral, dando la imagen de que las consignas y los discurs